Pasé largos años con esta vida, errando por el Norte y ayudando a los Montaraces. Finalemente mi corazón deseaba volver a mi hogar, a Erebor. Así que una cálida mañana de enero de 3019 de la Tercera Edad partí con un poney que me regaló Mantecona por los servicios prestados a su Posada y a las Tierras de Bree, como el caso del Troll de Archet.
Tras días y más días de viaje llegué a las Puertas de la Montaña Solitaria, había visto también un humo que se elevaba desde el Sur, tal vez de la Ciudad del Lago y no me gustó nada, a decir verdad parecía que había Batalla en el Lago. Pero de momento lo único que deseaba era llegar a mi hogar y no preocuparme de nada más.
Dain me dio la bienvenida y entonces me enteré de que realmente había batalla en el Lago Largo, Sauron había enviado a sus aliados de Rhûn para exterminar a todo habitante tanto Enano como Humano de Erebor. Primero Sauron había dirigido a sus tropas a arrasar Esgaroth (La Ciudad del Lago), los Enanos no abandonaron a sus amigos del Lago y bajaron junto con los Hombres de Valle para ayudar en la Defensa de la Ciudad, parecía ser que Sauron había mandado un ejército enorme.
Pasaron los días y las tropas Enanas y los Hombres de Valle regresaron. Esgaroth había caído. Refugiados y más refugiados llegaban a la Montaña y a Valle para protegerse. Parecía ser que la hueste de Rhûn se dirigía ahora a arrasar Erebor y Valle. Nos organizamos durante dos días y preparamos defensas en Valle, teníamos la esperanza de poder mantenerlos a raya, porque parecía imposible ganar la Batalla, durante el tiempo que duró la espera, le conté a Dain las aventuras que tuve en el Norte y la Catástrofe de Moria, Dain lloró por la pérdida de Balin y de los demás Enanos.
Una mañana distingimos una marea de estandartes de ojos rojos y de Rhûn. El Enemigo había llegado.
Continuará...
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