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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 7
Bagmud el Rojo
Por Aicatar
 
La carga no salió como esperaban los orcos. De pronto, una lluvia de flechas salió de entre las callejas de la ciudad, frenando el ataque de Angmar. El capitán Hildor había ordenado a los arqueros situarse detrás de la muralla interior y esperar a la carga del enemigo antes de dejarse ver. Para cuando los orcos quisieron llegar hasta los últimos defensores, habían sido diezmados y los cadáveres desperdigados por el suelo les obstaculizaban la retirada. Con un grito desesperado, lanceros, espaderos y jinetes se apresuraron a correr hacia sus enemigos y dejaron muchos más allí tirados, formando un montículo de cadáveres.

-¡Retroceden! -gritó el capitán Hildor-. ¡Volved a la puerta!

Los hombres volvieron atrás, llevándose con ellos a los compañeros heridos. Entonces, saliendo de entre las callejas, llegaron hasta ellos los arqueros y el sargento de lanceros Galdur Ingumion vio a su hijo, Ladûr, que corría hacia él con los brazos extendidos. Justo en el momento de fundirse en un abrazo, Galdur supo que la compañía de arqueros había dejado más de mil orcos muertos en las barriadas junto a los puertos, en la empalizada construida para frenar un eventual ataque desde el río. Lo supo al igual que Ladûr Ingumion supo que su padre había derribado a veintidós orcos. Se abrazaron y no se dijeron nada. Solamente miraron al capitán Hildor, que se paseaba a caballo entre las tropas, mirándolas sin mostrar sentimiento alguno.

Entonces entró por un agujero de la muralla el propio Bagmûd el Rojo, capitán de los ejércitos de Angmar. Y con él, una cohorte completa de orcos grandes, orcos de ojos rojos y cotas de malla brillantes. Tras ellos, los supervivientes de Rhudaur y Minhiriath, formando filas alrededor del gran Capitán, uno de los pocos mortales que habían escuchado la voz del propio Rey Brujo. Eran al menos mil quinientas cabezas las que se arremolinaban allí, frente a apenas ocho decenas de hombres que quedaban en pie, la mayor parte de ellos demasiado cansados como para resistir mucho tiempo. La ciudad ardía por todas partes. Los arqueros volvieron a colocar las flechas en sus arcos, pero el capitán Hildor ordenó al último de los Lyapárima que levantase la bandera verde. No moverse. No dejarse ver.

Subido en su caballo, se dio media vuelta y miró hacia aquella última compañía que se resistía a huir.

-¡Hombres de Cardolan! -dijo-. ¡Compatriotas de Gondor! ¡Nada hay que os ate ya a esta ciudad! ¡Angmar ha vencido!

Nadie respondió. Los orcos y los hombres de Angmar formaron filas delante de ellos, a la mitad de distancia a la que llega un arco manejado por manos hábiles. Ellos tampoco dijeron nada.

-Aquellos que tengan familia, que salgan por la puerta sur en dirección al refugio del capitán Veleron y se pongan a sus órdenes de inmediato -continuó el capitán-. Aquellos que deseen amargarles la victoria a esas alimañas, que se queden conmigo.

Los hombres se miraron entre sí. Algunos, muy pocos, dejaron caer sus armas y se dirigieron en silencio hacia las callejas, que ardían por todas partes. Algunos morirían antes de salir de la ciudad, pero si se quedaban, ninguna esperanza podían albergar. Galdur Ingumion tomó a su hijo por los hombros y miró a sus ojos enarcando las cejas.

-Tu madre, tu hermana y tu futuro hermano te necesitan, Ladûr -fue lo que dijo.

-¡Padre! No pienso...

-Prometiste hacerlo. Debes obedecerme. No salgas por la puerta sur. El camino hacia allí parece el más difícil. Dirígete hacia el este por la avenida del rey y luego, al llegar a la plaza del Mitheithel, ve al sur. Saldrás por la puerta del sureste.

-Pero...

-Obedece. Dile a tu madre que la quiero, ¿de acuerdo? ¡Y cuida de tu hermana!

-Pero padre, ¿qué haremos? ¿Adónde iremos?

-Dile a tu madre que vaya a casa de mi hermana, en Calenardhon. Que cruce el Isen por el puente más al sur, que estará mejor defendido que los demás. Allí podréis empezar una nueva vida.

Ladûr Ingumion no reprimió sus ganas de llorar esa vez. Asintió con la cabeza y abrazó de nuevo a su padre en el momento en que el capitán Hildor ordenaba a sus tropas formar frente al enemigo. Después, salió corriendo por donde su padre le había indicado, entre los edificios en llamas y las fachadas que se desplomaban sobre la calzada. El sargento de lanceros Galdur Ingumion se colocó entre los demás.

-¡Caballeros de Cardolan! -gritó el capitán Hildor-. ¡No temáis la mirada del Rey Brujo! ¡Haced que él tema vuestro valor! ¡Muerte a Angmar!

-¡Muerte a Angmar! -respondieron, gritando como posesos-. ¡Gurth an Glamhoth! ¡Gurth an Glamhoth!

Y se lanzaron contra el enemigo, diez, doce veces superior en número, y entraron en sus filas bramando maldiciones y sin preocuparse por nada que no fuera dar unos cuantos golpes certeros antes de morir. Como murió el muy joven Lindeo Marteso, con dos lanzas de Rhudaur asomando por su pecho; o como cayó el molinero de Iammagás, decapitado por un Lurg de largos brazos. Y el capitán Hildor, seguido por los últimos cuatro caballeros de Gondor que quedaban sobre sus cabalgaduras, llegó a atravesar las líneas de orcos y también aplastó a la Guardia de Bagmûd, hasta plantarse delante de él y atacarlo con la lanza.

Bagmûd, aquel cuya madre había sido una númenóreana pura de Fornost Erain, capturada como esclava y obligada a yacer con orcos y trolls en las mazmorras de Carn Dûm, desenvainó un hacha alta como un hombre y clavó ambos pies en el barro, esperando al capitán de Gondor. Bagmûd, medio hombre, medio troll, bestia de casi ocho pies de altura y lengua afilada y roja, brazos poderosos y mente tan despierta como malvada, blandió el hacha y el caballo de Hildor, criado en los campos cercanos al Anduin, cayó al suelo, partido en dos. La lanza del capitán impactó en los brazales y el mediotroll trastabilló. Mientras se volvía a poner en posición, el capitán Hildor se levantó del suelo y corrió, con la espada en una mano y el escudo en la otra, dispuesto a llevarse la vida de Bagmûd antes de entregar la suya propia. Hacha y espada cayeron sobre sus blancos, ambas derramaron sangre enemiga, una, dos, tres veces. El escudo se quebró, la cota de malla se abrió y dejo caer la sangre. Volvieron a la carga. Otro golpe más, hacha sobre pecho, espada sobre abdomen. Los dos, heridos ya de muerte, rodaron por el suelo, golpeándose, agarrándose el uno al otro. Hildor, cayendo sobre Bagmûd, tanteó con la mano en su pierna, encontró el estilete que le regalase su hermano cuando cumplió los treinta y lo hincó por debajo de la armadura de su enemigo, encontrando las blandas carnes y horadando las vísceras con su delgado filo. Y ahí se dejó morir, sobre el cadáver de aquel cuyo padre había sido uno de los trolls que tomasen la Cima de los Vientos y cuya madre había muerto nada más nacer él, sirviéndole como primera comida de su vida.

Y Galdur Ingumion derribó a cuatro orcos más, tiró su chuzo sobre un gran capitán orco y, mientras desenvainaba, sintió el dolor lacerante de un martillo sobre su espalda, entre los dos hombros. Cayendo al suelo, sobre una pila de cadáveres ensangrentados, vio a todos sus compañeros morir en aquel patio de Tharbad y, tras ellos, las grandes llamas que devoraban las calles de su ciudad. Tharbad había caído y Cardolan pronto sería únicamente un yermo vacío y estéril. Las grandes familias, descendientes de los Fieles de Númenor, se habían perdido en intestinas luchas y habían dejado crecer a su enemigo. Tal es el poder del Señor Oscuro que puede hacer que hasta las más antiguas estirpes terminen por matarse entre sí, en lugar de crecerse juntas para combatirlo. Mientras se aferraba a lo que le quedaba de vida, Galdur Ingumion supo que el Rey Brujo era solamente un servidor de un poder mayor y que éste poder mayor era solamente el esclavo de uno mayor todavía. Porque en el momento de la desesperación, los ojos de la mente se abren y los hombres con sangre de Númenor pueden reclamar aún hoy el poder de ver más allá que los demás.

 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 27-02-2006 Hora: 23:10
Me dejas con el corazón en un puño. Una composición casi poética.