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Uno futurista
Capítulo 1
La batalla silenciosa
Por Aicatar
 
La vieja casona estaba en completo silencio y la noche era la más negra que uno podía imaginar. Sin luna, y con unos densos nubarrones que tapaban cualquier estrella. El SWAT abrió la puerta sin hacer el más mínimo ruido y entró en ella, apuntando a la oscuridad con su fusil de asalto, atrapado con fuerza entre sus manos. El casco, con visor de infrarrojos, le permitía ver incluso en esas circunstancias. Dos, tres, cinco, nueve hombres entraron en la casa y recorrieron el salón buscando por todas partes, con sus pasos amortiguados por botas de suela de goma. Once, trece, hasta dieciséis de ellos entraron en la casa y empezaron a repartirse el lugar. Dos al pasillo que daba a la cocina, siete por las escaleras del primer piso, tres hacia las del sótano, el resto en la planta baja. Cuatro más, incluyendo al sargento Howard, esperaban en el jardín, detrás del seto más frondoso de todos, junto al viejo roble, que parecía mirarlo todo con ojos cansados.

El SWAT número 002544/98 fue el primero en entrar en la biblioteca. Primera planta, habitación cuarta desde las escaleras. Abrió la puerta con cuidado y ésta gimió en la bisagra superior al abrirse. El cañón del fusil asomó en el interior, que estaba tan oscuro y tan silencioso como todo lo demás. Dio un paso adelante. Luego otro. Entonces, algo se movió, pero era demasiado tarde.

Un resplandor blanco surgió desde la pared contigua, un resplandor y un choque metálico. Algo golpeó con fuerza en el fusil y lo partió en dos casi sin que el SWAT pudiera darse cuenta de lo que sucedía. Desde la oscuridad, una figura delgada, alta y de cabellos largos manejaba una espada que brillaba en la oscuridad con un fulgor que hería los ojos del soldado. Clang, hizo la mitad seccionada del fusil al caer al suelo y Chas, hizo la hoja al segar el cuello del SWAT. La sangre manó, plic, plic, plic, sobre el suelo, en goterones que estallaban. Las rodillas a tierra, el SWAT se sujetó la garganta herida sabiendo, en ese instante, que no duraría demasiado el dolor. Detrás de él, el SWAT número 002547/98 levantó el fusil, dispuesto a disparar. Otro clang, esta vez con el filo de la espada, y el fusil fue desviado hacia la derecha, apenas lo suficiente para que la figura delgada y alta pudiera volver a blandir la espada y ésta impactase directamente en el plexo solar del soldado, clavándose treinta centímetros en su cuerpo. Crag, sonó el filo, desgarrando la carne y chuac, al salir de aquel cuerpo, con un chorro de sangre siguiéndolo. Dos víctimas más en la larguísima cuenta de aquel arma, forjada hacía milenios, en las cavernas de Nargothrond, cuando el mundo era joven y Eärendil aún no brillaba en las mañanas y las tardes de Endor.

El tercer SWAT empezó a disparar a tontas y a locas, las balas irrumpieron en la noche, con fiereza. Gritos, alaridos, voces por todas partes y la figura que salta detrás del tercero y la hoja que sesga una vida más, en silencio. En completo silencio.

Pasos apresurados por las escaleras, la figura que corre hacia ellos, salta, se oculta detrás de la barandilla, zas, un nuevo tajo, una nueva víctima. Más gritos, más disparos. Alguien ordena calmarse, alguien que intenta mantener la calma. Nadie ve nada. El SWAT número 002897/96, más experimentado, se oculta detrás del sofá de la planta baja, mirando hacia las escaleras, dispuesto a disparar a todo aquello que intente bajar por ellas, pero no logra nada salvo ver a dos, tres, cinco de sus compañeros bajar rodando, muertos ya o agonizantes, envueltos en su propia sangre. Y una sombra, delgada y alta, que parece moverse flotando en el aire, de tan ligera y grácil.

-Agentes heridos -dice 002897/96 por la emisora instalada en su casco-. Emergencia. El objetivo está atacando.

Sabe que no servirá de nada. Alguien lanza una granada al piso superior. Es una granada de gas lacrimógeno, que se extiende por todo el piso y lo envuelve todo en una neblina. 002897/96, en su fuero interno, sabe que el Objetivo ya no está en el piso superior, pero no sabría decir cómo ha bajado. Alguien grita a su derecha. Cae un peso muerto al suelo y derriba un florero que hay en una mesita del salón. ¿Dónde está? Más disparos, otro golpe, otro chas, otros plic, plic, plic, nadie ve nada. Mayday, mayday, emergencia, dice alguien. Otro chac, un splatch, muerte por todas partes.

El viejo veterano levanta el fusil. Ha visto algo. La figura delgada y alta está junto a la chimenea, apagada, aprieta el gatillo y el retroceso es controlado de inmediato por un brazo acostumbrado al innoble arte de disparar. Las balas cruzan el salón, pero no logran su objetivo. La figura delgada se tira al suelo, repta, rueda, sale donde menos se lo esperan. El joven SWAT 005478/03 no consigue ver cómo desde su flanco izquierdo se levanta la figura y vuelve a hacer cantar su espada. El dolor en el brazo es efímero, pues el dolor en el pecho lo sustituye y luego nada, el silencio, la quietud, la insoportable espera de dos segundos antes de que el cerebro se detenga. 002897/96 sospecha que será su turno muy pronto. Se levanta, vuelve a abrir fuego y se dirige hacia la puerta principal, donde se han dirigido los otros tres que quedan en pie. Tratan de huir y la figura delgada y alta les deja hacer.

Una ventana en la planta baja se abre, ninguno de los de fuera sabe qué está pasando en realidad, y tan pendientes están de la puerta principal y de los cuatro que salen por ella, caminando de espaldas, mirando hacia el interior, apuntando sin cesar con sus fusiles, que no ven que la figura, el objetivo, se agazapa en las sombras y escapa hacia la espesura del bosque que hay a apenas cien metros de la casa.

-Retirada -ordena el sargento Howard-. Volvemos a base. 002897/96, informe de inmediato a Central, regresamos a base. ¿Están ustedes bien?

Ninguno de los presentes contesta sin antes comprobarlo. Tal era la rapidez, la habilidad de aquel Objetivo, que nadie puede estar seguro de que está ileso. Han visto morir a hombres con esa expresión que indica que la muerte te ha sorprendido tan de sorpresa que todavía no tienes claro si estás en éste o en el otro mundo.

-Era él, ¿verdad? -pregunta 002897/96 al sargento, mientras suben al camión de transporte-. El último elfo.

-Nadie más podría haberlo hecho, pero cierre la boca. Todo a su debido tiempo...
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 20-08-2008 Hora: 14:47
muy bueno futurista

Fecha: 15-06-2006 Hora: 13:57
Personalmente, me ha encantado
No creo que así sea el futuro de la tierra media... pero es un relato cojopéndido.