Ir a Posada de Mantecona
 


La historia que contó Falas en la IX KDD de El Poney Pisador
Por Falas
 
Ocupaba la presidencia un Maia, un tal Akerbeltz de la Luna, decían.
Hacía un poco de fresco aquella noche de septiembre, y las hojas de los árboles eran de un color rojizo y anaranjado. Los parroquianos estaban sentados alrededor de una hoguera, bebiendo cerveza y comiendo unas inmensas salchichas ensartadas en palos.
Nedian mordisqueó delicadamente su bocado, que reventó al contacto con sus dientes, manchándose la barbilla con el jugo de pedazo de carne.
-Maldita sea, bazofia infecta-dijo
Tildoir, que estaba sentado junto a ella, soltó una carcajada y le ofreció un gigantesco y cochambroso pañuelo.
Pk_Lugia la miró y replicó:
-Seguro que mañana tendrás una ampolla-
Llum bostezó.
-Déjala en paz-le dijo.
-Oh, usted perdone, señorita-replicó Pk_Lugia en tono burlón.
Akerbeltz, consciente de su posición como presidente, bebió un poco de cerveza, se aclaró la garganta y dijo:
-Bien, ¿quién quiere empezar?
Todos los parroquianos miraron a Silon, el medioelfo.
-Me parece bien-, inquirió Akerbeltz.
Silon introdujo en su boca el último trozo de salchicha, lo masticó con deleite y apuró una jarra de cerveza. A continuación se puso en pie, hizo una reverencia y comenzó a hablar.

Rosita era la mejor cocinera de toda la ciudad. Las estrellas blancas en la puerta de su posada así lo certificaban. Era una gran chef y su nombre se oía por toda la Tierra Media. También era famosa por sus caldos de uva; los compraba a través de subastas a reputados e importantes coleccionistas de cepas de levaduras. Un barril de licor del color de los ojos del último balrog de la Historia, era el más preciado tesoro de su cocina.

-Perdona un momento-le interrumpió Ainur.
Silon lo miró con impaciencia: -¿Sí? -
-¿Es aquella historia en la que un huésped le pide un vaso de vino a Rosita para acompañar su cena, Rosita envió a Nob a la despensa, entonces llena una copa del licor ese tan extraño y el tipo al probarla comienza a transformarse en un espectro y entonces muere y entonces Rosita cierra la posada y el barril del brebaje desaparece y…?
Silon no contestó.
-Porque si es esa… continuó Ainur- ya la contaste hace años y claro…
Andreth intervino.
-Yo no conozco la historia, pero creo que debería ser algo nuevo ¿no?.
Todos intercambiaron miradas.
Elloith, levantó su pequeña y élfica mano inocente y dijo:

-Yo tengo una historia de tres hobbies que están en un mercado y a los que le roban el tabaco que iban a vender. Entonces denuncian el robo al alguacil y todos salen en busca del tabaco desaparecido. Aparecen hojas y restos de las plantas en el carromato de otro hobbit; y esa pista los conduce a la casa de una anciana que resultó ser una mujer eorlinga, que se enamora de uno de los hobbies y al besarlo lo convierte en un anciano y entonces todos huyen.

Está bien Elloith, dijo Akerbeltz. Cuenta tu historia.
Elloith se le quedó mirando fijamente, como un animalito asustado.
-Eso es lo que acabo de hacer- .
Pues claro-dijo sin dar tiempo a que los demás dijeran nada. ¿Empiezo mi historia, pues?
Un momento grandullón-dijo Alasse. El que preside la reunión no puede contar su relato hasta que todos los demás hayamos intervenido.
Ileanor, que estaba mezclando yerbas, azúcar y limón en el interior de una botella de ron, removiendo cuidadosamente con ayuda de una cuchara de madera, dijo:
-Déjale que cuente su historia. Eru sabe que no puede ser peor que la del licor del último balrog. ¿Quiénes están a favor?
Todos alzaron sus manos.
Aclarada la cuestión dijo Akerbeltz, ¿alguien quiere decir algo antes de comenzar mi historia?
-Esto…- titubeó Lalaith… Hay momentos… hay momentos en los que tengo la impresión de que hay alguien observándonos entre los árboles. Pero cuando me doy la vuelta no veo a nadie. Pero estoy convencida de que nos observan.
-Eso es porque estás un poco majareta- replicó Nenya
Todos rieron.
-¡Basta ya!-terció Akerbeltz. Se acomodó la capa, encendió su pipa e inició el relato.


Había una vez un niño hobbit que se sentía infeliz en su casa. No encajaba bien en su familia, ni en su colegio, ni en su pueblo. Tenía dos hermanos gemelos mayores, que se pasaban la vida ignorándole y chinchándole, tirándole de sus ensortijados cabellos del color de la paja. Los hermanos eran muy hábiles en el manejo de las espadas y se pasaban el día en duelos, luchando y fardando de sus habilidades para las peleas. Los hermanos lo habían llamado desde el primer instante de su nacimiento el Enano.
Al principio este mote le resultó gracioso a toda la familia; con el pasar de los años todo el mundo acabó llamándole así.
Sam, que así se llamaba en realidad el Enano, siempre fue un niño delgaducho y con aspecto pusilánime. Pronto corrió la voz en el colegio de su mote y hasta los maestros llegaron a quejarse y lamentarse de que cómo era posible que aquél pequeño ser no se pareciera en nada a sus hermanos.
Muy pronto, con apenas diez años, empezó a pensar en cómo escapar. Cuando por fin lo decidió, casi sin darse cuenta, tenía una bolsa de tela de rafia beige con todo preparado: una botella con agua, un poco de comida, un libro y unas monedas de plata que su abuelo le había dejado en herencia y que había conseguido esconder de sus hermanos.
Un sábado en el que sus hermanos se burlaron de él, como nunca antes lo habían hecho, decidió que le daban igual los orcos, Trolls y otras bestias y seres desconocidos que anduvieran por los bosques y caminos. No podían ser peor que sus hermanos.
Al día siguiente, cogió su bolsa y echó a andar por el sendero del oeste. Caminó y caminó hasta que le entró hambre. Mordisqueó un poco de cecina sentado bajo un árbol. Pensó que probablemente aún no se hubiesen dado cuenta de su ausencia.
Hacía calor y casi de una sola vez, terminó el agua que le quedaba. Entonces pensó que no había visto aún en todo el camino una fuente de la que poder rellenar su botella.
Reinició la marcha y siguió caminando. Un par de horas más tarde se sintió agotado y sin fuerzas. Se tumbó cerca de unas vallas que rodeaban un pastizal. Durmió hasta que los finos rayos de la luna le despertaron. Allí arriba, en luna que menguaba, imaginó que alguien lo observaba.
Entonces, escuchó una voz: -¿De dónde eres? -
Se incorporó y miró hacia el lugar de donde venía la voz.
-No te veo-respondió Sam.
Un niño, de su edad más o menos, salió de entre unos arbustos, al otro lado de la valla.
-Me he escapado de mi casa-continuó diciéndole.
-Vaya-le respondió el otro niño. Eso es algo muy valiente… Se necesitan muchas agallas para hacerlo.
Sam se sintió orgulloso.
-¿Quieres dar una vuelta? – le dijo el niño de la voz.
Ambos se dirigieron por el camino que rodeaba el pastizal y descendía hacia un valle moteado por pequeñas flores blancas, brillantes a la luz de la luna. Justo en medio del valle, se levantaba una vieja granja.
-¿Vive alguien allí?-preguntó Sam.
-No-dijo el otro niño. Hace mucho que nadie vive allí. Hubo gente hace años. Luego vinieron otros. Pero ya no.
Cuando hablaba parecía que todo su cuerpo temblaba. La piel era tan fina, blanca y azul, que todo él parecía de plata y hielo.
-¿Cómo te llamas?- le preguntó Sam
Bienamado- respondió el pequeño de plata y hielo.
-Es chulísimo tu nombre- añadió Sam.
-Antes tenía otro nombre. Pero hace tiempo que lo olvidé. Ya no puedo leerlo-.
Llegaron hasta una verja de hierro. La puerta estaba entreabierta y se colaron, saliendo a un prado. En el prado había muchas piedras de diferentes tamaños. Algunas eran tan grandes como los niños. Otras, más grandes aún.
Sam sabía perfectamente en dónde se encontraba, pero no tenía miedo.
¿Quiénes están aquí enterrados?-preguntó.
Todos son buena gente-le respondió Bienamado. Antes había un pueblo cerca, pero la guerra hizo que la gente lo abandonara. Las casas se acabaron cayendo de viejas. Ya sólo hay ruinas.
-¿Todas las casas eran como la granja?-Preguntó Sam abriendo mucho los ojos. Alguna vez podríamos ir a jugar a las ruinas.
-Sería genial-respondió Bienamado.
-¿Cuál de estas es la tuya Bienamado?
Bienamado cogió a Sam de la mano y lo llevó hasta un rincón del prado. La piedra era blanca, con algo de moho por las esquinas. Las fechas eran de hacia más de cien años y apenas se podían leer; y sobre los números se distinguían unas palabras: Bienamado hijo, siempre te recor…
Los niños atravesaron de nuevo la cancela de hierro. Se fueron directamente hasta las ruinas y estuvieron explorando durante un buen rato.
Sam le preguntó a Bienamado que si había más gente muerta, por qué no había nadie más allí con ellos. Bienamado le respondió que era porque casi siempre estaban durmiendo y que cuando alguno se despertaba, no les apetecía ir con él a explorar y hacer cosas.
Entonces, los dos se subieron a lo alto de un árbol.
Parecía que desde allí arriba se podía ver el mundo entero. Comenzaba a amanecer.
-Este ha sido el mejor día de mi vida-dijo Sam.
-Y de la mía-dijo Bienamado.
-¿Qué vas a hacer ahora Sam?
Sam se imaginó viajando por todo el mundo, haciéndose rico y fuerte. Y en cómo, al cabo de unos años, regresaría a su casa y todos le admirarían.
Sabía que todo aquello no podía ser. Era sólo eso. Un sueño.
-Tengo que irme a dormir-dijo Bienamado.
Bajaron del árbol, estrecharon las manos y se despidieron.
-¿Y si quisiera quedarme?-preguntó de repente Sam.
Bienamado se encogió de hombros. A lo lejos parecía que cantasen algunos pájaros. Ahora todo parecía de color gris.
-Yo no puedo ayudarte-le dijo. Quizás ellos sí.
El niño señaló con manita la granja en ruinas.
¿Hay alguien allí?-preguntó extrañado Sam.
Nunca dije que estuviese vacía-respondió Bienamado. Tengo que irme. Y se fue sin más.
Sam se quedó sólo en medio del cementerio. Recogió su bolsa que había dejado junto a la valla y mientras caminaba, miraba con curiosidad la granja del valle.
Entonces, echó a andar hacia la casa. Cuando llegó a la puerta, un pedazo de madera carcomida y desvencijada, se preguntó si era una buena idea entrar. Olía a humedad y a podredumbre y a otros olores que no sabía distinguir. Le pareció oír algo en el interior. Quizás del sótano. Quizás del desván. Alguien arrastrando los pies, o saltando.
Finalmente, se decidió a entrar.


Nadie dijo una sola palabra. Terminada su historia, Aker bebió un buen trago de cerveza y, a continuación, se sirvió otra jarra.
-¿Y qué pasó cuándo entró en la casa?-preguntó Peluchico, inquieto.
-Es mejor no pensar en ello-le respondió.
-¿Alguien más quiere intervenir? – preguntó el Maia.
Varios parroquianos levantaron sus manos. Y así pasaron el resto de la noche: bebiendo y contando historias, dejando que la hoguera se extinguiera hasta bien entrada la madrugada, hasta que se internaron en la oscuridad, llevándose todas las historias con ellos.

(Adaptación del relato La Presidencia de Octubre, de Neil Gaiman)
 
Falas
 
 
 

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