Ir a Posada de Mantecona
 


Hálito negro
Por aerien
 

(Este es un mathom-relato para todos los habitantes de la posada con motivo de mi cumpleaños.
Espero que os guste.)

Podía recordar claramente como llegó, aunque no podía precisar cuanto tiempo había transcurrido desde entonces, en algunos momentos le parecían eones y en otros casi creía que aquello había sucedido hacia pocos instantes. Se preguntó cuanto era realmente y le pareció que mucho, tal vez demasiado. Le hubiese gustado saber si las estrellas seguían allí, titilando en la oscuridad, si Ithil y Anar seguían recorriendo su camino invisible en el firmamento. Si en los prados las pequeñas flores blancas y amarillas continuarían saludando el amanecer cubiertas de rocío.
Allí, en esa perpetua penumbra gris, en esa prisión de silencios y de soledades ni siquiera podía cantar. Solo podía hollar con sus pies aquella interminable llanura de roca grisácea iluminada por una luz que no calentaba, adelante, siempre adelante, sin saber siquiera si se había movido.
Durante un tiempo pensó en escapar, pero la monotonía del paisaje, esa luz mortecina que provenía de todas partes y de ninguna, esa bruma extraña que tenia consistencia casi sólida y que emanaba un nauseabundo olor, le habían extraviado solo con dar unos cuantos pasos y desistió de hacerlo. Aun cuando, de tarde en tarde, el deseo de huir se hacia fuerte en su interior y volvía a correr como poseso buscando el final de aquel interminable lugar.
Recordaba también los primeros instantes, el golpe certero y el fogonazo de luz que lo habían arrancado de la batalla y lo habían sumido en un sueño tan profundo que no creyó volver a abrir los ojos, y cuando al final lo hizo como deseó estar muerto entonces. Aunque la verdad, no estaba seguro de si verdaderamente estaba muerto o bien prisionero en alguno de los ardides del enemigo.
Muy pronto había caído en la cuenta de que aunque podía correr, no podía ver sus pies hacerlo. Que aunque podía sentir sus manos palpando su cara, no podía verlas. Que aunque había gritado con todas sus fuerzas, no había oído su voz. Como si su fhea y su rhoa estuviesen escindidos y se encontrasen en dos lugares diferentes a la vez.
Se había preguntado muchas veces si aquella no seria una de las estancias de Mandos y ese el destino en verdad reservado a los hombres, aunque realmente era un destino desesperanzador. Y eso le había hecho verter ríos de lágrimas, que sentía correr por su cara, pero que en realidad no manchaban sus inexistentes mejillas.
También había descubierto la magnitud del silencio, un silencio tan denso, tan espeso, tan profundo, que hacia que el más leve pensamiento se amplificase hasta lo indecible, convirtiendo el lugar en una cacofonía de sonidos que tocaban una sola melodía, desagradable y triste, que llevaba a la desesperación.
Había intentado no pensar, no sentir y la opresión había ido aumentando hasta hacerle gritar y retorcerse. Aquellas densas brumas le habían parecido dedos gigantes que intentaban estrangularle. De pronto habían tomado el color y el aspecto de llamas amenazadoras que le rodeaban, abrasándole, para apagarse instantes después, dejando a su alrededor tan solo un rastro de cenizas que se habían volatilizado al cabo de un momento.
Había decidido buscar en su interior un pensamiento hermoso, un sentimiento noble, pero al evocarlo, éste se había convertido en algo deforme, horrendo y tenebroso, una monstruosidad que le gritaba que él era el culpable de su desgracia y que podía oír de forma tangible en sus inexistentes oídos.
Cuanto tiempo le había costado descubrir todas esas cosas era un gran misterio, en ese lugar el tiempo parecía haberse detenido, o tal vez cabalgase como un poseso tras la eternidad, nadie podía saberlo, puesto que nadie más que él hollaba esas grises tierras y así seria hasta el fin de los tiempos.
Sabia que estaba solo, solo con su desesperación, y mientras se dejaba dominar por ella sentía que la bruma le llenaba e iba ocupando lenta pero inexorablemente el lugar de lo que antes fuera su cuerpo, borrando una a una sus capacidades de percepción. El lugar parecía haberse oscurecido y ya no podía ver la bruma rodeándole, tal vez él mismo fuese ya bruma y sus lágrimas gotas de espuma negra y de desagradable olor.
De pronto en medio de la oscuridad y del opresivo olor le llegó una nota fresca, fragante, y las negras brumas empezaron a disiparse. Se asió a ella y la siguió arrastrando lenta y dolorosamente su yo, en pos de aquel aroma que parecía devolverle la esperanza.
Las brumas se disipaban a su paso, pero tan solo para mostrarle el mismo paisaje de siempre, gris, monótono y uniforme y entonces tuvo miedo, sintió que no podría salir y éstas volvieron a envolverle.
Fue tan solo un instante o tal vez fue una eternidad pero de pronto volvió, podía sentirla, llenando cada uno de sus rincones, afincándose en su mente y borrando una a una las hebras malignas que la desesperación había tejido en ella. Y entonces ocurrió algo mas, primero fue como un pulso, una onda que recorrió su inexistente cuerpo haciéndolo vibrar como la cuerda de un arpa, después el sonido se repitió.
No podía precisar que era aquello, pero le atraía como atrae a las moscas la miel y trató de seguirlo hasta su origen.
Las ondas fueron sucediéndose, primero lentamente, pero muy pronto tomaron una cadencia, un ritmo. Podía sentir como le tocaban, como traspasaban su yo y se alejaban hacia la oscuridad dejándole una sensación agradable. Sintió la necesidad de fundirse en ellas, de ser ellas y de vibrar con ellas y eso le dio fuerza para seguirlas, adelante, siempre adelante.
El lugar pareció encogerse y ahora la llanura inconmensurable se le antojó finita, como si el tener una dirección donde dirigirse hubiese restringido el espacio. Sentía que se acercaba cada vez más al origen de ese sonido que se le antojó una llamada, un grito en la oscuridad.
Le pareció descubrir palabras en él, como una salmodia, pero no pudo entenderlas. Aunque entre ellas creyó discernir las de su propio nombre. Quiso contestar, pero su voz siguió muda y sintió que nada podía hacer sino tratar de acercarse, de ser uno con el autor de ese canto que curaba las heridas de la desesperación y abría su alma a la esperaza.
Estaba impaciente por alcanzarlo, tanto que no recordó las llamas y se quedó sorprendido cuando le rodearon. Pero entonces el canto se elevó fuerte y potente y éstas empequeñecieron hasta convertirse en fuegos fatuos que se arremolinaron temerosos como si un gran poder les dominase.
Ahora podía sentir claramente como aquel sonido le gritaba: Ven, decía su ritmo sin palabras. Vuelve, clamaba en sus oídos una voz. Te estoy llamando, decía en su interior un calido murmullo.
Y él respondió, corrió a unirse a ese canto que le llenaba de gozo. Lentamente sus pies empezaron a resonar en el gris pavimento y sus pasos tomaron el ritmo de la música que le atraía más y más.
Muy pronto todo su ser empezó a responder a la llamada. El hombre sintió como de su interior nacía un nuevo ritmo que galopaba al son de los sonidos que le atraían, un ritmo que amenazaba con hacer estallar su pecho y que podía sentir recorrer su cuerpo haciéndolo vibrar. Se paró un instante sorprendido y de pronto se dio cuenta de que se trataba de su propio corazón, largo tiempo silenciado, que volvía a latir siguiendo la cadencia que le marcaba esa música salvadora que le devolvía a casa.
Y un aroma le envolvió, un olor fresco, fragante, mucho mas intenso que cualquiera que hubiese olido jamás, podía sentirlo como algo sólido, envolviéndole, tirando de él, rasgando con fuerza los lazos que la espesa bruma había tejido en su interior.
Una luz empezó a nacer ante su rostro, una fuente de luz blanca y potente y el hombre cerró los ojos aterrado, pero sintió un contacto en su mano y volvió a abrirlos. Frente a él se dibujaba la silueta de un hombre y al mirarle supo que era el que le había traído de vuelta y también supo de su poder.
—Me has llamado, mi Señor. He venido. ¿Qué ordena mi rey?

 
aerien
 
 
 

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