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La Pequeña Comarca
Capítulo 3
Por Agdrai
 
No nos detuvimos en toda la noche, pues aunque los habíamos perdido, queríamos alejarnos de ese bosque lo más rápidamente posible, un bosque en el que antaño habríamos podido ver algún elfo y que ahora estaba ocupado por horribles orcos.
Salimos del bosque al amanecer y la preciosa visión que contemplaron nuestros ojos nos lleno de gozo a la vez que nos desanimó completamente, pues advertimos que esa maravilla era obra de los humanos. El camino descendía y desde nuestra elevada posición avistamos unos inmensos campos verdes iluminados por los rojizos rayos del sol que acababa de asomar tras las montañas. Allí había campos de cebada, árboles teñidos con los múltiples colores que les otorgaban sus frutos, granjas y casas con preciosos jardines. En ese momento deseamos que fuera ese nuestro hogar, mas al instante advertimos que allí nunca encontraríamos un lugar tranquilo donde no ser molestados, pues aquel era el hogar de la Gente Grande. Pero también comprendimos que si eran capaces de hacer eso, no toda la Gente Grande debía ser peligrosa, hacía falta un gran corazón para cultivar tan bellos parajes, aunque no íbamos a arriesgarnos a comprobarlo.
Todo lo que alcanzaban a ver nuestros ojos eran esos enormes campos y a los humanos que, a esa hora, empezaban sus trabajos diarios. También podíamos ver un castillo y las casas de los humanos, todo rodeado de unas grandes murallas que los protegían. Según la costumbre de los humanos en el castillo vive un Rey dueño y señor de todas esas tierras que sus sirvientes cultivan para él.

Nunca he entendido como, teniendo tantas tierras a su disposición, el Rey puede estar tranquilamente en su castillo, dejando que otros disfruten del placer de cuidar esos magníficos campos. Siempre me he preguntado para qué quiere tantos, si ni siquiera disfruta de uno de ellos.

Nuestro viaje a partir de ahora iba a ser más difícil y peligroso, pues no podíamos seguir por el camino principal sin ser vistos, así que decidimos cruzar los campos esquivando a los humanos. No iba a ser fácil pues no podíamos escondernos en todos los campos que allí había, sólo los más altos podían cobijarnos.
Descendimos sigilosamente por el borde del camino, a esa hora aún no había mucha luz y los hombres todavía no habían llegado a los campos. Por fin llegamos hasta un campo de cebada y nos escondimos en él. De repente oímos los inconfundibles cascos de los caballos de la Gente Grande, pero esta vez era diferente, era mucho el ruido que percibimos. Desde nuestra posición pudimos observar como unos cincuenta hombres cabalgaban en dirección al bosque. Se detuvieron bastante cerca de nosotros para hablar con unos granjeros. Por lo que oímos, se dirigían hacia el bosque para eliminar a los orcos, pues estos asaltaban las granjas cercanas.
Recorrimos un gran trecho por el campo pero finalmente este se terminó, teníamos que llegar hasta el siguiente sin que nos vieran y era un gran trecho el que nos separaba de él. Asomamos la cabeza y vimos a dos hombres que avanzaban en nuestra dirección, además en el campo de cebada también oíamos voces cada vez más cercanas, teníamos que salir de allí y no podíamos volver atrás ya que por las voces no sabíamos exactamente dónde se encontraban los hombres y tampoco podíamos hacerlo hacia delante hasta que los hombres que se acercaban nos dejaran atrás y nos dieran la espalda, sólo cabía esperar a que fueran estos los primeros en llegar hasta allí y no los que se encontraban en el campo de cebada. El miedo se adueñó de nosotros y el sudor empapó nuestros cuerpos, de repente oímos pasos a nuestra espalda. Un humano estaba en la hilera de al lado, a escasos metros de nosotros, por suerte no nos vio y siguió su camino, un instante después los hombres que se acercaban también nos dejaron atrás y cruzamos ese campo sigilosamente. Todo había pasado, aunque sólo por el momento, aún nos quedaban muchos otros campos por cruzar. Pasamos los días siguientes del mismo modo, mientras que las noches las pasábamos durmiendo en campos de cebada o bajo los árboles, comiendo de sus sabrosos frutos y fumando de nuestras pipas tras cada comida, procurando esconder bien los restos para no delatar nuestra presencia.
Una noche, la tercera que pasábamos en esos campos, tras sentarnos a cenar bajo un naranjo, Frede se puso a juguetear con la maleza, y al rato se detuvo, había encontrado algo.
–Mirad que he encontrado –dijo–. Es una moneda y el ella hay grabada la cara de un humano.
–Ese debe ser el Rey qué vive en el castillo que vimos hace tres días –le contestó Rony.
–Sí que debe ser él –añadió Frede–, pues en la otra cara de la moneda esta grabado ese castillo.
La observamos un momento y finalmente Frede la guardó sin darle mucha más importancia. Aunque él no lo sabía, esa noche se había decidido el destino de nuestro viaje.

Continuará...
 
Agdrai
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 29-12-2003 Hora: 15:08
Con esta tercera parte me has hecho tragar la crítica que te hice de la segunda. Si te acuerdas, te dije que faltaba algo de descripción y detalle en el momento en que son capturados los hobbits. Aquí veo que has logrado precisar y detallar la tensión del momento en que casi son vistos por los humanos. ¡Un logro vaya! No cualquiera puede mantener la tensión como tú has hecho. Te repito lo de las faltas (un mal menor, no te preocupes que seguro que en este comentario hay unas cuantas)y quizá no iría mal hacer los parágrafos más cortos. No te tomes a mal estos comentarios, me sigue gustando mucho, prueba de ello es que continúo leyéndolo.

Fecha: 29-11-2003 Hora: 16:37
el ritmo de la narración se ha vuelto algo precipitado, y eso no está beneficiando la historia. Si hay cosas que no quieres narrar porque no interesan, no las narres mal. Es decir, veo como que quieres avanzar, pero no eliges bien qué contar y qué no. Y queda todo como sin definir.