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Historia de Muinthel
Capítulo 3
Por Muinthel
 
VI

La noche se acercaba lentamente, acompañada de una brisa suave y ligeramente salada bajo las primeras estrellas, impacientes por enterarse de los acontecimientos de aquel día en la Tierra Media. Con las últimas horas de luz el bosque se llenaba de pisadas furtivas y raudos aleteos entre los matorrales, pero ningún sonido inquietante llegaba a las cuatro puntiagudas orejas de aquellos dos inseparables compañeros. Muinthel observaba a su muy apreciado Silsure pastando el frescor del claro de Lindon en el que había quedado en encontrarse con el dunedan sTuKa al amanecer siguiente, dispuesta a pasar una nueva noche en vela dejando deambular sus pensamientos.

Sin duda aquellos dos días vagando entre los árboles que habían vigilado sus travesuras infantiles hacía tantísimas estaciones le habían servido para aclarar su mente y tranquilizar su espíritu, tan agitados tras las revelaciones brotadas del pergamino y de los labios arrugados de su dueño que repentinamente habían empapado de luz su oscuro pasado. En el rostro de la elfa temblaba una sonrisa de felicidad entre algunas lágrimas catárticas, mientras, con la mirada perdida en la hierba verde que refrescaba sus descalzos pies, sostenía en el regazo el pergamino adornado con la adorada caligrafía. No era capaz de leerlo, pero podía recordar la voz de Lebeduin, el archivero de Imladris, leyendo cada línea tan claramente como si en ese momento estuviese sentado a su lado bajo el cielo raso:

Lebeduin,
Permite que te diga sin más qué encontré la noche de ayer en el bosque de Lindon: estoy completamente seguro de haber hallado a tu hija pequeña, pues es igual a ti, salvo en el cabello, que es algo rojo, como el de su madre. De ésta lo único que encontré fueron su capa, hecha jirones, y su daga Amrûn, ensangrentada, como el suelo en que encontré a la niña. Sé que su madre y tú deseabais destinos diferentes para vuestras dos hijas, y como también Rúnyariellë tenía mi amistad espero que estés de acuerdo en que mantenga su voluntad: la niña se quedará conmigo y será una elfa. Te enviaré noticias suyas a menudo. Para lo que necesites, siempre
Tu amigo Aiwendil.

Al emprender su viaje a Imladris Muinthel no sabía exactamente qué estaba buscando, pero lo que finalmente había encontrado nunca se lo habría podido imaginar. Después de leerle el pergamino, no sin antes abrazarla, besarla y mojar sus manos y su rostro, Lebeduin había detallado a su hija todo lo que en él se insinuaba.


VII
De Lebeduin y Rúnyariellë

Lebeduin, un medio elfo laiquendi, había escogido la mortalidad tras los pasos de su padre, un gondoriano que a fuerza de expediciones al norte había acabado por no regresar al reino austral tras tomar gusto a la compañía de los montaraces. También Lebeduin, y recordándolo parecía que sus arrugas se alisaban, había cabalgado como montaraz en su juventud, y así había conocido a Elladan y Elrohir, trabando amistad con ellos hasta el punto de acabar siendo un muy bien recibido invitado en Rivendel. Durante uno de sus agradables reposos en la Última Morada, paseando por los jardines bajo los rayos tímidos del amanecer, se habían clavado en los suyos unos ojos grises y fuertes, sobre un semblante dulce, blanquísimo, cayendo Lebeduin enamorado sin remedio de su portadora, la elfa sindar que era llamada Rúnyariellë, y que también se enamoró de él. Las visitas de Lebeduin a Rivendel se hicieron cada vez más frecuentes y largas, aplacándose sus ansias de aventura con la madurez hasta el punto de que desde que allí se estableció como archivero, ya no abandonaría Imlandris jamás. Tuvieron Lebeduin y Rúnyariellë una niña a la que llamaron Tuilinnaru, “Golondrina Roja”, con cuyo nacimiento, insospechadamente, se engendraron también los problemas: él deseaba que tomase el destino de los hombres, pero Rúnyariellë no compartía ni mucho menos tal anhelo. Decidieron abandonar la decisión durante los primeros años de la pequeña, deseando ante todo que fuese muy dichosa, como así fue, y la niña también hizo dichosos a sus padres con sus juegos y su belleza clara. Por ello, el amor entre ambos no se apagó, de modo que poco después, bajo la luz pálida de Ithil, fue concebida su segunda hija. Lebeduin se había sentido inmensamente feliz con la nueva, demasiado feliz, admitía tristemente, para percatarse de la aflicción que crecía en los ojos de Rúnyariellë a medida que aumentaba de tamaño su vientre. La Primera Nacida había tomado una terrible decisión que Lebeduin no conocería hasta varios meses después a través de una escueta nota:

Perdóname, amor mío. Educa a Tuilinnaru como consideres oportuno. La criatura que llevo dentro compartirá mi destino. Adiós para siempre.

Inmediatamente Lebeduin había acudido a Elrond, pues temía que Rúnyariellë planease llegar a los Puertos Grises, meta cuyo trayecto resultaba en aquellos tiempos extremadamente peligroso. Elrond le negó aparentemente su ayuda, pero, sin decir nada al desconsolado padre y esposo, pidió al Istar Radagast que buscase a la sindar, pues por entonces El Pardo frecuentaba discretamente Lindon. Pero Aiwendil halló a Rúnyariellë demasiado tarde, no encontrando de la elfa más que su sangre calando el barro. Mas finalmente, y aquí el tono de Lebeduin se había tornado agridulce, el deseo de Rúnyariellë trascendió a su muerte y su hija pequeña, que fue llamada Muinthel, llegado el momento tomó el destino de los Primeros Nacidos aunque sin ser consciente de que estaba eligiendo. El mismo camino había escogido conociendo bien ambas alternativas su hermana Tuilinnaru, muy a pesar de su padre.
Lo que podía decir Lebeduin a Muinthel sobre la causa de la muerte de la madre de ésta eran meras conjeturas, pues aunque todo parecía indicar que el cansancio del viaje había adelantado el parto, no era probable que la situación se hubiese complicado tanto como para acabar con una Primera Nacida. Radagast había encontrado leves signos de lucha en el lugar, pero si alguien la había atacado y dado muerte cobardemente en ese momento, el misterio era por qué un ser tan vil no había acabado también con la frágil cría de su presa.

VIII
De Aiwendil y Muinthel

El Pardo, por respetar la voluntad de la empeñada madre, en honor a su final doloroso y solitario, pero sobre todo a causa de la ternura que invadió su corazón al coger a la recién nacida en brazos, decidió tomarla a su cuidado, enseñándole todo lo que de él podría aprender, llegando a quererla más que a su vida. Durante sus más delicados años no se separó de la criatura, y sólo Eru sabe cómo se las había arreglado en aquellos primeros momentos para alimentarla. Las noticias que Lebeduin recibía por entonces eran numerosas, y guardaba todos los manuscritos del Istar con agradecimiento. Leyéndolos una y otra vez se imaginaba a la pequeña estirando los brazos, dando sus primeros pasos, comiendo su primer bichito y rompiendo a llorar ante la cara de susto de Radagast. Cuando la niña aún no había aprendido a hablar, el Istar la oyó gorjear llamando a un petirrojo como le había visto hacer a él, y muy orgulloso la llamó Muinthel Levain, “Hermana de los Animales”. El Pardo le enseñó las propiedades curativas más básicas de las plantas, pero que le llevase un balrog si conseguía que la chiquilla se centrase en cualquier cosa más tiempo del que tardaba en aparecer una nueva ardilla. Aiwendil se entristecía mucho si en cualquier momento tenía que reprenderla, aunque la niña a menudo no atendía a sus regaños. Sólo una vez se atrevió a castigarla, reconociendo en su mensaje a Lebeduin que no resistía aquellos ojos grandes apenados fijamente sobre él. Muinthel recordaba aquel día: Aiwendil se había disgustado enormemente con ella porque continuamente llamaba a las aves del bosque para que la entretuviesen. No son juguetes, le había gritado, tienen sus familias, sus vidas, no debes menospreciarlas así. Muinthel se había sentido tan avergonzada que ni se atrevió a derramar lágrimas hasta que la noche llegó para esconderlas. Debió ser por entonces cuando Radagast empezó a desaparecer intermitentemente, cada vez durante más tiempo y más frecuentemente. Cuando al amanecer descubría que su querido mentor se había ido, la niña temblaba asustada hasta que con la noche caía dormida de nuevo. Pero Muinthel, mirando atrás, se percataba ahora de que si bien el afecto del Istar había enternecido su corazón, durante sus ausencias había ella adquirido su independencia y valor.
Despacio pasaban las estaciones, y la niña crecía sana y feliz. Siguió el tiempo sin detenerse hasta que la niña dejó de serlo, hasta que en mitad de una noche fría Muinthel despertó helada y fue a acostarse junto a su protector, abrigándose bajo sus brazos. Cuando a la mañana siguiente Muinthel abrió los ojos, Aiwendil se había ido para siempre, y la elfa lloró porque su amado protector nunca volvería a ser su amante.

IX

En Rivendel, junto a su padre, Muinthel se había sentido demasiado afortunada para llorar la muerte de su madre, pero también demasiado confusa para permanecer al lado de aquella familia con la que tantas noches había soñado. No sin prometer al lloroso y ya anciano Lebeduin que regresaría pronto, Muinthel saltó al lomo de Silsure, que a su murmullo no cesó de galopar hasta Bree. Tras dormir sin sueños dos días enteros, jinete y montura se dirigieron al norte en compañía de sTuKa, que tenía intención de visitar sus posesiones en Tarmaladen. Se separaron con el cuarto atardecer de marcha, pues la elfa deseaba internarse en el bosque, y desde entonces habían pasado dos noches de las tres acordadas. En el claro, el sol crepuscular de aquel cielo cálidamente azul se filtraba con esfuerzo entre las grandes hojas y las ramas recias, como en el corazón de Muinthel se colaban las respuestas y los sentimientos tanto tiempo aletargados. Cuando sTuKa apareció en el claro puntualmente con el siguiente sol no pudo dejar de notar que en el rostro de la elfa ya no moraban las pesadas nubes que últimamente habían ensombrecido sus ojos llameantes, manteniendo excepcionalmente taciturno su ánimo. Durante el camino de vuelta a Bree, mientras el dunedan acariciaba a Silsure, pues ambos se guardaban gran cariño, Muinthel le contaba los felices descubrimientos que tanto tiempo había tardado en colocar en su interior, con una sonrisa de oreja a oreja y entusiasmo tal que varias veces estuvo a punto de caer del corcel.



 
Muinthel
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 10-03-2004 Hora: 16:00
Bueno! por fin conocemos tu historia enterita! me ha gustado mucho. Lo cuentas todo con una sencillez pasmosa que hace que la lectura sea fácil y amena. Me gusta ese estilo de narrar claro y directo. Creo que se merece otro brindis!

Fecha: 12-10-2003 Hora: 16:53
Con esto es como si terminaras tu carta de presentación. Me gusta la historia, sobre todo porque desprende sencillez y elegancia, tanto por la forma de narrar, como por la presentación en pequeños capitulos, como por el hecho de no ser pretenciosa en cuanto a tamaño ni contenido. Es como debe ser; cada historia pide lo suyo y tú has sabido ´darle lo que te reclamaba. Ahora solo tienes que abrir la siguiente página de tu imaginación y dejar que el resto eche una ojeada y sonría.

Fecha: 12-10-2003 Hora: 00:31
Vaya, encontrais vuestro pasado. Espero que yo sea la siguiente. Magnífica historia. Espero, como también desea [sTuKa], que inicieis pronto otro relato. Un saludo cordial:

Cala_Ithil

Fecha: 11-10-2003 Hora: 21:54
Excelente colofón para vuestra historia Muinthel, de verás me ha gustado mucho. Espero que pronto iniciéis otra saga o algún relato