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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 4
LOS ESTANDARTES DE LINDON
Por Aicatar
 
Nota de Aicatar: En este momento, Silmiriel empezó a hablar de un modo extraño. Sus palabras apenas tenían sentido, así que no puedo transcribirlas textualmente. Solo tras varias semanas de reflexión y de volver una y otra vez a preguntarle por este pasaje, pude entender que viajó durante mucho tiempo por las tierras que después se llamaron Rhudaur. Ese viaje estuvo lleno de penurias y tanto el hambre como el cansancio, como la pena, estuvieron a punto de terminar con su vida. Tuvo que alimentarse de raíces crudas y frutos silvestres, en una cantidad que iba reduciéndose conforme avanzaba hacia el norte. En esta zona, los trolls y los orcos de las Landas de Etten se habían explayado a fondo y allá y acullá aparecían grandes extensiones de bosque quemado, granjas convertidas en astillas y grotescas escenas de destrucción.

Pero una mañana gris y lluviosa, la suerte de Silmiriel empezó a cambiar. A partir de aquí sí puedo relataros su historia con mayor precisión...


Llovía levemente. Era apenas un chispeo, pero refrescaba mi piel y también mi alma. Ulmo no se había olvidado de estas tierras y enviaba lluvia para lavar en parte el daño que Sauron nos estaba provocando. Bailé bajo esa lluvia hasta no poder más y caer exhausta al suelo. Reía, por vez primera desde hacía semanas, incluso lloraba de alegría y placer. ¡Ah, el suave roce de la lluvia! ¡Gloria a Ulmo, señor de las aguas, que me envió aquel descanso en mi momento de debilidad! Fue entonces cuando juré que si sobrevivía a todo aquello, viviría cerca del mar, donde podría bañarme cada mañana y nadar junto a los peces y las algas, agradeciendo al Vala su ayuda.

Y si Ulmo me dio ánimo imperturbable, Manwë me dio esperanza. Porque cuando cesó la lluvia y volví a ponerme en camino, sin saber muy bien adónde iba, una brisa fría llegó hasta mí y con ella, el olor de un guiso. Corrí en esa dirección. Era un olor agradable, un aroma que despertaba mis sentidos como nada más podría haberlo hecho. No podía ser la comida de una manada de orcos. Era comida de seres civilizados.

Alrededor de una fogata había cinco hombres y, sobre el fuego, una cacerola pequeña. Los hombres iban vestidos con unas cotas de color verde y todos llevaban botas negras. Podían ser hombres de Sauron, así que me escondí y, con la mirada fija en aquella humeante cacerola, traté de oír lo que decían. Pronto entendí sus palabras, pues estaban hablando en el mismo idioma que los hombres que vivían cerca de Ost-in-Edhil y que servían a los Noldor o comerciaban con ellos.

Salí de mi escondite y me acerqué a ellos. Cuando me vieron, fue como si una aparición surgiera de pronto. Quedaron mudos y tuve que presentarme para sacarlos de su trance.

-Mi nombre es Silmiriel y vengo desde Ost-in-Edhil buscando el ejército que comanda el señor Elrond. ¿Sabéis algo de él?

-Nada sabemos, señora –dijo uno de ellos, el que parecía más joven-. Nosotros combatíamos en la milicia de Liptenor. Nos separamos de nuestros compañeros hace tres jornadas, persiguiendo unos huargos. Abatimos a cuatro de ellos, pero otros tres escaparon hacia el sur.

-No sabía que hubiera milicias luchando todavía –dije yo-. Ost-in-Edhil ha caído, creí que todo el país estaba vencido.

-No todo, señora –contestó uno de grueso bigote-. En las primeras batallas, muchos de nosotros fuimos aislados del resto. Nos agrupamos cuando nos encontrábamos, incluyendo con nosotros a civiles que deseaban alistarse. Sabemos que Ost-in-Edhil ha caído, pero tampoco tenemos donde ir. Luchamos para encontrar un lugar donde establecernos a salvo de los orcos.

-Ese lugar no existe, me temo –aseguré yo, tristemente-. La única esperanza es encontrar un ejército que viene desde Lindon. El señor Elrond viene encabezándolo y están dispuestos a frenar del todo a Sauron.

Los hombres no dijeron nada más. Sirvieron la comida y me dieron a mí una escudilla llena de una sopa grasienta. La sopa tenía unas patatas y algunas verduras, así como algo de carne que no sabría decir muy bien de qué animal era. Pero debían haber usado esos mismos ingredientes en alguna otra ocasión, pues el caldo era apenas más sabroso que el agua. A pesar de todo, me sentó muy bien algo caliente. Después de comer, me tumbé sobre la hierba y miré al cielo, que volvía a encapotarse.

-¿Había elfos en vuestra milicia? –pregunté.

-Sí, señora, muchos –respondió el más joven-. Muchos arqueros y algunos lanceros.

-Mi hermano era arquero. Se llamaba Silmirion, ¿lo conocéis?

Los hombres se encogieron de hombros, como yo esperaba. Nadie podía acordarse de un pobre arquero de los Avari. La esperanza se desvanecía de mi corazón, cuando un hombre que llevaba el brazo en cabestrillo y parecía muy enfermo, abrió los ojos y me miró como clavándome en el árbol que había detrás de mí.

-¿Silmirion? ¡Combatió conmigo hace meses!

-¿En serio? –pregunté yo, estúpidamente-. Decidme, ¿qué fue de él?

-Fue una batalla espantosa –empezó el hombre-. Los orcos de las montañas lograron rodearnos y los arqueros gastaron hasta la última de sus flechas con ellos. Entonces fue cuando tu hermano se colocó junto a mí, desenvainando su cuchillo. Luchamos durante mucho rato, descendiendo la colina y nos reunimos con otros en la ladera. Allí nos separamos, pero cuando yo le dejé, estaba perfectamente. No le habían hecho ni un solo rasguño.

-¿Hubo más batallas después?

-Dos más, pero pequeñas. Apenas tuvimos bajas. Después, el grupo se dividió en dos. Una columna iba hacia Ost-in-Edhil, para combatir en el sitio y el otro ascendía al norte, tratando de encontrar a otros grupos desperdigados.

-Gracias, buen hombre. No sabéis la alegría que me habéis dado.

Y ya no dijimos nada más en todo lo que duró el día. Al llegar la noche, me levanté tras haber dormido unas buenas horas y me fui de allí, despidiéndome de ellos. Volvía al camino, pero ahora llevaba algunas provisiones y mucho mejor ánimo. Durante los siguientes cuatro días, vi muchas tragedias y muchos signos de destrucción, pero ningún orco, ni ningún troll me encontré. Yo no lo sabía, pero todos habían acudido al mismo lugar. Y yo me dirigía en esa dirección.

Fue en un vado del río, un vado de apenas dos kilómetros de largo cerca de los cuales había dos pueblecitos abandonados. Entre esos pueblos, Elrond el Medio Elfo había dispuesto sus tropas para asaltar Eregion. Yo apenas sabía nada sobre el señor Elrond. Sabía que era hijo de Eärendil el Marino y que estaba en Lindon con el rey Noldo Gil-Galad, pero pocas cosas más podía decir de él. Sin embargo, fuera quien fuese, su fama era merecida. Allí había cientos de tiendas de campaña, de varios tamaños, rodeada por completo por una empalizada de piedras y madera. La empalizada estaba dispuesta entre varias líneas de árboles y en las copas de los más altos, había atalayas apenas perceptibles desde el suelo, que les permitían otear muy lejos en el valle.

El ejército estaba quieto, pero no dormía. Fui detectada nada más bajar y varios soldados vinieron en mi busca. Al encontrarme, me acompañaron hasta el interior y me llevaron a una de las tiendas que hacía las veces de hospital. Mientras una elfa de cabellos rubios, una sinda de grandes ojos almendrados me examinaba, pude explicar que tenía que hablar con el señor Elrond lo antes posible. Al escuchar aquello, la elfa me dijo que descansase, pero yo insistí. Le dije que tenía un mensaje y una entrega de parte de Celebrimbor de Ost-in-Edhil y, entonces, frunció el ceño y volvió a vestirme.

-Acompañadme. Creo que el maestro Elrond querrá tener noticias del Amo de la Ciudad.

-Ahora el Amo ya no es Celebrimbor. Ahora quien gobierna Eregion es Gorthaur. Sauron el Aborrecible.

Y así fue como entré en la tienda del Capitán y me encontré allí con él, podía ser tanto un elfo de facciones duras y piel curtida como un hombre de hermosura y sabiduría imposibles. Me acerqué a él y me arrodillé, tendiéndole el saquito que me diera mi señor. En ese momento me percaté de que no pesaba tanto como cuando me lo entregó y que, de hecho, llevaba muchos días desde que dejé de sentir aquel extraño peso en mi bolsillo.

-Aiya, heru Elrond! –balbuceé-. Vengo desde Ost-in-Edhil para entregaros esto. Soy Silmiriel y servía al señor Celebrimbor. Me pidió que os lo diera. Dijo que sabríais qué hacer.

-¿Celebrimbor te dio esto? –preguntó, vaciando el saquito en la palma de su mano y encontrando en ella dos anillos, uno con una gema azul y otro con una gema roja-. ¿Y dijo que yo sabría qué hacer con ellos?

Yo asentí con la cabeza. El Señor Elrond volvió a meter en el saquito los Anillos y me los entregó de nuevo.

-Guárdalos tú por ahora. No sé bien qué quería darme a entender Celebrimbor con este gesto, ni qué debo hacer para saberlo, pero algo me dice que esos Anillos tienen algo que decir en todo este asunto. A su debido tiempo, sabremos qué puede ser.

-Señor Elrond –dije, levantándome-. Guardaré estos Anillos, pero mi intención no es quedarme, ni luchar. Soy una simple criada que deseaba viajar hasta Lindon y tratar de rehacer su vida allí, junto al Mar.

El señor Elrond inclinó su cabeza y me pareció verlo sonreír, pero fue apenas un fugaz instante.

-Es buena idea. Llévale esos Anillos a Gil-Galad, Noldingaran, y vive en paz donde desees, Silmiriel.

Luego se dio media vuelta y se dirigió hasta la salida trasera de su tienda. Al llegar a la salida, se volvió hacia mí de nuevo.

-Los senderos por donde camina tu Señor son oscuros y su figura es pálida en ellos. Dime, ¿Celebrimbor murió?

-Temo que sí, señor Elrond, mas yo no puedo asegurárselo. El propio Sauron luchaba con él cuando yo le dejé...

-¿Sauron? ¿Te refieres a Gorthaur en persona?

Los recuerdos se agolparon en mi cabeza y me impidieron decir una sola palabra más. Caí de bruces y empecé a llorar y a gemir de dolor y rabia. Gorthaur, Annatar, Sauron. El mismo ser, el mismo monstruo, el servidor de Morgoth, el Amo de los Licántropos, el traicionero y ladino Enviado de los Valar. El señor Elrond puso su mano sobre mi cabeza y pronto sentí un alivio repentino. Parecía haber extraído esos recuerdos de mi interior y haberlos arrojado fuera.

-Has visto demasiado para esos ojos tan frágiles, Silmiriel. Descansa ahora. Celebrimbor no murió en las escaleras del Gwaith-í-Mírdain. Istanyes!

Y caí profundamente dormida.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 25-12-2005 Hora: 17:57
Yo creo que la primera parte del capítulo te quedó un tanto sosa, empezando por la "nota de Aicatar". Me parece bien que el relato sea la transcricpción de lo que la propia Silmiriel le cuenta a Aicatar, pero en los otros capítulos no da la sensación de que esto sea así, y parece que más bien ha sido un recurso para poder avanzar un gran lapso de tiempo. Recurso que, a mi parecer, no te ha quedado del todo conseguido. Encima el encuentro con los hombres es demasiado trivial, y no justifica tampoco la nota. Tan sólo el encuentro con Elrond hace avanzar la historia, y esta es la parte más acertada e interesante, aunque podrías haberte recreado un poco más.
Aunque parece que con el "rechazo" de Elrond a los anillos has querido dar a entender el desconocimiento de este respecto a su verdadero poder, a mi me gustaría creer que Elrond lo que hace es ser prudente y usar su persuasión como él sólo sabe para tener vigilados esos extraños objetos sin tener la inmediata responsabilidad de usarlos o padecerlos (¿por qué han de ser buenos si ya Sauron ha demostrado que cuenta con uno maligno?): En La Tierra Media, hacerse portador de un objeto tiene muchas consecuencias, y a Elrond de momento le interesa que sea Silmiriel quien los lleve.

Fecha: 27-11-2005 Hora: 19:10
Laeron: ¿Por qué estás tan seguro de que Elrond sabía de antemano qué eran esos Anillos? Desde mi punto de vista, Celebrimbor mantuvo en secreto la forja de los Tres, así que no había motivos para pensar que fuesen un arma poderosa o un objeto de mucho poder. Más bien supuse que Elrond creería que eran obras de otra clase, con mucho valor sentimental, quizás.

Pero podríamos debatir este asunto a ver si alguien conoce algún texto donde se aclare si alguien, además de Celebrimbor, sabía de la creación de los Tres y de sus poderes.

Fecha: 26-11-2005 Hora: 19:43
Las conversaciones son un poco frías y rígidas, debes imprimir más personalidad en los personajes. Sin embargo otras expresiones parecen mucho más apropiadas, así que yo mejoraría los nexos y el ambiente o las formas en las que se desarrollan las conversaciones.
Por otro lado, parece como que Elrond desprecia el poder de esos anillos rehuyéndolos y enviando a una doncella élfica sóla a cruzar todo el Norte de Eriador para entregarlos a Gil-Galad (un poco raro no?).