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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 4
Batalla por la Puerta
Por Aicatar
 
Existía en Arnor, cuando el viejo reino incluía todas las tierras cedidas por Elendil a sus hijos, desde los páramos helados al norte de Fornost hasta el reino hermano de Gondor, un cargo para jóvenes soldados llamado el Hláparima, "el que hace flotar". En esta época más bárbara, el nombre se había cambiado al de Lyapárima, pero el cargo y el oficio era el mismo. Un chico de apenas quince años que, en plena batalla, trepaba por una escalinata de cuerda hasta la bandera y la cambiaba, para dar las órdenes que el capitán le indicaba. Un código de colores y formas, conocido por todos los sargentos y capitanes, que se cambiaba cada cierto tiempo por seguridad, indicaba a todos en la batalla cómo había que actuar en cada momento. El capitán Angurath había dado la orden y el Lyapárima estaba trepando por la cuerda mientras Ladûr Ingumion volvía a disparar su arco y, esta vez, la flecha se clavaba en uno de los tablones por donde se colaban los hombres de Rhudaur, sin hacer daño alguno. El Lyapárima quitó la bandera del palo y colocó en ella una bandera roja y, bajo ella, otra azul, ambas triangulares.

El sargento de lanceros Galdur Ingumion vio la señal y miró al capitán, que se paseaba por delante de sus tropas. Era la orden que obligaba a los lanceros a defender la muralla. Levantándose, increpó a sus hombres. El capitán decía cuándo y dónde atacar, pero los sargentos escogían la forma de hacerlo. Sin pensárselo dos veces, el sargento supo que la adecuada era la Defensa Tres.

-Lanzas y escudos a la espalda -gritó-. ¡Un chuzo en cada mano! ¡Todos conmigo!

Alejado ya de que lo oyera el capitán, volvió a gritar:

-¡Y al que se eche para atrás, juro que lo ensarto como a un orco!

Los hombres obedecieron y salieron en tropel hacia la muralla norte, donde la muralla había caído casi por completo y por donde los enemigos se estaban colando hasta la cocina. Los escudos estaban colgando de correas a la espalda y las lanzas estaban cruzadas bajo ellos. Al cinto, una espada corta que esperaban todos no tener que usar. Era un arma demasiado corta, en comparación con las grandes hachas y las largas lanzas de los asaltantes. En las manos, dos pequeñas jabalinas, de apenas medio metro de largas. Chuzos de asalto, para repeler el ataque tanto a distancia como en el cuerpo a cuerpo, armas que permitían al soldado anticiparse al obligado arco que debían recorrer las espadas y hachas. Corrieron hacia la muralla mientras los arqueros que quedaban en pie gastaban un último aliento en disparar una flecha más y se retiraban al patio, dejando paso a los lanceros. Ya no era lugar para ellos allí. Demasiado cerca estaba el enemigo como para que un arco pudiera hacer mucho daño.

Los lanceros se encaramaron a lo que quedaba de la estructura de madera y empezaron a lanzar los chuzos contra todo el que estuviera intentando entrar. Los primeros gritos de muerte llegaron desde el otro lado de la muralla, pero pronto aquello se convirtió en una ensalada de golpes por todas partes. Bárbaros sosteniendo hachas en lo alto, soldados de Rhudaur aullando de rabia, dunlendinos cobardes que se abalanzaban a por sus enemigos con el odio de siglos de envidia. Galdur Ingumion había estado en sitios peores, la verdad, como en Tyrn Gorthad, hacía apenas unas semanas, o en Amon Sûl, varios años antes. Pero no mucho peores. Con los nervios templados, empezó a gritar órdenes y vítores a sus hombres mientras arrojaba uno de sus chuzos a uno de barbas que trataba de colarse entre las maderas desvencijadas y soltaba el escudo de sus correas para embrazarlo. Cuando el barbado cayó muerto, pasó el otro chuzo a su mano derecha y tomó el escudo con la izquierda. A partir de ahora, nada de arrojar nada. A partir de este momento, el combate sería cuerpo a cuerpo.

Trepó por encima del escombro, seguido por una cohorte de valientes lanceros y se abalanzó contra los asaltantes. Mató a uno casi sin mirarle a la cara y detuvo un hacha voladora con el escudo, desviándola de su destino (que no era otro, sino su propio pecho). Maldito cabrón. Si pilla al bastardo malparido que la tirase, lo convierte en lisonjas palpitantes. Ni caso. Esos pensamientos mejor para otro momento. Ahora, mantén la cabeza fría, Galdur. Piensa en tu mujer y procura salir vivo de aquí, por la cuenta que te trae.

Tres, cuatro, cinco lanzazos con el chuzo y otros tantos enemigos cayendo al suelo, heridos, ensangrentados, abatidos. Nadie se preocupa por un enemigo herido que repta hacia atrás, habiendo tantos chillando por todas partes. Gritos de ánimo, "¡¡Venga, coño, a por ellos, a por esos bastardos!!". Gritos de "Cardolan, Cardolan" y de "Muerte a Angmar" por todas partes. Gritos que envalentonan el alma y animan a continuar luchando. También gritos de "Socorro" y de "Ayuda", gritos de dolor, alaridos de hombres que no encuentran alguna parte de su cuerpo, de hombres que sostienen con los dientes un torniquete improvisado, de hombres que caen al suelo y son pisoteados por la turba que se abalanza sobre ellos. El sargento Vallar, con apenas treinta años, acaba de caer con la frente hecha un solar por un hacha. Lástima, pero no será el único. Los hombres de Vallar lo vengan matando a tres de los que trataban de incendiar la estructura de madera y arrojan sus cuerpos sobre la turba que penetra entre los adoquines sueltos y las tablas desgajadas. En el flanco derecho intentan defenderse como pueden, rodeados por una tropa numerosa que intenta alcanzar la atalaya. Desde ahí, a través de las troneras, una docena de arqueros está haciendo polvo al enemigo, flecha tras flecha. En el flanco izquierdo las cosas están más tranquilas, pero se lucha sin mirar a los lados. Que cada palo aguante su vela. Los hombres combaten ciegamente, no ya por una patria desmembrada y vacía, no ya por un rey que no existe, sino por sus propias vidas, olvidándose de honores y de glorias, de orgullos patrios y de palabras vacuas. Nada importa salvo mantenerse vivo el máximo de tiempo posible. Y al recluta Maggor (que sigue preguntándose qué pinta ahí un pescador de boquerones como él) la suerte se le agota cuando una lanza de Rhudaur convierte su estómago en alojamiento provisional. Chas. El lancero enemigo pisa en el hombro al dolorido cardolanés y tira fuertemente de la lanza, extrayéndola. Y con ella, una buena ristra de intestinos. El grito de Maggor se pierde en la locura que se ha formado.

Los hombres de Galdur lo están haciendo de muerte. Los de Rhudaur apenas se tienen en pie, apenas dos docenas de hombres quedan para sostener la gloria póstuma de un reino podrido de envidias y rencores. Los de Minhiriath, guerreros más fornidos y asilvestrados, se agolpan en los huecos, descienden por las escalinatas hasta el patio y mueren al encontrarse con los lanceros de Cardolan. Se llevan al algunos por delante, desde luego, como el pobre Brammás, el mejor cocinero que diese la posada del Ciervo Cojo, al que acaban de rebanarle el gañote por detrás, después de estar unos minutos rodando por el suelo dándose sartenazos con un tío de más de cien kilos de peso. Galdur ve al sargento enemigo. Está dando órdenes en ese idioma que parecen ladridos y es un blanco perfecto. Se había prometido no soltar su chuzo, pero es una oportunidad de oro. Lanza con toda su alma la pequeña jabalina y le ensarta en todo el pecho, lanzándolo atrás un par de metros. Toma, hijo de mil perras, llévale ese regalito al Rey Brujo. Galdur se agacha, toma otro chuzo de un compañero caído (a éste le han abierto la cabeza en dos con algo, quizá una maza, y sus sesos están desparramados por el suelo) y se vuelve hacia los suyos. Ve a muchos en el suelo, buenos hombres, caídos, caídos por defender un montón de piedras. La sangre cubre esas piedras y la mitad es de sus propios amigos y compañeros.

Galdur Ingumion da cuenta de un enemigo más cuando escucha la voz de alguien que anuncia buenas nuevas:

-¡¡Se retiran!! ¡¡Esos hijos de puta se retiran!!

-¡¡Arqueros!! ¡¡Disparo largo!! ¡Ahora! -chilla el capitán.

Los arqueros, posicionándose en el centro del patio, levantan sus arcos y una maraña de flechas sale disparada en un tiro oblicuo. La mayor parte de esas flechas caerán inútiles al suelo, pero algunas impactarán en los que huyen. Matarán a unos cuantos y ésos ya no darán más mal cuando llegue el momento de volver. Porque volverán. De eso, al sargento de lanceros Galdur Ingumion no le queda ni la más remota duda...

Pero Galdur Ingumion es perro viejo. Antes de ponerse a dar saltos de alegría, mira al cielo y trata de que sus oídos traspasen los gritos de los heridos. Sí, ese sonido lo conoce.

-¡Todo el mundo a cubrirse! -ordena, en un grito desesperado-. ¡Escudos arriba, por vuestras vidas!

Pone el escudo en tierra y, hábilmente, se mete detrás de él, recogiendo las piernas hasta que apenas hay carne fuera del protector escudo. Esos bastardos acaban de disparar con las catapultas, pero no disparan grandes rocas, sino pequeños proyectiles. Miles de piedras, afiladas piedras recogidas por el camino, caen sobre los desprevenidos defensores. Los que han sido igual de avispados que Galdur, notan en sus escudos el golpeteo de las rocas y caen hacia atrás, cubriéndose como pueden. Los que no lo han sido, mueren entre gritos de horror. Las piedras llueven, las piedras abren brechas en cabezas y espaldas, aplastan miembros y hacen viudas a una velocidad de vértigo.

Galdur mira alrededor. Bariman está junto a él, cubierto por la sangre de sus enemigos y por una pequeña herida, apenas un rasguño, en el hombro derecho. Bariman le sonríe desde detrás de su escudo. Levanta cuatro dedos de su mano derecha indicando que ha abatido a cuatro. No está nada mal, para un novato. Otros han muerto antes de vencer al primero.

-Arriba, muchacho -le dice-. A refugio antes de que recarguen...

Mientras se levanta, Galdur Ingumion ve que el Lyapárima del Capitán Gibbond ha puesto banderas de auxilio en su pendón. Las cosas en el río se están poniendo más difíciles de lo que ese imbécil que tienen por comandante ha supuesto en principio. Y si los de Angmar toman las riberas, todos los muertos, todos los mutilados, todos los heridos de la muralla no habrán servido para nada.

-¡Arqueros al río! -grita el capitán Angurath-. ¡Unidades tres a seis! ¡Todos al río y a las órdenes del Capitán Gibbond!

Unidades tres al seis. La de su hijo es la cinco. Al menos, si sigue vivo, lo acaban de alejar del verdadero peligro...
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 30-12-2005 Hora: 23:09
Muy bueno. La narración en futuro da melancolía, y la figura de Galdur va entretejiendo las escenas de horror, valentía y sinrazón. Es todo muy gráfico, casi puedo imaginarme las tomas de la película...