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Una Excursión a Moria
Capítulo 4
Abajo y más abajo.
Por Aicatar
 
La luz blanca recorre los pasadizos con gran velocidad. Debe conocerlos bien, porque nosotros apenas podemos seguirla, trastabillando y golpeándonos con salientes y rocas. Hemos debido abandonar la parte más elegante de Khazad-Dûm para meternos de lleno en un corredor excavado toscamente. Hay restos de cosas abandonadas por el suelo, picos, palas, sacos y hasta alguna vagoneta. De cuando en cuando encontramos tramos con raíles, seguramente usados por los mineros para sacar la tierra excavada. Ahora, la humedad y el frío son agotadores.

-Curunavion -le digo-, ¿de verdad es necesario todo esto? ¿Adónde vamos, persiguiendo fantasmas?

-No es un fantasma -contesta-. Deja huellas en el suelo. Y si deja huellas, es que es real.

-Eso no es nada tranquilizador, la verdad -sentencio.

Pero apenas unos minutos después de decir estas palabras, la luz blanca parece detenerse. Nosotros, a una distancia prudencial, lo hacemos también. Ahora que está quieta, puedo ver en el resplandor la forma de algo que, desde luego, no es un orco. Parece un hombre, alto y vestido con una túnica o un abrigo largo.

-¿Otro buscador de tesoros? -pregunto, estúpidamente.

-Fíjate en su luz. No es ninguna lámpara, ni tea, ni vela. Surge de su bastón. ¿Quién será?

Curunavion da un paso adelante y yo me imagino qué es lo que pretende. ¿Llegar hasta él? ¿Con qué motivo? ¿Matarlo de una puñalada por la espalda sin darle tiempo a reaccionar? No lo creo. Curunavion, si no me equivoco, ¿está loco? Creo que pretende hablar con él, presentarse quizá. Tal es la soberbia de la raza de Fëanor, que deben creerse que todo el mundo les va a respetar, hay que ver. Le pongo la mano en el hombro, para detenerlo, pero se da media vuelta y me lanza una mirada de las que podrían convertirte el corazón en un guiñapo. Se sacude, me aparta de sí con la mano y va directo a por el mago blanco, que adivina tú quién es, en realidad. Por mi parte, podría ser el mismísimo Manwë, que no se me ocurriría acercarme a decirle nada.

Me quedo mirando, desde la seguridad de un recodo en este pasaje que, ahora que lo noto, huele a algo peor que las heces: huele a heces de alguna criatura realmente asquerosa. Huele que apesta y siento que alguien está detrás de mí, una vez más, pero esta vez no noto la misma presencia de siempre, sino otra, más ominosa y terrible. Me giro despacito, sin hacer ruido, mirando de reojo hacia ese imbécil de Curunavion, que está cada vez más cerca del mago. Algo huele a podrido, algo que me hace tener náuseas...

Un relámpago de luz blanca me envuelve y siento que todo el vello de mi cuerpo se eriza de pronto. Escucho alaridos, chillidos y varios cuerpos caer contra el suelo. Estoy cegado por la luz y escucho voces roncas jadeando a mi alrededor. También la voz de Curunavion, gritando en su maldita lengua noldorin. Esta vez le entiendo "Urqui, urqui", grita el muy desgraciado, "orcos por todas partes".

No los puedo ver, pero los siento, los oigo, los huelo, están a mi lado, pasan sin verme, o sin hacerme el más mínimo caso. Quizá no me hayan visto, aquí escondido en el recodo. Otro relámpago y de nuevo la voz de Curunavion, lanzando imprecaciones en Quenya. Más cuerpos al suelo y, de pronto, mis ojos recuperan la visión. Los orcos son apenas una docena, más otros siete que ya están en el suelo. Han traído antorchas y teas, para iluminarse. El Mago Blanco levanta su bastón y blande una daga en la mano izquierda. ¿Quién será? ¿Qué pinta aquí un mago?

-¡Arelion! -grita el elfo-. ¡Sal de donde estés y lucha, humano cobarde! ¡No son tantos!

No, la verdad es que no son tantos, pero por ahí oigo perfectamente que vienen más. Y no precisamente un par de orcos rezagados, sino un buen montón de ellos. Nos han pillado, maldita sea mi calavera. Me levanto del suelo, paso entre los orcos mientras salta un nuevo relámpago (he aprendido a prevenirme contra ellos mirando al suelo). Uno se vuelve hacia mí, pero se encuentra con mi espada rebanando el sucio gañote que está debajo de su horrible cara. Cae al suelo, otros dos son abatidos por el elfo y el mago ensarta a un cuarto. Los otros tres que están en pie se retiran en busca de sus compañeros, que vienen apresurándose, subiendo escaleras, agolpándose los unos contra los otros, gritando y maldiciendo. Tambores, tambores por todas partes.

-¡Vamos! -grita el mago-. No tengo ni idea de dónde habéis salido, pero vuestra única oportunidad es seguirme. ¡Por aquí! ¡Rápido!

Y el mago se lanza hacia un pasaje que desciende en las profundidades de la tierra vertiginosamente, tanto que resulta complicado bajar sin apoyarse en las paredes. Afortunadamente, ya no necesitamos más lámparas. La vara de ese hechicero ilumina tanto como podemos necesitar. Golpes, martillos, tambores, gritos por todas partes.

Detrás de nosotros se oyen los gritos de los orcos, se arremolinan contra el pasadizo, olfatean el aire para rastrearnos. Bastardos. La sangre del único orco que he abatido gotea aún de mi hoja y siento ganas de atravesar a otro con ella. Bastardos. Vienen a por nosotros, están ahí detrás, por todos los demonios del mundo, están ahí detrás, olfateando, arremolinándose, bajando por el mismo pasadizo vertiginoso, apoyándose en las paredes.

Saltan dos de un agujero en la pared. Es un pasillo muy estrecho y oscuro, saltan sobre Curunavion, oigo cómo grita. Le han pinchado, maldita sea. El mago se da media vuelta y esquiva un hachazo. Yo hinco mi espada en el lomo de uno de ellos y el mago convierte la cara del segundo en una masa de carne sanguinolienta. Curunavion está herido y los que nos persiguen están cada vez más cerca. Apoyo al elfo en mi hombro derecho y sigo como puedo al mago, que va delante, iluminándonos con la vara. Tambores y tambores, vítores, alaridos, martillazos, golpes por todas partes.

-¡Estamos cerca! ¡Hay un lugar seguro al volver la esquina!

Pero yo ya no me creo nada hasta que no lo vea. Puedo sentir el aliento de los orcos a mi espalda. Escucho mis pies chapoteando en el suelo, fangoso, húmedo, resbaladizo. ¿Adónde vamos? ¿A qué siniestra sima en las profundidades de Khazad-Dûm nos arrastra este mago? Quizá esté tan loco como Curunavion. Si yo fuera un mago, no vendría aquí. Si yo fuera un elfo, tampoco vendría aquí. No debería haber venido. Estoy derrengado, aterido, muerto de hambre, muerto de miedo, corriendo despavorido por un túnel interminable, seguido por orcos deseosos de sangre y siguiendo a un mago que ni siquiera sé quién es o qué busca aquí.

Doblamos la esquina. Hay una sala delante de nosotros. Es grande. Los orcos llegan hasta nuestra espalda, puedo sentir su presencia justo detrás de mí, me ilumina el fuego de sus antorchas y sus lámparas. Están sobre nosotros. Noto que algo gotea por mi pierna, un chorro de algo espeso. Es sangre, la sangre de Curunavion. Me alegro de que no sea mía, no os creáis, pero temo por la vida del elfo. Al fin y al cabo, aunque sea él quien me metió en este berenjenal, fui yo quien tomé la decisión de seguirle. Trato de correr más, pero las piernas me fallan. Es demasiado esfuerzo. Resoplo de frustración, trastabillo, me apoyo en la pared y caigo de bruces, con el peso del cuerpo de Curunavion sobre mi espalda. Los tambores están encima de mí, los martillazos son como truenos que estallasen a un palmo de mis orejas. Golpes, chillidos, maldiciones por todas partes.

Entonces, una flecha pasa a un metro por encima de mí y escucho un chillido de orco. Otras flechas, cientos de ellas, silban a mi alrededor y una miríada de luces rojas se encienden. Docenas de enanos están delante de mí, escondidos en agujeros de las paredes, disparando con sus arcos sobre los orcos. Retroceden. Caen por docenas alrededor de mí y de Curunavion. Ni siquiera sé si el elfo sigue vivo. Quizá sea un Noldo muerto lo que me aplasta en estos momentos contra el fango del suelo.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 29-03-2006 Hora: 16:52
Bueno, creo que está perdiendo un poco de interés. La acción se hace típica, se pierde el misterio... pero bueno, se abren nuevas puertas, y aún hay que ver para qué quería ir allí el elfo.