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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 2
Los Capitanes se Reúnen
Por Aicatar
 
Nada hay más triste que una ciudad sin Señor y un reino sin Monarca. Eso era Cardolan en esos momentos. El último príncipe había caído pocas semanas antes, defendiendo las Tyrn Gorthad, y ahora criaba polvo en un túmulo, el último que levantarían para un Señor de Cardolan. Los hombres que habían podido escapar, habían huído hacia el sur, buscando la ciudad y esperando un milagro de los Valar. Así había sido para Galdur Ingumion, que después de llevar dos meses venga a enzarzarse a puñaladas con los orcos de Angmar, se había visto en la deshonrosa tesitura de tener que replegarse, huír por leguas y leguas de territorio hostil, con constantes emboscadas y ataques nocturnos, hasta llegar a una ciudad que ahora se le tornaba un matadero. Una ratonera de piedra y metal llamada Tharbad, donde casi tres mil soldados iban a morir por defender la capital de un reino ya dado por destruido. De nada servía el patriotismo o la lealtad al Príncipe. La Patria estaba deshecha y el príncipe muerto. Aunque Cardolan sobreviviese a la guerra, le vendrían los conflictos entre nobles, siempre dispuestos a llevarse algo de un entierro. Vendrían guerras civiles y, seguramente, la escisión de grandes territorios. Los condes y barones, antes tan dados al "sí, señor, lo que vos ordenéis, aquí estamos para servirle, somos sus más fieles servidores" y toda esa mierda de cortesano traicionero, ahora se frotarían las manos en caso de victoria. Saldrían aspirantes a Príncipe de todas partes, vendrían los tiempos de discusiones interminables y presentación de papeles sobre heráldica y genealogía. Estúpidos chambelanes se las darían de grandes señores únicamente porque un bisabuelo de su primo se acostó una vez con la hija de algún númenóreano. Ese era el destino de Cardolan, incluso aunque vencieran. Si había que luchar por algo, era por salvar la propia vida y por largarse de este mundo con la espada tiznada de sangre enemiga, pero no porque hubiera mucha esperanza de que volvieran los buenos tiempos.

Cuando Galdur tenía estos pensamientos aciagos, solía sacudírselos con un movimiento rápido y horizontal de cabeza. Esa vez, dejó que se formasen en su mente, pues nada importaba ya, salvo defenderse lo más posible y matar a quien se acercase. Mejor ellos que yo y todo eso.. Así llegó hasta el destacamento donde estaba su hijo, subió por la escalerilla y se presentó al lado del chaval sin que éste lo viera venir. Eran arqueros, sobre todo arqueros jóvenes, demasiado jóvenes, como su hijo, que contaba trece benditas primaveras. La mayoría no había combatido nunca o lo había hecho en situaciones mucho más ventajosas, batallas de ésas en que apenas tienes tiempo de disparar tres o cuatro flechas antes de lanzar el grito de victoria. Galdur conocía más guerra que eso, pero tampoco es que le fuera a servir mucho en semejante trance como el que tenían delante. Puso su mano sobre el hombro del chico y notó que éste temblaba de miedo.

-Vamos, muchacho -le susurró-, tranquilo. Ahora lo último que debes hacer es ponerte nervioso. Recuerda: cuando empiece lo que ha de venir, debes mantener la cabeza en su sitio. Y no solamente en sentido figurado...

-Padre, no tengo miedo.

-No mientas, hijo, eso lo último. Yo también lo tengo y es natural que tú lo tengas. El miedo puede mantener vivo a un hombre incluso cuando todo lo demás le es inútil.

Galdur inspiró profundamente y sacó de su bolsillo un paquetito de cuero con un cordelillo entrelazado. Se lo dio a su hijo y, en el paquetito, había un anillo y dos cuerdas de arco. El chico tomó las cuerdas, las metió en una faltriquera de su cinturón y luego se puso el Anillo en el dedo medio de su mano derecha.

-Es el anillo de tu abuelo -dijo Galdur-. Ahora escúchame: cuando todo esto empiece, ni se te ocurra mirar entre las almenas a ver qué pasa. Aunque la tentación sea grande, mantente a cubierto mientras atacan la muralla desde lejos. Y cuando vengan a asaltarla, no dispares a los que están cerca, ¿de acuerdo? Es muy difícil apuntar hacia abajo. Dispara a los de atrás, que además se cubren menos y son blanco más fácil. Y si todo se tuerce, cuando el capitán dé la orden, baja al patio y sitúate en las posiciones traseras. No te hagas el héroe, hijo, esta batalla no la vamos a ganar porque tú o yo seamos más o menos valientes, sino porque tengamos más cerebro que corazón.

-Padre, no digáis eso: vamos a ganar.

-Sí, hijo, vamos a ganar, pero para eso, hay que mantenerse vivo el mayor tiempo posible. No malgastes tus flechas. No dispares sin antes tener un blanco claro. Y cuando no te quede ninguna y no haya ningún proyectil cerca disponible, desenvaina la daga y retírate hacia las posiciones de retaguardia. El cuerpo a cuerpo no es lugar para un arquero. Deja eso a los hombres de tu padre, que sabemos cómo tratar a esos bandoleros del Eryn Vorn.

-Sí, padre.

-Por último, una orden voy a darte -dijo Galdur, agachándose hasta poder abrazar a su hijo y hablarle al oído, metiendo un papel en su bolsillo trasero-. Si yo caigo, ve hasta los establos, toma un caballo de los que queden en pie y ve hacia la puerta sur. Este pergamino lleva el escudo del Príncipe y te servirá de salvoconducto. Sal de la ciudad y dirígete al refugio del capitán Veleron, con tu madre y tu hermana. Ellas te necesitan mucho más de lo que te necesita Tharbad, ¿comprendes?

-¡Padre! ¡Eso es deserción y traición!

-No lo es -contestó Galdur, enojado por el comentario de su hijo-. Las ordenanzas lo dicen: "De las familias donde solamente hubiere un hombre vivo, éste quedará exento de sus responsabilidades militares para que pueda hacerse cargo de sus familiares hasta el final de la guerra o hasta que un segundo hombre alcanzase la edad mínima para combatir". Hazme caso. Si caigo, retírate para proteger a tu madre y a tu hermana. Y diles que las amé hasta el último suspiro.

El joven arquero quiso llorar, pero se contuvo. Su padre, sin embargo, no le instó a ello, aunque tampoco le habría censurado esa actitud. Se levantó y le sonrió de nuevo. Le dijo que se cuidara y bajó las escaleras, para regresar a su puesto, a preparar su compañía para cuando llegase el momento. El joven arquero suspiró profundamente y miró más allá de la muralla, donde el ejército enemigo se detenía y empezaba a preparar las catapultas y las armas de asedio. Aquello iba a ser una auténtica merienda de negros, con perdón por la expresión.

Y mientras Galdur Ingumion hacía formar a los suyos, el capitán Hildor, el capitán Angurath y el capitán Gibbond se reunían en una sala especial, en el segundo piso de la Casa de los Oficiales. Eran los últimos capitanes de Cardolan, con excepción de Veleron (que protegía a los refugiados) y alguno de los que habían quedado atrapados en las Tyrn Gorthad. La reunión se esperaba corta, pues todo parecía bastante claro. Angurath, capitán de Cardolan emparentado con la casa del Príncipe, parecía dirigir el cotarro:

-Está bien -dijo-. Aquí parece que está vendido todo el pescado, ¿no? Pues eso. Mientras yo me encargo de la defensa de las murallas, el capitán Gibbond deberá defender el río, que también nos darán candela por esa parte. Y usted, capitán Hildor, mantenga a sus jinetes preparados, pues antes del fin les daremos una sorpresa a campo abierto. La puerta sureste debe quedar libre de enemigos y de eso me encargaré yo, ¿estamos?

-Estamos -contestó Gibbond-. Del río no tendríamos por qué preocuparnos. Se han producido algunas contiendas más arriba y el enemigo ha sido diezmado. Si quieren entrar, deberán hacerlo por la muralla.

-Destine, pues, todo hombre disponible hasta las posiciones de la muralla cuando sea necesario, capitán -ordenó Angurath.

Angurath era un buen hombre, un tipo de ésos que han ascendido en el escalafón contando batallas y no todas fáciles. Sabría defender las murallas, pero se le veía ya esa mirada aviesa y codiciosa del que sabe que, de sobrevivir, podría reclamar territorios como propios e, incluso, casar a alguna hija con alguien importante. Para Angurath, defender la ciudad era más un mero trámite para conseguir el título nobiliario que una cuestión de honor. Y eso los demás capitanes lo sabían...

-El punto más débil sigue siendo la Puerta Norte -apuntó el capitán Hildor, casi sin inmutarse-. Si nuestra artillería no puede acabar con la suya antes de dos o tres lanzamientos, acabarán por abrir brecha y entonces se acabará todo.

-Confíe en nuestra artillería -dijo Angurath-. Es mejor de lo que parece...

Hildor se levantó e hizo un gesto que significaba, más o menos, que valía ya de palabras y que fuesen todos a prepararse. Mientras salía por la puerta, pensó que la artillería era una maravilla, pero que los artilleros más capaces estaban ya todos muertos en algún lugar de las Quebradas de los Túmulos o junto a Amon Sul y que los que iban a manejar esas catapultas y arbalestos eran, en muchos casos, lisiados y ancianos que no podían defender el cuerpo a cuerpo y habían sido destinados atrás. Hombres con mucha voluntad, pero sin la fuerza y la habilidad necesarias para ese trabajo. Así habían sido las cosas desde que los príncipes de Cardolan y los nobles de Rhudaur habían decidido ponerse hasta las cejas de luchar entre ellos, siguiendo los designios del Rey Brujo, que se partía de risa en su trono negro de Carn Dûm, viéndolos morir por una estúpida colina. Ahora, el ejército de los Dúnedain solamente residía en el norte, en Arthedain, que estaba recibiendo también lo suyo, por cierto. En Cardolan, extraña era la familia que mantenía íntegra la sangre de Númenor. Mucho menos, su valor y su coraje. Por eso el Rey Brujo no les tenía más miedo que a un mosquito que tratase de picar en su invisible carne surgida de la muerte.

Y cuando el sol empezaba ya a descender hacia el horizonte, los ejércitos de Angmar terminaron de montar sus catapultas y sus arbalestos. El sargento de lanceros Galdur Ingumion vio que no traían torres de asedio, ni arietes. Sabían que Cardolan había puesto en sus murallas garfios de defensa para atenazar cualquier arma que tratase de derribar sus puertas y que los arqueros eran numerosos y bien entrenados. El ataque no se realizaría hasta que las murallas hubieran sufrido un buen acoso por parte de las catapultas del Rey Brujo. Catapultas realizadas en las mazmorras de los orcos, donde llevaban siglos diseñándolas, mejorándolas y construyéndolas, esperando este momento para salir al exterior y demostrar lo que valían, que no era poco.

-Bariman -le dijo a su ayudante-. Si salimos vivos de ésta, recuérdame que no vuelva a meterme entre murallas en el resto de mi vida.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 22-03-2006 Hora: 21:45
el mejor que e leido ¿como lo haces?

Fecha: 21-12-2005 Hora: 23:08
Exitante, sí señor. La narración encaja: descarada, incluso obscena, con tensión y emotividad en dosis efectivas, y frases en su mayoría más que correctas (me gusta cómo hablan los capitanes), con roles bien asumidos, y un capítulo bien estructurado.
La única pega que le puedo poner es la localización, pues Tharbad pertenece a Gondor, y quedaba lejor de las luchas contra Angmar. Siguió siendo la frontera de Gondor por el norte durante 1500 años más tras la caída de los reinos del norte.