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Historia de Muinthel
Capítulo 1
Por Muinthel
 
1

Podría comenzar mi historia desde el principio, ahora que conozco mis orígenes, pero toparse de pronto con las raíces no es fácil de digerir, así que prefiero contaros mi vida tal y como hasta ayer yo la concebía:

I

Los bosques han sido siempre mi hogar, pues en uno de ellos pasé casi en completa soledad mis primeros años. Nunca conocí a mis padres, o al menos no los recuerdo, y no sé si tengo hermanos o hermanas de sangre, aunque algo en mi interior grita que sí. Así que, como no podía ser de otra forma siendo yo una pequeña niña elfa abandonada en el bosque, mis primeros recuerdos son ruidos aterradores, hambre y frío; pero el reino de los árboles se convertiría con el tiempo en mi techo, en mi sustento, en mi escuela e incluso en mi familia. No en vano soy conocida en Lothlorien como Muinthel Lavan, hermana de los animales, pues con ellos aprendí a trepar, a correr, a saltar, a pelear... Algunos dirían que aprendí a hablar con ellos, yo digo que aprendí a escucharles, porque los animales entienden a cualquiera que quiera hacerse entender, cuando la bondad guía sus palabras; sin embargo entenderles es difícil, pocos somos los capaces en la Tierra Media, y cada siglo que pasa somos menos, ¡triste futuro será aquél en el que se separen nuestros caminos! Comprender a los animales es mi habilidad favorita, la que durante todos estos años me ha procurado más satisfacciones, y sobre todo, la que ha restado más pulgadas de profundidad y longitud a mis abundantes cicatrices.
Pero si os habéis fijado bien al iniciar mi relato he dicho que pasé mis primeros años en “casi completa soledad”, de modo que os hablaré ahora de ese “casi”. Yo era entonces, y lo seguí siendo durante mucho tiempo después, demasiado niña para recordar el día en que apareció, , así que algunas de las cosas que paso a exponer me las contó él años más tarde. Además de no ser capaz de recordar, yo entonces no era capaz de buscarme la comida o el agua, de defenderme de orcos errantes, licántropos lunáticos y otras simpáticas criaturas hambrientas; en realidad yo aún no había comenzado a andar y apenas abría los ojos. Si el “casi” del que hablo se hubiese demorado media hora más en su camino (y que me aspen si conseguí sonsacarle alguna vez el origen o el destino de ese camino), nunca se hubiesen asomado mis puntiagudas orejas en este agradable local de Bree, pero para desgracia del equilibrio emocional de alguien (mis disculpas de nuevo), no fue así.
El “casi” se convirtió en mi mentor, en mi maestro y, por supuesto, en mi protector. La casualidad me cruzó ante sus pies, pero lo que me levantó a sus brazos fue su buen corazón, generoso y brillante a pesar de las preocupantes responsabilidades que lo ensombrecerían siempre. Durante mis primeras estaciones no se separó de mí, y por las incoherencias que años más tarde le oí mientras espiaba sus sueños, deduje que su abandono de una misión para cuidarme había tenido consecuencias tan terribles que se había sospechado incluso que las sombras lo tenían dominado, sospechas que posteriormente él mismo eliminó junto con gran cantidad de amigos del Señor Oscuro. Una noche junto al fuego me entregó la daga Amrûn, que vuelve a la mano una vez arrojada, como legado de mi madre, y desde entonces llevo a la pequeña Amrûn, “amanecer” en la lengua de los hombres, oculta en mi bota izquierda. Aquella misma noche le hice saber mis conjeturas sobre sus sueños, pero él, intentando disimular su turbación, simplemente susurró sin una pizca de arrepentimiento en su voz de brisa marina: “Lenta es la experiencia de los pozos profundos; tardan mucho en saber lo que ha caído en su fondo” (con permiso de Nietzsche).

Así era mi mentor, lento, profundo y sabio, un istari poderoso y antiguo del que nunca supe el nombre, y a quien le debo todo lo que sé: lo que me lo enseñó, pero también lo que aprendí por mí misma en sus frecuentes y largas ausencias, que se hicieron más y más frecuentes a medida que yo crecía. La mañana siguiente a su última desaparición encontré bajo mis mantas un colgante que me había enseñado a utilizar cuando todavía era una niña. Tiene forma de estrella de seis puntas y convierte la luz solar en una burbuja protectora. Requiere mucha concentración formarla, por lo que no puedo mantenerla más que unos minutos e inmediatamente después necesito dormir largamente.
Finalmente, tras una ausencia de más noches de las que duermen los hombres, comprendí que mi mentor no volvería.

II

Vagué sola mucho tiempo, no sé cuanto, evitando incluso a los animales, mis hermanos. La existencia nómada generó en mí un carácter inestable y dubitativo, anhelante de un hogar con nombre, y buscándolo recalé en Lothlorien, donde fui acogida y aceptada para servir a Galadriel en la guardia de sus limes. En esta misión me resulta de mucha utilidad mi entendimiento de la lengua de los animales, pues en el bosque no hay mejores vigilantes que los pájaros y roedores que habitan los árboles.
Ahora tengo un hogar, pero mi piel es mi alma, y enfermo cuando palidece bajo las hojas; es entonces cuando necesito escapar del bosque para galopar sin destino hasta que mi tez se oscurece de nuevo, con la capa de Lothlorien escondiéndome de miradas curiosas. Probablemente hay en la Tierra Media cientos de jinetes más expertos que yo, pero los desafío a todos a ver quien comprende mejor a su montura. Hace ocho amaneceres partí hacia Rivendel a lomos de mi nuevo compañero, Silsure, blanco con motas grises, invisible en medio de la niebla y durante la noche, veloz y sensible. El hombre dunedán sTuKa lo encontró cerca del Lago Crepúsculo, y cree que se le acercó para mí. Quizá sea cierto, al parecer este corcel élfico procede de Lindon, donde ahora parecen encontrarse las huellas de mi linaje, pero estoy adelantando demasiadas cosas... Cuando abandono Lothlorien viajo por lo general hacia el norte y hacia el este, y me presento en la taberna de El Poney Pisador a menudo.
Allí, resguardándome de una limpia tormenta, compartí mesa y ron con una extraña elfa laiquendi q dijo llamarse Tuilinnaru, Golondrina roja. Ella conocía mi nombre y mi historia, pues un hombre se la había contado en Rivendel. Su nombre no lo recordaba, pero sí recordaba que allí se dedicaba al estudio de los pergaminos más antiguos. Hacia Rivendel partí con Silsure, viajando sólo de noche. Cuando llegué allí no podía imaginar todo lo que iba a encontrar.
 
Muinthel
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 10-03-2004 Hora: 15:22
Bueno! para ser una historia un tanto típica, está muy bien narrada. Haces que nos interesemos realmente por la historia. Me gusta el estilo de la redacción, muy directo, sin grandes florituras y que explica muy bien cada una de las situaciones. Se merece un brindis! [oscura]

Fecha: 23-09-2003 Hora: 00:10
Está muy bien, incluso usando algunos tópicos: infancia solitaria, huérfana, pasado anhelado, tutor desaparecido, estancia en lorien, puñal en la bota... pero aún así la fresca narración hace el relato más que válido. el final es un tanto extraño, pero la inclusión de nombres que todos conocemos aporta frescura; se ve que es muy reciente, y espero que siga viniendo calentito del horno en próximas entregas.

Fecha: 22-09-2003 Hora: 21:30
Me ha gustado mucho el relato. Dejas presente el buen dominio de las palabras y sabes como hacer que se mantenga la duda al final del relato: " no podía imaginar todo lo que iba a encontrar". Tambien me ha gustado mucho, porque no se trata solo de describir que o como, sino que aportas mucho en el relato contando todo con excelente calidad. sin embargo, un truco...: no lo hagas todo perfecto sino...carece de ese toque que solo cada uno tenemos . me despido, no sin antes invitarte a una pinta.