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Uno futurista
Capítulo 4
La Playa
Por Aicatar
 
En la playa se encendió una hoguera y el elfo se sentó con las piernas cruzadas, junto al fuego. Usó un palito cuya punta estaba ardiendo para encender un cigarrillo. Llevaba casi dos siglos fumando y no le tenía miedo al cáncer. Jamás había tenido ni un miserable resfriado.

La espada todavía estaba manchada de sangre, así que usó un pañuelo para limpiarla, prometiéndose que en cuanto tuviera oportunidad, la engrasaría bien y le daría unas buenas friegas. Se lo había merecido, una vez más... Acarició su filo y luego tomó en las manos el arco. Un arco ligero y largo, un arco que le había acompañado tanto tiempo ya que parecía una extensión de sus manos, igual que su espada, Lósselin la Pequeña, era como la extensión de su brazo. Suspiró y miró al oscuro mar que susurraba palabras de vano consuelo.

¿Por qué seguía aquí? ¿Por qué el camino le estaba vetado, cuando toda su estirpe había cruzado los mares y encontrado la Orilla Blanca? Todos habían desaparecido, uno tras otro, subiéndose a los barcos y perdiéndose en la inmensidad del Belegaer. Pero no él. Él, cuando se había hecho a la mar, había navegado durante semanas, hasta retornar de nuevo al punto de partida después de visitar todo el orbe. Había ido al Sur, donde las estrellas cambian y la luna nunca miente. Y había ido al Oeste, siguiendo al Sol. Y al Este incluso, hasta encontrar las costas más lejanas, más allá de la cuna de los Elfos y los Hombres. Y también al Norte, donde los hielos son eternos y en ninguno de esos sitios, en ninguna dirección, su barco había encontrado el Camino Recto. ¿Por qué?

La idea de suicidarse había pasado miles de veces por su cabeza pero algo le impedía clavar la espada por la cruz y arrojarse encima, terminando así con su exilio involuntario. Algo le decía que estaba allí para terminar algún asunto olvidado. ¿Qué asunto? Ni idea. El cigarrillo le quemó los dedos y lo apagó en la arena. Una luz apareció a su espalda, una luz artificial. Antes de que la siguiente ola muriese en la orilla, el elfo se había levantado, había rodado unos metros y se había quedado quieto como una estatua de barro, escudriñando la oscuridad.

Venían otra vez a por él. Venían los hombres de negro, armados con sus fusiles y sus granadas. ¿Por qué? ¿Por qué le perseguían si él no había hecho nada? Ni siquiera los conocía. Los mataba para defenderse, nunca por placer. ¿Por qué esos hombres le acosaban de ese modo? Puso la rodilla en tierra, sacó el arco y jugueteó con una flecha entre las manos mientras veía aparecer, por detrás de aquella gran muralla de roca, un helicóptero de combate. Venían a por él. Pero vendrían a encontrarse con la muerte.

Tensó la cuerda, apuntó y la flecha élfica surcó el cielo nocturno con tal silencio que el piloto ni siquiera supo que estaba a punto de morir hasta que la punta rompió el cristal de la cabina y se incrustó dolorosamente en su garganta. Gargajeó, la roja sangre manó escasamente de sus labios y cayó hacia atrás. El copiloto dio un alarido mientras el aparato se precipitaba al vacío.

-¡¡Saltad!! -gritó-. ¡Todo el mundo fuera! ¡Trataré de estabilizarlo!

Catorce hombres saltaron apresurados por ambos lados del helicóptero, deslizándose con cuerdas hasta las rocas que había a unos cuarenta metros de donde estaba el elfo. Cuarenta metros era suficiente terreno como para que unos cuantos supieran con quién se enfrentaban. El elfo colocó otra flecha en la cuerda, tensó y soltó. Volvió a colocar otra, tensó y soltó. Tres veces más. Cinco cadáveres cayeron a las rocas. Los primeros alcanzaron la arena y los dos que iban en primer lugar fueron los primeros en caer. Gritaron de terror los otros. Estaban perdidos. Nadie veía de dónde venían las flechas y el silbido, si lo escuchabas, era que estabas a punto de ser atravesado por ellas. El helicóptero trató de levantar el vuelo, pero una flecha cruzó el cristal otra vez y el copiloto fue a hacer compañía al anterior. La máquina voladora cayó pesadamente al suelo, pareció desequilibrarse, pero se mantuvo en pie, con las aspas todavía girando. Nadie quedaba dentro para hacerla remontar el vuelo.

Solo uno de los SWAT permaneció en pie pasado medio minuto. El capitán McKane temblaba mientras sostenía su fusil en alto, con las rodillas dobladas y los brazos pegados al cuerpo. ¿Dónde estaba ese Último Elfo? ¿De dónde vendría la muerte?

-Arroja tu arma al suelo y haz cuanto te diga -dijo una voz clara y suave, desde apenas tres metros a su derecha-. Un movimiento en falso, un solo atisbo de que vas a intentar cualquier cosa, y no volverás a ver salir el sol.

El capitán McKane soltó su fusil, desenfundó el revólver y lo arrojó sobre la arena, levantando las manos y poniéndolas sobre su cabeza.

-Muy bien -dijo la voz-. Ahora siéntate... tenemos mucho de qué hablar y no demasiado tiempo.

McKane obedeció y, junto a él, se sentó el ser más hermoso que había visto jamás. A pesar de ser hombre y hetero, debía reconocer que su rostro era tan angelical que ni la más bella de las modelos podía hacerle sombra. Era como contemplar todas las maravillas del mundo antiguo en su máximo esplendor. No tenía edad. Parecía alguien muy joven, pero con la mirada de un anciano. El Elfo se le quedó mirando y le ofreció un cigarrillo. McKane lo aceptó, a pesar de que llevaba siete años sin fumarse uno. No era mal momento para volver al viejo vicio...
 
Aicatar
 
 
 

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