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Una Excursión a Moria
Capítulo 2
Frente a las Puertas de Moria
Por Aicatar
 
Vale. Ahora estamos solos el puñetero elfo y yo. Llevamos media hora caminando y esa maldita pared vertical no parece acercarse nada. Para colmo, ahora todo el suelo parece encharcado y este agua es más negra que mis uñas. Huele que apesta y me ha parecido ver algo flotando a pocos metros de la orilla. Todo me da bastante mala espina... ¿Qué es eso? Aullidos de lobo. O de huargo, que sería peor aún. Y, como dicen en mi pueblo, "el que oye al huargo, puede oler al trasgo".

-¿Falta mucho? -pregunto, aun sabiendo que la respuesta no va a satisfacerme.

-Una hora, quizá dos -contesta-. Pero el enano no me dijo nada de una charca.

-¿A esto lo llamas una charca? ¡Una laguna infecciosa, diría yo más bien! ¿Te has fijado en la forma de esos árboles retorcidos de ahí adelante? Si llevan toda su vida bebiendo de este agua, creo que bien pronto podran echarse a correr, como los hombres-árbol que viven en el Bosque Viejo, según las leyendas.

-¡No digas eso! -exclama el elfo-. Los Hombres-Árbol, como tú los llamas, son más reales de lo que puedas imaginar. ¡Y no te gustaría verlos enfadados contigo!

-Paparruchas -respondo-. Jamás vi a un árbol moverse, salvo cuando lo agita el viento.

-Que tú no lo hayas visto, no significa que no exista. Pero dejemos el tema, creo que he encontrado el sendero principal.

Mira tú qué bien. El sendero principal, dice. Esto parece más bien un montón de adoquines rotos desperdigados por un troll borracho. La hierba que sale entre las baldosas es tan espesa que apenas se ve que haya nada debajo. Por todos los demonios de Ekkaia, esos aullidos están cada vez más cerca...

Cuanto más miro a ese maldito elfo, más me escama el hecho de que me pareciese alguien digno de confianza. Me pregunto qué clase de cerveza sirven en esa taberna de Entibo donde Gubber y yo lo conocimos. En aquel momento, me resultó fascinante. Era la primera vez que veía uno de los Primeros Nacidos y, ¡qué honor que fuese uno de los Noldor el que me estuviese hablando! En las historias de mi abuelo, los Noldor aparecían como los mayores de entre los elfos, los más sabios y poderosos, los que tuvieron el valor de desobedecer incluso a los Valar y de desafiar al propio Morgoth. Recordé, mientras él me hablaba delante de unas cervezas, la historia de Fingolfin, que combatió con el propio Enemigo en las puertas de su refugio y también las historias sobre Gondolin y Nargothrond, las grandes ciudades que construyeron los Noldor en Beleriand.

Dijo llamarse Curunavion, pero ahora pienso que debería haberse llamado Furunavion, el muy ladino. ¡Cómo nos engatusó con sus palabras, con sus cuentos sobre tesoros enanos en una ciudad subterránea enorme! Las leyendas de la vieja Khazad-Dûm las conocen hasta los hobbits que viven en mi pueblo. ¡Y no son más que leyendas! ¿Por qué extraño sortilegio creí a Curunavion y me dejé llevar por mi impulso númenóreano? Pues no lo sé, pero seguro que mi padre está ahora mismo maldiciéndome por haberme ido ahora que las habas estaban a punto de ser recogidas y que los pastos empiezan a estar demasiado nevados y se hace más difícil encontrar buena hierba para las ovejas. Nunca debí abandonar a los míos...

¿Qué es ese ruido? Hay algo detrás de nosotros, maldita sea mi estampa. Algo que debe tener cuatro patas peludas y un montón de dientes sedientos, supongo. Mierda. ¿Y ahora? ¿Por qué se detiene Curunavion? ¡Ah, hemos llegado! Una pared vertical, sí señor, con dos árboles que dan verdadera pena al lado. Los pies los tengo helados y mojados, la cabeza parece a punto de estallarme con el frío y las manos las tengo que parece que se me van a caer los dedos al suelo. Como haya pasado por todo esto para ver una mierda de pared de las Montañas Nubladas, juro que me hago una chaqueta con el pellejo de Curunavion.

-¿Y ahora qué? -pregunto.

-Espera un poco, ¿vale?

Y se pone a toquetear en la pared, como si quisiera acariciarla o algo así. ¿Qué demonios busca? Bueno, esto parece que se anima. Cree haber encontrado algo. Da dos pasos atrás y la luna sale de detrás del horizonte, iluminando el campo, que ahora me parece más siniestro que cuando no se veía ni a tres en un burro.

¡Madre del Amor Hermoso! ¿Qué es eso? Una puerta hecha de pura luz blanca, brillando en la pared y surgiendo de la nada, justo donde Curunavion ha tocado... Letras rúnicas, puedo leerlas, sé que puedo hacerlo. Narvi, Celebrimbor, Acebeda, Moria, ¿Qué demonios significa todo esto?

-¿Qué dices ahora, incrédulo humano? -dice Curunavion, que parece haber crecido de la emoción-. Son las puertas de Moria, las puertas de Hadhodrond, la Gran Ciudad de la raza de Durin...

-Estupendo -respondo, tratando de que mi nerviosismo no se note-. Y ahora, ¿vas a sacar la llave?

Curunavion se ríe y abre su mochila. Saca un pequeño cuadernito hecho de hojas arrugadas cosidas con una cuerdecita negra y empieza a pasar las páginas, histéricamente. Lee, pasando el dedo por las hojas y yo vuelvo a escuchar algo detrás de nosotros. Me giro y no hay nada. Si es un huargo, debe tener el poder de la invisibilidad y, si no lo es, entonces yo me estoy volviendo majara.

-Mellon -dice Curunavion. Si se refiere a mí, lo lleva claro. De amigos nada, en todo caso....

-¡Madre mía! -grito-. ¿Qué es eso?

Las puertas se abren con un crujido y un sonido grave. Las puertas se han abierto y todavía no tengo claro qué ha hecho que se abran. Curunavion da un salto y se cuela en el interior, haciéndome señales con la mano.

-¡El enano tenía razón! ¡Era simple a más no poder! ¡Qué ingenio el de los enanos, poner una contraseña tan fácil! ¿A quién se le ocurriría?

Mientras camino detrás del elfo, voy sacando el yesquero y una de las lámparas de aceite que trajimos. Pesaban como el infierno y más de una vez estuve a punto de tirarlas a un lado del camino, pero ahora van a ser más que útiles porque estos enanos olvidaron hacer lámparas para iluminar este lugar... Mientras enciendo la lámpara, Curunavion se dedica a mirar por todas partes, lo poco que puede verse gracias al resplandor mortecino de la luna. Y hasta ese resplandor dura poco, porque las puertas empiezan a cerrarse de nuevo, ellas solitas. Cuando la lámpara se enciende, escucho de nuevo algo detrás de mí. Es como una respiración agitada, o un suspiro fantasmagórico. Desde luego, ese elfo podrá dárselas de lo que quiera, pero a mí me da la impresión de que ni siquiera se ha dado cuenta de que no estamos solos en las ruinas de Khazad-Dûm.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-01-2006 Hora: 14:09
me gstó... más aún la parte enque el elfo dice mello y el...

bueno, tu lo has escrito, tu sabras....

Fecha: 25-12-2005 Hora: 19:40
Casi como siguiendo mi comentario al capítulo anterior, la historia se disfruta mucho con la forma en la que el protagonista nos hace partícipes, porque te lo cuenta con familiaridad; nosotros hacemos el papel de su consciencia, nos habla como desahogándose, como sus mejores confidentes, y sin tapujos, y parece que sea su forma de no volverse loco, de ahí esa ironía (algo vasta para ser tal, en realidad). Es de los pocos relatos de humor negro que hay aquí (y me ha hecho reir varias veces).
En este capítulo, las delirantes reflexiones superan con creces a los diálogos, que incluso me parecieron un poco forzados (o al menos no todo lo fluido que debieran).

Fecha: 19-12-2005 Hora: 15:04
Este me ha gustado más! la narración es mucho más ágil y las palabras están mejor escogidas. Veremos lo que depara Moria al hombre y al elfo...