Ir a Posada de Mantecona
 


Una Excursión a Moria
Capítulo 1
¿Qué hacemos aquí?
Por Aicatar
 
Eso digo yo. ¿Qué puñetas estamos haciendo aquí mi primo Gubber y yo, siguiendo a este estúpido elfo? Este lugar me da verdadera grima. Estoy aterido de frío, me duelen los pies de pisar estas rocas estériles y me he cansado hace días de comer cecina rancia y pan mohoso. Malditos sean estos elfos, malditos esos enanos mercachifles y malditas estas tierras de Rhudaur, o Eregion o como demonios las llamen. ¿Qué pinta un pastor de laxa sangre númenóreana y su primo aún menos noble, siguiendo los delirios de un joven noldo con la cabeza llena de pájaros? ¿Por qué extraño motivo aceptamos su ofrecimiento allá, en Bree? ¿Acaso no nos bastaba con llevar las ovejas al monte y vender su lana en el mercado que teníamos que emular a nuestros parientes los montaraces de Arnor?

¡Es la maldición de los Atani! En cuanto una gota de Númenor corre por tus venas, te crees un rey o un general de los de antaño y casi puedes verte matando orcos en Dagorlad... Siempre me lo advirtió mi padre: "Con esas ideas tuyas sobre grandes hazañas de guerra, no conseguirás sino morir acuchillado por un orco en una gruta húmeda". ¡Qué razón tenía!

Ahora, mientras intentamos encender un fuego con leña mojada y un yesquero tan gastado como mis pobres botas, recuerdo que fue mi abuelo materno quien me habló de Númenor por primera vez. Dijo que el tatarabuelo de su bisabuelo -o algo así-, había sido un gran capitán en los tiempos del rey Arvedui y que había muerto en combate frente a Fornost Erain, dejando a su mujer embarazada. De ese embarazo surgió una niña, que se casó con un hombre que cultivaba verduras cerca de Combe y, con las generaciones, habían olvidado su origen noble. ¡Númenor! ¡La Sepultada! ¡Maldigo mil veces ese nombre y me alegro mucho cuando recuerdo que la Vanidad de sus habitantes la había arrojado al Abismo! ¿Por qué, oh, por qué mi abuelo me habló de esa gente, despertando en mi corazón un dormido anhelo de grandeza? ¿Acaso no debí haber desoído sus memeces y haberme casado con una campesina de generosos pechos y fértil útero, como decía mi padre? No. Yo siempre soñando con montañas, orcos y huargos, con bosques llenos de elfos y con Imladris, el Último Refugio donde, decían, los Reyes de antaño esperaban para retomar lo que era suyo. Hay que joderse. ¡Pueden meterse su reino por donde les quepa si para eso tengo que volver a dormir al raso sobre una roca puntiaguda, como las últimas seis noches.

-¡Arelion! -grita el puñetero elfo-. El fuego ya está. ¿Nos queda algo de comida?

-Dos puñados de arroz agusanado, unos panecillos rancios y un par de lonchas de este cuero que llamas cecina -contesté-. ¿Dónde demonios está todo el oro de los enanos que nos prometiste?

-Justo ante tus ojos -dijo, señalando hacia una pared vertical a un par de millas delante de nosotros-. Comeremos algo antes de continuar y, justo cuando la luna salga, verás la puerta que está oculta. Verás el trabajo de la Raza de Durin y también la hermosura de los trabajos de mi pueblo, en Ost-in-Edhil.

No contesté nada, pero podéis imaginaros la sarta de imprecaciones que vinieron a mi mente mientras ese engreído noldo parecía henchirse de dios sabe qué mierda de orgullo ancestral. Mi padre siempre me advirtió contra los elfos. Y, como con lo de Númenor, le hice el mismo caso que haría a un mendigo borracho. "Los elfos jamás han traído paz a los hombres. Todo lo contrario. Y si tu abuelo puede convertir esa verdad en un relato sobre actos nobles y provechosos, es que miente como una corneja". Y no mentía, pero tampoco decía toda la verdad. Los hombres habían vivido siempre en guerra consigo mismos, matándose por un puñado más de ganado o por unos metros más de terreno de cultivo. Pero eran guerras pequeñas, guerras que mantenían cierto orden natural entre nosotros. Nos matábamos, sí, pero también prosperábamos. Y los elfos vinieron con sus problemas y nos metieron a todos en ello. ¿Cómo no me di cuenta al escuchar los viejos relatos de cuando el Rey-Brujo invadió Arnor, de que los elfos habían sido quienes menos habían perdido en aquella guerra? ¿Qué sabíamos nosotros de Sauron el Maia cuando nos obligaron a luchar de su lado frente a Barad-Dûr? Maldigo también el nombre de Elendil el Fiel y de sus hijos, que nos trajeron la ruina y la muerte a quienes solamente buscábamos un pasto para nuestro ganado y una fiesta de la vendimia para sacarnos momentáneamente los males del cuerpo. La sencilla vida de los hombres se había convertido en un infierno desde los tiempos del maldito "Aurë entuluva!" y el mil veces aborrecible "Utúlien'aurë!".

Mientras mastico mi cecina, miro a mi primo Gubber, que me devuelve la mirada por debajo de su capucha. Hace un frío que haría temblar a un huargo y corre un viento que despellejaría a un troll, así que llevamos las capuchas puestas y el elfo no puede vernos gesticular.

-Yo me vuelvo a casa ahora mismo -me dice mi primo-. Tú haz lo que te dé la gana.

-No puedes irte. No tienes comida para continuar.

-Cazaré algo -contesta.

-¿En el desierto? ¡No digas tonterías!

Gubber debe haber enloquecido. ¿De verdad pretende volver ahora a casa? Hay semanas de camino hasta el primer lugar civilizado y hemos oído a los lobos aullar cerca de nosotros. Si está planteándose volver, es que no está bien de la cabeza, pero parece que está decidido:

-No soy un inútil como ese noldo. Sabré encontrar alguna raíz o algún nido para saciar mi hambre.

-Morirás antes de llegar al río -le espeto, desesperado.

-Eso está por ver. Vosotros sí que moriréis en cualquier momento. No existe tal tesoro enano, no existe esa maldita puerta escondida y si no fuera porque no tengo claro si podría darle tiempo a defenderse, degollaría a ese elfo ahora mismo.

Detengo su mano, que se ha posado en la empuñadura de su espada, y le digo en un susurro que se calme.

-Puede oírnos -añado.

-¡Que me oiga! -grita-. ¡Estoy harto! ¡Yo me vuelvo a casa!

Y se levanta y le larga, el tío, sin mediar palabra. Coge la mochila, echa sobre ella su manta y se aleja hacia el Oeste.

-Déjalo ir -me dice el elfo-. No tiene la sangre de Beleriand en sus venas. Solamente le guiaba la codicia y ésa es mala acompañante. Nosotros solos podemos recuperar el tesoro de Durin para el mundo.

No le contesto. Me dan ganas de abofetearle, pero aprieto los puños y me calmo. Doy el último bocado a mi trozo de pan y me tumbo sobre las piedras. Como en una semana no haya visto una moneda de oro, juro por lo más sagrado que le arranco los ojos al puñetero noldo y lo dejo tirado donde estemos... Eso que vaya por delante.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-01-2006 Hora: 14:04
de moria a un pueblo habitable hay menos de una semana, solo hay que mirar un mapa y hacer unos cuanto cálculos... por lo demás me ha gustado mucho.

Fecha: 25-12-2005 Hora: 19:28
Pues a mi me ha gustado mucho. No recuerdo qué autor fue el que dijo que el taco, bie usado, es un recurso precioso. Y creo que Aicatar lo usa muy bien (y no sólo en este relato), porque no es fácil definir personajes tan dispares, y hacerles hablar de diferente forma. Todas las palabras que parecen "sobrarle" al humano le "faltan" al elfo. Pero ¿realmente es necesario ese equilibrio de diálogo? para nada, el elfo queda perfectamente dibujado con sus dos frases, así como el humano con su monólogo reflexivo, y el otro con su diálogo desesperado. Este guión no necesita narrador.

Fecha: 19-12-2005 Hora: 14:59
Hummmmm... no me gusta el recurso de los tacos en una narración, aún así la historia promete. Leeré el siguiente capítulo y espero poder formarme una opinión más clara del relato. Por ahora no me ha enganchado del todo, pero solo es el primer capítulo!!

Fecha: 13-12-2005 Hora: 23:07
Gracias, Laeron, pero creo que no van por ahí los tiros. Aunque nunca se sabe, hay veces que las historias las empiezan los autores y las terminan los protagonistas...

Los sentimientos de Arelion no son propios de un Númenóreano Negro (que serían más elaborados, con más teorías, más intelectuales, supongo), sino los de un humano normalito que, por casualidad, desciende de Númenor, pero cuya naturaleza no es la de un Dúnadan, sino la de un pobre miserable metido en un berenjenal que supera. Eso sí podría generar un buen debate, ¿cómo ve un hombre mortal el tema de la lucha de poderes en la Tierra Media? ¿Qué opinaban los habitantes de Minas Tirith cuando empezaron a caerles las flechas de Mordor encima? ¿Qué pastor del Folde Oeste no maldijo a toda la casa de Eorl cuando los dunlendinos incendiaron su poblado?

Raramente los anales de la historia se preocupan del o que siente el menor de los habitantes...

Fecha: 12-12-2005 Hora: 23:33
Creo que lo más interesante del relato lo saco del fondo y no de las formas., es decir en la psicología del protagonista. No cosniguo ubicar el relato en ningúnn estilo concreto, aunque a lo mejor tampoco pretendías hacerlo . Podría tomarmelo como un relato de sátira, debido al tono burlesco del protaganista; a su lenguaje chacabano, “impropio” de un dúnadan; o al “peculiar” punto de vista sobre la historia de Númenor y los Elfos que podría clasificarse de herejía total hacia los principios de los Fieles. O quizás no, podría ser un relato tan “objetivo” o “directo” como cualquier otro. Me hace pensar más lo segundo por la alternativa visión del protagonista sobre la historia de los Dúnedain, áquel punto de vista que nunca se refleja en los libros, y que desbanca totalmente cualquier halo de epicidad, honor, grandeza, nobleza y heroicidad que en los “anales” se hubiera reflejado. Es curiosa la afirmación que hace el protagonista sobre que los Elfos obligaron a los Dúnedain a ir a la guerra, y también de que los Elfos fueron los que menos perdieron en la guerra. Se denota un sentimiento de rencor hacia los elfos propio de un Numenóreano Negro. Bueno, esto podría ser un interesante debate...