Ir a Posada de Mantecona
 


Érase una vez en Sevillargir
Capítulo 2
Por Falas
 
Aquella noche apenas pude dormir. La tormenta se prolongó hasta las primeras luces del amanecer. Los relámpagos no cesaron en horas y con cada descarga, la habitación se iluminaba con cientos de destellos.

La cama, lejos de ser cómoda, cojeaba por una de sus patas; las sábanas rezumaban humedad y el olor a moho invadía toda la habitación. Sin duda había descansado en establos más limpios y más confortables, como aquellos en los que antaño había ocupado, gracias a la bondad de sus propietarios, que permitieron me hospedaran en noches como aquella.

Me apoyé en el cabezal de la cama. La madera crujió un poco hasta que me acomodé, cubriéndome con mi capa y envolviéndome en una especie de madeja de hilo con mis piernas, buscando el calor de mi propio cuerpo.

-Me iré temprano-pensé. Podría unirme a una de esas caravanas de comerciantes. No sé por qué he regresado a Sevillargir-apuré a decir en voz alta.

En ese momento, la habitación se iluminó por un nuevo relámpago. En el cristal de la única ventana que había en la habitación, pude ver mi rostro reflejado. Apenas me reconocía. Desde mi última visita a Sevillargir mis rasgos ya no eran los de una joven ilusionada por encontrar a aquellos a los que mi sangre pertenecía, los descendientes del Reino de Arnor. Estaba cansada y desanimada, y si no hubiese sido por mi encuentro con aquél tabernero de Bree, probablemente habría regresado a mi hogar, en Belfalas.

Quería dormir y caminar por los senderos de Irmo, pero cada vez que mis párpados se encontraban cara a cara con mis pupilas, su rostro aparecía. La conversación con Daeron había hecho regresar del pasado mi dolor, dispuesto siempre a agrietar mis heridas.

Habría jurado que no habían pasado ni 5 minutos cuando…

-¡Falas, despierta! Los carromatos con los víveres para la posada han llegado. Baja a desayunar. He visto hobbits bajar al salón. No conviene que nos retrasemos-

Y mientras hablaba se reía. Y su voz sonaba a música. El color de sus palabras, fuera de lo común entre los hombres eorlingas, era dulce y acompasado, si es que así podía describirse un color.

Daeron era un hombre Eorlinga. Era imposible no darse cuenta de ello: alto, rubio y de tez blanca. Sus padres, enamorados de las canciones y poemas que Daeron, el elfo bardo y amante de Luthien, compuso tiempo atrás, le habían puesto el mismo nombre. Así se ganaba la vida, de aldea en aldea, recitando y cantando las letras que formaban poemas llenos de historias de amor y melancolía, de batallas y muertes.

Me acerqué a la ventana mientras hacía una trenza con mis cabellos. Fuera, la gente se movía con rapidez. Los niños jugaban con los charcos de agua que la tormenta había formado apenas unas horas antes; los toldos de los vendedores ambulantes se extendían formando un río de colores sobre la calzada, y los carros y el bullicio de la gente habían devuelto la vida a Sevillargir. Apoyé mi frente sobre el cristal de la ventana, cerré los ojos, y dejé, por unos instantes, que los rayos de sol, aún débiles entre los nubarrones rezagados de la tormenta, sonrosaran mis mejillas. Me sentía bien, y aquella era una sensación extraña.

Cogí la capa y me la puse, sujetándola con un pequeño broche de plata, de formas vegetales, junto al hombro. Terminé de recoger todas mis cosas y, antes de dejar la habitación, eché un último vistazo a través de la ventana. Me fijé en dos hombres que hablaban junto al puesto de un herrero. No podía verlos bien porque prácticamente iban embozados con sus capas, pero el que parecía más joven se mantenía en una postura hierática, parecía una estatua.

El otro hombre, de estatura más baja y con la espalda ligeramente arqueada hacia adelante movía las manos al hablar, gesticulaba su cuerpo como un pequeño bufón. Parecía enfadado. Sin embargo, segundos más tarde, ambos estrecharon sus manos, como si acabasen de cerrar un trato. En ese instante la capa del hombre joven cayó delicadamente a ambos lados de su cuerpo y mis ojos quedaron cegados por el destello de una hoja metálica que colgaba a lo largo de su pierna izquierda. Giré mi rostro para recuperar la vista y, al girar de nuevo la cabeza para mirar, pude verla. Era una espada sublime, y sólo había una espada así.

Salí de la habitación con grandes zancadas; bajé los escalones a saltos y crucé el salón a toda prisa. Salí a la calle. Había desaparecido.

-Falas-me susurró Daeron a mis espaldas-entra a desayunar conmigo. ¡Qué cara llevas! Ni que hubieses visto un fantasma.

Me giré despacio y lo miré de soslayo.

-¿No has visto nunca un fantasma?-le dije- ¿un muerto viviente?

Daeron escupió el trozo de pan que estaba masticando y tosió varias veces. Yo sonreí con malicia; lo había asustado y me sentía un poco culpable. Aún así añadí:

-A mí se me aparecen todas las noches-
 
Falas
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 14-05-2006 Hora: 23:39
Muy bien escrito, muy gustoso de leer. Pero muy corto para tener un ritmo tan sosegado. Quiero decir que, parándote así en las descripciones (algo que me encanta), creo que deberías alargar más el capítulo, que contara más cosas. Aunque entiendo que esa frase de Falas, cual niño del sexto sentido, queda francamente bien para cortar el capítulo. Creo que te dejaste llevar por la tentación