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EL ASEDIO DE THARBAD
Capítulo 8
Epílogo
Por Aicatar
 
Tharbad ardió durante catorce horas, hasta que una fina lluvia apagó las llamas. Los orcos no disfrutaron de una victoria, sino que se retiraron al caer el último de sus enemigos y se retiraron en silencio, abandonando allí a los heridos y los muertos. En la ciudad aún quedaban soldados, hacinados en casas llenas de cadáveres y de heridos. Bariman entre ellos. Todos, al ver a los orcos retirarse, se prepararon para el traslado. Los sanadores cubrieron las heridas con vendas sucias y ponían en ellas hierbas que no curaban, pero que dejaban más tranquilo al paciente. En camillas y parihuelas, salieron de la ciudad mientras ésta continuaba ardiendo, dirigiéndose hacia el refugio del capitán Veleron. Bariman no pensaba en nada mientras lo llevaban. El dolor era tan extenuante que bastante trabajo suponía continuar viviendo, como para caminar. Al menos, él conservaba las piernas, no como el Lyapárima. Y los ojos, pues más de uno había visto que no volvería a mirar jamás a los ojos de una amada. Mientras lo arrastraba aquella mula, dirigiéndose hacia una nueva vida, Bariman pensó en el sargento de lanceros Galdur Ingumion. Sin duda le debía la vida, pues sin él habría sido aplastado por algún troll, o rematado por un orco, en aquel patio de Tharbad. Le debía la vida, y ahora el sargento estaba muerto, seguramente, en alguna parte de esa maldita ciudad. Mientras ascendían por el camino que llevaba al refugio, Bariman vio a una chica más o menos de su edad, de cabellos del color del roble y ojos aceitunos, sonrieron ambos al cruzarse sus miradas y un calor extraño subió por su espalda dolorida y atravesada. Si podía alguna vez volver a ponerse en pie, la invitaría a bailar al son de algunos violines. Se lo juró a sí mismo, al tiempo que juraba que su primer hijo se llamaría Galdur.

Ladûr Ingumion llegó un poco antes al refugio. Las lágrimas de tristeza por los caídos se mezclaron con las lágrimas de alegría al reencontrarse los que se habían separado. Y Ladûr Ingumion se abrazó a su madre y a su hermana, dispuesto a convertirse en el hombre de la casa, en ausencia de su padre. No dejaría que nadie, ni el propio Rey Brujo en persona, les hiciera el más mínimo daño. Irían hacia el sur y el este, cruzarían el Isen por el puente más meridional y, como había indicado su padre, irían hasta el Folde Oeste, en Calenardhon, donde vivía la tía Aletsa. Allí viviría para siempre, allí podría olvidar la vieja Tharbad.

Y mientras la lluvia caía sobre las llamas de Tharbad, lavando la sangre sobre el cuerpo del capitán Hildor, apagando los fuegos y devolviendo a la tierra la frescura del otoño, el Rey Brujo se removía en el Trono Negro, mirando la batalla con los ojos surgidos de la muerte, sosteniendo entre sus invisibles manos el cetro de plomo y agarrándolo con fuerza. Bagmûd había muerto. Ahora, otro capitán debía salir de Carn Dûm para terminar el trabajo empezado. Preocupaciones, problemas para un rey que gobierna por el odio. El odio a la humanidad, una humanidad a la que él perteneció en los tiempos anteriores a la Caída de Númenor, cuando el Señor Oscuro fue hecho prisionero y encerrado en la Isla de la Estrella, la Sepultada. Atalantë en la lengua que había jurado no volver a pronunciar jamás. Preocupaciones, problemas para un rey que gobierna por el odio.
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 27-02-2006 Hora: 23:16
/Sïlon se quita el sombrero: enhorabuena, ha merecido la pena leerlo.