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Cazador
Capítulo 1
Sangre en la oscuridad
Por Mijaenglir
 
La brisa del viento agitaba suavemente las hojas de los árboles. Reinaba una inquietante tranquilidad. De noche, oscuro, siniestro y sin luna. Roth miro con ansiedad a la espesura.

- Date prisa Willur. ¡Es casi noche cerrada!

Un murmullo en los arbustos le contestó: - Espera, creo que encontrado setas.

Roth jadeó nervioso. No era el momento de recoger setas, ni tampoco había sido buena idea ir al bosque, y más aun con todas esas muertes.

- ¿Quieres correr? Este lugar me pone los pelos de punta.- Lo dijo casi entre dientes, temeroso de que nadie le oyera.

- ¿Qué? ¡No te oigo, habla más alto!

A Roth le pudo más el enfado que el miedo. Grito exasperado, abandonando toda cautela.

- ¡Ven de una maldita vez!

Se apartaron algunas nubes y la luna brillo en lo alto, como una perla en el firmamento. Cada vez hacía mas frío. El crujido de arbustos anunció la llegada de Willur. Llevaba algunas setas cubiertas de tierra envueltas en su camisón.

- Cálmate. Puede que al final este trayecto haya merecido la pena.

Miró con orgullo las setas como si fueran el mayor de los tesoros en oro que hubiera existido.

Roth inspeccionó con desdén al desgarbado chico y luego las setas. Torció el gesto en una mueca de asco. Ese imbécil le había hecho perder el tiempo por unas setas que ni siquiera eran comestibles. Le dio un manotazo que hizo que dejara caer los hongos.

- Estúpido, son venenosas. Menudo cretino.

Willur le miró con mezcla de decepción y culpabilidad.

- ¡No me mires así! ¡Vámonos ya y déjate de tonterías!- Comenzaron a andar.-
Por tu culpa no hemos hecho más que perder el tiempo en este bosque perdido de la mano de los dioses. ¿En que momento se me ocurrió acompañarte?

Caminaba ansioso por salir del lugar. Miraba a ambos lados con temor. No, no había sido buena idea ir a robar a la casa del mago, aunque no habían podido entrar.

Además desde hacía unos días habían acaecido extrañas muertes y desapariciones. Primero apareció Hamet destripado, con un rictus de puro terror grabado a fuego en sus ojos. Después, la desaparición de Regis, del que no se ha vuelto a saber nada en semanas. Y desde entonces cada semana mas de lo mismo. Desaparecen aldeanos, y luego algunos de ellos aparecen, al menos una parte de estos. Porque siempre era igual. Eran muertes a cual mas truculenta. Normalmente desmembrados, y casi siempre sin entrañas. Y esas caras. Algo que tenían en común todas las caras, una mueca de miedo, imposible de describir. Los ojos desorbitados y muy abiertos, con la boca abierta en toda su extensión en un último grito de pavor. Helaba la sangre solo de pensarlo.

El Conde Ludos achacaba las muertes a lobos. Menudo estúpido, como se notaba que no había visto los cadáveres. Pero su “estirada señoría” no tenía tiempo que perder con los balbuceos aterrados de unos míseros campesinos. “Cazar esos lobos, ponedles trampas, lo que sea, pero no me molestéis con sandeces”. Bien que lo habían hecho, pero daba igual. Lo que estuviera causando las muertes estaba dotado de una siniestra inteligencia que le permitía esquivar las trampas que le ponían. Hasta ahora no había habido suerte.

Con estos pensamientos pululando por la cabeza Roth recorría a grandes zancadas el bosque, con Willur pegado a los talones. Fue cuando lo oyeron. Un rugido helador, salido del peor de los infiernos. Roth notó como se le aceleraba el pulso cardíaco, hasta dar la impresión de que eran tambores de guerra, resonando en sus oídos. Obedeciendo un impulso primario, echaron a correr a toda velocidad. Saltaron ramas y esquivaron raíces, troncos caídos y arbustos. Casi llegaban al lindero del bosque, cuando un rumor en la espesura, delante de ellos les hizo detenerse. Con el corazón en un puño, aguardaron a la muerte. Pero no era ningún monstruo. Era Hilaed, que al igual que ellos estaba corriendo. Ni siquiera les vio, chocando violentamente contra ellos. Jadeaba exhausto, levantándose rápidamente, tanto que trastabillo y apunto estuvo de volver al suelo. Les miró con unos ojos llenos de pánico y gritando.

- ¡Apartaros de mi camino, me persigue!- Escupía saliva al hablar atropelladamente. Miró atrás con temor, pero nada parecía fuera de lugar, salvo ese silencio sepulcral… Se apoyó en las rodillas, respirando con dificultad. Rió nerviosamente. Alzó la cabeza para mirarles.

- Bueno, creo que lo he desp…

Todo ocurrió muy rápido. Un golpe seco y Hilaed empezó borbotear, echando sangre por la boca. Del pecho le salían unas garras, enormes, negras y afiladas. La sangre mano a borbotones de la herida abierta, manchando el jubón. Surgió otra garra de la penumbra atrayendo el cuerpo de Hilaed a la oscuridad, como si de un muñeco se tratase. Luego, un grito espeluznante seguido de un crujido de huesos rotos. Silencio. Roth, lívido, corrió lo que nunca había corrido. No miró atrás en ningún momento. Sentía que la cosa esa le perseguía, lo oía saltando de árbol en árbol. Tenía la sensación de que lo tenía encima, de que sentía su respiración en la nuca. En un instante paso por su cabeza toda su vida. Su nacimiento, su infancia en la granja, marcada por un padre maltratador, la primera vez que hizo el amor…

Por fin llegó a campo abierto. Se paró en seco, y vomitó. Limpiándose el sudor de la frente, respiró aliviado. Jadeó sin resuello. Ahora se sentía mas seguro, en campo abierto esa criatura no saldría, al menos eso esperaba. Entonces se dio cuenta. “¿Y Willur?” No había reparado antes, pero lo había perdido en cuanto había huido. “Mala suerte para él, no tendría que haber ido. Y yo no tendría que haber ido, así no habría vivido todo esto”. Oyó unos pasos apresurados desde la maleza. Retrocedió aterrorizado.

- ¿Willur, eres tu? El susurro del viento le respondió. Y de repente, la oscuridad se cernió sobre él. La criatura salto desde la maleza, cerrándole el paso cuando se disponía a escapar. Por un momento observó los ojos de la misma muerte, inyectados en sangre. Y lo peor es que esos ojos le devolvieron la mirada, una mirada llena de odio visceral, algo que nunca había visto. La bestia se abalanzó sobre el con un aullido inhumano que retumbó por todo el valle, haciendo que unos cuervos salieran volando. Roth no tenía ninguna posibilidad. Lo último que paso por su era que se había orinado…


Reinaba una atmósfera lúgubre en la taberna El Yunque y el Martillo, en el pequeño pueblo de Logar. ¿Y cuándo no? Fundada por un viejo herrero enano desdentado, nunca había sido un lugar muy recomendable para alguien con una pizca de sentido común. No obstante, no era de los peores lugares que había, y el dueño, aunque viejo, todavía era robusto, lo suficiente como para echar fuera del lugar a algún alborotador. Por fuera no destacaba mucho con respecto al resto de edificios. Tosca y humilde, un lugar para reposar, si sabes guardarte las espaldas, y en donde no te buscará el corregidor del lugar, algo que muchos agradecerán.

Estaba oscuro, pocos parroquianos había en la taberna a esas horas. El salón, aunque pequeño, era más o menos acogedor, dentro de su modestia. Unas pocas mesas delante del mostrador, sillas, y un pequeño fuego que iluminaba escasamente el lugar, y proyectaba grotescas sombras de los presentes. Al fondo, las escaleras para las habitaciones, las pocas que había, y detrás de esta toneles con cerveza de importación enana, algo de lo que su dueño se sentía muy orgulloso, y con motivo.

No había mucha gente. En una mesa cerca del fuego estaban Herald, el viejo Tuwick y Ugral, lugareños. Gunar, el tabernero, se entretenía charlando con unos forasteros recién llegados de Librasses, algo bastante raro, ya que Logar carecía de atractivos para visitantes, por lo que los pocos visitantes que venían se les procuraba tratar con el máximo de los respetos. No obstante, siempre había excepciones. Como las de él. Estaba sentado en el rincón mas alejado del fuego, con una jarra de cerveza de la que bebía a pequeños tragos. Había llegado hacía poco, envuelto en un halo de misterio y una capa parda con capucha. Cuando vino, portaba a la espalda un arco y una aljaba de flechas, una cota de malla que le llegaba a las rodillas y una espada corta al cinto, junto con un pequeño escudo. Le recorría una cicatriz la parte derecha de la cara, y donde debía estar su ojo había un parche. Se tapaba la cara con un pañuelo gris, y aun se le alcanzaban a distinguir mechones de pelo de un color castaño. Solo habló con Gunar para pedirle habitación por unos días.

Herald carraspeó para llamar la atención de sus compañeros. Estos giraron la cabeza hacía el con un gesto de interrogación.

- Lo he visto. Te digo que lo he visto.- Hablaba bajo, para que no se le oyera. - Junto al río, mientras volvía a casa. El graznar de un cuervo me avisó. Lo oía, detrás de mí, pero cuando me di la vuelta no estaba. Tragó saliva. No había sido una experiencia agradable. - Por un momento creí que había llegado mi hora, por poco me meo en los calzones.

Tuwick miró a ambos lados antes de responder, también en un susurro.
-¿En que momento le viste?
-Cuando anochecía.

Tuwick puso cara de circunstancias.

-No puede ser. En ese momento estaba en el viejo molino, y también le vi. Agazapado, observándome. Lo encontré de sopetón, y me quede completamente paralizado. Pensaba que iba a despedazarme, como hizo con el pobre Lésar. Pero después de mirarme un rato se fue…

- Pues yo no miento, estaba allí. Lo juro por la madre que me parió, que en paz descanse.

- No entiendo… ¿Cómo lo hará?

Ugral se agachó sobre la en dirección a ellos.

- Parece que hay más de una de esas cosas ahí fuera.

De repente se oyeron gritos afuera, gritos altos y asustados, seguidos de pasos acelerados. Los interlocutores levantaron la cabeza alarmados. La puerta de la taberna se abrió violentamente. Se trataba de Willur, el pastor hijo de Willag. Tenía la cara pálida como la nieve. Gritaba una y otra vez la misma frase:

- ¡Los ha matado, los ha matado!- Parecía que había enloquecido. Los concurrentes le miraron con cierta preocupación. Por fin Ugral le invitó a que se sentara y les contara que había pasado mientras Gunar le servía una cerveza. Bebió con ansiedad, derramando parte del contenido de la jarra. Cuando se tranquilizó un poco tomó aire y les contó lo que le había pasado.

- Volvíamos nosotros del bosque al pueblo cuando nos alcanzó la noche. Oímos un aullido terrorífico, así que apretamos el paso. Entonces nos topamos con Hilaed, que estaba huyendo de algo. No estaba hablando cuando repentinamente ¡algo le cogió y lo despedazo salvajemente! Roth echo a correr, pero yo me escondí en unos arbustos. Estaba temblando de miedo. Cuando pensé que había pasado el peligro salí a toda prisa del bosque. ¡Y vi lo que quedaba del pobre Roth! ¡Ese bastardo lo había triturado en unos minutos! Fue entonces cuando llegue aquí. ¡Los dioses nos protejan, es un demonio del Abismo, nos matará a todos! Prorrumpió en llantos desconsolados. Ugral se levantó airado.

-¡Esto es demasiado, llamaré ahora mismo al capitán de la guardia! ¡Tiene que hacer algo con ese monstruo!

Salió de la taberna a zancadas.

- ¿Para qué? Nunca hace nada. Los lobos, ¡ja!, me gustaría saber que tipo de lobos son estos…- Tuwick refunfuñaba para sus adentros.

Los visitantes que habían estado hablando con Gunar se retiraron a sus habitaciones. No obstante, el desconocido permaneció en su sitio. No se había movido un ápice, pero tampoco se había perdido nada de lo que había dicho Willur.

No tardó mucho en volver Ugral, seguido de un individuo alto, de pelo negro completamente afeitado y finamente vestido con un elegante jubón. A simple vista costaba imaginárselo como capitán de la guardia, embutido en acero. Se dirigieron al desdichado de Willur, el cual le refirió de nuevo la historia al capitán. Cuando terminó, este le dirigió una mirada de desdén al muchacho y le espeto:

- No me creo nada de lo que dices. Monstruos saltando de una rama a otra. Menuda tontería… estos bosques están limpios desde hace tiempo. ¡No son más que lobos, así que dejad de molestarme con tonterías!- Abandonó el lugar aceleradamente.

En cuanto se fue el capitán, Ugral estalló en maldiciones.

-¡Maldito estúpido! No se para que lo tenemos, pero desde luego no es que nos defienda mucho. “Estos bosques están limpios”… - Escupió al suelo. - Una mierda están limpios. Parece que ya no se acuerda de la laina que matamos el año pasado, ni del gigante que se dedicaba a robar ganado hace cinco… o es tonto, o es que no quiere ayudarnos, y no creo que sea tan imbécil como para no ver que esto es obra de un monstruo! Además, no se si os habéis dado cuenta de que estos ataques comenzaron casualmente desde ese nuevo mago y se instalo en el bosque. Cuando llegó, raras cosas han sucedido. Primero el bosque se puebla de lumbretas por las noches, ¡Y ahora esto!

Tuwick le puso una mano en el hombro en ademán tranquilizador.

- Cálmate Ugral, vas a conseguir que te oigan y acabes en prisión. Por lo visto no tenemos más remedio que resolver esto nosotros solos.

Ugral suspiró profundamente. No era justo, ¿Qué habían hecho para que se les castigara de esa forma?

El desconocido que hasta ahora había permanecido quieto en la penumbra, salió de esta y se dirigió a donde estaba Ugral y los otros. Se quito la capucha y el pañuelo que le cubría el rostro, dejando a la vista una larga melena marrón.

- Quizá yo pueda ayudaros.

Era una mujer.



 
Mijaenglir
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 07-07-2008 Hora: 00:03
ESTUBO BIEN BIEN...

Fecha: 04-07-2008 Hora: 23:19
Bueno, es la primera vez que escribo algo de este tamaño, asi que espero opiniones. Sin miedo a criticas, para eso opinan