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Historia de Muinthel
Capítulo 2
Por Muinthel
 
III

Llegué a Rivendel por la mañana después de cabalgar durante ocho noches. Hacía unos cuatro años había visitado por primera vez Imlandris, con la misión de entregar a Elrond un mensaje de mi mentor del cual nunca conocí el contenido, pero al ver la sonrisa del medio elfo supuse que eran buenas noticias, de las que no abundaban en los días previos a la Guerra del Anillo. Entonces pasé en Imladris dos noches inolvidables, llena de un extraño sentimiento mezcla de melancolía y entusiasmo, pues eran desconocidas para mí las celebraciones con comidas y cantos.

Esta vez fui recibida por la misma sonrisa pero en el rostro de Elrohir, que escuchó en silencio mi pregunta confirmándome que en Rivendel había un medio elfo encargado de la conservación y custodia de escritos antiquísimos, pero insistió en que comiese, bailase y cantase antes de sumergirme en mi propósito principal. No sé si os podéis imaginar a una elfa bailando torpemente que cambia completamente el ritmo y las notas de las canciones, hasta el punto de que los que estaban allí al principio no daban crédito, pero pronto las risas se extendieron, tanto que quizá me habría enfadado de no haber bebido tanta hidromiel (también yo tengo mi corazoncito...). Pero esa noche comí, bailé, canté y dormí más serenamente de lo que puede hacerse en ningún otro lugar de la Tierra Media, de modo que cuando me levanté al día siguiente el sol estaba ya a punto de ocultarse de nuevo. No encontré a Elrohir por ninguna parte, y como nadie supo decirme del encargado de los archivos volví de nuevo a mi habitación, quedándome dormida nada más apoyar la cabeza en la almohada. Mi tercera mañana en Imladris tampoco fue muy provechosa: Elrohir seguía sin aparecer. Entablé conversación con un enano adolescente llamado Thardin, que se aburría mientras su padre trataba con elfos y hombres, y aunque resultó muy habilidoso con las ganzúas a cambio de un par de vasos de cerveza (¿a que edad puede empezar a beber un enano?), en ninguna de las estancias que abrimos, sin permiso, pero también sin malicia, en ninguna de ellas, decía, encontramos al archivero. No conozco los poderes de Elrohir, pero deduje que se le daba bien esconder cosas así que por fin, la tercera vez que me metí en aquella cómoda cama, entendí que no vería al archivero hasta que Elrohir así lo decidiese.

IV

De modo que a la mañana siguiente, mientras intentaba no echar el desayuno por la nariz mientras escuchaba a Thardin hablar entusiasmado de aquella vez que él y su padre habían atacado a un par de orcos borrachos, Elrohir se sentó a nuestro lado en la mesa y presentó a su compañero como Lebeduin, el archivero. La tensión de las orejas de Elrohir indicaba que debíamos comer antes de entrar en conversación sobre pasados oscuros y niñas abandonadas, pero su sonrisa cantaba que después satisfaría el deseo de su huésped, como siempre se hacía en Rivendel.

Después del desayuno Lebeduin accedió a pasear conmigo por los jardines.

- Esto no es para mí, desde luego, tanta luz me aturde. Mis ojos ya no son los de antaño, se debilitan con el transcurso del tiempo, como los de los hombres.
- ¿Elrohir le ha contado por qué le busco? Verá, en Bree encontré a una elfa llamada...
- Tuilinnaru, sí, la conozco bien. Elrohir me ha dicho que querías saber qué sé de ti que no sepas ya tú, jovencita, y sé algunas cosas. Pero yo recopilo información, no la suministro... o al menos no sin que se me ofrezca otra información a cambio. ¿De qué otra manera podríamos aspirar a formar un archivo en condiciones?

Se me secó la boca al oír esto, porque a menos que al archivero le interesasen mis expediciones entre los árboles de Lothlorien o las charlas filosóficas que el ron de Cebadilla Mantecona me inspira en El Poney Pisador, no tenía nada más que contar de mi vida de aquello que Tuilinnaru y él ya sabían. Los extremos de los labios de Lebeduin se alejaron entre sí, aproximándose a los lóbulos de sus orejas medio puntiagudas y estalló en carcajadas.

- Vayamos a mi habitación, mi paciente amiga, allí guardo un pergamino que te interesará. Si estamos formando este archivo es para responder las preguntas de los que buscan,¿para qué si no?

V

El olor a polvo y la luz amarillenta eran los predecibles compañeros de cuarto del medio elfo, pues ni durante la noche podía alejarse de su trabajo. Susurraba para sí revolviendo las estanterías, con sus ojos vivarachos chispeando. Cada vez que creía haber encontrado lo que buscaba, pegaba un pequeño salto de entusiasmo, que me causaba la misma ternura que ver a un chiquillo empezar a tropezarse, eso sí, un chiquillo de entre 130 y 140 años (él mismo no lo recordaba muy bien). Por fin, con mano temblorosa, me tendió un pergamino con un sello de cera quebrado en forma de estrella de seis puntas. Reconocí la letra de mi mentor, pero al comprobar que sólo podía entender algunas palabras sueltas, recordé cómo me reñía por rodar por la hierba en vez de practicar la lectura del Eldarin. Lebeduin debió entender qué me ocurría, y no fue mucho más comprensivo de lo que había sido mi mentor.

- ¿¡No puedes leer Alto Élfico!? ¡Pues no habrá sido porque no hayas tenido un buen maestro!

Mi mentor hubiese dado cualquier cosa porque alguna de sus reprimendas me hubiese afectado la mitad que la de aquel medio elfo desconocido: los años traen de la mano las responsabilidades. De nuevo Lebeduin debió leer en mi rostro, porque se me acercó ya sereno; cuando su mano comenzó a revolverme el pelo, lloré por tener en mis manos unas líneas tan queridas y no ser capaz de leerlas.

- Yo lo leeré.

 
Muinthel
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-10-2003 Hora: 10:48
Vaya Muinthel! tú si que sabes dejar las cosas en el aire.. no tardes en escribir la siguiente parte!

Fecha: 01-10-2003 Hora: 23:35
Esta segunda, tras un comienzo un poco torpe, mejora conforme avanza, y con ella el relato en general. Me gusta a partir de la aparición del archivero, y su trato con él.