Ir a Posada de Mantecona
 


Vornen, i yaiweo Nís[1]
Por Giledhel_Narya
 
Era noche cerrada, pero aun así, Vornen no podía dormir. Estaba sentada ante la ventana, mirando hacia el Oeste, preguntándose cuál sería su destino. Iban pasando las horas, llegó el alba, y Vornen no se había movido. Seguía sentada en la cama, vestida de blanco, la larga cabellera cayéndole en suaves ondas sobre los hombros.
Empezó el bullicio del día: la gente salía a la calle, los niños lloraban o reían, las madres gritaban, los hombres se desperezaban. como cada mañana. Para ella todas las mañanas eran monótonas desde que supo que estaba condenada. Condenada a vivir sin amor, sin quién más amaba, aquél por quien daría la vida. Siguió allí, sin inmutarse, hasta que alguien llamó a su puerta. Nís, una joven de cabellos dorados recogidos con una larga trenza, asomó su pálido rostro, sonriendo con los ojos color miel:

- Señora. Vuestro hermano ha venido a veros.

- Gracias, Nís. - su voz sonó queda, y la doncella adivinó que no bajaría. Decidió echar una carta, quizá de más, sobre la mesa.

- Ha venido acompañado.

Lentamente, Vornen giró la cabeza y contempló a la muchacha. Sus ojos castaños se llenaron de lágrimas amargas, que resbalaron por sus ahora enrojecidas mejillas. Ahogando sollozos de cruel desespero del amante incauto, se levantó y indicó a Nís que bajara a recibirles. Temblorosa, se vistió y empezó a bajar las escaleras. Sabía que él estaría allí, acompañando a su hermano Ingolmo, pero no sabía si resistiría verlo. Cogiendo aire, miró abajo, atisbando los dos rostros que la contemplaban.

- Buenos días, mi querida hermana. - un hombre alto, de cabellos negros cuál ébano y ojos castaños, le sonrió.

- Alassea ré, melda Vornen[2]. - un joven de ojos vivaces y cabellera oscura, de rostro hermoso, le tendió la mano, sin un atisbo de sonrisa en su rostro - Espero no haberos despertado.

- Buenos días, Ingolmo. ar alassea ré, Anárion. - la joven tomó la mano que él le tendía, tensa - No me habéis despertado, no temáis. Hace rato que velo esperando el alba.

- Sabes que no debes hacer eso, hermana. - el hombre mayor la miró con dureza, y ella respondió con una mirada igualmente fría.

- Al igual que tu sabes que ahora no deberías creer lo que crees, y sin embargo. - por un momento hubo un tenso silencio y, súbitamente, el rostro de la mujer se ablandó y sonrió cariñosamente - Pero no es tiempo de discutir. No es entre familiares ni amigos que tenemos que enfrentarnos.

********

¡Cuán bella era! Anárion la miraba, embelesado. Aún se maldecía por no haber sabido apreciar lo que una vez se le había ofrecido. Y ahora estaba totalmente perdido. Suspirando, intentó volver a coger el hilo de la conversación, pero solo era consciente de los movimientos inconscientes de Vornen, de los pálidos reflejos cobrizos de su cabello.
Durante una larga mañana estuvo a su lado y no marchó hasta que Anar estuvo alto en el cielo, poco después de la marcha de Ingolmo.

Allá, en medio del patio, a sabiendas de que nadie podía verles salvo Nís, volvió a tomar la mano de Vornen. Con dulzura, se la llevó a los labios y besó los pálidos dedos. Poco a poco, la acercó a él, temeroso pero a la vez deseoso de sentirla contra su pecho. Con sorpresa, advirtió que, por primera vez en largo tiempo, la muchacha no se echaba atrás sino apoyaba la cabeza en su hombro. La abrazó y beso sus cabellos, el corazón galopando en su pecho. Ella le miró a los ojos:

- Aún no entiendo porqué sigues con este juego, Anárion. - sus ojos parecían verdaderamente tristes, desesperados - Hay cosas que duelen más que el olvido.

- Lo sé, pero sabes que no hay momento en que sufra más que cuándo entre mis brazos está ella. - él, con las manos temblorosas, tomó el rostro de Vornen y la atrajo hacia si. Le besó los húmedos párpados - Lo sabes bien.

- Anárion. - la joven abrió los ojos desmesuradamente y apretó los labios contra los del hombre. Se besaron con urgencia, enredando los dedos en la cabellera ajena. Secamente, Vornen se echó atrás y le lanzó una mirada de pasión y desgarro - .vete, Anárion. vete con tu esposa.

Sin decir nada más, echó a correr escaleras arriba y se encerró en su habitación. Mientras, el joven quedó en el centro del patio, con el rostro elevado hacia el cielo, mordiéndose el labio. Apretó los puños, impotente, y se dirigió hacia la puerta. La abrió y se fue sin mirar atrás siquiera. Si lo hubiera hecho, quizá habría podido ver a Vornen apoyada en el alféizar de la ventana, llorando por él.

*********

Pasaban las semanas, los meses, y Númenor parecía empequeñecerse a su alrededor. Vornen pasaba las noches en vilo, luchando contra si misma, incapaz de comprender tal dolor. ¿Porqué costaba tanto apagar esas brasas? No encontraba respuesta alguna, y su pesar iba en aumento.

Una tarde, cuándo ya se disponía a subir a su habitación, la joven Nís llegó corriendo, respirando alterada, y la llamó por su nombre y le explicó lo que Ingolmo le había mandado decir. Por un momento, le pareció a Vornen que el mundo iba a desplomarse sobre su cabeza, y no bajo sus pies. Corrió y, lo más deprisa que pudo, arregló lo que su hermano le había indicado. En poco tiempo, todo lo imprescindible estuvo en una mochila grande. Por la noche, Isil vio salir a la calle un joven mancebo acompañado por una muchacha de cabellera dorada. Muchos habrían podido decir quién era aquella doncella de tez blanca: Nís, dama de Vornen Luinecollo. Pero ¿quién era el joven que la acompañaba? Algunos indiscretos se formularon esa pregunta aquella noche, pero nadie más que los que en el muelle los esperaban supieron la respuesta.

Así fue como, corriendo en la oscuridad, llegó Nís hasta el barco que podría haber sido su salvación. Con un suspiro, la muchacha paró y contempló a los tres hombres que estaban a punto de embarcar. Iban embozados en una capa gris y pesada, y caminaban silenciosamente. Uno, al parecer el más joven, le dirigió la palabra:

- Creíamos que no llegaríais nunca. - lo dijo en un tono seco y cortante.

- Y sin embargo aquí estamos. - le respondió Nís, mientras el joven se separaba de ella - No juzgues antes de tiempo, Earsoron, o algún día tendrás que lamentar las palabras de tu boca.

- ¿Qué sabrás tu de mi futuro, Nís?

- Más de lo que quieres creer. Pero no discutamos más o llegará el alba. Id, yo cubriré cuánto pueda vuestra marcha.

- ¿Y si Elenna cae? - otro de los allí presentes, algo mayor que Earsoron, la tomó por el brazo - ¿Qué será de ti si cae Andor?

- Andor caerá. - Nís besó a aquél que acababa de hablarle - .y yo con ella. Pues tal es mi destino: caer como las hojas de los árboles, caer como los muertos del silencio. Ve en paz, Earadan, y llévate mis mejores deseos.

- Bien, si tal es tu deseo, Nis. - el tercer hombre, que ahora se descubrió como Ingolmo, habló por primera vez, empujando a los tres jóvenes hacia el barco - .así ha de cumplirse. Námarie[3]!

- Námarie, meldor[4]!

Nís marchó así del muelle, sin girar la vista atrás, como tantas otras veces. Al mismo tiempo, la última de las naves de Elendil el Alto soltaba amarras y ponía rumbo al Este. Para cuándo llegaba la muchacha a casa de Vornen, el rostro bañado en lágrimas, el Sol empezaba a subir por la cúpula azul del cielo.

* * *

Estaban los tres jóvenes mirando la lejanía, aunque ninguno en la misma dirección: Earadan, de pie en el centro de la cubierta, los cabellos oscuros despeinados por el viento, miraba hacia el cielo, los puños cerrados; Earsoron, sentado cerca del timón, clavaba sus ojos en Romen, mientras jugueteaba con el broche de la capa. Y el tercero, ahora ya descubierta su melena de reflejos rojizos y su rostro de mujer, contemplaba la isla que dejaban atrás. Con dolor, Vornen abandonaba la tierra que la había visto nacer. En unos segundos, el cielo se llenó de oscuridad y el mar se encrespó, el viento rugía, hinchando los velámenes, alejándolos de Númenor, y el Mundo temblaba bajo el agua. Las manos blancas de Vornen se agarraron con furia a la borda, impotente, mientras sus ojos lloraban la mayor pérdida que Eä había sufrido hasta entonces: Elenna se resquebrajaba, y sonaba en ella la risa cruel de un servidor de la oscuridad, y en las ciudades los niños lloraban, las mujeres se lamentaban y los hombres gritaban. En palacio, Zimraphel esperaba la caída inminente de Andor y en casa de Vornen, Nís miraba el cielo, de pie en el centro del patio.

Y, sin previo aviso, las olas se levantaron y engulleron la tierra humana más bella habida jamás, la Tierra del Don, Elenna. que pasó a llamarse desde entonces Atalante, la Sepultada. Y Vornen, inmóvil, lloraba por ella, Númenor, la que los Hombres no habían sabido salvar del desastre. Insensible a lo que le llegaba de fuera, incapaz de oír los gritos de los marineros y los zarandeos del barco, la proximidad del naufragio, la joven dejaba caer sus lágrimas al mar.

* * *

Cabizbaja, Vornen bajó del barco. Tras interminables días de travesía habían llegado por fin a puerto. Muchas veces les había parecido que el naufragio estaba aguardando tras cada ola, pero ninguna vez consiguió el desastre hacerse dueño del barco. Pero la desgracia había anidado hondamente en sus almas, en las almas de todos aquellos que habían conseguido huir. Sueños de pavor, rememorando la caída de aquella isla que habían amado, la risa cruel de Sauron, todo. Todo contribuía a hacer desastrosa la vida de Vornen. Pero se juró sobrevivir.

Viajó, con su hermano y sobrinos, Earadan y Earsoron, hasta la vera del lago Nenuial, llegó hasta Imladris, donde descansó sus penas por unos días. Después de eso, llegó a Lothlórien, pero su alma no estaba en paz. Vio la fundación de los Reinos Hermanos, y el renacer de la Oscuridad... E iba pasando el tiempo, pero nada la reconfortaba. Cada noche sus ojos suspiraban volver a verlo, volver a tocar sus manos fuertes, a abrazarle... y luego despertaba con la cruel certeza de que él estaría reposando en brazos de su esposa.

Era una de tantas noches, y las lágrimas recorrían de nuevo su rostro. Inesperadamente, la puerta de habitación se abrió y el rostro insomne de Ingolmo se asomó. Lentamente, se acercó hasta ella y se sentó a su lado. Vornen se apoyó en su hombro y sollozó hasta el alba. Al despuntar el Sol, Ingolmo le habló.

- Se acerca el tiempo, hermana, en que ha de cumplirse la mayor hazaña de esta Edad. Puede que sea para bien, y que sobreviváis las mujeres para recordar las gestas de los maridos, padres, hijos y hermanos. O puede que sea para mal, y las mujeres quedéis cautivas en la oscuridad, y lloréis los nombres de vuestros hermanos, hijos, padres y maridos sin esperanza alguna. - el hombre tomó aliento, cansado, pues conocía la verdad de todas esas palabras - Vornen, se acerca el ocaso de esta Edad, y no puedo decirte si en la próxima habrá amanecer... sólo pedirte que luches para que perdure nuestro recuerdo.

- Parece como si no quisieras volver, Ingolmo. - Vornen le miró, desolada y triste, herida en el alma - ¿Porqué.?

- A veces es mejor morir en la batalla. - bajó la cabeza con desolación - .que volver de una derrota.

- ¡Y por eso los hombres preferís morir atravesados por el acero negro de Morgoth que no volver para vuestras hijas, madres, esposas y hermanas.! - sus ojos reflejaban la rabia de alguien que no conserva ninguna esperanza, pero que sabe debe resistir - ¡Preferís que ellas lo sufran solas antes que ser humillados ante vuestros enemigos...! ¿No es así?

- Calma, hermana. - Ingolmo tomó la mano de Vornen, sin saber que decir, pero esta rehuyó de él. - Intenta entenderlo. - no hubo respuesta por parte de la mujer, solo una mano alzada y un golpe en el rostro de su hermano. Ingolmo se levantó, enrojecida la mejilla - Mandaré a alguien que te llame para comer.

El hombre salió de la habitación, y Vornen se asomó a la ventana, intentando aspirar alguna bocanada de aire fresco. Un dolor agudo, punzante, parecía atravesarle el pecho y el brazo. Respiraba con dificultad, ahogándose. Desesperada, aflojó como pudo sus prendas, y se desplomó en el suelo, inconsciente.

***************

- ¿Qué ha pasado? - Anárion entró sin avisar en la habitación, intentando no parecer demasiado alterado. Al ver a la mujer en el suelo, empalideció de repente - ¡Vornen! ¿Qué.?

La tomó entre sus brazos y comprobó la ligereza de su cuerpo frío. Apretándola contra su pecho, con la voz entrecortada, indicó a todos que salieran. Pese a la insistencia de Ingolmo, quien le suplicó quedarse, llorando, Anárion no consintió en que nadie estuviese en la habitación. Al haber salido los demás, la tumbo en la blanca cama sin deshacer, y abrió completamente la ventana. Las manos le temblaban, y las lágrimas amenazaban de rebosar sus ojos y derramarse, incontenibles. La creía muerta, pero era incapaz de aceptarlo, y menos teniéndola ante él.

Tomó las manos frías, y las besó como tantas otras veces. Acarició su rostro y besó su frente pálida. De pronto, ahogó un grito. ¡Su anillo! Volvió a acercarlo al labio de Vornen y contempló con asombro como se empañaba. Sin pensarlo dos veces, le deshizo el vestido y apretó la oreja contra su pecho: efectivamente, débil y lejano, pero real, su corazón latía lentamente. Bruscamente, se apartó de ella, avergonzado. ¡Había desnudado a Vornen, le había tocado! Apretó los puños, intentando contener el deseo irreprimible de mirarla de nuevo y grabar esa imagen en su mente. Lo hizo al oír el suave gemido de la mujer.

- Anárion. ¿eres tu? - Vornen parecía haber despertado, y le miraba con los ojos vidriosos. Tendió una mano pálida y le acarició el rostro. Sonrió - Anárion.

- Dime, mi vida, dime. - la contempló y se llenó los ojos de ella, de su busto desnudo, sus pechos blancos, generosos, coronados por unos pezones erectos, su piel tersa y suave, que ningún otro hombre había acariciado. se inclinó sobre ella y la besó, llorando cuál niño - Pídeme lo que quieras, Vornen.

- Shhh. - la mujer le devolvió el beso, recobrando lentamente el color de su rostro. - Ve y cierra la ventana.

Anárion se incorporó y cerró cristales y cortinas. Luego puso el pestillo a la puerta y la miró de nuevo. Estaba allí, no era un sueño: desabrochado el vestido y descubierta la piel, los cabellos enmarcándole el rostro, los ojos luminosos. Supo que era aquella vez o ninguna y, dudando aún, se quitó la camisa. Vornen se levantó, dejando caer al suelo el vestido y todos sus ropajes, y tendió su mano hacia Anárion. Éste la miró, alabando en silencio la perfección de ese cuerpo frágil, y tomó la mano que ella le ofrecía. La besó, mientras atraía hacia sí a la mujer. Con calma, recubrió de besos la suave piel, y la tumbó en su lecho.

***********

Vornen se despertó envuelta por los brazos de Anárion. Extasiada, sin creer aún que fuese posible tal sueño, se incorporó, despertándole. La mujer sintió como él volvía a atraparla y la abrazaba de nuevo.

- No te vayas ahora, Vornen. - le besó el cuello, mientras cogía entre sus manos un pecho turgente - Sabes que mañana en la ciudad quedaréis solo mujeres y niños.

- Anárion. - al oír eso, la mujer se giró bruscamente hacia él, y le tomó el rostro. - Quédate.

- Sabes que no puedo. aunque por ti lo haría con gusto. - Anárion besó ardientemente el cuello de Vornen, aspirando su olor - .con demasiado gusto.

- Sabes que no vas a volver.

- Oh, mi mujer de cabellos oscuros, amada señora. - la miró, compungido - ¿Acaso crees que no lo sé?

Y se hizo el silencio. Por un momento, les pareció que el latido del mundo se había detenido por ellos, y el tiempo estaba quieto a su alrededor. Suspirando, resignados ambos a perder al otro, se abrazaron de nuevo. Por una vez habían sido amantes, y lo serían hasta que el Sol se ocultase tras el horizonte. Sus manos se entrelazaron de nuevo.

********

Estaba de pie en la puerta de la casa, los ojos enrojecidos. Ante ella, los tres hombres estaban de pie, armados, tristes sus miradas. Vornen se adelantó primero hacia su hermano y le besó en silencio la frente. No había palabra alguna que pudiese reconfortar el dolor que ambos sentían. Luego, clavó la mirada en Earadan, y le vio sumido en un profundo horror. Posó sus manos sobre los hombros del joven:

- Hijo de Ingolmo, mi sobrino. ¿porqué tal dolor asoma a tus ojos?

- Porque sé que jamás volveré a atravesar los muros de Minas Anor, y tal saber me llena de congoja.

- ¿Porqué no habrías de volver? - Vornen le tendió el manto azul y la daga de la familia - Como primogénito, y tras haberlos rechazado tu padre y hermano mío, te pertenecen. Y te protegerán de cualquier mal.

- El mayor mal que puede sufrir un hombre. - apartó los objetos con suavidad - .lo he sufrido yo ya. Solo puedo abandonarme al desespero.

- ¿Rehusas, entonces?

- Perdí toda esperanza en el patio de tu casa, Vornen, hermana de Ingolmo, y no quiero vivir sin la doncella que llenaba, y llena aún pese al tiempo pasado, mi alma.

- Entonces ve en paz, sobrino, y quiera Eru bendecirte y darte el destino que verdaderamente desees. - le besó en la frente, conocedora del dolor que debía estar sintiendo. Luego se dirigió al más joven de los tres - Earsoron. entonces, el Manto Azul y Earráme te pertenecen ahora a ti, a menos que rehuses.

- No, no rehusaré a ellos. - temblando, tendió la mano y Vornen depositó en ella los objetos. - .y con ellos me comprometeré a velar por aquellos que no han querido su protección.

- Hazlo a sabiendas de que el destino es quien verdaderamente decide sobre nuestras vidas, Earsoron. - tras besarle a él también, se despidió, y ellos echaron a andar, dándole la espalda - Id en paz, compañeros del Rey.

- ¡Vornen! - Anárion bajaba corriendo desde la ciudadela, después de despedirse de su mujer e hijos. - ¡Vornen Luinecollo, a quién he amado como a una hermana! Deséame suerte tu también antes de partir hacia mi destino.

- Te deseo una partida sin temor en tu mirada y un glorioso retorno, Anárion hijo de Elendil. - le besó a la frente, temblando.

- Y yo a ti te deseo que el mañana te depare la felicidad que muchos no tendrán. y que tu vientre dé frutos la sangre de los cuáles sea la más pura jamás habida. - con una reverencia, Anárion se giró y se dirigió hacia dónde su padre y hermano le esperaban. Vornen quedó sola, y murmuró para si misma.

- Nai Eru varyuva len, meldor. Ar nai encénuvanyel. [5]

Aquella mañana fue la primera de las muchas que Vornen pasó sola en la casa de Minas Anor, rezando por los hombres a quienes más amaba.

********

"Anar se elevaba entre tinieblas, el ruido del acero entrechocándose era lo único que podía oír. Se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos. Dentro de su mente veía con claridad la batalla que se libraba en el País Oscuro. Los hombres peleaban, caían bajo las espadas, gritaban en silencio. De pronto, un grito se elevó hacia las alturas. Alguien gritaba su nombre, su nombre..."

Despertó sobresaltada, sudando. Con desespero, se llevó las manos al vientre. Algo crecía en ella, quizá las palabras de Anárion se estuviesen cumpliendo. Se levantó y se vistió de negro, como cada día, y salió a la calle. Subió a la muralla y esperó, quizá llegara Handa, el águila que hacía unos días había mandado a su hermano. En efecto, el ave parda llegó con la primera luz del alba, y le trajo una nota desalentadora. Decía así: ---------------------------------------------------------------------------- ---- Vornen, bienhadada hermana mía:

Me siento obligado a explicarte los acontecimientos que hoy mis ojos han tenido el horror de contemplar. Y antes de escribir nada más, pido tu palabra de mujer que no vas a saltar al vacío... Vornen, me duele en el alma tener que decirte esto... pero quizá te alentará conocer sus últimas palabras. Anárion, hijo de Elendil, nos ha dejado... No, no llores aún. Aún no, pues debes conocer las últimas frases que dijo, pues fue tu nombre... Te llamaba, hermana mía, te llamaba. Y cogió mi mano y me pidió que te mandara esto:

Vornen, melda, halla wende! Úniennanye nin! Amárietye feanyesse lúme omentielvello kwalmenyanna, ar máruvatye sínome oiale, Vornen. Únienna nin, Vornen... [6]

¡No llores por él, hermana...! Sé fuerte. ---------------------------------------------------------------------------- ----------- Vornen ahogó un grito y cayó de rodillas. Echó a correr hacia su casa, desesperada, y allí se echó a llorar. Sollozando en silencio, pasó el tiempo.

* * *

Los guardias subían su cuerpo por el camino. Y ante la puerta esperaba ella, los ojos llenos de lágrimas. Incapaz de aguantar tal desolación, se dispuso de nuevo a entrar en la casa, cuándo de pronto una mano se posó en su hombro. Al girarse, encontró el rostro de Meneldil, el hijo de Anárion. Era solo un muchacho a quién no le habían dejado ir a la guerra, y sobre los hombros del cual seguramente descansaría, un dia, el mando de Gondor.

- Vornen Luinecollo. - su voz de niño le recordó a la de Anárion en Númenor, cuándo justo acababan de conocerse. ¡Hacía tanto tiempo ya! - .ven con nosotros. Mi padre habría gustado de tu presencia.

- Meneldil, hijo de Gondor. - se le quebró la voz y se ahogaron las palabras. El muchacho la abrazó - .no puedo.

- Hazlo por él.

************

Había empezado ya el año 3441 de la Segunda Edad, y muchos creían que iba a ser el último de toda Edad habida en Arda. Vornen era de estos que, desesperados, habrían dado la vida para hacer retroceder el tiempo. Desdichadamente, no podían.

Volvió a mirar por la ventana, su único contacto con el mundo exterior. ¡Estaba tan sola! Se llevó las manos al abultado vientre, a sabiendas de que pronto daría a luz un pequeño infante, hijo de Reyes. y se echó a llorar.

*************

Los días pasaban, lentos y amargos. En la cuna reposaba ya una pequeña niña, cuya cabellera era del mismo color que las llamas del hogar, refulgente y hermosa. Tenía la piel pálida y los ojos grises, como su padre. Y Vornen se desvivía por ella, tanto como podía. Le había dado el nombre de Narwavilwa, pero tanto ella como la doncella la llamaban Nar. Era tan pequeña, tan hermosa! Mientras la tomaba en brazos pensó en cuál podría ser su destino, cuál iba a ser su trabajo a hacer en el mundo. Mientras acariciaba las suaves mejillas sonrosadas, el ruido de la puerta le llamó la atención. La doncella estaba en el umbral.

- Señora, tienen visita.

- ¿Quién es? - su tono era seco, apático.

- La Dama Auressien, mi señora.- al ver el brillo en la mirada de Vornen, la joven puntualizó - Viene sola, oculta bajo un oscuro manto.

- Tráela aquí. - intentó sonreír amargamente - .aunque la esposa de Anárion y la madre del que seguro será el futuro Rey merece más que ser recibida en una simple habitación de bebé.

- Si, mi señora.

Con una reverencia, la joven salió de la habitación, para entrar momentos después acompañada de una mujer alta, bien conocida por Vornen. Conocida i envidiada durante largos años de angustia. Cada vez que pensaba en los rizos sedosos, largos y negros, sentía envidia; cada vez que visualizaba aquella piel pálida y suave, tersa y joven, acariciada por los dedos de Anárion, sentía envidia. Pero la pérdida de éste las había unido al igual que su vida las había ido distanciando. Al entrar Auressien, Vornen sonrió e hizo ademán de levantarse, con Narwavilwa en brazos.

- No, no te levantes por mi, Vornen. - Auressien tomó asiento, sonriendo tristemente - Ahora que está plácidamente dormida no vale la pena despertarla solo porque otra mujer ha llegado, ¿no crees?

- Aún así, os debo respeto, señora. - Vornen bajó la vista, sorprendida por la candidez de su visitante.

- Oh, no. No, mi querida Vornen. Ambas somos mujeres que han perdido al padre de sus hijos en la guerra contra Mordor. - cerró los ojos, controlando una lágrima - Ninguna de las dos tiene más rango que la otra, somos simples madres viudas.

Se hizo el silencio. Vornen supo que tenía razón, más razón de la que ella imaginaba. Con una lágrima amenazando de deslizársele por el rostro, se levantó y acomodó a Nar en la cuna y se dirigió de nuevo a Auressien, que había bajado la mirada. Sin decir nada posó la mano en su hombro tembloroso y se miraron por unos momentos: la pena era profunda, ninguno el alivio que encontraban. Las dos mujeres se abrazaron y dejaron fluir los sollozos, consolándose mutuamente, aunque tan solo Vornen sabía que lloraban al mismo hombre.

**********

- Vamos, vamos mi niña. - Vornen tendía los brazos hacia la pequeña, animándola a llegar hasta ella - Solo tienes que dar un paso, un pequeño paso. Vamos, Nar. A túla inyenna, yendenya, túla ammenna[7]. Vamos, vamos... un paso, Nar, da un paso. - con un gorgorito, la niña se soltó del borde de la mesa y avanzó un pie, tambaleándose, para caer después en brazos de su madre - ¡Muy bien, pequeña! Mára kárina![8]

La alzó y le besó la frente, orgullosa. Su pequeña de cabellos cobrizos estaba creciendo y le iba alegrando la vida, pese al malestar que últimamente sentía. Mientras jugaba con Nar, se mareó de nuevo, y se sentó en el suelo, sin soltar a la niña. Sentía como su corazón palpitaba de cada vez más lento, mientras un dolor le atenazaba el brazo. Se quedaba sin aire, y a veces le venían nauseas, pero pronto se recuperaba. Pasado este ataque, se puso de nuevo en pie, respirando trabajosamente, y la niña se echó a llorar. Vornen la volvió a tomar en brazos, con lágrimas brotando de sus ojos, y besó aquellos cabellos ígneos. De pronto, se oyó sonar el cuerno de los guardias, que tanto podía ser señal de alarma como de regocijo. Vornen se asomó a la ventana y alcanzó a ver un grupo de hombres subiendo hacia la ciudadela.

De pronto, ahogó un grito. Había reconocido a uno de los que llegaban, cansados. Y, en efecto, no se equivocaba pues, unas horas después, Earsoron llamó a su puerta. Llevaba los ropajes sucios y la mirada perdida, el rostro y el cuerpo llenos de cicatrices, el alma herida y cansada. Vornen abrazó a su sobrino, quien le devolvió el abrazo sin pudor alguno, y sin embargo nadie lloró. Demasiado hondo era el dolor de ambos para poder expresarlo en gestos o palabras.

Vornen le condujo hasta el baño, donde la doncella había preparado una tina llena de agua caliente y perfumada. Mientras Earsoron se desnudaba, Vornen vio las negras cicatrices de sus brazos, piernas, pecho y espalda. Luego, el joven se metió en el agua, y ella le ayudó a bañarle. Le limpió los largos cabellos, le masajeó los hombros, el cuello, la espalda. Luego, le dio una suave tela de lino para secarse y le trajo prendas nuevas y limpias. Más tarde, después de que Vornen amamantara a Narwavilwa, Earsoron la sostenía, contemplando el rostro de la niña. Mientras su tía le desenredaba el cabello, Earsoron empezó a hablar, la voz quebrada por el lamento y la angustia:

- Vornen, querida hermana de mi padre. ¿Recibiste mi carta?

- No recibí nada, aunque Handa llegó con un mensaje. - suspiró y estuvo unos segundos en silencio, peinando a su sobrino - Pero no me deja cogerlo, por lo que no lo he podido leer, aunque supongo lo que me decías en él.

- En verdad, yo diría que tu ya lo sabías cuándo partimos, Vornen, y no dijiste nada. - se le agotaron las palabras y se quedó mudo, agobiado.

- ¿Cómo no iba a saberlo? Mi hermano renunciaba a su vida por la de uno de vosotros, el primogénito por ley, pasandoos el Manto y la Daga. - ambos temblaron por un momento, recordando el lejano día en que los tres, padre e hijos, habían marchado con el Rey - Y tu hermano renunció a ellos pues su esperanza había sido ahogada en Númenor Atalante. ¿Cómo podía yo ignorar cuál iba a ser su destino, Earsoron?

- Pero, en el fondo, yo.

- Sé que tu creías que ibas a poder defenderles, y por eso aceptaste Earráme y el Luinecollo, pero no fue así, ¿verdad? - soltó el peine y deslizó los dedos por la cabellera castaña y húmeda - Les viste caer y no pudiste hacer nada.

- Y juro por el Altísimo que, si hubiese podido, lo habría hecho. - acabó la frase en un susurro quebrado, tembloroso - ¡Lo juro! Vornen, ¿porqué?

- No lo sé, no lo sé. - se abrazaron - Yo tampoco entiendo nada.

********

Narwavilwa estaba llorando, pero su madre no parecía oírla. Estaba tumbada en su lecho, girada hacia la pared, de espaldas a la cuna, inmóvil. La puerta se abrió repentinamente, y entró la doncella, seguida de Earsoron, quien cogió a la niña y la meció hasta calmarla y adormecerla de nuevo. Luego, se giró hacia la joven que intentaba despertar a su tía.

- Oh, no. otra vez no. - se sentó junto a la hermana de su padre y le puso una mano en la frente, acariciándola suavemente - Vornen, Vornen, por favor. ¡Vornen! Oh, vamos, vamos. Otra vez no, mujer. ¡Vornen! - por un momento le pareció que ya no despertaría más, no reaccionaba aunque la sacudiera con energía, aunque respiraba débilmente - ¡Vornen! Por Eru, respóndeme. ¡Vornen!

- ¿Quién.? - la mujer abrió los ojos, que se vieron vidriosos, con unas ojeras profundas y oscuras - ¿Quién está ahí?

- ¡Oh, por Ilúvatar! Te creía muerta. - Earsoron suspiró con alivio, pero Vornen volvió a cerrar los ojos. - ¿Vornen?

- Earsoron, me voy, siento como me estoy yendo, aún en contra de mi voluntad.

- No puedes. ¡No puedes dejarnos tu también!

- Créeme, no lo deseo, pero es la verdad. - le tomó la mano, y Earsoron notó sus dedos fríos, húmedos - Tienes que hacerme un favor, Earsoron. Tienes que cuidar de Nar...

- No lo dudes ni un momento. - él bajo la cabeza y apretó a la niña contra el pecho, que volvía a dormir plácidamente.

- Y. - Vornen calló unos momentos, luego, susurró - Earsoron, onóro yondo, á kwettuva Narwavilwan sa viluvarye tenna Arieno yondo ná ataltaina, sa i erya ná i táro, i fíre imbe Sauroniva mát, nosse.[9]

Luego, se hizo el silencio. Una lágrima solitaria se deslizaba por la mejilla de Earsoron, quien aún sostenía a la niña entre los brazos. La doncella estaba de pie, muda del asombro y la sorpresa, cubriéndose la boca con las manos.

*********

En contra de lo que se hubiese esperado, la enterraron cerca de la tumba de Anárion por orden de Auressien y Meneldil. Todos cuántos veían pasar el cadáver de esa mujer, aún joven y bella, cuyos cabellos caían en ondas oscuras sobre su pecho y enmarcaban el rostro grisáceo, seguían la comitiva de su entierro. Al final, solo Auressien, Meneldil, Narwavilwa y Earsoron quedaron ante la difunta. La voz de la esposa de Anárion se elevó, grave y acompasada, pero atacada por el llanto:

- Mucho te envidié hace años, Vornen Luinecollo, creyéndote quien recibía el amor de mi marido, mucho tiempo he maldecido tu nombre desde el oscuro rincón de su cama al llegar él demasiado tarde a nuestro lecho. - cogió aire, posando la mano sobre el hombro de su hijo - Ahora veo cuán mezquino era ese pensamiento, cuán ruin mi actitud hacia ti, y te pido me perdones. Nai Eru varyuva len.

- Vornen. - Meneldil le tomó la manó y se la besó, depositándola luego otra vez sobre su pecho. - Nai Eru háka ten i andor luhtina mardirya.[10]

Luego, besando la frente de Earsoron y la de la niña, ambos salieron en silencio de la sala, dejando a aquél que más la había conocido despedirse con calma y sin extraños cuya presencia pudiera privar la total sinceridad de las palabras que se iban a decir. Earsoron se acercó a Vornen, y le acarició el rostro, tan bello aún después de muerta. Colocó de nuevo los pliegues del vestido, del largo vestido negro bordado en plata con que la habían vestido y le besó la frente. Luego le habló en susurros, como temiendo despertarla del frío sueño que se la había llevado.

- Vornen, hermana de mi padre, ¿qué decirte? Fuiste como una madre para mi, hiciste las veces de hermana y confidente, de amiga, de pariente protector. Muchas fueron las cosas que yo hice mal y tu fingiste no darte cuenta para no remarcarlas ante Ingolmo, muchos fueron los fallos que cometí y tu te los callaste para preservar mi honor. Fuiste quien me enseñó discreción y temple, tanto en palacio como entre los barrios más bajos pero no por eso menos dignos. Si bien a veces te traté mal, sabías que era fruto del aprecio que te tenía y el miedo a perderte, como te he perdido ahora. No sé que más decirte: los días serán oscuros sin ti, sin tu melancólica sonrisa ni tus historias cautivadoras de doncellas elfas y mortales que se arriesgan por honor, y por amor. No sufriste en vano, pues te fue correspondido lo que diste: a quien amabas te amó y puso en tu vientre el más bello hijo que jamás hayan contemplado mis pobres ojos: Narwavilwa, de quien me has encomendado la ardua tarea de educar bien, como me educaste tu a mi, y no sé si yo aprendí. Aún así, te lo prometo, melda Vornen, esta niña crecerá con el recuerdo de sus padres vivo en su mente. Cuidaré de ella y la haré una mujer de la cuál todos los Reinos hablarán y desearán dentro de sus lindes.- luego dejó a la niña un momento en el suelo y sacó una estrella reluciente de su bolsillo, que ciñó suavemente a la frente de Vornen - He aquí algo que Anárion dio a mi padre al morir para que te lo hiciera llegar y que, llegado el momento, yo no tuve valor de darte. Quizá así salde ahora la deuda de mi miedo. Lelya senda, Númenoro yende, lelya senda.[11]

Temblando, dejó a la niña en el suelo, y se dispuso a tapar a Vornen con el manto negro bordado también en plata, cuándo la pequeña Nar tendió una mano hacia su madre y, tambaleante, se levantó del suelo donde estaba sentada, y dio un paso hacia el lecho funerario. Earsoron la alzó y la niña besó la mejilla de su madre, para luego pronunciar su primera palabra:

- Amme.[12]

Con lágrimas en los ojos, Earsoron cubrió a Vornen, cogió a Narwavilwa en brazos y se marchó, dejando a sus espaldas una mujer valiente que había fallecido de dolor y angustia. Abrazó a Nar, quien también lloraba pese a no entender del todo aún qué estaba sucediendo: la niña solo sabía que dejaban a su madre encerrada entre piedras, y que ella la quería a su lado.

Fuera, el crepúsculo daba paso a la noche, y Earendil relucía en la lejanía.

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1.Vornen, la Doncella del lamento

2.Buenos días, querida Vornen

3.¡Adiós!

4.¡Adios, amigos!

5. Que Eru os proteja, amados. Y ojalá nos volvamos a ver

6.¡Vornen, amada, alta dama! ¡No me llores! Has morado en mi alma desde el momento en que nos conocimos, y morarás aquí para siempre, Vornen. No me llores, Vornen.

7.Ven hacia mi, hija mía, ven hacia mamá.

8.¡Bien hecho!

9.Earsoron, hijo de hermano, dile en un futuro a Narwavilwa que vuele hacia dónde el hijo de Arien está enterrado, que ella es del mismo linaje del Alto, aquél que murió entre las manos de Sauron.

10.Que Eru te abra las puertas de sus Salas Encantadas.

11.Ve en paz, hija de Númenor, ve en paz

12.Madre.
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Giledhel_Narya
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 16-05-2006 Hora: 16:45
Bueno, que triste!!!!
Vamos por partes... la historia engancha, el principio parece un poco confuso, pero a medida que avanza va ganando en seguridad y fluidez. No me convence como quedan las separaciones con ****, igual hubiera quedado mejor separar en capítulos aunque algunos quedarían muy cortitos.
Pero bueno, en definitiva la historia me ha gustado, aunque deja un sabor triste...
Lo que sí que me alegra es que los nuevos huéspedes se animen a compartir sus relatos! eso se merece una buena pinta salud!