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Ûvatha El Jinete
Capítulo 2
Una mala decisión
Por Amlach
 
El día se apagaba poco a poco y la temperatura había descendido considerablemente, tanto que los soldados que se encontraban de vigilia habían tenido que cubrirse con sus capas hasta la cabeza. Uno de estos atravesaba el campamento a grandes pasos como si tuviera prisa por algo. Se detuvo frente a la tienda más grande, saludó a los dos guardias y accedió al interior. Allí, tres hombres conversaban amistosamente. En el centro y sobre un trono de madera tallado se hallaba el príncipe Kîonid, con cara de preocupación; a su derecha, su hermano Mîonid se encontraba tan feliz tumbado sobre una mullida cama comiendo fresas; y en el extremo izquierdo, Ûvatha jugaba con su cuchillo.
Al ver al recién llegado, los tres alzaron la cabeza y el muchacho se levantó para impedirle el paso, pero su padre le ordenó sentarse, pues se trataba de su consejero. Este le hizo una reverencia, se desabrochó la capa y habló con voz firme:
-El ejército del Rey de Khand Superior se encuentra a dos millas de aquí, cerca del río Noz Peka-informó el hombre al estresado príncipe-. Tenemos que acabar con esto de una vez, llevan años hostigándonos.
-Lo he pensado un sinfín de veces, Arden, y no si es buena idea-los otros tres se desanimaron al escuchar que su líder rehuiría de otra batalla-, pero ya va siendo hora de reclamar lo que nos pertenece. Prepara a los hombres.
El consejero se retiró haciendo una reverencia y echó una última mirada a Mîonid. El príncipe se levantó seguido de sus dos mejores hombres. A Ûvatha fue a quien se dirigió.
-Quiero que vayas hasta la capital y le digas al rey que si no retira a sus tropas del río estallará la guerra que tantos años lleva deseando y yo evitando.
-¡Puedo ir yo!-intervino Mîonid-. Es una tarea peligrosa.
-Te necesito aquí-resumió-. Además, Ûvatha es mejor jinete que tú.
-Padre, no te fallaré, pero ten por seguro que esa batalla estallará.
-Lo sé, hijo, lo sé, pero antes de morir quiero ser rey.

Ûvatha alcanzó la capital en unos dos días, pues su caballo estaba acostumbrado a los viajes largos y al peso del jinete que había llevado siempre. Los soldados le registraron a la entrada y dijo que se trataba de un emisario del príncipe Kîonid. Este le expuso al rey los problemas que les habían hecho acudir a él, a lo que este contestó:
-Poco me importa lo que el príncipe diga. No tengo miedo de sus rebeldes, a los que llama guardia de honor.
El joven se sintió un poco avergonzado al escuchar aquellas palabras, que su razón llevaban, pero aún así, era de su padre del que estaba hablando.
"Sé quién eres, pues se habló mucho de ti, y se seguirá haciendo si eres sensato. Serás bienvenido mi palacio cuando quieras y me reconocerás como tu líder y rey."
-Yo solo tengo un líder, el príncipe Kîonid-apuntó el muchacho-.
Varios hombres rieron y este, lleno de ira y con una rapidez impresionante, sacó una pequeña cuchilla de la manga y se la lanzó a uno de los guardias, que le atravesó el gaznate. Las risas cesaron al momento que los soldados desenfundaban sus espadas.
-¡Alto! Así lo ha querido. Habrá guerra.
-A la guerra, entonces-rió Ûvatha, quien con su estatura de 1'83 (alto para ser un variag) hizo que el rey se estremeciese por momentos en su trono.
-Eres muy arrogante, Ûvatha-insistió e rey-. Qué pena que no estés a mis órdenes, pues tu vida llegará a su fin muy pronto.
-Reza por la tuya y no seas tan rápido en determinar la de los demás.
Y así se retiró el joven de la corte del rey de Khand Superior, con la cabeza bien alta.
 
Amlach
 
 
 

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