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La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 5
Una primera batalla
Por Aicatar
 
Al despertar, el sol se ponía más allá del Mar. Los ejércitos del señor Elrond estaban preparándose para la marcha y yo, sintiéndome más pequeña que el menor de los ratoncillos de campo, intentaba aclarar mis ideas caminando entre los soldados, viéndolos pertrecharse para la batalla. Muchos eran veteranos de viejas contiendas, grandes elfos que vivieron en Doriath o en Nargothrond y que se habían reencontrado en el reino de Gil-Galad el Sabio, Rey Supremo de los Noldor. Aunque sus rostros eran hermosos, sus ojos reflejaban el cansancio de las Edades de Arda. Y aquellos que aún retenían esperanza y fortaleza en sus miradas, eran demasiado jóvenes para comprender del todo a qué peligro se enfrentaban.

El señor Elrond me encontró caminando cerca de su tienda y me mandó llamar.

-Silmiriel, ¿todavía por aquí? Nuestros exploradores informan de que una hueste de hombres y orcos viene hacia nosotros a marchas forzadas. Si deseas llegar a Lindon antes de que nos alcancen, deberás darte prisa.

-Mi señor, no es el miedo lo que me retiene, sino la pérdida. Mi hermano Silmirion estaba luchando con las milicias y no sé nada de él. Sé que si ahora viajo al Oeste, nunca más volveré a verlo.

-Eso, amiga mía, no creo que esté en tu mano ni en la mía el evitarlo –contestó, crípticamente-. No sé qué es lo que podrías hacer tú para encontrarlo, al menos mientras la guerra siga horadando esta tierra.

-Mi señor Elrond –dije yo, bajando la voz-. Se dice entre las leyendas de mi gente que tenéis el poder de ver más allá de lo que ven los demás. ¿Podéis ver a mi hermano?

Elrond levantó los ojos hasta encontrarse con las nubes que tapaban el crepúsculo y pareció a punto de decir algo. En ese instante, las trompetas de los vigías retumbaron por todo el páramo, advirtiendo del peligro. Las tropas dieron un respingo, como movidas por un espíritu invisible que los imbuyera de actividad. Hasta entonces, parecían adormecidas por la calma del ocaso. Los orcos habían permanecido ocultos hasta que el Sol se había puesto. Demasiado cerca. Demasiado cerca sonaban los tambores de guerra que traían el pesar y las dudas.

El Señor Elrond bajó la cabeza y sus ojos, los ojos que habían visto a Eärendil embarcar en Vingilot y perderse en los cielos para iluminar al mundo, me miraron con la autoridad que tienen los Señores de los Elfos cuando su pueblo necesita de un gran líder.

-Silmiriel, es demasiado tarde. Ve a las Casas de Curación. Allí serás más útil y no estarás tan cerca del peligro. Protege esos Anillos con tu vida, pues es obvio que eran de mucha importancia para Celebrimbor y algo me dice que para todos nosotros.

Obedecí y en las Casas de Curación, que eran unas tiendas de campaña grandes llenas de colchones y camastros, encontré a docenas de hembras humanas, sirviendo como enfermeras y curanderas. Hablé con ellas mientras las tropas élficas formaban filas y preparaban el terreno para la batalla. Eran refugiadas de Eriador. De todas partes de esa tierra venían hacia el Norte, buscando un lugar libre de la presencia de orcos y hombres malvados. Con ellas habían venido los pocos hombres que no habían muerto combatiendo contra las huestes de Sauron. Había hombres de teces oscuras y rostros hermosos, venidos desde la península conocida como Eryn Vorn y también rubicundos semisalvajes de las tribus humanas cercanas a la costa del Gran Mar, así como algunos de los hombres de Númenor, viajeros que se habían encontrado con la guerra mientras recorrían la Tierra Media como exploradores, mensajeros o investigadores de los Reyes de la Isla Estrella. Todos tenían miedo, pero mantenían la esperanza.

-Los Noldor detendrán al Enemigo –decían-. Jamás hemos visto un ejército como éste.

En Eregion, los Noldor habían crecido en sabiduría y en poder, pero casi todos eran Noldor jóvenes, dedicados en cuerpo y alma a la herrería, la platería y la arquitectura. Eran orfebres y alquimistas, artesanos. Aunque su poder militar era más que suficiente para vencer a cualquier enemigo humano, su verdadera fuerza no estaba en las armas, sino en la paz. En Lindon, las cosas eran diferentes. Guiados por el Rey Supremo Gil-Galad y con la presencia de grandes capitanes del pasado, la Memoria se había conservado prácticamente intacta. Recordaban a Morgoth, el Enemigo Oscuro de quien Sauron era solamente un esclavo, un sirviente y un lacayo. Recordaban los fuegos de Ancalagon el Negro sobre la densa estepa al sur de las Thangorodrim y muchos habían combatido junto a Húrin y Huor, junto a Beren y junto a los hijos de Feanáro el Grande. Aunque el reino de las Montañas Azules era un reino pacífico y sereno, guardaban en sus corazones toda la Ira de los Valar y eran capaces de vencer enemigos muchas veces superior en número. Los orcos, esa noche, tendrían que batirse a fondo si querían conseguir algo más que una muerte rápida y sangrienta. El odio de ambos bandos se podía oler en el aire, como se olía la hedionda pestilencia de los alientos de los huargos.

Pronto se escucharon las trompetas que anunciaron el comienzo de la contienda, y también los cuernos de los orcos, respondiendo al desafío. Los Capitanes de los Noldor cargaron contra las líneas de orcos cantando y entonando vítores, los mismos vítores que habían oído a las Huestes de los Valar cuando tomaron Angband y arrinconaron a Morgoth en su propia guarida. Los elfos que combatieron esa noche, eran elfos que habían visto enemigos que hasta los orcos habrían querido evitar. El señor Elrond ordenó a sus tropas formar filas lejos del campamento principal, dejando espacio para retroceder en caso de que se torcieran las cosas. Puedo atestiguar que no había ni un solo ser en las Casas de Curación que no estuviera temblando de miedo y de incertidumbre.

Los primeros heridos llegaron enseguida. Los elfos más jóvenes ayudaban a los lesionados a llegar hasta nosotros y regresaban después para volver a ayudar a los que iban cayendo. Pronto las Casas de Curación se llenaron de elfos moribundos y todo pareció volverse de color rojo sangre. Todos nos afanamos en tratar de salvar las más vidas posibles, pero por más que la habilidad de esos humanos era grande, no pudieron evitar que muchos hermosos elfos murieran por causa de las heridas ponzoñosas de esa turba maloliente. Algunos de los menos experimentados lloraba, pero la mayor parte contenía las lágrimas y maldecía a Sauron y a los orcos. Un grupo de mujeres humanas entonaba cánticos religiosos solicitando a Tulkas que diese valor a los defensores, pidiendo a Elbereth que las estrellas iluminasen el cielo con fuerza y a Manwë que el viento trajese buenas nuevas pronto.

Nuestras plegarias fueron escuchadas. En unas pocas horas, conforme la luna creciente desaparecía por el horizonte y la noche se hacía más oscura y terrible, los orcos fueron retrocediendo ante el poder de Lindon. Cuando todavía faltaba mucho para el amanecer, el campo se había llenado de cadáveres de esas criaturas y los vencedores regresaban, ayudando a los heridos a incorporarse y llevando algunos cadáveres en los brazos.

No sabía bien qué hacer en ese momento. El corazón me decía que debía permanecer junto con las tropas de Lindon y esperar a que, en algún momento, recogiesen a la milicia donde, presuntamente, estaba mi hermano Silmirion. Por otro lado, los Anillos que llevaba en la bolsita ejercían sobre mí un oscuro pesar, como si de algún modo supiera que portaba algo que el Enemigo deseaba con todas sus fuerzas. ¡Ah, si entonces hubiera sabido la carga que estaba portando! Quizá, y solamente quizá, el Destino de la Tierra Media habría sido muy diferente. ¿Qué pasó por la cabeza de mi pobre amo Celebrimbor al confiarme a mí, una simple asistenta Avari, tan pesado fardo? Durante días, mientras el ejército volvía a ponerse en marcha y recorríamos las tierras entre el Mitheithel y las Hithaeglir, pensé mucho en ello. ¿Por qué a mí y no a uno de sus soldados, mucho más experimentados, más poderosos y más valientes que yo? Con esas dudas en mi cabeza, apenas tuve tiempo de hacer otra cosa que reflexionar y el señor Elrond no se acercó a mí durante días. Hasta que llegó a mi tienda una tarde, en pleno crepúsculo, y, pidiendo permiso, entró en ella.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 25-12-2005 Hora: 18:14
La batalla, más que narrarse, hace de telón de fondo de un capítulo en el que recapitulas y llegas a conclusiones confusas, tanto como la mente de nuestra protagonista. Lo has escrito como antesala del próximo capítulo, y este es el que debe justificarlo.