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Namárië (adios a una elfa)
Por Llumdelest
 
“No, no puede ser...”
La mujer espoleó de nuevo su caballo. Aún no podía creer lo que decía aquella carta. A penas tuvieron tiempo de avisarla, estando ella tan lejos de todos. Y, cuando al fin llegó la misiva, era demasiado tarde. ¿Porqué? ¿Porqué demonios no podían esperar a que ella volviera?
“El tiempo apremia” rezaba la carta. ¿Pero ni siquiera podrían retardar la partida unos días?
Se restregó el dorso de la mano por los ojos, a fin de quitar algo de humedad y poder ver por donde la llevaba su montura. Notaba cómo las lágrimas le resbalaban sinuosas por las mejillas a medida que el caballo avanzaba. Atrás habían quedado las montañas, y sus ojos seguían húmedos, el cuello de la camisa mojado por las lágrimas que seguían manando. Espoleó de nuevo a su negro corcel, pero de nada servía puesto que el animal ya corría cuanto podía. Las ramas de los árboles golpeaban su cara como látigos, pero ella hacía caso omiso, tratando de llegar cuanto antes a su lugar de destino.

Poco después, y con la cara y las manos llenos de arañazos, al fin llegó a la ciudad. Los habitantes se apartaban a su paso mientras cabalgaba velozmente hacia el puerto, increpándola y tildándola de maleducada. En cualquier otra ocasión, la mujer hubiese desmontado, pidiendo disculpas, mas sentía que no tenía tiempo.
El Sol continuaba su recorrido hacia mediodía en aquel caluroso día de verano. La mujer llegó al puerto, a aquel puerto que, en realidad, le estaba casi vedado. Arribó al embarcadero, haciendo temblar las tablas de madera bajo los cascos del caballo, buscando uno a uno el barco, sin saber cual debía encontrar.
Al fin, su montura se detuvo, exhausto. Por más que su amazona lo espoleara y le ordenase seguir, el animal no se sentía con fuerzas para obedecerle.
La mujer descendió de su lomo y lo agarró fuerte de los estribos. “Tenemos que seguir, ¿no lo entiendes?”. El caballo, respirando con fuerza, lo entendía perfectamente; pero no podía hacer más. Apoyó con delicadeza la frente sobre la de su amazona. Ella volvió a romper en llanto, abrazando cuanto sus cortas extremidades le permitían la cabeza del animal, como intentando así mitigar su dolor.
“Se ha ido... Se ha ido ya...”, murmuró, y las lágrimas saladas se mezclaron con la sangre de los cortes en sus labios.
 
Llumdelest
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 16-10-2013 Hora: 17:33
Me han venido a la mente tantos recuerdos bonitos de primeras entradas al IRC.
Namárië, otra vez.

Fecha: 08-03-2012 Hora: 21:22
gran relato idoneo para esas noches para esas noche lluviosas y tristes