Ir a Posada de Mantecona
 


La Asistenta de Celebrimbor
Capítulo 6
LA DÉBIL LLAMA DE LA ESPERANZA.
Por Aicatar
 
Por cuatro días cabalgué hacia la puesta de Sol. El mapa que me diera Elrond usaba viejos caminos desconocidos, pero muy peligrosos para cualquiera que no monte uno de los caballos élficos de los Noldor. Estelóssë trotaba entre páramos devastados por la guerra, pedregales donde nadie podía encontrar una senda. Los bosques, que según decían en Eregion, alcanzaban desde poco más al norte de Tharbad hasta las grandes praderas heladas de Forodwaith y desde las montañas hasta el Baranduin, habían sido incendiados y talados sin misericordia en las pocas semanas que las huestes de Sauron llevaban en la zona. Criaturas temibles surgían de todas partes y tanto Olvar como Kelvar se quejaban a gritos, agonizaban en cualquier rincón, sufría Kementári y pedía auxilio, pero nadie tenía poder para detener aquella marea negra de barbarie y destrucción.

De vez en cuando, encontraba un poblado o una aldea, generalmente abandonada, donde no había ni hogueras en las casas, ni jolgorio en las calles, ni carromatos llenos de verduras en el mercado. Todo había sido dejado atrás, los hombres huían o luchaban. Los cadáveres estaban por todas partes sin nadie que los enterrara y, en cualquier árbol se hallaban cuerpos ahorcados, desmembrados y despellejados. Los orcos se afanaban en la tortura y los hombres en el saqueo. Los lobos habían bajado desde las nieves y los huargos guiaban grandes legiones de cánidos hambrientos de sangre. Cuando Estelóssë olfateaba el aire y sentía la presencia de alguien, se detenía y buscaba un lugar donde guarecernos hasta que éstos pasaban. Muchas veces eran enemigos, pero otras eran refugiados y exiliados, gente corriente que trataba de encontrar un lugar donde volver a echar raíces, lejos de la guerra. Pero, como hacía tanto tiempo había oído decir a la Dama Galadriel en Ost-in-Edhil, Sauron no buscaba el fin de los Noldor, sino el fin de toda criatura libre en Eriador. ¡Bendita sea la Visión de la Dama Blanca, que tantas vidas pudo salvar de haberse escuchado su Presagio!

El quinto día, el camino empezó a hacerse más empinado y más sinuoso. Una cordillera baja, pero muy pedregosa y de difícil acceso, se elevaba entre nosotros y nuestro objetivo. Eran las Tyrn Gorthad, las Quebradas de los Túmulos, donde los reyes humanos de la Primera Edad habían enterrado a algunos de sus reyes y príncipes. Los senderos habían sido hechos para trasladar los cuerpos en comitivas fúnebres y cada dos por tres se veía algún ominoso cementerio, algún lugar de descanso para los guerreros de antaño. La mayor parte de esos lugares, sagrados para los hombres, no habían sido mancillados aún por Sauron y sus criaturas, pero pronto llegaría a ellos el Poder Oscuro.

Al atardecer, Estelóssë empezó a sentirse incómodo y a patalear en el suelo. Se detuvo y se negó a continuar, guareciéndose en un pequeño bosque. Decidí pasar la noche allí y el buen sentido me conminó a no encender ninguna fogata. Cuando las estrellas salieron y el Sol terminó de ponerse, un resplandor rojizo vino a mí desde el suroeste, un resplandor que solamente podía deberse a un incendio bastante importante. El olor del humo llegó un poco más tarde y la curiosidad pudo más que el miedo.

Me arrastré fuera de la floresta, sosteniendo en mi mano derecha la daga y confiando en mis ojos de elfina para ver en aquella negra noche. No había Luna y debí caminar muy lento, casi reptando en algunos tramos, hasta situarme en una cornisa elevada desde la que pude ver lo que pasaba. Varios orcos y un puñado de hombres parecían asediar una pequeña construcción fortificada, una torre de madera rodeada de una débil empalizada. Habían incendiado ambas construcciones y, en el interior de ellas, había aún un pequeño grupo de defensores. En la oscuridad de la noche, quise rezar a Elbereth para que les diese valor en tan duro trance, pero mi oración no salió de mi boca, sino que se tornó un fuerte deseo de saltar en su ayuda. Aferré bien fuerte mi daga y me di media vuelta para ir a por Estelóssë, pero el caballo, como adivinando mis intenciones, me había seguido de cerca y esperaba a pocos metros de mí.

Guiada por algún tipo de sortilegio, subí al caballo y me puse una manta oscura sobre los hombros y la cabeza, ciñéndomela con el cinturón para evitar que se cayera. El propio Estelóssë, profundamente blanco, pareció volverse gris entre las tinieblas y, nada más subir a su grupa, éste empezó a cabalgar, acelerando, hacia el incendio.

Conseguí llegar muy cerca de los orcos antes de ser detectada. Tan cerca que, casi sin saber bien lo que hacía, levanté la daga y pude ensartarla en el cuello del primero de ellos antes de que ninguno pudiera defenderse.

-Qualmë cótumoinen! –grité sin que fuera mi voz la que surgía de mi garganta-. I eldaiva mahtari utúlië! I Eldar or cótimonta lantauva!

El segundo orco fue pateado por Estelóssë y pude alcanzar al último mientras emprendía la huída. Los hombres se dieron la vuelta para mirarme y yo levanté la daga lanzándome al galope contra ellos. No era una escuálida Avar la que los acosaba. Ante sus ojos, era todo un ejército de Noldor de los Días Antiguos. El resplandor del fuego reflejaba el brillo de mi acero, manchado con la sangre de esos Glamhoth. Todos ellos emprendieron la huida, soltando sus espadas y hachas por el camino. Desde el interior, empezaron a salir los defensores, la mayor parte aturdidos por el humo y apoyándose los unos en los otros. El sortilegio pareció desvanecerse y un cansancio, una sensación de desasosiego y un terror primitivo se apoderaron de mí. Parecí desmayarme, pero me logré deslizar al suelo y me senté con las rodillas levantadas, abrumada por esas sensaciones.

-¡Alabados sean los Valar por tu ayuda, joven elfo! –gritó uno de los más veteranos que venía hacia mí-. ¿Cómo agradecerte que nos salvases de morir?

-Voy camino de Lindon con mensajes para el Rey Gil-Galad –respondí-, abandonando atrás a quien más amo en pos de una leve esperanza para todos nosotros.

-Gran sacrificio es abandonar a quien se ama –contestó el hombre, enarcando las cejas en señal de extrañarse-. Todos nosotros sabemos de ello, pues todos hemos abandonado a alguien querido desde que comenzó esta guerra.

-Yo busco a mi hermano Silmirion –dije-. Que luchaba como arquero en las tropas de Ost-in-Edhil.

Entonces el hombre abrió los ojos por completo y un destello de esperanza cruzó por mi mente, justo antes de que pusiera un rostro grave y doloroso. Levanté mi mirada hacia más allá de él, por encima de su hombro, y vi a otros cuatro hombres que portaban a un quinto, fallecido, entre sus brazos.

Aquel que estaba muerto, era mi hermano Silmirion.

Y las lágrimas que salieron de mis ojos nunca jamás se secarán de mi rostro, ni siquiera cuando por fin, desoyendo el Destino de los Renuentes, me suba a un barco blanco y parta hacia Eressëa y más allá, a la Playa donde Nienna me enseñará a sufrir por otros y no solo por mí misma.

-Ten por seguro –me dijo entonces aquel veterano-, que uno de los orcos que tú mataste fue quien hizo esto. Has vengado a tu hermano y puedes sentirte orgullosa de ello.

-Vana es la venganza si solamente trae desesperación –dije y callé durante horas, hasta que el sol vino a iluminar la mañana, desde detrás de densos nubarrones.

Nueve cadáveres había en aquel montículo, ocho hombres barbudos y un elfo de los Moriquendë, que luchó del lado de los Eldar porque creía firmemente en que triunfarían sobre cualquier enemigo. Los supervivientes prepararon las tumbas, cavaron las fosas y las llenaron con los cadáveres, vestidos con las armas y armaduras de cada uno. Arrojaron flores sobre ellos y bendijeron el lugar con palabras en un idioma tosco que no estaba hecho para oraciones a los Valar. Yo lloré amargamente cuando pusieron el cadáver de Silmirion en uno de ellos y arrojé al interior la daga que había dado muerte a su asesino. Tentada estuve de arrojarme yo misma después, para yacer para siempre abrazada a mi hermano.

Cuando ese pensamiento cruzó por mi cabeza, sentí en mi pecho el peso del saquito que llevaba guardado en el bolsillo de mi camisa. Eran los Anillos de Celebrimbor que, por algún extraño motivo, me estaban llenando de valor y de entereza. Los sujeté con la mano y apreté fuerte el puño, volviéndome hacia Estelóssë, montándolo y alejándome sin decir nada. Los hombres cubrieron la tumba de mi hermano y jamás volví a pensar en acabar con mi vida. De alguna manera, esos dos Anillos estaban conminándome a terminar lo que había empezado y, de haber sabido qué eran, no habría tenido más convicción de que el mayor orgullo para Silmirion era que su hermana cumpliese con su cometido cuanto antes.

El Baranduin no quedaba lejos y su rumor me llegó al siguiente Atardecer. El penúltimo antes del final de mi historia.
 
Aicatar
 
 
 

357 personas han leído este relato.

CAPITULO ANTERIOR
SIGUIENTE CAPITULO
Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 25-12-2005 Hora: 18:38
Menuda sorpresa (y eso lo eclipsa todo). Da la sensación de que la cordura de la protagonista penda de un hilo. También de que lo mejor está por llegar.