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Una Excursión a Moria
Capítulo 5
Solo en la multitud
Por Aicatar
 
Hay siete casas de los enanos. La que construyó Khazad-Dûm fue la Casa de Durin, la más famosa y la que más contacto ha establecido nunca con elfos y hombres. Dicen que al Este hay grandes palacios subterráneos albergando ciudades enteras, gobernadas por reyes enanos olvidados de las historias de Beleriand y el Oeste de la Tierra Media. Lo dicen las leyendas, pero ahora yo estoy en medio de una de ellas. Enanos por todas partes, blandiendo hachas y martillos, gritando como enloquecidos, matando orcos por todas partes. Los trasgos tratan de escapar, las flechas han matado a demasiados como para resistir ahora. Los pasadizos por donde entramos están llenos de cadáveres de orco.

Dos enanos se detienen junto a Curunavion y junto a mí.

-¡Eh, Bodlung! ¡Aquí hay un elfo!

-¿Un elfo? ¡Por la fragua de Aulë! ¿Qué está haciendo un elfo en Khazad-Dûm?

Ja. ¿Y qué puñetas estoy haciendo yo? Me pregunto, mientras me ayudan a levantarme y me llevan hacia la retaguardia. Docenas de enanos aparecen desde las cavidades, que son como habitaciones pequeñas, donde quizá en tiempos remotos durmiera algún pueblo entero de los habitantes de este lugar. Hay muchos enanos, pero por lo poco que sé de este sitio, si pretenden echar a los trasgos y reconquistar la plaza, son muy pocos. ¿Cien? ¿Ciento veinte enanos? No creo que sean suficientes ni para asustar a esos trasgos.

A Curunavion se lo llevan a una sala contigua donde hay un par de soldados enanos heridos y unos cuantos que actúan como médicos y enfermeras. Curiosamente, no hay modo de distinguir quién es quién, pero todos parecen conocer bien su trabajo. El mago blanco se acerca a mí, sonriente. A su lado camina un enano un poco más alto y corpulento que los otros, con una larga barba negra con bastantes canas y una coraza brillante, de color plateado, debajo de cuyo peto asoma una cota de malla finísima y de eslabones entrelazados con verdadera habilidad. Parece ser el jefe de toda esta banda.

-Arelion -me dice el mago blanco, aunque todavía me pregunto cómo demonios sabe mi nombre-, déjalos. Ellos se ocuparán de Curunavion, ven conmigo.

No me fío un pelo del tipo éste, pero no me queda más remedio que obedecer. El mago se acerca hasta una sala estrecha y oscura y saca un poco de tabaco y un par de pipas. Me ofrece una, pero yo nunca he encontrado gusto a esto del tabaco, y eso que la hierba que traen de la Cuaderna del Este es verdaderamente buena. La rechazo, así que él enciende la suya y empieza a echar humo blanco entre sus labios.

-¿Qué está sucediendo? -pregunto, cuando veo que él no piensa decir nada.

-¿Suceder? Bueno, sucede lo que se repite cada cierto tiempo. En realidad, las edades de Arda no son más que ciclos dentro de otros ciclos...

Yo no respondo. Ni siquiera entiendo lo que trata de decirme. Ya lo decía mi viejo abuelo: "Los magos son siempre extraños. Por eso no hay magos en los pueblos decentes".

-¿Quiénes son estos enanos?

-Hum... Enanos de Aglanmír, una fortaleza en las montañas que hay más allá del Bosque Negro y de la Montaña Solitaria. Enanos de una pasta diferente a la que estamos acostumbrados a ver por aquí, si me permites la expresión.

Pues vaya. Tampoco es que me aclare demasiado, la verdad.

Pasa un día, pasan dos... Curunavion ni despierta, ni termina de morirse, según dicen, pero no me han dejado verlo ni un segundo desde que se lo llevaron. Al mago blanco sí, ése va donde quiere y ningún enano parece ponerle trabas. Cada vez que le veo pasear sus barbas por todos los agujeros, revisándolo todo como si fuese un recaudador de impuestos buscando oro escondido en casa de un leñador, me cae peor. Pero al menos este tipo no habla en el idioma éste de los enanos, que parece que se estén mentando a los muertos constantemente. Y eso que cuando yo estoy cerca, empiezan a hablar en élfico, como si yo fuese a aprenderme esa jerigonza llena de KH y ZH y sílabas casi sin vocales... Tampoco me entero demasiado con el élfico, todo hay que decirlo. Entre que le ponen un acento al Sindarin que no hay quien se aclare y que nunca le hice mucho caso a mi abuelo cuando trataba de enseñármelo, la verdad es que no sé de qué va todo esto. ¿Una guerra? ¿Reconquistar Moria? ¿Thrór el Grande? Ay, ay, ay, ¿por qué puñetas tuviste que dejar tu pueblecito pequeño en esa colina verdosa, Arelion? El mago blanco va y viene, por todas partes, mirando al techo y al suelo, entre los enanos, que parecen muy ajetreados con todo. ¿Qué tienen al fondo? Parece una gran máquina de madera, metal y piedra. Como si hubieran construido una especie de gigantesca máquina para excavar, parece. Que los Valar me ayuden, porque creo que estoy metido en el peor brete que cabría imaginar.

-¡Arelion! -grita una voz conocida, de pronto. Tres días llevaba sin oir esa voz al tiempo estridente y dulce. Curunavion ha despertado por fin y, por lo que veo, viene con fuerzas renovadas-. ¡Arelion, esto es más gordo de lo que podía imaginar!

Y esas palabras me asustan de verdad...
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 29-03-2006 Hora: 17:05
Bueno, a ver qué depara esta aventura, que está tipificándose por momentos.