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Uno futurista
Capítulo 3
El Viejo Aparece
Por Aicatar
 
Mortim y McKane estaban esperando en aquella sala desde hacía más de media hora. Sentados en esos sillones de polipiel que en verano hacen que sudes hasta las cachas. De esos que, como te recuestes sin camiseta, cuando te levantas casi crees que te vas a despellejar la espalda. El sol brillaba tenue, en el horizonte oeste, a punto de ponerse detrás de los altos edificios de la ciudad. La reunión no podía demorarse más. El Viejo sería el Viejo, pero esta tardanza pasaba ya de castaño oscuro. Entonces, justo cuando la paciencia de Mortim se estaba gastando del todo, la puerta se abrió de par en par y el Viejo entró por ella.

El Viejo.

Era injusto llamar a ESO sencillamente Viejo.

Su piel no era blanca, sino casi translúcida, igual que su carne, si es que a ese pellejo reseco y acartonado podía llamársele carne. Era como un esqueleto andante, bamboleante más bien. Caminaba con largos pasos, pasos que parecían darse sobre un mullido colchón. Y sus ojos, blancos por completo, sin pupilas ni iris, reflejaban que, de algún modo contra todo pronóstico, veía. Veía a través de ese humor vítreo muerto y pegajoso, igual que podía tocar con esos dedos que hacía siglos que no conocían la vida propia.

Estaba muerto y, al tiempo, permanecía vivo. Esos fueron los términos, según la leyenda. Otra leyenda que se hace realidad.

-Díganme para qué me han llamado, caballeros -dijo entonces el Viejo y sus palabras salieron de su boca como deslizándose, como mermelada de ciruelas escurriendo dentro de un bote de dulce de leche, pero con un tono tan amargo como mortífero.

-Señor, creemos haber localizado al Último Elfo -dijo Mortim-. Esta vez, hay pruebas.

El Viejo abrió sus ojos muertos hacia los dos hombres, pero no cambió ni un milímetro la expresión de su cara. Demasiadas veces había soñado con encontrar al Último Elfo y había despertado después teniendo las manos vacías. No iba a ponerse a dar saltos de alegría porque dos ignorantes cualesquiera vinieran a importunarlo con sus locuras. Eso sí, en cuanto se descubriera la falsedad de esa afirmación, en cuanto esos dos estultos demostraran que todo era un error o un chiste, entonces se iban a acordar del día en que nacieron, porque el Viejo no estaba para tonterías.

Posó su mano sobre el hombro de McKane y un escalofrío recorrió la espalda del capitán. Ellos no lo sabían por supuesto, pero cada roce, cada apretón de manos, cada falsa caricia del Viejo les restaba unos segundos de vida. Así era el Viejo, un imán de muerte que atraía a la vida hacia él y la convertía en agonía, en el lentísimo tormento de los milenios. Morirían horriblemente, si era todo una falsa alarma. Morirían suplicando que los rematasen. Les arrebataría cada segundo que les restase con dolor y sufrimiento hasta que toda su vida, todos los granitos de arena de su reloj, estuviesen drenados por completo. Iban a pasarlas canutas y se iban a arrepentir de haberle molestado. McKane sintió que su corazón se arrugaba como se arruga un paquete de tabaco vacío antes de echarlo a la papelera.

-Señor, vea estas fotografías primero -dijo McKane, tratando de zafarse de ese helador tacto-. Son de hace dos días. Trece hombres muertos por una espada que brillaba con luz blanca. Brillaba sola, dicen algunos.

El Viejo contempló las fotografías, sacadas por esas cámaras diminutas que algunos SWATs llevaban en el casco. Y sus ojos muertos parecieron recobrar, por un efímero segundo, la vitalidad de antaño. Y emitió un sonido que, de no ser porque hacía milenios que no reía, podía haber sido una risa quejumbrosa.

-Lósselin -susurró el viejo-. Lósselin la pequeña, hermana de Lósselin la grande. Forjada en las cavernas de Nargothrond en la Primera Edad del mundo, para combatir contra Morgoth el Vala... ¡Morgoth! ¡Morgoth!

Y el Viejo pareció entrar en trance, mirando las fotografías, susurrando cosas como esa, y otras más ininteligibles. Incluso habló en un idioma extraño que ni Mortim ni McKane reconocieron.

-I metta nauva? -dijo-. Únótimë randar avániër... var i metta ná sinomë, teldassë.

El Viejo escudriñaba las fotos como si quisiera encontrar algo en ellas que hubieran pasado por alto, pero, a la vez, no parecía prestar demasiada atención a las fotografías, era más bien como si rozarlas lo llevase a alguna parte diferente, un viaje astral fotográfico, quizás.

-Está aquí -dijo al cabo de un rato-. No ha ido muy lejos. No debe escapar.

-¿A quién se refiere? -preguntó Mortim.

-Al Último Elfo. Traedlo. Os pediría que lo trajeseis vivo, pero sospecho que si habéis de traerlo, primero tendréis que matarlo.

Su voz heladora congelaba las palabras de sus contertulios en la garganta. Escucharle era un suplicio, un tormento surgido de la nada. Los oídos parecían querer estallar para acallar esa gravosa voz, esa garganta que parecía más bien un sumidero de odio.

-Morgoth el Vala -susurró el Viejo-. Él fue quien lo hizo. A él le debo esto, todo esto, todo lo mío es suyo, todo es su voluntad.

Habían pasado tantos siglos que las palabras exactas de Morgoth no podía recordarlas ya. Pero sí su mirada, sí podía recordar su aspecto de gigantesco guerrero, con la corona de hierro sobre la cabeza, con los tres Silmarils incrustados en ella. Allí había sido arrastrado hacía mucho, muchísimo tiempo, por aquellos orcos que le habían sorprendido espiando.

Era la maldita Nirnaeth Arnoediad y él, un humano, un servidor de la casa de Maedhros, un hombre mortal que, por ganar algo de dinero, se había ofrecido voluntario como explorador. Jamás imaginó que fuese destinado a las Thangorodrim, pero no podía echarse atrás. Esos Noldor, siempre creyendo que la voluntad de los Pueblos Libres debía coincidir con sus propios planes... Les sirvió como espía y explorador, arrastrándose por las montañas del Enemigo, siguiendo a las columnas de orcos por esos parajes infectos llenos de gases tóxicos y cenizas ardientes.

Morgoth lo había hecho. Atraparlo. Torturarlo para que traicionase a los suyos y les revelase sus planes. Y él no cedió. Aguantó que le sacasen los ojos con hierros candentes y se los pusieran en las manos, haciéndolos estallar al machacarlas con un martillo. Soportó cuando los orcos lo desnudaron, incluyendo las uñas, el pelo, las pestañas y los genitales. Lo soportó todo y no traicionó a nadie. No dijo lo que sabía, que era poco, pero importante. Fue un vasallo fiel. Y Morgoth siempre sabe cómo recompensar a los vasallos fieles de sus enemigos.
 
Aicatar
 
 
 

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