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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 1
PRESENTACIÓN
Por Aicatar
 
Tharbad, Cardolan. Finales de 1409 T.E.

El sargento de lanceros Galdur Ingumion se asomó sobre la muralla, entre dos de las almenas, para ver la que se les echaba encima. Sus ojos apenas se abrieron, pues era hombre de mirada rasgada y de cuarenta y seis primaveras, treinta y cuatro de las cuales habían transcurrido como soldado. Su padre lo había alistado en el cuerpo de exploradores con apenas doce años, como mensajero del Rey, y no conocía otra vida que no fuera la de un soldado abnegado y sufriente. Inspiró profundamente, haciendo sonar las mucosidades de su nariz y escupió al suelo, como maldiciendo por lo bajo.

-Ahí están, muchacho -le dijo a Bariman, su ayudante, un joven de rostro angelical y apenas quince abriles, que temblaba de frío y miedo-. Por fin el Rey Brujo ha decidido mandar Tharbad al otro barrio y, de paso, a todos nosotros con ella.

-¿Son muchos, mi capitán? -preguntó ingenuamente el lacayo.

-Más de los que verán tus ojos nunca.

En efecto. Ahí, a apenas dos leguas al norte, había una marabunta de seres que avanzaban a trompicones, fustigados por los látigos de los orcos. En las guerras de antaño, el truco del almendruco era aguantar la estopa nocturna hasta que llegaba la luz del día y, entonces, concentrar a todas las tropas disponibles en la puerta de la ciudad y soltarlos en una carga brutal contra los orcos, que quedaban ciegos en cuanto el Sol salía por el horizonte. Ese truco, hoy, no iba a valerles de nada.

Porque además de orcos y trolls, había innumerables hombres con las tropas del Rey Brujo. Hombres de Rhudaur, traidores que se habían pasado al enemigo cuando las cosas se torcieron, descendientes muchos de pequeños nobles númenoreanos que, en lugar de concentrarse en la Antigua Sabiduría, habían convertido sus cortes en hogar de prostitutas y bebedores. Las grandes fiestas que llenaban los castillos de Rhudaur habían podrido el ánimo de sus habitantes, habían corrompido su entereza y, cuando llegó el momento de defenderse de Angmar, no habían sido capaces de levantar sus espadas con fuerza suficiente. Ahora, Rhudaur era un yermo hediondo, plagado de orcos y trolls, donde los huargos y los lobos campaban a sus anchas y donde los hombres se apuñalaban los unos a los otros por un venado esquelético. Las cosas no habían sido mucho mejores en Cardolan, pero al menos estaban resistiendo como era de esperar.

Y no solamente de Rhudaur venían los hombres. El sargento de lanceros Galdur Ingumion vio también los estandartes macilentos de los dunlendinos, bandoleros y forajidos de las montañas, que odiaban a todo lo que oliese a extranjero y que tantas veces habían sido repelidos por los reyes de Arnor, vetustos reyes que ahora se lamentaban en sus tumbas por tantos y tantos años de desidia e imperio. Los dunlendinos venían a vengarse y a cobrarse su venganza en sangre. No dejarían cabeza sobre los hombros, sea ésta de hombre, de mujer o de niño. Según las leyendas, los dunlendinos, auspiciados por el Rey Brujo, devoraban a sus enemigos en la creencia de que así obtendrían su fuerza y su vitalidad.

Y desde el sur de Minhiriath habían venido salvajes y bárbaros también. Hombres rudos y de anchas espaldas, con las pieles curtidas por el sol y plagadas de tatuajes, con los cabellos largos, enmarañados y adornados con hueso y madera. Hombres asilvestrados que no conocían más autoridad que la de la espada y cuyo idioma no conocía la escritura, un idioma que nada tenía que ver con el que inventasen los elfos en Cuivienen. Estos hombres habían sido siempre un grano en el culo de Cardolan. Indominables, imposibles de gobernar, campaban a sus anchas por las colinas y las praderas, saqueando ranchos e incendiando granjas, secuestrando hembras para usarlas como receptáculos de su lujuria y como criadoras de sus retoños.

Esta vez, el viejo truco de esperar al sol para salir y ponerse las botas de hendir cabezas de orco, no iba a servirles de nada, porque esos hombres combatían como verdaderos demonios.

-Nos van a caer todas de golpe -dijo Galdur Ingumion, bajando por la escalera, seguido por su lacayo-. Ve hasta la Casa de los Oficiales y avisa al Capitán Hildor. Esto no va a tardar mucho en ponerse feo.

Y el chiquillo corrió por el patio de batalla, donde los arqueros estaban ya formando filas y donde la escasa caballería de Cardolan trataba de mantener a sus caballos en su sitio. Hasta las pobres bestias se olían el fregado al que estaban abocados y no había jinete que no tuviera que espolearla a conciencia para que dejase de patalear y piafar. Entre los jinetes, había algunos vestidos de plata y negro que todavía mantenían el porte y el señorío de los viejos Dúnedain. Eran los hombres de Hildor, voluntarios de Gondor que venían en auxilio de Cardolan. Si bien el rey no había querido auxiliarlos, había dado permiso a sus capitanes para actuar según su conciencia y Hildor había sido el único en responder afirmativamente. Doscientos cincuenta hombres, casi todos ellos a caballo, habían llegado pocos meses antes a Tharbad y se habían dedicado a perseguir enemigos por los campos, en escaramuzas pequeñas, emboscadas y batallas minúsculas, hasta que llegó el momento de refugiarse en la ciudad y resistir.

La Casa de los Capitanes estaba a la entrada de la ciudad, junto a las dos atalayas que guardaban la puerta del Norte, a apenas quinientos pasos de distancia de la muralla exterior. Era un edificio grande, de piedra blanca, llena de estandartes y escudos heráldicos que criaban polvo desde que a nadie le importasen un rábano, hace ya tantas décadas, que casi podría decirse que nunca jamás habían recibido el trato que merecían. Tal era la decadencia de los príncipes de Cardolan, especialmente de los últimos, los que hicieron oídos sordos a la llamada de Arthedain y las advertencias sobre el Rey Brujo. Hicieron oídos sordos porque creyeron que las montañas de Angmar estaban demasiado lejos, con demasiados enemigos en medio, como para que les afectase de algún modo. Demasiado preocupados en partirse el morro con sus primos de Rhudaur por controlar la Cima de los Vientos y creyéndose a salvo de los males del Norte, los nobles de Cardolan podían dedicarse a mirar las estrellas desde sus altas torres y leer viejos tomos perdidos en las bibliotecas, sin mirar nunca a los campos, sino únicamente a su propio ombligo orgulloso.

El Capitán Hildor estaba allí, sentado delante de un mapa, vestido con su cota de malla y luciendo brazales forjados en Cair Andros, de donde había venido. Hildor había servido como capitán de caballería en Gondor durante muchos años, cosechando grandes hazañas más allá del Anduin, a la sombra de las Ered Lithui, contra salvajes jinetes que venían desde el mar de Rhûn. Especialmente famoso había sido por la defensa de cierta fortaleza contra una tribu de orcos de Mordor, orcos que quedaron desperdigados por el fango, hasta donde el horizonte se perdía con el cielo. Se decía que Hildor no había tomado esposa porque temía que en cualquier momento una flecha enemiga atravesase su garganta y no quería dejar viuda y huérfanos detrás de él. El sargento de lanceros Galdur Ingumion, aunque siempre tuvo el mismo miedo, se había casado y ahora su esposa estaba embarazada de su tercer hijo. El primero, de trece años, estaba destinado entre los arqueros y el segundo, una niña de siete, permanecía con su madre, llorando. En el mismo momento en que Bariman le contaba al Capitán gondoreano lo que él y Galdur habían visto, el sargento llegaba hasta la plaza central, donde estaban concentradas las mujeres, los ancianos y los niños.

-Elimia, mi amor -dijo Galdur, dándole un beso a su mujer-. Debéis partir con el siguiente convoy. No habrá otro. Éste es el último antes de que los de Angmar caigan sobre nosotros.

-Galdur, por favor, ven con nosotras. No podremos sobrevivir sin ti.

-Podréis -sentenció Galdur, conteniendo las lágrimas-. El capitán Veleron tiene cien hombres a su mando que os defenderán si sois atacadas. No os preocupéis. Estoy seguro de que esas alimañas no querrán arriesgar guerreros en atacar a civiles desarmados. Primero, nos aplastarán a nosotros.

-¡No puedes abandonarnos ahora! -suplicó Elimia, llorando-. ¡Ven con nosotros!

-Ninguna esperanza hay, si abandonamos las murallas ahora. Ve hasta el refugio con Veleron y espérame allí.

Elimia abrazó a su marido, temiendo que ésas fuesen las últimas palabras que oyese de su boca en este mundo.

-Tye-melanë -le dijo, usando la vieja lengua élfica que todavía se mantenía viva en algunas familias númenóreanas.

-Melan te -contestó él. Después, besó a su hija en la mejilla y le acarició los cabellos negros con cariño-. Cuida de tu madre y de tu hermanito hasta que yo vuelva, ¿vale?

La niña no contestó. Asintió con la cabeza y dos lágrimas saladas resbalaron desde sus mejillas hasta el suelo. Galdur se dio media vuelta y, evitando así que le vieran llorando, se alejó. Cuando dobló la esquina, el cuerno que el capitán Veleron hizo sonar le indicó que la comitiva partía hacia el refugio preparado para este momento. Y, pasando junto al capitán, lo saludó con la mano, haciendo el marcial gesto indicado para referirse a un superior y, colocado de pie junto a su caballo, le dijo:

-Veleron, te conozco desde hace más de veinte años. No hay mejores manos para dejar a una hija y una esposa embarazada. Júrame por tu vida que no dejarás que nada malo les pase.

-Con mi vida pagaré si no hago cumplir este juramento -contestó el capitán, haciendo oídos sordos al tratamiento familiar con el que se le había referido el sargento. Al fin y al cabo, lo más probable es que no saliesen vivos de ésa, así que esas estúpidas expresiones formales de "su excelencia" o "mi señor", estaban muy de más-. Tú preocúpate de que esos buitres de Rhudaur no entren en la ciudad, ¿de acuerdo?

Y la comitiva se dirigió a la puerta sur, que era la única que no presentaba enemigos a pocas millas. Y el sargento Galdur Ingumion regresó a su posición, en las murallas, donde se encontró con Bariman, que estaba junto al Capitán Hildor. Éste saludó al sargento y Galdur devolvió el saludo.

-Excelencia -dijo-, se nos viene encima la que siempre temimos.

-O la que siempre esperamos, Galdur, no lo olvides. Ahí adelante no tenemos al mismísimo Rey-Brujo, pues él no se arriesga hasta que todo está consumado, pero sí tenemos a su fiel perro Bagmûd el Rojo.

-Que la ira de los Valar se lleve a ese carnicero.

-Así sea...

-Capitán -dijo Galdur-. Esto aún tardará un poco. ¿Da usted su permiso para que me ausente de mi puesto unos minutos? Quisiera hablar con mi hijo, que está entre los arqueros de la muralla exterior.

-Adelante, Galdur. Pero antes de que el sol llegue al cénit, preséntese en el Patio con su compañía.

Y Galdur hizo un saludo de despedida y bajó la escalinata de madera, hasta llegar al patio y de ahí, hacia el este, al lugar donde los arqueros estaban preparando sus arcos y sus flechas. Eran unos quinientos. Buenos arqueros de Minhiriath la mayoría, hombres de campo, acostumbrados a coser a flechazos a sus enemigos. Cada uno de ellos llevaba unas treinta flechas y tenían orden de recoger cualquier carcaj que encontrasen de sus compañeros caídos, hasta que ninguna más pudieran lanzar. Con que solamente una de cada cinco flechas diese en el blanco, Angmar tendría de qué lamentarse.

El Capitán Hildor pasó la mano por la cabeza del joven Bariman y le sonrió.

-Tranquilo, muchacho. Mantén la posición e infórmame de cualquier movimiento de los de Angmar, ¿comprendes? Estaré en la Casa de los Oficiales, preparando la defensa.

Y mientras el Capitán, con sus casi siete pies de altura y su capa negra flotando al viento del sur, bajaba la escalinata de madera, el joven Bariman vio a los carpinteros asegurar los pisos de madera de la muralla, colocados para que arqueros y lanceros pudieran defenderlas. Los troncos eran gruesos y las cuerdas, hábilmente trenzadas. Bariman pensó que las catapultas enemigas no podrían derribar del todo las poderosas murallas de la ciudad, pero que esas empalizadas no durarían demasiado. Seguramente, habría más muertos de caídas al vacío desde los seis metros de altura de esas construcciones que de golpes enemigos. Tragó saliva y se alegró de que su puesto estuviera en el patio, en tierra firme, y no ahí arriba, donde iban a recibir estopa hasta en el cielo de la boca.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 28-01-2006 Hora: 03:47
Meh, bueno, pero una sola pregunta. como hacer nuevos capítulos para un relato?