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Una Excursión a Moria
Capítulo 6
REUNIÓN DEL CONSEJO
Por Aicatar
 
De todas las pesadillas de mi vida, ésta es, sin ninguna duda, la peor de todas. Jamás pude imaginarme en una cueva profunda de las montañas, rodeado de un montón de enanos locos que, según Curunavion, han venido a reconquistar esto. Según dicen, han encontrado un pasadizo que llevaría directamente hasta el lugar donde se reúnen los trasgos, su cuartel general. El jefe de los enanos, al que llaman Baglung, se pasa el día con el Mago Blanco, al que llaman Hoarkûn. Juntos, miran mapas, revisan textos, discuten y organizan todo este sitio como si fuese una fortaleza en plena guerra. Curunavion, por su parte, deambula de acá para allá, conversando con los enanos, tratando de meterse en lo que sea que están haciendo el Mago y el jefe. A veces viene a hablar conmigo, me cuenta sus averiguaciones, me muestra lo contento que está de tener aliados en esto y desvaría sobre oro y mithril, sobre joyas y coronas hechas de diamantes.

Yo, por mi parte, les echo una mano a los enanos en lo que sea. Así me entretengo. algunos están construyendo aparatos extraños, maquinaria de guerra, podría ser. Otros hacen flechas, otros se dedican a la comida... Están bien organizados, la verdad, son una gente trabajadora y disciplinada. Yo les ayudo en lo que me piden, aunque solo por entretenerme y por no sentirme un inútil que les roba la comida que le dan.

Pero claro, las cosas siempre pueden ponerse peor y esta no es la excepción. Hasta mí llegan Curunavion, el Mago Blanco y Baglung, con cara de circunstancias.

-¿Podemos hablar contigo? -pregunta el mago, tomando asiento y señalando otros taburetes para los demás-. Es importante. No te molestaríamos con algo así si no fuese absolutamente necesario, créeme.

Me temo lo peor. Pero no digo nada. Solamente asiento con la cabeza. Quien toma la palabra es el enano.

-Hemos trabajado muy duro para llegar hasta aquí -dice-. Pero ahora hay que darse prisa. Los orcos saben de nuestra presencia, saben dónde estamos y saben, más o menos, cuántos somos y lo fuertes que podemos ser. Eso no es bueno para nosotros. Es cuestión de tiempo que vengan y nos aplasten.

-Son muchos, Arelion -interrumpió Curunavion-. Y cada día, se acercan más. Hemos interceptado varias patrullas de reconocimiento en las cercanías de esta sala y, si todo va como calculamos, no nos quedan más de cinco o seis días antes del ataque definitivo.

-Entonces, queda claro -aseguré yo, ingenuamente-. Deberíamos salir de aquí y esperar otro momento para volver...

-No hay otro momento -dice Baglung-. Mis hombres están motivados, tienen voluntad para permanecer aquí, pero esa fuerza de voluntad se agota. La moral disminuye con el tiempo. Si salimos al exterior, ninguno de ellos querrá volver sin garantías. Hay que actuar ahora o retirarnos para siempre.

Desde luego, tenía razón, pero mi objetivo era que me llevasen hasta la luz del día, a ser posible en el lado Oeste, y me dejasen allí con algo de comida y unas mantas. Lo demás, ya me apañaría yo, pero alguien tenía que llevarme. Esperé a que siguieran, sin decir ni palabra.

-Por esto, muchacho -dijo el Mago-, debemos pedirte que nos ayudes en nuestra necesidad, que es también la tuya.

Yo tragué saliva y me acordé de mi querida Madilla, que seguramente ahora estaría ya tonteando con algún mozalbete de Entibo, mientras mira con el rabillo del ojo a ver si vuelvo o no. Maldita sea. Y éstos me vienen pidiendo favores...

-¿Qué tengo que hacer?

-Colarte por el pasadizo -contesta Curunavion-, llegar hasta la sala de los orcos, echar un vistazo y volver con información al respecto.

Y yo me cago en mi calavera, claro...
 
Aicatar
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 20-04-2006 Hora: 11:43
Este capítulo me ha gustado más. El final es simpático Pero creo que estás loteándolo demasiado y pierde intensidad.