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Demonio
Capítulo 1
Mmmmm ¿rescatarte?
Por Zeirkrad
 
Soy Valandil y era un demonio menor en el plano demoníaco. Un lugar donde el cielo es rojo, donde en vez de montañas hay volcanes, bosques muertos, ciudades subterráneas... Si fuera mortal me parecería un mundo horrible, supongo.

Mi piel es la piel de ébano de un elfo oscuro, con mis orejas puntiagudas, colmillos, cabello largo plateado y los ojos rojos.
Aquella tierra mortal se llamaba Almuranar y convivían allí muchas razas: humanos, elfos de la luz, elfos oscuros, enanos y orcos. Pueblos de la oscuridad y de la luz por lo que se ve. Yo sólo conocía la tierra de los elfos oscuros, que vivían en las Terras Oscuras junto con los orcos; sus esclavos.

Estaba en medio de un camino, desorientado y sin saber qué hacer. Estaba perdido en aquel horroroso mundo que no era mi sitio...
Si un demonio es desterrado al mundo mortal pierde casi todos sus poderes, recordé. Pasaban las horas y nadie pasaba... hasta que al final decidí a ponerme a caminar fuera donde fuera y en cualquier dirección.
Pasados unos kilómetros me encontré con una caravana, pero no sabía si era de comercio o militar. Así que me acerqué y ellos me vieron. No iban a caballo, pero el carruaje sí y eran lo que esperaba que fueran: elfos oscuros. Eran cuatro solo, más el conductor. Apuntaron sus ballestas hacia mi.

-¿Qué haces fuera de la ciudad plebeyo? -preguntó uno de los soldados y añadió-:¿Acaso no sabes que hay guerra y que no está permitido salir de la ciudad?
-No soy un plebeyo. Ni si quiera soy de los vuestros,y, no estaba al tanto de que estabais en guerra -dije a risotadas.
-Insolente... ¡Disparad, matádle!
Dispararon sus ballestas. Dos de las saetas fallaron y siguieron su camino, una se me clavó en el pecho y otra en el vientre. No paraba de reir, porque eso no me mataría. Que me hubieran arrebatado los poderes no significaba que me volviera mortal. Los elfos oscuros se quedaron sorprendidos y fui caminando hacia ellos riendo, cargaron otra vez las ballestas y todas erraron el tiro. Recordé que aún tenía a Ringëril, mi espada, la cual desenvainé. Al final me eché a correr hacia el primero de ellos que intento desenvainar su espada, pero no llegó a hacerlo. Le decapité. Uno de los soldados huyó, y le dejé irse. Quedaban dos y esta vez si les dio tiempo a desenvainar sus espadas. Uno iba armado con una espada y daga, era un idiota si creía que podría vencerme. Se avalanzó sobre mi, me quedé quieto pero no de terror y le dejé que clavara su daga en el pecho, junto a la flecha. Sonreí y con un rápido movimiento le clavé a Ringëril en los intestinos, donde el dolor es más insoportable. Otro soldado muerto y noté que algo más se hundía en mi interior, por la espalda. Era el otro que faltaba. De una patada en la cara me lo quité de encima, la espada se seguía clavada.
Mmmm, ¿cómo debería matar a éste?, pensé.
Corri hasta él y lo tire al suelo de un empujón, me avalanzé sobre el elfo para alimentarme con su sangre... Él grito, intentaba sacarme de encima suyo, pegaba y se agitaba pero no lograba nada...

Cuando acabé la sangre aun manchaba mis labios, vi que el cuerpo que aun seguía caliente tenía un odre de agua. Me agaché, lo cogí y me tiré el agua por toda la cara para limpiarme la sangre.

Ahora tenía que ver que contenía el carruaje, ya que llevaba encima un gran manto. Parecía ser una jaula.

-Ya es hora de ver qué contiene. - me dije.
Subí, quité el manto y me sorprendió lo que vi. No era una caravana de comercio o militar, era una caravana de sacrificio... y en la jaula había una elfa de la luz muy bella: rubia, ojos grises y almendrados, boca pequeña, nariz pequeña..
Sonreí, porque iba ligera de ropa.
-Vaya vaya ¿qué hace una elfa comó tú en este paraje?
-¡Callate! Maldito elfo oscuro...
-No soy un elfo oscuro. - dije muy serio.
La elfa vio los cuerpos de los elfos oscuros repartidos por el camino. Me miró fijamente y me preguntó: ¿Los has matado tú?
-Sí -respondí con una sonrisa que dejó ver mis colmillos
-¿Por qué?
-Ya te he dicho que yo no soy un elfo oscuro, ni siquiera soy mortal.
La chica se fijó en que una espada sobresalía por mi pecho, y que llevaba clavadas dos flechas en el cuerpo junto con una daga, se horrorizó y comprendió.
-Eres un demonio.
-Exactamente. ¿Quieres salir de aquí?
-Puedo salir sola.
La elfa murmuró algo en un idioma que conocía bastante bien, era el idioma que utilizan los hechizeros. Una onda expansiva me tiró al suelo e hizo que los barrotes de hierro se rompieran.
-Hechiceros... Bien, tengo una misión señora, -dije haciendo una reverencia- y es escoltarla hasta las tierras de los elfos de la luz.
-¿Tú? ¿Un demonio escoltándome?
-Sí. ¿Conoces a un mago que se llama Elendiar?
Se quedó muda al oir ese nombre. Pues era uno de los magos más poderosos y el cual era una de las razones por las que me desterraron los otros demonios
 
Zeirkrad
 
 
 

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