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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 6
La Carga de Angmar
Por Aicatar
 
Si a Bariman, el ayudante del sargento, le hubieran preguntado qué deseo pediría en esos momentos, habría pedido tiempo. Tiempo para despedirse de su hermana pequeña y de su madre, tiempo para ir a pescar con su hermano mayor al Gwathló, tiempo para dar un paseo por la vieja colina verdosa donde nació y tiempo para ver los olivos llenarse de aceitunas un año más. Pero tiempo era, precisamente, lo que menos tenía en ese instante. Con un golpe rápido, hincó la pica en el suelo y puso el pie sobre el mango. Así, podría moverla un poco a la derecha o a la izquierda cuando el primer orco llegase hasta él y podría metérsela hasta sacarle las tripas por la espalda. Ése era el primer movimiento obligado de todo lancero que quisiera sobrevivir a ese asalto. El segundo, sin duda, sería usar su chuzo para librarse del orco que estuviese detrás del primero y, después, colocar el escudo delante de sí para evitar un golpe. Después de eso, nadie le había explicado cómo continuar, así que tendría que hacerlo como buenamente pudiera. Tiempo para aprender más, tiempo para entrenarse, tiempo para salir de allí corriendo y volver a la vieja colina verdosa donde nació.

Dos proyectiles ígneos pasaron por encima de sus cabezas e impactaron contra las casas y las calles que quedaban ahí detrás. Bariman se giró la cabeza y vio Tharbad en llamas, vio las cinco filas de lanceros detrás de él y, tras ellos, a los espaderos del capitán Angurath, que por ahí debía estar, subido a su caballo. Bariman no podía verlo, pero sí oía su voz.

-¡La historia os contempla, caballeros de Cardolan! -gritaba, con la voz ronca-. ¡Acabad con esa turba maloliente! ¡No rompáis filas hasta que yo lo ordene! ¡Resistid, hombres de Cardolan! ¡Resistid!

Los primeros orcos cruzaron la muralla, subiendo por las escalas y los tablones que habían colocado los hombres. Eran muchos, y con ellos venían también varios trolls, que arrancaban pedazos de piedra para arrojárselos y blandían enormes mayos, martillos y hachas. Veinticinco pasos.

-¡Que nadie levante la cabeza! -gritó Galdur Ingumion-. ¡Quietos! ¡No hay miedo que os salve!

Y luego el capitán, ordenó:

-¡Arqueros! ¡A ellos!

Y docenas de flechas silbaron entre las cabezas de los lanceros, pasando justo por encima de ellas, a centímetros de sus orejas. Ni una sola se clavó en espalda aliada. Los orcos fueron cayendo, uno tras otro, aquí y allá, de espaldas, de lado. Cayeron cuando estaban a veinte pasos. Bariman temblaba de arriba a abajo, pero miraba de reojo a su sargento Galdur. Él parecía más tranquilo. Pero no mucho más.

-¡Segunda fila! ¡Ahora! -ordenó el capitán Angurath.

Y de nuevo las flechas silbando y los orcos cayendo al suelo. Dos docenas, tres docenas de criaturas habían sido alcanzados, solamente un puñado en comparación con la cantidad de orcos que había allí delante. Bariman vio a uno que saltaba sobre él. Pisó la pica del suelo y ésta se levantó un poco, hundiéndose en las negras entrañas del orco, que soltó un chillido agudo de agonía. Ninguno venía detrás, así que Bariman cogió el chuzo del suelo y lo hincó en el costado del orco, sacándolo después con fuerza. El chorro de sangre burbujeó sobre el peto de cuero y el orco se derrumbó.

-¡Tercera fila, tiro medio! -gritó la voz ronqueante del capitán.

Las flechas ya no importaban. Silbaban sobre él, junto a él, pero Bariman no les prestaba atención. Con el escudo por delante y el chuzo a media altura, Bariman derribó a otro orco y detuvo el golpe de cimitarra de otro más. Se revolvió, atacó a un cuarto, éste esquivó el golpe y trató de darle con la cimitarra, pero un compañero le hundió una espada en la garganta. Bariman no tuvo tiempo de agradecer nada. Se agachó, levantó el chuzo y hundió su punta en el costado de otro más. Estaban por todas partes, con sus caras desfiguradas, con sus yelmos horrendos, gritando y aullando como animales. Los odiaba y ese odio le conminaba a seguir combatiendo. Estaban rodeados, superados en número por esas viles alimañas, pero no retrocedieron ni un paso. Les iba a costar caro tomar el patio de Tharbad. Otro orco saltó a por él y su chuzo se partió al atravesarlo. Con la sangre del orco chorreando por su pelo y su cara, Bariman desenvainó la espada mientras veía, con el rabillo del ojo, a los espaderos de Angurath abalanzarse sobre las tropas enemigas. Desde los flancos, siguiendo la orden que marcaba el Lyapárima, los arqueros disparaban sobre las tropas de Angmar que continuaban entrando, interminables, por la muralla. Dos proyectiles ígneos pasaron sobre su cabeza, el estruendo que hicieron al impactar se perdió en el sinfín de gritos y alaridos que había en aquel patio.

La atalaya de la puerta cayó por fin. Los trolls tomaban grandes pedazos de muralla y los arrojaban sobre ellos. La compañía de Bariman estaba diezmada, cayendo los hombres con el ímpetu de aquellos orcos. Un golpe, con un hacha o quizá una maza, por sorpresa, arrojó a Bariman al suelo. Aquel suelo era un lodazal de sangre y barro. El dolor en el brazo era insoportable. El escudo se había quebrado, su brazo, que aún lo sostenía, parecía también roto. Levantó la espada y ésta se hundió en un abdomen blando de orco. Pellejo negro, sangre negra, corazón negro. El olor de las entrañas del orco llegó hasta su nariz y lo apartó de sí con un movimiento rápido. La sangre, encharcada, cubría la espalda y el torso de Bariman, que intentaba levantarse. Chorreaba sangre por todas partes y, ahora, parte de esa sangre era suya. Un orco enorme cayó muerto a pocos pasos de él, atravesado por la espada del capitán Angurath. Trató de levantarse, pero no podía. Tenía el brazo roto, sin duda. Rápidamente, se quitó aquel escudo, pesado e inútil, y lo tiró contra otro orco que venía a por él. El crujido de la nariz del orco al romperse era como música para sus oídos. Sosteniendo la espada en alto, miró a su derecha.

-¡Lanceros a los trolls! -gritó el sargento Galdur.

Trolls. Cuatro trolls enormes, portando grandes mazas, estaban haciendo añicos lo que quedaba de la línea de defensa. Bariman trató de ponerse a resguardo de otros compañeros que permanecían intactos, pero ya eran los menos. El dolor del brazo se hizo tan intenso que parecía a punto de mandarlo a la inconsciencia. El troll se acercó por la derecha, mató a dos lanceros, recibió tres lanzazos y, trastabillando, llegó hasta Bariman. El viejo Imagum saltó desde detrás del troll y le hincó el chuzo bajo el sobaco, atravesando aquel grueso cuero y llegando hasta las pútridas entrañas. El grito de agonía ensordeció a Bariman. Tres orcos, tres orcos grandes, con cota de malla y cimitarras rojas en la mano, saltaron sobre Imagum. El primero de los orcos recibió un golpe en la cara, pero los otros dos arrojaron a Imagum al suelo. La sangre brotaba a borbotones de su pecho y su pierna, heridas. Bariman, lanzando un grito en ese idioma primordial que solamente se utiliza en casos de verdadero horror, levantó la espada y corrió hasta uno de los orcos y le golpeó con su filo en el cuello. El cuello crujió, saltó la sangre, el orco graznó algo antes de caer desplomado. Rocas volando, más trolls sobre ellos, orcos, orcos por todas partes. Un golpe en la espalda, el sabor de la sangre propia en la boca, Imagum sosteniéndolo con el brazo izquierdo, todavía el chuzo en la mano. Desangrándose los dos en un abrazo surgido del odio y la muerte.

-No es mal lugar para abandonar el mundo -dijo Imagum.

El cuerpo de un compañero cayó a escasos centímetros de la cara de Bariman, que continuaba en el suelo, dolorido, con la sangre saliéndole a chorros por una herida que no podía ver. La espalda abierta, el peto de cuero desgarrado, el brazo roto, el hombro rasguñado... Si así era la muerte del valiente, entonces él habría preferido morir de viejo en una cama, la verdad sea dicha. Lanzó un grito más de rabia que de dolor y trató de levantarse. Entonces, unos brazos amigos lo sujetaron por las axilas y lo arrastraron.

-Vamos, chico, no puedes morirte ahora -suplicó el sargento de lanceros Galdur Ingumion, tirando de él.

Mientras el sargento arrastraba a Bariman hacia las posiciones de retaguardia, dos trolls se hicieron un hueco frente a la muralla interior y empezaron a destruirla con sus grandes mazas. El capitán Angurath dirigió a sus espaderos contra ellos, pero antes de poder llegar hasta donde estaban, un buen número de orcos los interceptaron. Aplastado entre enemigos, cubierto por la sangre negra de los orcos del Rey Brujo, el capitán Angurath se quedó completamente solo, rodeado por sus propios hombres muertos o agonizantes y levantó la espada al cielo, amenazador. Su brazo izquierdo colgaba del hombro, sujeto solo por jirones de músculo y tendón. Su abdomen estaba sangrando abundantemente, con un trozo de lanza aún clavado. La espada cayó al suelo y el capitán con ella, de rodillas. Angurath era perro viejo y sabía que sus heridas eran mortales. No quería morir lentamente, sobre la sangre de sus propios hombres. Sacando fuerzas de donde no las había ya, se volvió a levantar y fue hacia los trolls, buscando un golpe rápido, un modo de esquivar la agonía. Levantó la espada y uno de los trolls le arrojó un gran pedazo de muro. El capitán trató de esquivarlo, pero cayó debajo de aquel quintal de piedra y cemento.

Galdur Ingumion dejó a Bariman con los camilleros, que lo retiraron hacia la ciudad. Bariman le envió una mirada de agradecimiento, pero sospechaba que poco podían hacer con él esos sanadores y curanderos, cuya habilidad se solía resumir en ser capaces de cortar un brazo herido. Lo llevaron hasta una casa de piedra donde pudo ver a cientos de hombres que se hacinaban, gritando, doliéndose, pidiendo a gritos una muerte rápida. Lo dejaron en una esquina y, junto a él, pudo ver a uno de los Lyapárima, que ya no tenía piernas. Bariman tragó saliva y se quedó muy quieto. Sería mejor esperar la muerte en silencio.

El campo estaba perdido. Los cadáveres lo cubrían por completo y se habían formado charcos con la sangre derramada. Galdur Ingumion reunió a unos cuantos lanceros perdidos y observó el panorama quitándose de la cara el cabello, que estaba apelmazado, mojado, goteante de sudor y sangre. Con el capitán muerto, él era el último de los sargentos. Ahora, él era quien dirigía aquella hecatombe. Era un soldado de Cardolan, nacido para defender una tierra que había abandonado, tiempo ha, la gloria y la hermosura para meterse de lleno en la mediocridad y la decadencia. Moriría como siempre supo que moriría. Pero antes, tenía que llevarse por delante a unos cuantos más de esos bastardos.

-¡Mantengan la posición! -ordenó-. ¡Muro de escudos y a defender esa maldita puerta!

Tres proyectiles ígneos impactaron en la ciudad otra vez. El fuego se había extendido. Eran proyectiles que poco podían ya empeorar las cosas. Mientras Galdur trataba de mantener a sus tropas en la lucha, el capitán Hildor, último de los capitanes que defendían la ciudad, entró con sus jinetes en combate. El puerto estaba perdido y solamente él, con un puñado de caballeros y unos pocos arqueros, quedaron vivos para continuar luchando. Tharbad estaba ya sometida. Ahora, la resistencia era solo cuestión de honor y supervivencia.

Galdur Ingumion buscó a su hijo entre los supervivientes y no pudo verlo. Con la rabia expresada en forma de lágrimas, formó un muro de escudos frente a la puerta de la muralla interior y se preparó para resistir, por última vez en su vida. Los orcos fueron a por ellos como una turba desenfrenada, con la euforia del que se sabe vencedor antes de tiempo.

-¡Lanzas adelante! ¡Ahora!
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 27-02-2006 Hora: 22:56
Es divertido, pardiez. Y lo es porque hay muchas formas de contar una pelea y tú las exploras, lo es porque nos introduces en los capítulos de manera magistral, lo es porque manejas los tiempos de la narración a tu antojo, lo es porque muestras manejo e inquietud con las palabras, lo es porque sabes el valor enfático de los tacos, y porque la dureza de algunas estampas nos sitúan de golpe en medio de la contienda, y nos da miedo y asco, y nos hace sentir la verdadera guerra. Lo es porque cada nuevo personaje que introduces aporta algo a la miseria de la vida y del luchar por ella.