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Uno futurista
Capítulo 2
El Capitán McKane
Por Aicatar
 
El sargento Howard estaba en pie, en posición de firmes, mientras el capitán leía el informe de apenas folio y medio. No tardaría en hinchársele esa vena del cuello y en levantar la mirada pidiendo explicaciones. Mira, ya mismo. Ya se ha hinchado. Ahora vienen las preguntas...

-¿Puede usted explicarme esto, sargento?

-No sé a qué se refiere exactamente, señor...

-Trece bajas por arma blanca, dice usted. ¿Arma blanca? ¿Qué insinúa? ¿Que alguien con una navaja mató a trece agentes armados con fusiles?

-Dudo que fuese una navaja, señor. El agente 002897/96 dijo que era más bien una espada.

-¿Una espada? ¿Un tío con una espada mata a trece SWATs entrenados, armados y preparados para el combate?

Howard tragó saliva, muy preocupado. Sí, visto así, la verdad es que eso no tenía mucho sentido y, de tenerlo, significaba que él era un auténtico inútil y sus hombres unos idiotas absolutos. Pero es que ese imbécil de capitán no había visto aquel resplandor blanco, ni había oído los gritos de los hombres al caer muertos, ni había sentido esa presencia ominosa, oculta, sombría y, al tiempo, tan brillante y diáfana. Aquel capitán del tres al cuarto estaba muy bien sentadito en su cómodo sillón, viendo las noticias en su televisión de plasma, esperando los informes que luego él usaría para acabar con la carrera de quien quisiera hundir.

-Señor, sé lo que parece, pero... verá, es posible que me precipite, pero... en fin... digamos que hay circunstancias atenuantes, o explicativas, más bien... Si no se tiene en cuenta cierto factor, podría ser que se confundieran los términos y, la verdad, mis hombres fueron atacados por algo que... vamos, que no es precisamente "un tío con una espada".

El capitán sacó un pitillo del paquete y, con desagrado, contempló que no le quedaba ninguno. Lo encendió y soltó el humo en una voluta densa y gris.

-¿Qué es lo que quiere decir? -preguntó-. Dígalo sin rodeos.

-Creemos que se trata del Último Elfo, señor -dijo Howard, sabiendo que estaba a punto de ganarse la eternidad en el fondo de algún lago de montaña, con un bloque de cemento de doscientos kilos en los pies.

-¿Qué demonios sabe usted de eso, sargento? -inquirió el capitán, irguiéndose en su sillón y escrutando los ojos del sargento con una mirada tan torva como asesina.

-Oh, no mucho -respondió Howard-. La leyenda que hay entre los chicos, nada más.

El capitán hizo un gesto con la mano como indicando que quería oír esa leyenda y Howard, un poco avergonzado, empezó a narrar la historia. Era un cuento de viejas para asustar a los novatos. Se decía que había un tipo al que las fuerzas especiales de todo el mundo habían perseguido desde muchas décadas atrás. Ese tipo, a veces era uno solo y a veces era uno que cedía su puesto a otro cuando se hacía demasiado viejo para seguir con sus andanzas, pero invariablemente era alguien joven y vital, con gran capacidad para el combate y sin ninguna piedad. La leyenda se solía aderezar de recortes de periódico viejos sobre asaltos a lugares donde ocurría algo muy parecido a lo sucedido en aquella casona. La verdad es que Howard había contado esa leyenda en tres o cuatro ocasiones a algunos novatos bastante subiditos de tono, pero jamás le había dado la más mínima credibilidad. Eso sí, era divertido ver las caras de los novatos cuando todos los agentes se apresuraban a engordar la leyenda con sus propias versiones, algunas páginas web dedicadas al asunto y cosas así. Al final, no había novato que no dudase y se asustase solo con pensar en el Último Elfo.

Ahora que lo pensaba... Lo único que no quedaba claro era por qué ese nombre de "El Último Elfo".

El capitán escuchó la historia sin decir ni una palabra e, incluso, llegó a tomar nota de algunas partes. Al término de la misma, carraspeó, apagó el cigarrillo, que ya le quemaba los dedos, y miró a Howard con cierta complicidad en la mirada.

-¿Y da pábulo usted a esas leyendas?

-Hasta que se hacen realidad delante de mis ojos, ninguno, señor. Pero, ¿no le parece sospechoso?

El capitán ni se inmutó. Recogió el informe que le había traído Howard, lo dejó en una bandeja de plástico que tenía un rótulo que decía "Para Evaluar" y cruzó las manos delante de la cara, con los dedos entrelazados. Tras dos segundos de absoluta inactividad, volvió a carraspear y se puso a hojear otro informe.

-Sargento -dijo el capitán McKane, sin mirar al sargento-, retírese. Será usted convocado por una comisión que evaluará estos desgraciados acontecimientos. Manténgase dentro de la ciudad y localizable en todo momento. ¡Ah! Y yo de usted no airearía nada al respecto de lo sucedido en esa casa. Ni a propios, ni a extraños. Si alguien le pregunta, está todo bajo secreto sumarial y no puede usted decir nada. Explíquele eso a sus hombres también. Gracias por todo.

Howard abandonó la estancia en silencio. Había pinchado en hueso, de eso no había duda. La maldita leyenda del último elfo, la leyenda que corría entre los SWATs destinados en ese acuartelamiento desde hacía años, parecía haberse hecho real, demasiado real. Trece realidades, más bien, trece muertos por arma blanca, gente entrenada, armada y preparada para el combate, como había dicho ese cantamañanas sin corazón.

El cantamañanas pulsó un botón de su escritorio y sonó el inequívoco pitido de un teléfono llamando. Alguien descolgó al otro lado.

-¿Mortim? -dijo el capitán McKane-. Llame al Viejo. Tenemos que contarle algo importante...
 
Aicatar
 
 
 

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