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Lo Que Viví En La Tierra Media Y Las Hazañas De Los Nuevos Montaraces
Capítulo 5
Camino al Mercado
Por Hardo_V
 
Cuando vimos a Gandalf parado enfrente nuestro quedamos como congelados, su semblante nos provocaba miedo, y cuando vimos a nuestro padre acercándose, recién ahí, nos dimos cuenta de que habíamos hecho algo que no debíamos y habíamos defraudado su confianza. Él nos miró y nos dimos cuenta de que estaba muy enojado por habernos metido en los asuntos de nuestros mayores.
En ese mismo momento me vinieron a la mente las palabras que nos dijo Simdár:
''No sería conveniente que interrumpieran a sus mayores cuando están hablando de un tema muy delicado''. ''INTERRUMPIR A SUS MAYORES, NO DEBEN HACERLO JAMÁS''.
Obviamente, hicimos algo que no debíamos, pero ahora me pregunto si lo que hicimos estuvo bien. Creo que el haber escuchado ese pequeño diálogo nos preparó para todo lo que vendría, para todo lo que nos ocurriría a los tres, o, al menos, a Lessa y a mí. Pero sería mejor no adelantar nada, puesto que terminaría creando una gran confusión.

Lo cierto era que los dos hombres que estaban parados adelante nuestro no parecían estar muy contentos con nuestro fisgoneo, aunque siempre dudé sobre lo que pensaba Incánus en ese momento. Recuerdo que mi padre nos miró a los tres de arriba a abajo y luego dijo:
-¡No puedo creer que nos hayan estado espiando! ¡¿Los guardias no les dijeron que se quedaran afuera, que estábamos hablando de algo muy importante?! ¡¿Tienen idea de lo que podría estar pasando si alguien más se hubiera escabullido hasta este lugar?!
-Padre, no nos ha seguido nadie, nos fijamos bien antes de entrar al palacio -replicó Lessa.
-¿Acaso pensaste que por ser el mayor y el heredero tendrías derecho a entrar a hurtadillas, haciendo que tus dos hermanos te sigan, cuendo no tienen la edad suficiente siquiera para salir a cazar por sí mismos? ¿Qué tengo que pensar sobre tu actitud, que eres un rebelde, un pequeño conspirador, o un fanfarrón? -mientras mi padre decía esto, veía que Nendor miraba el suelo con una extraña mirada, mezcla de pena y de satisfacción, y mi hermano miraba a mi padre fijamente a los ojos, aunque los suyos estaban vidriosos. Pero fue en ese momento cuando Gandalf dijo:
-No seas tan severo con tu hijo, Falastur hijo de Ramdlas. Es cierto que tu hijo hizo algo que no debía y trajo a sus hermanos con él, pero también es cierto que no lo hizo con maldad. Es más, algo me dice que, a pesar de su inexperiencia, tu hijo se siente desesperado por ayudarte, ¿no es así, Lessa hijo de Falastur?
Mi hermano miró al mago con un semblante nuevo, volviendo a mostrarse orgulloso como cuando habló con el guardia, y le respondió:
-Sí.
-Entonces -dijo Gandalf dirigiéndose a mi padre-, no creo que sea necesario darle a tu hijo un terrible castigo, ni a sus hermanos reprenderlos, puesto que lo siguieron por el simple hecho de que sienten un profundo amor por su hermano mayor -esta última frase la dijo mirándonos a Nendor y a mí.
-Entonces -dijo nuestro padre-, ¿qué deberíamos hacer con ellos?
-Nada, sólo sacarlos del palacio y obligarlos a que no vuelvan, porque, de lo contrario, se perjudicarán a ellos mismos.
-Está bien -volvió a decir el gobernador-, ustedes no volverán al palacio, mientras el señor Incánus esté alojado aquí, y si me hacen enojar, voy a asignarles una pequeña escolta para que no puedan entrar al palacio, ¿entendido?
Ese ''¿ENTENDIDO?'' nos perforó los oídos a los tres como si unos elfos nos hubieran lanzado unas de esas poderosas flechas élficas, pero contestamos sin balbucear:
-Entendido.

Después de salir de la Casa del Gobernador, caminamos hasta el valle cercano en donde se encuentra el pueblo, pero sin dejar que los guardias del palacio nos miraran. Al llegar al sector comercial de la pequeña urbe, nos encontramos con el carnicero Mliza, que nos reconoció y nos llamó.
Para que sepan, Mliza era viudo y tenía tres hijas, Moraime de trece años, Mashda de ocho años y Memda de apenas cuatro años, creo que les es facíl suponer lo que quería. Aunque Mliza no era un mal hombre (o eso creíamos), era grosero, fanfarrón, un poco lujurioso, algo sucio y hacían falta dos hombres corpulentos para poder rodearlo en un gran abrazo. Todo esto disgustaba a mi madre, pero a mi padre no, ya que, según él, vendía las mejores carnes de toda la provincia, aunque a nosotros tres nos daba asco su larga barba toda enmarañada y siempre llena de un olor desagradable. A pesar de esto, todos en el lugar decían que sus tres hijas eran lo único bueno y hermoso que ese hombre podría llegar a poseer.
-¡Niños! -nos dijo el obeso carnicero- ¿No tienen ganas de probar mi nueva creación? ¡Es un estofado hecho con la carne de los mûmakil del lejano Sur! -esto último lo dijo tan fuerte que todas las personas en el gran mercado lo escucharon y mis hermanos se sintieron un poco avergonzados, pero a mí me costaba contener la risa, aunque al mirar el estofado me callé de repente.
-No -respondimos los tres a coro. Yo tenía serias dudas de que eso de color marrón que flotaba en el caldero fuera carne de mûmakil, creía que era algo verdaderamente desagradable.
-Entonces -nos dijo ese gordo asqueroso y repulsivo-, déjenme presentarles a mis hijas: Mor... ¿Dónde están esas pequeñas enanas? ¡¡¡HIJAS, VENGAN ACÁ!!! -dijo Mliza con un acento, sin dudas, muy autoritario.
Las hijas salieron de un lugar que no alcancé a ver, pero logré notar que no podían soportar a su obeso padre, hasta creí que, al igual que nosotros, le tenían asco.
-Ahora sí -dijo el gordo y nos las presentó-, Moraime la mayor, Mashda la hermosa niña del medio y Memda la pequeñita niña de delantal azul. Niñas, estos son sus nuevos amiguitos: Lessa el más grande, Nendor el otro joven y el chiquitín de mirada curiosa se llama Hardo y son los hijos del gran señor Falastur y la hermosa dama Lesta.
Nosotros tres las vimos impresionados (o mejor dicho mis hermanos, yo sólo las miraba con mi gran curiosidad). Eran en verdad muy hermosas niñas: tenían largos cabellos negros, sus pieles eran morenas y muy hermosas al igual que sus ojos, pero estaban sucias y atareadas y pensé que las que hacían aquellas comidas eran ellas y que el padre sólo las vendía, y a partir de ese momento lo odié.
-Bueno niñas -dijo Mliza-, se han ganado su merecido descanso, pueden ir a jugar con sus nuevos amiguitos, hasta la laguna si quieren, pero recuerden que deben tratarlos bien en todo momento -dijo ocultando una evidente amenaza hacia sus hijas.
Las tres niñas, apenas oyeron estas palabras se despojaron de sus sucios delantales y salieron corriendo hacia nosotros.

Fuimos los seis directamente al lago y las niñas nos pidieron que nos alejáramos, porque querían lavarse un poco. Nosotros nos alejamos unas cien yardas y las esperamos tranquilos, recordándo lo que nos dijo nuestro padre y preguntándonos qué estaría hablando en estos momentos con Gandalf.
En ese momento, apareciron las pequeñas mujercitas y paseamos toda la tarde juntos, aunque sólo Memda y yo logramos pasarla bien, porque además de ser los más jóvenes, éramos los más traviesos y sociables, Mashda no se atrevía a hablar con nadie que no fueran sus hermanas y, en algunas ocasiones, conmigo; Nendor permanecía indiferente casi todo el tiempo; pero Moraime y Lessa empezaron llevándose mal desde el principio debido a que a Moraime se le había caído un pendiente al suelo, los dos se inclinaron para levantarlo y chocaron sus cabezas, lo que provocaron las carcajadas de nosotros cuatro, cuando Lessa se levantó y se inclinó para ayudar a Moraime a levantarse, dió un paso en falso y los dos terminaron cayendo en el lodo que había quedado de la lluvia del día anterior lo que hizo que nos riéramos aún más, y luego de otras tonterías que les ocurrió a lo largo de la tarde se ganaron una enemistad que les duraría unos cuantos años.

Cuando estaba oscureciendo, nuestros padres mandaron a unos escoltas para que nos pasaran a buscar, les pedimos a los hombres que nos acompañen a llevar a las niñas a su casa, aunque sospecho que Lessa no soportaba a Moraime y le hubiera encantado dejársela a algún orco o trasgo y estoy seguro de que lo mismo pensaba Moraime. Después de dejarlas en su casa con su asqueroso padre, fuimos a la nuestra y en la cena les conté a nuestros padres y a Gandalf, que se iba a quedar sólo por esa noche, todo lo sucedido aquella tarde, mientras mis tres interlocutores se reían, yo estaba perfectamente seguro de que mis hermanos querían cortarme la lengua.

Pasó un largo tiempo y nosotros tres tuvimos que entrenarnos más y más, pero sólo en la provincia, porque nuestros padres decían que eran tiempos muy difíciles para viajar por reinos lejanos como habían hecho nuestros antepasados. Pero fue entonces cuando el momento de partir le llegó a Lessa...








CONTINUARÁ...
 
Hardo_V
 
 
 

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