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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 3
Llueven Piedras
Por Aicatar
 
En una guerra civilizada, pensaba el joven arquero Ladûr Ingumion, los capitanes de ambos ejércitos se reunirían a mitad de camino para parlamentar. En una guerra civilizada, al arquero que se le ocurriera la genial idea de disparar una flecha contra un capitán enemigo en pleno parlamento, le esperaban cien azotes y un cabo de cuerda alrededor del cuello. En una guerra civilizada, los capitanes podrían llegar a un acuerdo y acabar con la lucha antes de que ésta empezase.

Pero esta no era una guerra civilizada y los ejércitos de Angmar no esperaron a ningún parlamento.

El ruido de las máquinas de guerra cargándose era para caerse al suelo de miedo. Los orcos se arremolinaban alrededor de unas construcciones de madera y metal situadas junto a las catapultas y tiraban de unas cuerdas, movían unas poleas y una gran roca se levantaba en el aire, caía sobre un plano inclinado e iba descendiendo, sujeta por filas de orcos -y algún enorme troll, deforme y bestial- que tiraban de unos cabos ralentizando su descenso, hasta ponerse sobre la cazoleta. Había siete de estos artefactos ahí adelante, al doble de distancia de un tiro de arco, en la seguridad de que ningún tirador llegaba a ellos.

Y si el ruido de cómo las cargaban era terrible, el de cómo tensaban la palanca era aterrador. Tiraron de las cuerdas muy poco. Iba a ser un disparo corto, un disparo a la muralla exterior. Ladûr escuchó al sargento de arqueros la orden de cubrirse todo el mundo. Ya. Como que eso iba a evitar que las piedras los aplastasen. Esas enormes rocas iban directas a ellos, los que estaban detrás de las almenas, rezando lo que sabían, esperando el impacto. Antes de poder ver la jeta de un solo enemigo, muchos hombres morirían aplastados por pedazos de la muralla que, teóricamente, estaba protegiéndolos.

Iban a recibir las piedras asustados bajo débiles techumbres de madera, techumbres móviles que quitarían en cuanto al enemigo le diera por intentar el asalto. Mientras eso no pasase, de ahí no se movía ni un alma, a menos que las murallas se fuesen abajo por completo.

El sonido de la primera descarga no vino desde el ejército de Angmar, sino desde el interior de la ciudad. Doce catapultas sonaron prácticamente a la vez, doce sonidos neumáticos al soltarse los postigos y liberarse la palanca, doce golpes sordos de la madera contra los protectores de cuero y doce silbidos graves cuando las rocas salieron disparadas desde las murallas interiores, dispuestas a acertar en la artillería enemiga. Los gritos de júbilo de los defensores taparon el ruido de los proyectiles y a éstos los tapó el sonido de las rocas al impactar contra el suelo enemigo.

-¡Demasiado corto! -gritó alguien y otros tantos gritos se repitieron, hasta llegar a los artilleros.

Entonces se escuchó el silbido grave del enemigo atacando y Ladûr aferró su arco entre las manos y abrazó sus rodillas. Ladûr nunca había sido un chico demasiado religioso. Dejaba esas cosas para los ancianos y las mujeres. Ahora, sin embargo, sus pensamientos iban directos a las historias sobre el Oeste, sobre el Gran Mar y Atalantë, la Sepultada; y más allá, a Tol Eressëa, donde vivían los elfos, y a Aman, donde estaban los Valar, sentados en grandes tronos, contemplando el mundo. Cuando el primero de los golpes sacudió la muralla, sus pensamientos regresaron de inmediato a la Tierra Media.

El golpe estremeció toda la gran construcción y Ladûr se alegró de que hubiera alcanzado lejos de donde él estaba. Más al Norte, cerca de la Puerta Principal de la Ciudad, la que daba al viejo camino que llevaba a las Tyrn Gorthad y, más al norte aún, llegaba hasta Fornost Erain. Otro golpe más y saltaron millones de esquirlas y piedras por todas partes. Ladûr sintió que algo le daba en el cuerpo, una nube de polvo y escombro. Algunos pedazos le hicieron daño, golpeándolo por encima del jubón de cuero. Se escucharon gritos de terror y de dolor, la madera crujía bajo sus pies y un estrépito terrible le indicó que, en alguna parte, la pasarela de madera había cedido y ahora hombres, hombres como él, caían al vacío tratando en vano de aferrarse a algo. Muchos iban a morir antes de poder verle la cara al enemigo.

-¡Continuad en vuestros puestos! -gritó el sargento, mientras el cuarto y el quinto impacto volvían a traer el horror a los soldados. Ladûr se agarró fuertemente a las rodillas y las rocas volvieron a saltar desde la ciudad hacia el enemigo. Una vez más, el tiro fue demasiado corto. Demasiado inexpertos los artilleros, demasiado lentos, demasiado inútiles. Los orcos recargaban. El ruido de las máquinas funcionando, de los capitanes enemigos dando órdenes a gritos, de los heridos pidiendo auxilio y de los carpinteros que corrían a asegurar las partes más dañadas, se volvió un caos estremecedor. Y Ladûr volvió a sentir el temblor de toda la muralla cuando la segunda andanada de piedras impactó contra ella. Esta vez, con más fuerza aún que antes.

La muralla cedió a cuatrocientos pasos de donde él estaba y, mirando por encima de su hombro, vio un buen pedazo de piedra caer sobre el patio, cubriéndolo todo de polvo. Los hombres caían junto con las rocas y la madera y los sargentos volvían a dar las órdenes: "¡Quietos todos, joder, quietos todos!".

Otro impacto, otro temblor. Esta vez más cercano, mucho más cerca de lo que Ladûr podía considerar seguro. El grito de terror de los hombres empezó a hacerse insoportable y de nuevo se vio envuelto en una nube de esquirlas de piedra y madera que se clavaban en su carne, atravesando el jubón. Pero con las esquirlas, venía algo líquido, espeso. Se miró y vio que tenía el hombro derecho lleno de sangre. Abrió los ojos como platos, buscándose una herida que no existía y vio al arquero de su lado, un hombre de unos treinta, sosteniéndose la cabeza con las manos. En la parte trasera, tenía una gran herida sangrante y el hombre, palpándosela con los dedos, chilló de horror y dolor y cayó hacia atrás, apoyándose en uno de los travesaños.

-¡Ahí vienen! -gritó el sargento-. ¡Carguen sus arcos! ¡A discreción!

Esa era la orden esperada. Al menos, Ladûr no moriría sin enviar a uno o dos de esos bastardos a la tumba. Todos levantaron las manos y retiraron la techumbre de madera, arrojándola atrás, hacia el patio. Luego, sacó del carcaj una flecha y la puso en la cuerda, tensó el arco mientras se levantaba y, entre dos almenas, apuntó y soltó la cuerda. Al menos cien hombres venían hacia la muralla, hombres de Rhudaur, sosteniendo banderas amarillas y azules. Los más adelantados sostenían lanzas y chuzos, los de detrás, traían hachas y espadas cortas. Detrás de ellos, había dos docenas de honderos que, mientras corrían, iban girando sus armas. Al tiempo que la flecha de Ladûr volaba por el aire, los proyectiles de los honderos empezaron a volar sobre la muralla. La flecha llegó hasta un hombre barbado que sostenía una lanza en alto. Entró limpiamente justo debajo de su sobaco izquierdo y el hombre cayó hacia atrás, sobre el fango, inmóvil.

Ladûr volvió a guarecerse detrás de la almena, dispuesto a cargar de nuevo su arco, cuando notó el impacto de nuevos ataques de artillería enemiga. Esta vez estaban atacando mucho más al norte, tratando de abrir un hueco cerca de la puerta principal. Mientras los hombres de Rhudaur asaltaban la cara noreste, los artilleros de los orcos castigaban la muralla, lejos de sus aliados. Al tensar de nuevo la cuerda y volver a levantarse, Ladûr pensó en el hombre que acababa de abatir. ¿Quién sería? ¿De dónde habría venido? Desde las boscosas colinas a la sombra de las Montañas Grises, dejando atrás, quizá, mujer e hijos. ¿Qué hado le había traído hasta Tharbad, siguiendo qué designios? Al soltar la cuerda, la flecha se perdió en la maraña de hombres que lanzaban garfios y cuerdas contra la muralla. Disparo fallido. Volvió a meterse detrás de la almena y volvió a cargar. Sin tiempo para pensar. ¿Qué más daba quiénes fueran? Eran o ellos, o él.

Nueva descarga de flechas, nueva descarga de proyectiles de honda. Gritos de horror, gritos de dolor, voces de los sargentos, voces de los carpinteros que seguían asegurando los travesaños mientras caían a su lado trozos de muralla y cadáveres, cada vez más cadáveres. Los asaltantes que no estaban todavía aferrados a las escalas de asalto, lanzaban sus chuzos contra los arqueros y, cuando ya no tenían chuzos, arrojaban hachas, espadas, piedras y cuanto hubiera para lanzar. Recogían las armas arrojadizas de sus compañeros caídos y las arrojaban de nuevo a la muralla. Los arqueros disparaban, morían, caían heridos. Pero nadie se retiraba de la contienda.

Los hombres de Rhudaur trajeron grandes troncos y tablones, de cuatro metros de largo, arrastrados por una docena de hombres, que iban protegidos por otra docena que portaban grandes escudos. El sargento se colocó junto a Ladûr y levantó su espada.

-¡Disparad sobre los asaltantes! -gritó-. ¡Que esas pasarelas no lleguen hasta la muralla!

Pero entonces un proyectil de honda hizo blanco en su cuello. Ladûr pudo escuchar el crac de sus huesos al romperse y el sargento cayó, como un saco de patatas, golpeándose en la madera antes de precipitarse al vacío y un garfio se posó limpiamente en una de las almenas cercanas a Ladûr. Dos compañeros suyos dispararon sus arcos y se escuchó el grito de auxilio de alguien que recibía un flechazo mientras subía por la escala de madera. Ladûr se levantó, apuntó a un tipo rubio que portaba uno de los grandes tablones y soltó la flecha. El rubio cayó, con el proyectil atravesándole la pierna izquierda. Esta vez, ni pensó en si tenía familia o si era un buen hombre obligado a luchar por un ideal ignoto. Volvió a cargar, sin guarecerse, y volvió a disparar, contra otro de los porteadores. El tablón cayó al suelo, pues la mayor parte de los que lo llevaban habían caído víctima de las flechas.

-¡¡La puerta!! -gritó alguien-. ¡¡La puerta va a caer!!

Y Ladûr miró un instante hacia la Puerta Norte, donde una de las dos atalayas estaba hecha añicos y la otra resistía, endeble, más que tocada. Una gran roca golpeó contra uno de los nervios de la muralla norte y pareció que toda la muralla se venía abajo. Los travesaños de madera cedieron del todo. La pasarela cayó al vacío y los hombres que estaban sobre ella se aferraron a cualquier cosa, procurando no caer. Muchos lo hicieron en vano, pues la piedra de que estaba hecha aquella muralla se derrumbó, con un ruido que ensordecía cualquier otro grito o llamamiento. Ladûr, sosteniéndose a duras penas sobre aquella temblorosa estructura de madera, sintió el empuje de sus compañeros, que corrían a auxiliar la zona más castigada. La muralla, en la cara norte, apenas tenía ya tres metros de alto y los de Rhudaur, viendo más fácil el acceso por ahí, habían empezado a asaltarla por docenas. Detrás de ellos, otra compañía de hombres, esta vez de los bárbaros de Minhiriath y el Eryn Vorn, venía corriendo, lanzando gritos de triunfo y de odio, con el bramido de los cuernos detrás de ellos.

Desde la ciudad, una nueva descarga de rocas saltó hacia las posiciones enemigas. Esta vez la distancia sí fue la adecuada y los gritos de júbilo indicaron que una de las catapultas enemigas había sido destruida en el ataque. Pero de nada iba a servir, pues la puerta estaba ya cayendo sobre sus goznes, sostenida únicamente por trozos desprendidos de piedra y metal. La muralla había caído. El hueco era suficiente y el combate estaba ya en manos de los hombres, no de las defensas de piedra.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 24-12-2005 Hora: 14:10
Aunque me gustó más el capítulo anterior, se sigue aquí la misma línea.
Diría que esta es la parte del combate más desagradable, más ruín, donde la gente muere sin saber bien cómo, sin mirarse a la cara... te da asco, y pasas por el trámite con cierto aire despectivo, sin tanta emoción, preparándonos para la verdadera lucha.