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Elfo del Bosque Negro
Capítulo 1
Comienzo
Por Zeirkrad
 
Tal vez no importe mi nombre ni me condición. Pero tal vez os interese mi pasado o tal vez no, nunca se sabe. Pero lo que si está claro es que no soy un elfo normal. Soy demasiado oscuro y silencioso. Creen que estoy loco, pero eso me da igual. Y ahora comenzaré mi historia.
Nací a principios de la Tercera Edad, no importa ni el día ni hora si el atardecer o el anochecer.
Me llamo Eleazar hijo de Arshadal y Laysira. Vivía en el centro del Bosque Negro y era un lugar maravilloso y espantoso a la vez porque estaba lleno de cosas horribles como arañas, licántropos y trasgos procedentes de la fortaleza de Dol Guldur. Me gustaba luchar con dos espadas, una era de doble filo y la otra la típica de los elfos y se llamaban Fuego y Hielo y también esta mi arco, una de mis cosas más preciadas. Cuando cumplí los quinientos años me puse al servicio del padre del príncipe Legolas, el rey Thranduil.
Había un largo camino hacia la casa del rey pues yo vivía en un pequeño refugio llamado Urnsleil. Solo vivíamos allí cincuenta elfos. Éramos pocos pero estabamos preparados para una incursión trasga ya que mujeres y hombres luchábamos. Al poco tiempo llegó a Urnsleil una elfa llamada Maegal, era baja, con el pelo y los ojos azules.
Quedé prendado de ella nada más verla y llegamos a ser amigos pero ella era muy reservada, eso era lo malo de ella que no contaba ni con sus seres queridos.
Una vez decidí irme a Lothlorién y se lo comenté.

Yo estaba apoyado en un árbol y ella sentada en un tronco.
-Quiero irme-dije.
Ella tardó en decir algo como si estubiera pensando la respuesta o la pregunta adecuada.
-¿Por qué?-preguntó.
-Quiero ver más cosas y no estar siempre temeroso de que los trasgos invadan el resto del Bosque Nego. Además a ti te parece que todo te da igual.-le explique.
-Como quieras.-me dijo.
Pero en el fondo sabía que me echaría de menos o al menos creía conocerla lo bastante.
Al día siguiente no preparé nada. Me uniría a otro grupo que se dirijía a Lorién. Solo contaba con mi arco y mis espadas. Éramos quince y el viaje fue duro. Nos enfrentábamos a bandidos y sobre todo a trasgos.

Cáminabamos por un camino en medio de un de los bosques cercanos a Lorién. No se oía ni el cantar de los pájaros y ni nada. Todo estaba realmente tranquilo.
Espero que no sea una emboscada, pensé. Tendríamos que habernos dado cuenta de aquello. Cayó una lluvia de flechas por ambos lados. Alcanzaron a tres de los nuestros. Cayeron lentamente como hojas que caen de un árbol. Todos desenvainamos las armas. De pronto cargaron unas sombras negras que apestaban cuando estabas cerca de ellas, trasgos. Sonaba el sonido de acero contra acero, silbido de flechas que erraban el objetivo.

Estos trasgos eran malos en el manejo de las armas pero eran más en número y en eso tenían ventaja. Pero como siempre digo: cualquier movimiento debe conseguir una ventaja o eliminar una desventaja.

Mis primeros oponentes eran torpes y daban estocadas erradas. Aunque siempre intentaban ataques a zonas vitales pero eran demasiado lentos.
Yo luchaba espalda con espalda junto con Arbresyl. Los trasgos parecían temernos porque se acercaban poco. Sufrí bastantes heridas en el brazo.
Todo el paraje estaba lleno de cadaveres. Los trasgos huían. Hasta que otra sombra apareció entre los árboles. Una figura negra como las otras pero con una panza impresionante. Rugió.
De los nuestros murieron cuatro más y de los trasgos solo quedaba ese monstruo.
Fue abatido por nuestras flechas pero resistía mucho el dolor.
Enterramos los cadaveres de los nuestros. Llorámos... Todos nos habíamos hecho amigos y habiámos sufrido las mismas penurias. Éramos hermanos de armas.

 
Zeirkrad
 
 
 

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