Ir a Posada de Mantecona
 


Érase una vez en Sevillargir
Capítulo 3
Por Falas
 
-Si alguien me preguntase que de dónde soy, sin titubear respondería que de Belfalas, de una pequeña aldea de hombres próxima a Dol Amroth, pues allí ha transcurrido la mayor parte de mi vida-.

Daeron escuchaba las palabras de Falas. Mordisqueaba una brizna de paja, apoyado en una de las vigas de madera que soportaban el tejado del establo de la posada. Durante el desayuno habían contactado con un grupo de mercaderes que viajarían al norte. Esa tarde se unirían a ellos. Mientras, les quedaba un día por delante para preparar los caballos y para visitar Sevillargir, aunque eso, a Falas, era lo menos que le apetecía…

-¿No naciste allí?-preguntó Daeron.

La dúnadan respiró profundamente, dejando escapar un suspiro casi imperceptible, salvo para su caballo, que giró graciosamente las orejas hacia ella.

-Te contaré una historia-dijo Falas mientras se sentaba sobre la paja fresca. La luz del día se filtraba por las grietas de las paredes del establo, parecía que jugase sobre su rostro. Falas tenía los ojos verdes y una piel de color cobrizo y dorado que delataba su origen costero. Los pequeños rayos de luz hacían que sus ojos pareciesen grises por momentos y las mejillas, brillantes por aquel bronceado tan particular, se tornasolaban y reflejaban una gama de colores que sólo podían admirarse en los habitantes de Belfalas.

-Una tarde de verano, mientras mis padres y yo paseábamos por una de las calas que interrumpen la playa conocida como la Playa de los Navíos Blancos, llegamos hasta una roca de formas curiosas. Mi madre se acercó, y comenzó a acariciar con sus dedos los relieves que sobresalían de aquel testigo centenario. Me contó como hacía ya tres décadas, ella y mi padre descubrieron junto a la roca, sentada sobre la arena, a una niña, de no más de tres años de edad, que lloraba desconsolada. La niña llevaba, prendida del pelo, una cinta de color marrón de la que colgaban pequeñas cuentas de plata, de forma circular; en cada una de las cuentas, pintadas con esmaltes, estrellas plateadas de múltiples puntas sobre un fondo oscuro. Mi madre me susurró que a la niña la habían llamado Falas, pues allí dónde había aparecido, muchas noches de verano, los parroquianos contaban bellas historias sobre el hogar de los elfos amantes del mar-.

En ese instante, Falas entrelazó los dedos de su mano derecha con los hilos de las cuentas que pendían del colgante que llevaba al cuello. Sin dejar de mirar a Daeron, que permanecía de pie, en medio del establo, continuó:

-Después de la noticia, me encontré varios días desorientada, hasta que, de nuevo, pregunté a mis padres sobre mis orígenes, sobre los rumores que desde hacía años se oían en la aldea acerca de los últimos nobles del desaparecido Reino de Arnor. Yo ya conocía por los feriantes las historias del Gran Rey Dúnadan y en alguna ocasión había visto cómo portaban broches de madera con una estrella plateada en su hombro izquierdo, mientras contaban las historias. Todas y cada una de mis dudas me fueron resueltas. Y en la siguiente noche de luna llena partí-.

Falas dejó de hablar un instante, recogió las piernas hasta que sus rodillas alcanzaron su pecho y las rodeó con sus brazos. Siempre lo hacía cuando tenía miedo, o cuando se sentía triste.

-Aquel día me reuní con mis padres cerca de la desembocadura del río Anduin-siguió relatando-.La claridad de la noche me dio la oportunidad. Con una pequeña barca llegaría hasta el otro lado de las Montañas Blancas. Aquél fue el momento más triste de mi vida. Mi padre me abrazó durante largo tiempo y puso sobre mis manos, envuelta en un paño gris, la daga que había pertenecido a sus antepasados; mi madre me besó en la frente, dejando caer sus lágrimas sobre mi rostro, y rodeó mi cintura con un fino trenzado de lino, del que colgaba una pequeña bolsa de cuero llena de hierbas curativas-

Era inevitable. Falas rompió a llorar. Desde que llegó a Sevillargir no había tenido un momento de paz y sosiego. Daeron se acercó para consolarla. Sonrió con sus ojos azules, en un esfuerzo de hacerla sentir mejor. Le limpió las diminutas gotas de tristeza que brotaban de sus ojos y cantó. Cantó con voz muy suave, junto a la mejilla de la montaraz:

-No es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida; a las raíces profundas no llega la escarcha; el viejo vigoroso no se marchita. De las cenizas subirá un fuego, y una luz asomará en las sombras; el descoronado será de nuevo rey, forjarán otra vez la espada rota-.




(Texto de la canción:original de Tolkien en La Comunidad del Anillo, recitado por Trancos. Sobre Falas: adaptación de la ficha del personaje que aparece en esta misma web de El Poney Pisador)
 
Falas
 
 
 

812 personas han leído este relato.

CAPITULO ANTERIOR
Haz click sobre las esquinas abiertas para avanzar o retroceder de capítulo

  

Comentarios al relato:
Fecha: 18-08-2006 Hora: 16:47
Me ha parecido más flojillo este capítulo. A veces la melancolía te juega malas pasadas. Es como una tostada con demasiada mantequilla.