Alethea Seguía perpleja mirando el fuego. Todavía no daba crédito a lo que acababa de ocurrir. EL duque de Dungloire la había besado. Su beso había sido leve, dulce y todavía podía sentir aquel sabor en sus labios, y aquel calor en su pecho. No podía explicar que era aquello que sentía, como tampoco podía explicar por qué se ruborizó aquella tarde junto al lago, o por qué le tranquilizaba estar en presencia del Duque. De pronto sintió deseos de estar a su lado, aquella noche y siempre, y salió a toda prisa de su alcoba, descalza, en dirección a las habitaciones del Duque. En dirección a una explicación que diera sentido a todo lo que estaba sintiendo.
Las habitaciones de Dungloire se hallaban en la planta Noble de la torre del homenaje y a toda hora se hallaba protegida por centinelas que vigilaban el sueño de los señores. Uno de ellos le cortó el paso.
-A donde os dirigís milady. No deberíais andar a solas y de esa manera por el castillo.
Alethea recodó que sus ropas seguían sueltas, y se cubrió de la mirada del guardia,
- Necesito ver a mi señor-respondió bajando la mirada.
-Entiendo-sonrió con sorna el centinela. Yo os conduciré hasta él Milady.- Y la condujo a las habitaciones situadas al fondo del corredor. Esperad aquí dijo acomodándola en una pequeña sala de transición entre el corredor y la alcoba principal- Avisaremos a vuestro caballero. Uno de los criados apostados a las puertas desapareció veloz en dirección a la habitación principal y el soldado se despidió de Alethea.
-Milady, Pasad buena noche.
Ella sonrió y durante la espera decidió arreglarse un poco el vestido y ordenar sus cabellos. Jamás se había sentido tan nerviosa y tan feliz a la vez.
- Mi querida Lady Alice, no esperaba que vos compartieseis la premura que tenía en veros de nuevo.
A Alethea se le heló la sangre al escuchar aquella voz. No era El duque. Aquel centinela le había llevado a las habitaciones del Conde Mahogany.
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