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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 5
Barcas llenas de Orcos
Por Aicatar
 
El Gwathló siempre fue un gran amigo de los hombres. Hasta hoy. El capitán Gibbond se había encargado de que los hombres venidos desde las Tierras Brunas tuvieran su merecido cuando intentaron cruzarlo, a varias leguas al norte de la ciudad, dos semanas antes. Pero luego, ebrio de su propia victoria, se había olvidado de reforzar las defensas y éstas habían caído tres noches atrás, cuando los orcos, venidos desde las montañas, las asaltaron. Las noticias no llegaron a la ciudad y nadie se preocupó de enviar mensajeros para pedir nuevas. Ahora, un ejército de orcos aprovechaban el crepúsculo para descender silenciosamente hasta las murallas de Tharbad e intentar el asalto por las riberas, que estaban libres de murallas.

Con los artilleros más viejos y lisiados, con las catapultas más decrépitas, era imposible acertar a las embarcaciones que, protegidas por techos de madera y metal, se estaban deslizando por la corriente. Gibbond había gastado hasta la última piedra inútilmente, derribando solo dos o tres de un total de casi cuarenta, que ahora estaban pasando entre los puentes, buscando un lugar apropiado para tomar tierra y empezar la masacre.

Asustado, Gibbond había mandado formar a sus hombres frente a la orilla y allí los esperaban, temblando de miedo. Cuando la Unidad Cinco de arqueros, compuesta por casi treinta hombres, llegó hasta el punto convenido, los orcos estaban quitando los techos y bajando al agua, corriendo hacia la orilla. El capitán desenvainó el alfanje y, sin bajarse del caballo, ordenó a los arqueros que dispararan a discreción.

-¡No dejéis uno con vida! -gritó. Como si los arqueros no supieran ya lo que tenían que hacer.

Ladûr Ingumion vio un orco por primera vez en su vida. Era un orco grande, casi de tamaño humano, vestido con cota de malla y sosteniendo una cimitarra roja en la mano derecha. Con la izquierda, trataba de nadar hacia la ribera. Apuntó y la flecha atravesó su yelmo, clavándose en la sesera de la criatura. Su grito de agonía se perdió entre los gritos de otros muchos que caían. Pero desde las barcas más alejadas de la orilla, salieron más flechas, de arqueros orcos que apoyaban a sus compañeros en la carga. Tres, cuatro arqueros fueron heridos en el intercambio de proyectiles. Uno estuvo a punto de dar en el hombro de Ladûr, pero falló por apenas medio palmo. Ladûr volvió a cargar y volvió a disparar. Cada vez había más barcas entre los pilares del puente y cada vez más orcos llegaban a la orilla y empezaban a ascender entre las casetas del puerto. Cada cadáver sobre el lecho del río eran dos o tres orcos que lograban llegar a tierra.

El Capitán Gibbond dio la orden de carga a los lanceros y éstos se apresuraron a correr hacia los orcos. Los arqueros continuaron con sus disparos, uno tras otro, gastando todas las flechas. Los orcos eran imparables. La noche estaba haciéndose muy oscura y algunos de los orcos incendiaban las casetas y las cabañas, para iluminar el combate. Se escucharon en la ciudad nuevos gritos. Algo pasaba, el ataque a la muralla volvía, pero eso no debía amedrentar el ánimo de los que luchaban en el puerto fluvial. Los pensamientos de Ladûr regresaron a su padre, pero pronto supo que no le hacía ningún favor perdiendo la concentración. Varios orcos salían de entre las casetas y trataban de llegar a ellos, habiendo escapado de los defensores que los intentaban mantener en el puerto. Ladûr apuntó a un orco especialmente horrendo, con un escudo triangular donde tenía clavadas dos flechas ya, y le acertó justo debajo de donde se cubría. La flecha se clavó hasta las plumas, entrando limpiamente por debajo del peto de cuero y haciendo que cayese rodando por la cuesta. Volvió a poner otra en su cuerda y tensó. La flecha salió, pero la cuerda se rompió con el disparo y, sin detenerse a pensarlo, sacó una de las que le diera su padre y la ató tan rápido como pudo.

-¡¡Atrás!! -gritó un sargento, que tenía el brazo ensangrentado y por el que le asomaba un palmo de flecha-. ¡Nos retiramos a la empalizada!

Ladûr terminó de tensar la cuerda y dio media vuelta mientras las flechas enemigas silbaban a su alrededor. Más abajo, los orcos habían rodeado al capitán Gibbond y éste, cobardemente, se arrastraba hasta un muro, suplicando por su vida. El Lurg que lo atravesó con su alabarda, no entendía las palabras del capitán y, aunque las hubiera entendido, nada habría cambiado en él. Con un giro perfecto de la alabarda, con el lado afilado, cercenó la cabeza de Gibbond y la clavó en la punta de la misma, alzándola triunfante. Los lanceros de Gibbond habían perdido el puerto y, ahora, Tharbad entera estaba condenada a luchar, casa por casa, calle por calle, hasta su agonía final.

Ladûr llegó a la empalizada que habían levantado dos días atrás, previendo tal eventualidad. Entonces, justo cuando se daba la vuelta para ver cuánto les distanciaba del enemigo, escuchó el ronco sonido de un cuerno de batalla y, por encima de ellos, saltaron los caballos de Gondor, con los caballeros del capitán Hildor al rescate. La carga fue tan terrible como hermosa, con un Dúnadan al frente, junto al capitán, sosteniendo la bandera con el árbol, las estrellas y la corona de Elendil. Hijos de Anárion, hijos de una estirpe que estaba destinada a no perderse nunca. Los cascos de los caballos atronaron en la noche y los orcos gimieron de terror.

-¡Gondor! -gritaban los caballeros-. ¡Gondor por Cardolan! ¡Muerte a los Glamhoth!

Y un rayo de esperanza asomó en los corazones de todos hasta que un ruido infernal los sacó de aquel sortilegio. Las catapultas enemigas estaban disparando fuego sobre la ciudad. Grandes proyectiles ígneos caían sobre la muralla interior y las casas que había detrás. Ahora, las casas de los hombres se desmoronaban y ardían, impidiendo la huída, evitando que los ejércitos de Cardolan pudieran reagruparse. Y una marabunta de orcos, con un buen número de trolls con ellos, recibieron la orden de asaltar la ciudad. La orden dada por Bagmûd el Rojo, que desde su posición trasera, hacía que sus hombres soplasen con fuerza las trompetas de ataque.

Y los Lyapárimar pusieron en los pendones las dos banderas rojas que indicaban que había que resistir como fuera, hasta el último hombre, hasta el último aliento. Abandonar el puesto significaría la muerte. Quedarse, significaría la muerte. Todo, en aquellos escasos quinientos pasos que separaban la maltrecha muralla del resto de la ciudad, significaba la muerte.

Y el sargento de lanceros Galdur Ingumion, que ya no podía decir que en peores plazas había toreado, ordenó a sus hombres clavar las picas en el suelo, desenvainar espadas y chuzos y mantenerse en el sitio hasta que cayesen despedazados o hasta que los Valar en persona vinieran a relevarlos.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 30-12-2005 Hora: 23:29
¨Creo que este es ya posiblemente el mejor relato épico de la sección.
Si del capítulo anterior me quedaba con el primer párrafo, aquí lo hago con esa última frase que hace valer la espera del capítulo 6.