Ir a Posada de Mantecona
 


Ghâsh
Capítulo 25
capitulo XVIII
Por aerien
 
Aun no era de día cuando abrí los ojos. Ghash aun dormía, o eso me pareció, así que me quedé inmóvil para no despertarla. Tenía la espalda pegada a la lona embreada del carro y la cabeza apoyada sobre algo blandito y cálido
Me sentí de pronto como cuando era un crío y me metía en la cama de mis padres de madrugada, después de una pesadilla. Mama me hacia un hueco y yo me adormecía arropado entre sus brazos.
Me encontraba tan bien en ese momento que cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño y casi había conseguido volver a dormirme cuando oí junto a mi oreja un murmullo, como una canción.
Por lo visto Ghash también estaba recordando, supongo que la situación también la había llevado al tiempo en que tenia que cuidar de un bebé.
- es una canción muy bonita - murmuré
- es la canción con la que dormía a mis hijos – contestó ella – en este momento estaba recordando el tiempo en que Tarim, mi hijo mayor, era un muchachito. Le encantaba venir de madrugada a mi lado y que le cantase.
- A mi también me encanta – respondí.
- ¿El que? – me preguntó en un tono pícarón – ¿mi canción o estar aquí echado en el carro a mi lado?
- Las dos cosas – respondí rápido – me encanta tu canción y además se esta la mar de bien aquí.
- Es un poco temprano para levantarse ¿no crees? – me preguntó
- Afuera aun esta oscuro, pero ya no tengo sueño. – respondí – quedémonos un rato aquí y me cantas un poco mas ¡por favor!
- De acuerdo, seguiré cantando – dijo ella – pero abre un poco la lona para que veamos cuando se hace de día.
Me levanté y corrí la lona, afuera estaba oscuro, aunque se empezaba a entrever un poco de luz por el Este. Miré hacia el cielo y vi que estaba cubierto de nubes que ocultaban las estrellas.
- creo que va a llover – murmuré – esta todo encapotado
- entonces tendremos que darnos prisa en llegar a la guarnición de La Encrucijada en la carretera principal. Tendremos que cruzar el río por el vado– dijo Ghash. Que parecía saber mucho sobre el lugar, aunque aseguró que nunca había estado tan al Norte.
- ¿Y que sugieres que hagamos? – pregunté
- Pues aprovechar el día – me respondió muy segura – nos pondremos en camino bien temprano, en cuanto tengamos suficiente luz para no perdernos y no nos detendremos hasta que no lleguemos a la población.
- Pero tendremos que parar para comer algo – protesté
- Prepararé algo antes de salir, así no tendremos que parar – sugirió ella
- De acuerdo – rezongué – pero vas a tener que seguir contándome cosas. La historia de ayer se quedó en un punto tan interesante que ardo en deseos de saber como continua.
- Bueno – aceptó – así no se nos hará tan largo el camino.
- Por que no empiezas ahora – sugerí
- Será mejor que empiece después de desayunar – arguyo ella.
- Como desees – respondí mohíno – primero el desayuno.
- No te enfades Bob – me consoló – no ves que así la historia será toda de un tirón. En cambio si tengo que concentrarme en preparar la comida seguro que me dejo alguna parte importante.
- Entonces solo dime una cosa. Una preguntita pequeñita ¿Vale? – le supliqué
- Muy bien, pero solo una ¿eh? Que luego te embalas y no puedes parar de preguntar – respondió Ghash, acomodándose entre los cojines que nos servían de cama.
- Mira, es que he estado pensando en ese orco que quería usarte de cena – empecé – y hay algo que no me cuadra en todo lo que me estuviste contando.
- ¿Y que cosa es esta? – preguntó extrañada Ghash
- Dices que estuviste casi dos días escondida, semiinconsciente y que cuando el tipo te encontró te cargó a cuestas pensando que estabas muerta.
- Exactamente – dijo ella, con un gesto de extrañeza.
- ¿Y como no se dio cuenta de que no estabas muerta? Seguro que si te zarandeó debiste recuperar la conciencia. O como mínimo gemiste.
Ghash soltó una carcajada al oír mi pregunta. No se que debía pensar que le preguntaría, pero seguro que no era nada de eso.
- ¡Ay Bob! – se rió – ¡eres un hobbit sorprendente!
- ¿Porque? – pregunté un poco mosqueado – yo solo…
- No te sulfures muchachito – me contestó – no quería reírme de ti, solo que me ha sorprendido que me preguntases eso. Es que, veras, esa fue una de las preguntas que me hice durante un enormemente largo día en el que viajé como un fardo, a ratos semiinconsciente, otros alerta, haciéndome la muerta y preguntándome a cada momento cuando descubriría mi raptor que no cargaba un fardo de carne sino un orco vivo a sus espaldas.
- ¿Y porque crees tú que fue? – pregunté
- Lo descubrí unas cuantas horas mas tarde, el tipo rezongaba de que no había ninguna barca para cruzar el río y entonces una vieja y estropeada chalupa orca se nos acercó. Cargada de un buen numero de cadáveres de orcos. Esta encalló en los bajíos y uno de ellos cayo al agua produciendo una gran salpicadura. Pero el tipo no reaccionó, aunque el ruido se produjo justo a su lado.
- ¿Quieres decir que el tipo estaba sordo? ¿Que ese golpe que le habían dado en la cabeza le había dejado así? – pregunté alborozado
- Eso creo yo – dijo ella
- Que suerte tuviste de que el orco ese no pudiese oír,así pudiste hacerle creer que estabas muerta.
- Así es – dijo ella – como no podía oír mis gemidos… - de pronto se paró y me miró suspicaz.
Yo sonreí pícaramente, había conseguido que esa sola pregunta fuesen un buen montón.
- eres un bribonzuelo Bob Sotomonte – me dijo – estabas intentando embaucarme para que me pusiese a contarte ahora. Así que como castigo te toca ir hasta la fuente y traer un par de cubos.
- ¿Ahora? – protesté – si aun esta oscuro
- No es verdad – me respondió – si abres el otro cierre de la capota veras que ya empieza a clarear.
El agua en la charca estaba helada así que volví al carromato con las manos y los pies hechos un carámbano.
Estaba pensando en lo bien que me sentaría un vaso de leche calentita pero al final tuve que conformarme con un te bien cargado con miel. Y unas tostadas del pan que nos habíamos llevado de Bree, eso si, con un buen pedazo de queso.
Ghash también preparó una cesta con una botella llena de te, el cram de la guarnición, frutos secos, manzanas, queso y fiambres.
- no queda mucha mas comida – dijo – así que en cuanto lleguemos a La Encrucijada tendremos que comprar. Seguro que en ese lugar hay comerciantes. Además también podemos comer en alguna fonda o posada.
- De acuerdo – dije – así podré invitarte. El señor Mantecona me dio mi paga antes de que saliéramos. Y con lo que estuve trabajando en esos días de la fiesta tengo una buena bolsa.
- Será un honor aceptar la invitación de tan amable caballero – me respondió, mientras se levantaba y me hacia una reverencia.
- El honor será mío de gozar de tan buena compañía – respondí yo, inclinándome mientras la risa se me escapaba por la comisura de los labios.
Estuvimos riendo mientras aparejábamos el carro para el camino. El día se había levantado pero en cambio el sol parecía no querer visitarnos. El cielo estaba cubierto de unos nubarrones oscuros que no presagiaban nada bueno.
Antes de salir consultamos el mapa, el camino parecía algo mas sencillo en ese tramo, volvía a acercarse al río y transcurría en un terreno alto, pero menos accidentado.
- yo conduciré – dije – tu me guías para que no me salga del camino. Creo que deberemos volver marcha atrás.
- No es necesario - dijo Ghash aparejando el caballo, tu tira de la rienda derecha para que el caballo gire y el carro pibotará sobre si mismo.
- De acuerdo – grité – cuando quieras.
- ¡Ahora!
El carro se dio limpiamente la vuelta y en un periquete estuvimos otra vez en camino.
Nos quedaba un altozano por cruzar, después éste parecía meterse en un barranco y seguirlo hasta el río.
- Será mejor que nos apresuremos – dijo de pronto ella – siento que dentro de nada estallará una tormenta y no quiero estar al descubierto cuando esto suceda.
Azucé al caballo intentando que fuese lo más rápido posible, tratando de salir de la zona de crestas, mientras el cielo se iba ennegreciendo Y en el aire se empezaba a notar ese olor peculiar que indicaba que la tormenta se acercaba.
Llegamos al refugio de los árboles justo a tiempo, porque un momento después, vimos caer un rayo en la colina contigua.
- por los pelos – anuncié – aquí tenemos a la lluvia
- y los truenos y relámpagos – dijo ella – un buen acompañamiento para viajar, pero molesto si nos pilla en descubierto.
- Aquí en el carro no nos mojaremos – dije yo – la tela es impermeable i además la capota se extiende para proteger mas al cochero.
- Pero nos mojaremos los pies – dijo entonces Ghash
- No lo creas, esto también esta previsto – asentí triunfante – aquí hay una lona para cubrirlos – dije tirando de algo que había enrollado bajo el pescante – ten en cuenta que en Bree llueve cada dos por tres. Algo teníamos que inventar para que mi tío no pillase una buena cada vez que le sorprendía la lluvia.
Ghash se rió del ingenio de los hobbits. Claro, a ella no le habían hecho falta todas estas cosas. Allá en el sur la lluvia es una bendición. Llueve tan poco que hasta festejan su llegada.
En cuanto nos hubimos acomodado en el pescante, protegidos por las lonas, intenté que Ghash continuase con su historia.
- ¿así que el orco ese no se enteró de que no trajinaba un cadáver hasta que hubo transcurrido un día? – pregunté.
- Si, así fue – contestó Ghash – pero antes ocurrieron varias cosas. Ya te dije que si lo apresurábamos nos dejaríamos algo.
- ¿Y que fue lo que ocurrió? – pregunté
- En primer lugar me arrastró por el prado hacia su escondite y la verdad no se preocupó de si me hacia daño. Debía pesar demasiado para el porque, después de quitarme las armas, me arranco la armadura, bueno casi todas las piezas, y luego me ató con las cinchas que se usaban para cargar el material.
Después me cogió al vuelo y me cargó sobre su espalda, con los brazos atados a las rodillas y rodeando su cuello.
Yo me había despertado con el primer zarandeo, pero estaba tan débil que no podía casi ni moverme, me dolía la rodilla y la espalda y veía todo como entre una niebla rojiza.
Comprendí que ese tipo no me había cogido para salvarme de los gondorianos, que lo que pretendía era que yo fuese su ración de campaña. Así que me mantuve lo mas quieta posible, intentando que no descubriese la verdad y esperando mi oportunidad para escapar.
- Oye Ghash, ¿tu que crees que habría hecho si se hubiese dado cuenta? ¿Te hubiese matado para comerte?
- Eso creí, pero al final no sucedió.
- ¿Entonces pudiste escapar?
- ¡Que va! me dejó abandonada después de cargarme durante todo un día. Atravesamos el río usando el bote medio agujereado del que te hablé antes. El tipo aquel lanzo todos los cuerpos al río y le taponó un agujero que tenia en un lateral. Luego me metió de mala manera en el y usando las manos remó hasta el otro lado.
Una vez en el bosque corrió con todas sus fuerzas, no se hacia donde. Solo se que al amanecer estábamos en un hueco excavado en un terraplén. Bajo las raíces de un gran roble. Le vi mirarme con ojos de hambre y luego sacar de entre sus trapos una bolsa con algo de comida. Evidentemente era mi comida, lo poco que quedaba de ella.
De pronto me miró y se dio cuenta de que yo no estaba muerta. Gruño y me zarandeó y yo abrí los ojos y le miré.
Creo que ese hubiese sido el ultimo instante de mi vida si de pronto no se me hubiese ocurrido una idea.
Veras, hay pocas enfermedades entre los orcos. La mayoría mueren por accidente o a manos de otro. Pero en los últimos tiempos del señor oscuro una extraña enfermedad se cebaba en las filas, y a menudo afectaba a los orcos mas altos y corpulentos.
En sus primeras fases afectaba a la piel, produciendo descamaciones y ronchas y era extremadamente contagiosa. Después evolucionaba hacia el interior afectando las articulaciones y los huesos y produciendo deformaciones. No se muy bien si llegaba a matar, porque en cuanto aparecía los enfermos eran sacrificados y sus cuerpos quemados. El miedo al contagio era tal que los que habían estado en contacto con un enfermo debían aislarse durante dos días antes de poder volver al grupo.
Se decía que solo se contagiaba por el contacto de la piel enferma con la sana, y también comiendo carne de alguien que sufriese la enfermedad.
- ¿y eso para que te sirvió a ti? ¿Le hiciste creer que tenias eso? ¿pero como?
- ¿Recuerdas que hacia poco me había quemado con el sol? pues durante algún tiempo mi piel se fue despellejando, dejando unas ronchas rosadas en el lugar donde estuvieron las quemaduras.
Le mostré como pude mi hombro desnudo a mi captor y gemí diciéndole que me estaba muriendo. Que la maldita enfermedad se había cebado en mi. Y luego me reí, mientras le decía que había estado cargando veneno sobre sus espaldas. Que todo ese esfuerzo solo había servido para contagiarse.
El tipo salió huyendo y me dejó allí tirada, atada como un fardo, en ese pequeño refugio.
- ¿y entonces que fue lo que paso? – pregunté
- pues que después de intentar desatarme infructuosamente durante horas, encontré una roca afilada y me puse a cortar la cuerda. Pero cuando terminé estaba demasiado débil para levantarme, así que tuve que arrastrarme un buen trecho.
Encontré refugio bajo unas peñas, en una grieta donde casi no cabía. Y allí pasé el día, muerta de hambre y de sed pero con tal miedo en el cuerpo que no me atreví a salir.
- ¿y como conseguiste sobrevivir? Dices que estabas herida y muy débil – interrumpí yo
- pues veras, la lluvia vino en mi ayuda, una pequeña lluvia primaveral, pero suficiente para que las piedras rezumasen agua y yo pudiese beberla. Eso me permitió recuperar algo las fuerzas.
Estuve sentada en mi refugio mientras pasaba la tarde y llegaba la oscuridad. Y cuando se hizo de noche salí dispuesta a buscar algo que comer. Tuve suerte, un zorro había matado un conejo en las inmediaciones y se disponía a comerlo cuando aparecí yo. El bicho huyó abandonando su presa cuando le ataqué. Sin saber que si hubiese querido llevársela consigo no hubiese tenido fuerzas para seguirle y quitársela. Pero hasta las bestias salvajes temían a los orcos.
Me comí la carne tierna del animal y con eso pude recuperar fuerzas, aunque dada mi debilidad, decidí permanecer escondida en ese lugar por un día mas. Y eso fue mi perdición.
- ¿no me digas que volvieron a capturarte? ¿Quien fue esta vez?
- Pues si, el orco corpulento volvió y me obligó a ir con el. Eso fue un par de noches después de abandonarme y cuando yo había decidido salir de mi refugio ya que me encontraba algo mejor.
- ¿No dices que el tipo estaba asustado por la enfermedad? – pregunté – ¿porque volvió entonces?
- El periodo de cuarentena era de dos días después de un contacto con un enfermo. Supongo que pensó que no se había contagiado – me respondió ella ambigua.
- Oye, eso no puede ser – exclamé – tu misma me dijiste que los orcos no echan nunca una mano a sus compañeros, a menos de que quieran obtener algo… - terminé en un murmullo
- ¡Exacto!– expuso triunfal – el tipo quería algo de mi. Quería venderme a unos humanos. Me obligó a andar frente a el, me ató las manos con una cuerda, eso si, procurando no tocarme, y me llevó como un rehén hacia el campamento sureño.
En cuanto llegamos al campamento de los humanos pidió ver al jefe, al capitán y le propuso un trato.
- ¿Y el tipo este te vendió a ellos como una mercancía? – pregunte asombrado
- si, la verdad es que me cambalacheó por un plato de comida y un lugar en el grupo – contestó ella
- ¿y como es que el jefe, el capitán dijiste, aceptó el cambio? – volví a preguntar yo
- veras Bob, ese hombre… algunos hombres de las huestes del señor oscuro tenían extrañas costumbres con las hembras. – explico ella un poco azorada
el pelo se me erizó en la nuca cuando pensé de pronto en una cosa realmente salvaje.
- ¿se las comían? – pregunté – ¿ese humano te quería para comerte?
- No Bob – contestó pacientemente ella – ese humano sentía deseo por las hembras orco, buscaba su placer, ¿entiendes?
- ¿Quieres decir que tenía sexo con ellas? – volví a preguntar con un hilo de voz
- Exacto, mientras estuve en la tienda de intendencia, atada como un fardo, oí a dos soldados comentar que el orco le había dado al amo una diversión y que este se lo había pagado dejándolo quedarse.
- ¿Una diversión? ¿Así lo llamaban? – mi voz salio ronca al volver a preguntar
- Si, eso era una diversión para ellos. El capitán, un tipo bestial con una cara horrenda y una barba negra y poblada, solía celebrar fiestas donde las hembras snaga, ya fueran de orcos o de humanos eran el plato fuerte. La bebida y la comida corrían como el agua y cuando estaba suficientemente satisfecho se llevaba alguna hembra a su tienda. no le importaba la especie. Creo que hasta sentía predilección por las hembras orco, por la suciedad de sus cuerpos, por toda esa bestialidad que emanaban
Me sentí raro, un poco violento y no quise preguntarle más sobre ese asunto. La verdad, me daba miedo hacerlo. No quería oír que ella fue el plato fuerte de una orgía de humanos. Me hacia sentir mal pensar que seres de su propia raza pudiesen llegar a un estado tal.
Ella cortó el hilo de mis pensamientos, aunque casi lo que hizo fue seguir mis razonamientos como si pudiese estar en mi cabeza.
- no Bob, no tengas miedo de preguntar, no hay nada malo en saber.
- Yo, es que… - balbucee
- Te estabas preguntando si esa cosa me había ocurrido, si yo había sido el objeto de placer de ese hombre?- dijo ella
Yo asentí con la cabeza, tragando saliva
- Tuve suerte, estábamos en medio de la guerra y no había tiempo para fiestas y placeres – me dijo entonces ella – aunque si hubiese ocurrido… no se… se acercó a mi un par de veces con malas intenciones, rasgó mi ropa y yo le respondí atacándole. Mis uñas quedaron marcadas en su cuello, creo que si hubiese tenido una espada le hubiese matado en aquel momento.
- Y entonces, ¿no tenias ningún arma? Tu eras un soldado – pregunté extrañado
- Ya sabes, el orco ese que quería usarme de cena me limpió, arrancó parte de mi armadura, supongo que para quitar peso y también las armas y después me ató como si yo fuera un embutido para poder colgarme de su espalda.
- Entonces, si estabas atada ¿Cómo te las arreglaste para arañare? – pregunté interesado
- Mira, cuando fue a ofrecerme de carnada a los humanos ya no estaba atada, supongo que quería que yo tuviera el mejor aspecto posible. Yo era su mercancía. Solo me dejo las manos y ese es un nudo que se deshace con facilidad – contestó ella
- Y entonces ¿que es lo que hizo el humano cuando tú le atacaste? – quise saber
- Se rió, me llamo bestezuela salvaje y ordenó que me ataran – contesto ella – y de ese modo, como un fardo andante, me llevaron con ellos a su misión.
- ¿Una misión? – pregunte – ¿que tipo de misión era esa?
- Debían cortar el paso al ejército de Gondor que se dirigía a la puerta negra, rodearlos por detrás y esperar órdenes, pero algunos de los grupos fueron descubiertos. El capitán ese cayo y los soldados se dispersaron. Un grupo de soldados se replegó en la encrucijada y decidió que lo mejor era volver a Mordor. Ya que allí podrían darles nuevas ordenes.
- ¿Y tu? ¿Que paso contigo? - Pregunté
- Pues veras, el grupo de soldados me llevó con ellos, algunos no estaban de acuerdo que yo les acompañase, pero el que se erigió en capitán decidió por los demás. Pero me tuvieron que llevar atada, yo atacaba a todos los que se acercaban a mi. Así que uno me dejo sin sentido de un golpe y me ataron.
Durante días seguimos al ejercito de Gondorianos, tratando de escabullirnos hasta la puerta negra sin éxito. Ellos eran muchos, unos miles y nosotros solo una veintena de soldados jóvenes y yo.
Cuando iba a preguntar que fue lo que ocurrió entonces un enorme trueno resonó entre las colinas y la lluvia empezó a arreciar.
- ¿no crees que seria mejor que buscásemos refugio por aquí? – pregunté
- no parece haber ningún lugar para ello – contestó Ghash mirando el mapa. Lo mejor es que continuemos.
La cortina de agua casi no permitía ver el camino y el caballo se estaba empapando y parecía estar pasándolo mal.
Recordé que en el interior del carro había otra lona embreada con unos extraños agujeros. Mi tío la llamaba el capote. Y de pronto se me ocurrió para que servia.
- ven Ghash – dije tirando de la lona y bajando del carro – ayúdame a ponerle el capote al caballo, este animal se esta mojando de lo lindo.
Ghash me ayudó y en un momento tuvimos la lona puesta sobre el lomo del animal. Que pareció agradecérnoslo caminando a un mejor paso en cuanto volvimos a ponernos en camino.
La tormenta pareció durar una eternidad, por todas partes se veían ríos de agua turbia escurrirse colina abajo y el camino se llenó de charcos y de lodazales donde el carro dejaba grandes salpicaduras al pasar.
Vimos caer los rayos en la parte alta y estuvimos dando gracias al cielo de que no nos hubiese alcanzado en ese lugar. Ya que el carro era como un pararrayos en un lugar descubierto.
Poco a poco la tormenta empezó a amainar, las gotas que golpeaban furiosas la lona del carromato se hicieron mas pequeñas y solo quedo una lluvia suave que ya no nos abandonó durante el resto del día.
Ghash y yo habíamos permanecido callados mientras duraba el aguacero. La verdad es que el ruido casi no permitía oírnos dada la violencia de la tormenta. Y por otra parte yo tampoco le insistí en que continuase su historia. Me había resultado demasiado chocante. No era que no estuviese acostumbrado a oír según que cosas. Allá en la posada a menudo se hacían bromas sobre las inclinaciones sexuales de tal o cual parroquiano. Algunas veces muy subidas de tono. Pero estaba acostumbrado a tomarlas como chanzas, mentiras y embustes que los parroquianos inventaban para hacer rabiar a otro.
Era la primera vez que me enfrentaba al hecho de que esas cosas podían suceder de verdad y eso me abrumaba.
Miré a mi compañera que llevaba las riendas en ese momento. Su cara estaba seria, el ceño fruncido, concentrada totalmente en la conducción y en evitar que el carro quedase encallado en el barro del camino.
No pareció relajarse hasta que no llegamos a una zona que estaba recubierta de guijarros donde las ruedas del carro no se hundían.
Entonces me miró y sonrió tendiéndome las riendas.
- espera un momento por favor – me dijo bajando del carro.
Se internó en el bosque y volvió al cabo de nada con una sonrisa en sus labios.
- uf! – suspiró – estaba deseando poder parar. Esas hierbas de la mañana hicieron muy rápido su efecto y ya no podía mas.
- Podíamos haber parado un poco antes – sugerí
- ¿En medio de esa tormenta? – pregunto – ¡ni pensarlo!
- Pero hace ya un buen rato que se calmo – dije
- Si, pero el camino estaba todo embarrado y tuve miedo de encallar – me explicó
- Entonces creo que yo también voy a aprovechar – le contesté mientras me alejaba un trecho.
Cuando volví, Ghash había aparejado el carro y había dejado en el pescante el cesto con la comida.
- ya va a ser mediodía y creo que hemos avanzado mas de lo que pensábamos – dijo ella consultando el mapa.- dentro de nada tenemos que llegar a un riachuelo y allí retomaremos el camino del río.
- Perfecto, así llegaremos temprano a la guarnición y podremos recuperar fuerzas con algo calentito – exclamé.
- Pero antes deberemos cruzar el vado – contesto ella
- ¿De que vado hablas? – pregunté – el camino principal pasa por el mismo margen en que estamos.
- Yo hablo del río que viene de Fornost – contestó Ghash, tendiéndome el mapa -Antes de poder llegar a la encrucijada deberemos cruzarlo y por lo visto se trata de un vado. Y con lo que ha llovido estará bastante crecido.
Le eché una ojeada al pergamino y vi que mi compañera tenía razón, el camino que nosotros estábamos siguiendo cruzaba el río por un vado. Había una indicación en el que decía Puente en obras. Escrita con lápiz rojo.
- ¡que mala suerte! – exclamé – si el río anda crecido no podremos cruzar
- esperemos que el vado sea aun transitable, no ha llovido tanto como para eso – contestó ella. Pero no parecía muy convencida.
- Pues entonces será mejor que nos apresuremos – respondí, mientras azuzaba el caballo.
Este respondió a mis órdenes iniciando un ligero trote ayudado por la pendiente a favor y en nada nos plantamos en el camino principal.
Este discurría por el fondo del valle, junto al río y estaba flanqueado por quebradas en las que se escalonaban los árboles y los arbustos.
- ya falta poco – anunció mi compañera cuando pasamos junto a un enorme álamo de hojas plateadas
- ¿como lo sabes? – pregunté
Ghash, me tendió el mapa y tomó las riendas para que yo lo explorase. En efecto, en el camino venia indicado el gran árbol y una milla y media mas allá el río.
Eché una ojeada al Brandivino en uno de los claros en los que se podía ver el agua y descubrí que había crecido bastante en relación con el día anterior. Esto me hizo cerrar los ojos y desear que el río que debíamos atravesar fuese menos importante.
No me dio tiempo a expresarlo en voz alta y ya empezamos a divisar el puente en reparación.
Nos paramos junto a un cruce, donde el camino se bifurcaba. Sabíamos que debíamos tomar el de la izquierda para llegar al vado, pero a pesar de todo dudamos.
El río se veía turbio, crecido. Y el vado desaparecía bajo la turbulencia de la espuma.
El caballo se encabritó en cuanto nos acercamos y se negó a avanzar hacia el interior del turbulento caudal.
- ¿que haremos ahora? – pregunté desalentado
- solo podemos esperar a que el agua baje – contestó mi maestra.
- Entonces podemos ir hacia el puente, por si acaso –sugerí – no sea que esté mejor de lo que parece y podamos pasar.
- De acuerdo – aceptó Ghash – pero no pasaremos por el si no sabemos que es seguro.
- ¡Claro que no! – respondí – no quiero acabar despeñado en el río.
Dejamos el carro con el caballo atados a un árbol y nos dirigimos hacia el puente. La construcción era sólida, aunque se notaba que había sido reparado por varios lugares y en varias épocas.
La lluvia había cesado casi por completo y solo era un pequeño calabobos que nos permitía avanzar sin casi mojarnos.
Junto al puente encontramos a un grupo de obreros atareados que se afanaban colocando unos tablones.
- un día mas y lo conseguiremos – gritaba el capataz – ¡espabilad! Que mañana llegan las piedras para terminar la calzada
El hombre se paró de pronto sorprendido al vernos. Supongo que no esperaba visitantes.
- ¡Buenas tardes! Aunque con esta tormenta que hemos tenido no se si decirlo.- murmuró – ¿quienes son ustedes y que hacen aquí?
Ghash se apresuró a presentarse y a explicarle al hombre que éramos viajeros y que habíamos encontrado el vado intransitable.
- ¿y en que vienen? - preguntó – ¡supongo que no a pie!
- Claro que no señor – repliqué – dejamos el carro al inicio del puente.
- Y ahora supongo que querrán que pare las obras para que ustedes puedan pasar – refunfuñó – seguro que traen uno de esos papelotes importantes firmado por alguno de los cabecillas de la capital.
Me sorprendí mucho al oír a ese hombre. Por lo visto el puente no estaba tan deteriorado como para no dejar pasar a los viajeros. Solo que habían habilitado un paso por el vado para evitar parar las obras.
- oiga señor – pregunté – ¿realmente se puede pasar por aquí?
El hombre paró en seco de protestar y volvió a mirarnos de arriba abajo. No le debimos parecer nadie importante porque se encogió de hombros y nos dio la espalda limpiamente. Dio un par de pasos hacia los obreros y empezó a gritar órdenes como si nosotros no existiésemos.
Ghash se acercó a el y se inclinó obsequiosa, mientras yo, enfurruñado, me mantenía al margen. Pero, algo debió ocurrir en esos segundos en los que no les miré, porque en cuanto volví la cabeza la situación había cambiado, el que se inclinaba obsequioso era el capataz y Ghash sonreía satisfecha.
Un momento después empezó a vociferar órdenes y los obreros corrieron a trasladar unos cuantos tablones más hacia el centro del puente.
- pueden pasar cuando gusten – dijo el capataz – solo que yo les recomendaría que pasasen a pie, llevando el caballo de las riendas.
- ¡Muchas gracias! – exclamó Ghash – es usted muy amable de parar su trabajo para que nosotros pasemos.
El hombre volvió a inclinarse murmurando algo que no entendí.
El y mi compañera se quedaron hablando mientras yo me acerqué al carro y lo llevé hasta ellos.
- ¡si es un vehículo pequeño! – exclamó el hombre – no va ha haber ningún problema para pasar al otro lado.
Entregué las riendas a Ghash y esta fue tirando del animal siguiendo las ordenes de los obreros, el carro debía cruzar una plataforma hecha con tablones que tapaba un agujero y después una zona sin pavimentar, rellenada con tierra que esperaba ser recubierta por adoquines.
Fue muy sencillo pasar, aunque daba un poco de miedo saber que solo nos sostenían los tablones de madera que crujían bajo el peso del carromato. Los hombres los habían colocado en dos capas y los habían asegurado con cuerdas para evitar que se moviesen.
Una vez en el otro lado el hombre nos despidió con un saludo apretando fuertemente las manos de Ghash.
- ha sido todo un placer – murmuró.
En cuanto se volvió vi que miraba algo que tenia entre las manos y luego volvía a vociferar a los obreros.
- oye Ghash – pregunté – ¿como has conseguido que nos franqueasen el paso?
- Todo el mundo tiene un precio – respondió evasiva
- Entonces le pagaste con algo – insistí – ¿que le diste?
Ghash sonrió, yo sabia que intentaba no responder a la pregunta, pero sin querer ella misma se delató. Cuando se pone nerviosa tiene la costumbre de girar sus anillos y enseguida noté que le faltaba uno.
- ¿le pagaste con uno de tus anillos? – dije sorprendido – yo creía que eran algo muy valioso para ti
- ¡y lo son! – contesto ella – aunque no todos son recuerdos de mis hijos. Algunos solo son objetos de adorno.
- Entonces ese anillo que le diste… - empecé
- Ese anillo era solo uno de los anillos que formaron parte de mi ajuar de novia. Estaba cosido al manto pero hace tiempo se descosió y me lo coloqué en este dedo, ¿ves?
- A pesar de todo creo que pagaste bien caro nuestro paso por el puente – añadí
- Un poco si – contestó ella – pero ¡que importa! ¡Conseguimos pasar!
Asentí un poco enfurruñado, me parecía que el pago había sido muy excesivo. Al fin y al cabo los obreros ya estaban colocando aquellos tablones. No los habían puesto para nosotros.
- no te enfades Bob – me dijo ella – ese hombre cree que nos estafó, pero la verdad es que nos ha proporcionado la forma de llegar rápido a la guarnición. Los objetos, por muy valiosos que sean, son solo objetos y se convierten en algo importante cuando sirven para obtener algo bueno de ellos.
- Si tu lo dices – murmuré
- Si lo afirmo – sentenció ella – y dejemos de hablar de ello. Ya pasó y no es importante. Mira ya estamos llegando a La Encrucijada – añadió
Miré hacia donde ella señalaba y vi las primeras casas de una población más o menos igual de grande que Bree.
Clavé mi vista en los edificios, a la derecha del camino había un muro de piedra que terminaba en un portón, donde se podía ver la enseña de los soldados del rey. A la izquierda una hilera de casas que parecían comercios.
Ghash guió el carro hacia el portón y lo atravesó. Allí un soldado nos dio el alto.
Le informamos que éramos viajeros y que debíamos reportarnos en la guarnición y el guardia nos indicó un lugar donde dejar el carro.
Había un gran patio en ese lugar y estaba lleno de carromatos y de caballerias. Se ve que todos los transeúntes en ese punto debían pasar por allí para que su paso fuese registrado.
Vi como Ghash se arreglaba el manto para que la estrella que le regalara Dírhael luciera mientras me indicaba que tomase el cuchillo con los emblemas de la guarnición y me lo pusiese al cinto.
El paso por el puesto de guardia fue muy sencillo. En cuanto el soldado vio el emblema en el manto de mi maestra nos hizo pasar a una sala y allí tomó nota de nuestros nombres. También nos dijo que mandarían una paloma mensajera avisando de nuestro paso, tal como había solicitado el capitán de la guarnición de la frontera norte de la comarca.
Todo fueron halagos, parecía que en vez de un par de viajeros normales tuviesen allí a los representantes de vete a saber que reino.
Nos prepararon una estupenda merienda y me trajeron un enorme tazón de leche calentita y muchos pasteles para acompañar.
También nos indicaron donde podíamos dejar el carro aquella noche Se ve que no podían alojarnos allí porque no había bastante sitio, pero nos indicaron la dirección de la posada y nos dijeron que era un buen lugar para pasar la noche.
- ¿Quieres dormir en una cama esta noche? – preguntó Ghash cuando nos acercamos a la posada
- No me importa dormir en el carro – exclamé – pero lo que me encantaría es un buen plato de ese estofado que huele tan rico.
Mi maestra se rió y me dijo que no le extrañaba nada y los dos nos dispusimos a tomar una buena cena caliente.
 
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