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Una Excursión a Moria
Capítulo 3
Perdidos en el nivel que sea...
Por Aicatar
 
Eso es. Llevamos cuatro días en este lugar. Bueno, si es que a esta oscuridad impenetrable puede llamársele Día. El aceite para las lámparas no durará más de tres o cuatro jornadas más, eso con suerte. La comida está acabándose también. El agua se habría acabado de no haber encontrado esa charca asquerosa, llena de cosas flotando, donde seguro que ha meado media legión de orcos. Y, lo peor de todo, es que Curunavion cada día está más insoportable. De la euforia inicial ha pasado a una depresión de caballo. No para de murmurar cosas en su lengua y, aunque mi abuelo me enseñó a decir algunas cosas, no es suficiente como para entender sus susurros, sus quejidos y sus maldiciones. Lleva horas, quizá días, sin decirme ni una palabra que no sean órdenes: "¡Arelion, levanta más la lámpara!", "vamos, ahora no podemos detenernos", "adelántate y mira a ver qué hay detrás de esa puerta"... Todo son órdenes. Este noldo va a acabar con mi paciencia y, en cuanto eso ocurra, hago como mi primo Gubber y me largo. Me largo aunque muera completamente solo en estos pasadizos que parecen haber sido excavados por una cohorte de gusanos gigantes borrachos de brandy barato.

Serpentean, se elevan, se estrechan, se ensanchan. Los pasadizos son cada vez más intrincados y hasta Curunavion ha dejado de hacer el mapa que iba haciendo. Tenía un mapa tosco que le había dado el enano por el que se embarcó en esto. Él decidió hacer uno propio y compararlos, a ver si había errores u omisiones. No me pareció buena idea. Al fin y al cabo, quien tiene un mapa, sabe donde está. Quien tiene dos, ya no está tan seguro... Al principio, dibujaba cada habitación, cada pasaje, cada puerta, cada arco, cada columna, cada glifo grabado en la pared. Luego se limitaba a hacer un mapa que nos sirviera para dar media vuelta en caso de necesidad. Pero ahora ya no anota sino de cuando en cuando y me jugaría la mano derecha a que en un par de jornadas más, como esto siga así, nos comemos el mapa para desayunar.

Y cada dos por tres, escucho a alguien detrás de nosotros. Me vuelvo y no veo nada. Me asusto. Llevo casi tres noches sin pegar ojo, vigilando a ver quién demonios está ahí, porque no pienso dejar que me degüellen mientras duermo.

-Arelion -dice el elfo-, vamos a descansar un poco. Necesito pensar.

-¿Pensar? Lo que necesitamos es salir de aquí -contesto-. ¿Tienes idea de dónde nos encontramos?

-Estamos en el cuarto nivel, según mis cálculos. El mapa que me dio el enano no es demasiado explícito, pero lo he ido mejorando y ahora las cosas parecen estar más en su sitio.

Entonces me acerca uno de sus papeles y señala a unos garabatos llenos de runas enanas que ni me molesto en leer. Las runas enanas están escritas en Oestron, pero me da igual lo que digan: estamos perdidos y bien perdidos.

-¿Ves? -dice, señalando uno de los dibujos-. Esta sala hexagonal ha de ser la que hemos pasado ahora mismo y el pasillo donde estamos será éste. Dobla a la derecha, como ahí adelante. Según el mapa, al volver la esquina hallaremos unas escaleras ascendientes.

-¿Y después qué? ¿Más pasadizos? ¿Más salas? ¿Más escaleras?

-Después, ya veremos -contesta, conspicuo y misterioso. En estos momentos, sería capaz de descalabrarlo con la lámpara y jugar al frontón con su cabeza.

El elfo está tan cansado como yo, incluso más. Esa belleza suya se está desvaneciendo poco a poco. Su cabello negro está tiznado de arenilla gris y su rostro está manchado con polvo y barro. Sus manos son casi completamente negras, sus pies huelen a sudor y su sobaco... bueno, lo de su sobaco no es ni comparable al pestazo que estoy emitiendo yo. Si pudiera pedir un deseo, pediría un barreño enorme de agua caliente y una pastilla de jabón del que hace mi tío Broggo, el padre de Gubber.

Descansamos un rato, no demasiado. El justo para que yo pueda pegar los párpados un segundo a mis ojos y soñar brevemente con la vieja colina boscosa donde está mi casa. Seguro que las ovejas están silenciosas, pastando ricamente la última hierba antes del invierno. Seguro que la hermosa Madilla está tricotando en la puerta de su casa y seguro que algún joven insolente está aprovechando mi ausencia para cortejarla. ¡Madilla, Madilla! ¿Por qué quise irme en compañía de este elfo demente en lugar de quedarme contigo? Quería darte una casa hermosa junto al Baranduin, un lugar donde poder vivir nosotros y nuestra parentela. Me dejé engatusar por la remota posibilidad de que el tesoro enano existiese y me embriagué con imaginerías sobre oro y joyas. Quería coger una tiara del tesoro y ponértela sobre la frente cuando regresase. Quería pedirte en matrimonio ofreciéndole a tu padre un cofre lleno de rubíes y a tu madre un vestido hecho con seda y lino. Y ahora, ya ves, estoy metido en un brete del que no sé si saldré entero.

Los orcos, los trasgos de las montañas, están ahí, vigilando. Lo sé. Los trasgos parecen esperar pacientemente a que nos volvamos locos para atacarnos y comernos en una cena infernal. Cuando empiezo a pensar que sería mejor ser asaltado por una tribu entera de trasgos que seguir aquí, sin saber bien cuándo vamos a morir, Curunavion se levanta y ordena continuar.

Sí, vale. Esta vez ha acertado. Hay unas escaleras, pero también hay un arco que lleva a un pasadizo que no aparece en su mapa. Esto cada vez es más incierto y más terrible. Empezamos a subir las escaleras y llegamos a una gran sala cuadrangular. O rectangular. Las paredes son altísimas y la lámpara no puede iluminar el techo. Justo cuando llegamos al centro de la sala, vemos tres puertas, una junto a otra, en la pared frontal.

-¿Y ahora qué? -pregunto.

Curunavion no responde. Levanta la lámpara y da un paso hacia la puerta de la derecha. Con el rabillo del ojo, ambos vemos un resplandor blanco que recorre el pasadizo del centro y desaparece después, como un fuego fatuo. Nos quedamos helados.

-¡Ahí había alguien! -susurro, nerviosamente.

-O algo -responde el elfo, desenvainando su espada, que emite un resplandor verdoso-. ¡Orcos! ¡Cerca, aunque no aquí al lado, por lo que veo!

Lo que faltaba. Orcos. Sin tardar un segundo, cubro la lámpara con mi chaqueta y saco mi espada corta. No veo casi nada. La espada del elfo sigue brillando, cada vez con más fuerza, según me parece. Tiemblo de pies a cabeza, como un estúpido cobarde. Es la primera vez que estoy tan cerca de un orco y, en el momento de la verdad, me voy por las patas abajo del susto... Maldita sea mi sangre congelada en mis venas.

-Ahí -grita Curunavion, sin ningún miramiento por que nos puedan oír.

Y, la verdad, es que el resplandor blanco vuelve a aparecer, vuelve a cruzar el pasadizo y vuelve a desvanecerse. Sea lo que sea, está ahí y no es un espejismo, ni una alucinación. Cuando entramos al pasaje, de puntillas, apenas alumbrados por las lámparas ocultas bajo la ropa, un escalofrío me persigue y me sacude por entero.

-Orcos -murmuro para mí-. Bueno, mejor eso que trolls... Creo.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 29-03-2006 Hora: 16:13
Bueno, un capítulo más discreto en cuanto a lo narrativo, pero que mantiene intacta la emoción, aprovechando lo idóneo del escenario.