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Aerandir
(Huésped de la Posada
)
Raza: Elfo Noldo
Procedencia: Tarragona
Edad: 30 años

       
Aspecto: Aplomo, nobleza y actitud perseverante, contrastan con el perfil liviano de una faz nívea, ojos oscuros y penetrantes capaces de predecir los temores, las desazones y los afanes de otros seres. Una larga cabellera dorada oculta mis finas y aguzadas orejas siempre alerta.

Historia: Bajo la celestial luz de Varda, la Señora de las Estrellas, vimos por vez primera la llama de la vida que nos había conferido Eru . Allí, desde la ignota tierra de Cuiviénen, emprendimos un arduo camino hacia el destino que se nos había otorgado. Durante nuestro viaje hacia las Tierras Imperecederas, los Vanyar y los Noldor alcanzamos el Belegaer, el Mar del Oeste, y Ulmo, Señor de las Aguas, vino a nuestro encuentro y nos puso sobre una isla que, como una inmensa nave, nos llevó por el océano hasta Eldamar, lugar que los Valar tenían dispuesto para nosotros. Mi familia y yo fuimos los primeros habitantes de la dorada ciudad de Tirion, quizás la más hermosa del mundo conocido.
En la época de Fëanor, cuyos Silmarils fueron robados por Melkor, y al que el príncipe elfo juró venganza, cruzamos el mar sobre los navíos robados a los Téleri, nuestros hermanos navegantes, y llegamos a la tierra de Beleriand.
Largos años recorrí el País de los Elfos, vagando por yermas llanuras, vadeando amplios ríos, encumbrando prominentes cimas nevadas, hasta que finalmente mis pasos me llevaron a un tupido y fantástico bosque; Nimbrethil, situado en la tierra de Arvernien. Mis ojos restaron absortos ante tan bello paraje. Los abedules, cuyas verdes flores se columpiaban en las diminutas hojas triangulares de los majestuosos árboles, integraban la mayor parte del boscaje, y la húmeda superficie alumbrada por los escasos rayos de sol que se filtraban entre las copas de la espesura, concedía al bosque un remoto encanto místico.
Bajo el amparo sobrenatural de esos abedules permanecí muchas primaveras. Escasos eran los habitantes del bosque, si bien logré hallar una aldea oculta a senda alguna, donde moraban Elfos Grises, que rehusaron iniciar el viaje hacia Valinor y permanecieron en Beleriand. Sus hogares se encontraban dentro de las cuevas de Mithrengath, las Cavernas Grises.
Conviví numerosos años en ese poblado vinculándome a sus vidas y aprendiendo sus artes. Los más ancianos y a su vez los más sabios perpetuaban los recuerdos del viaje que les llevó hasta Beleriand y me hablaron de las costumbres y las viejas tradiciones de los Sindar. Mucho me cultivé en los conocimientos que ellos me transmitían. Además, logré adaptarme con gran premura a la caza de bestias, y mis sentidos se vieron agudizados ante tales condiciones.
En esa aldea había una joven elfa llamada Ilwanel. Era la criatura más bella que mis ojos habían contemplado jamás. A menudo, en mis paseos matutinos, la veía andar junto al calmoso arroyo mientras cantaba con tierna voz y jugueteaba con los animales subyugados por su dulzura. La apacible brisa revolvía su negra cabellera, y su cándida faz relucía con el fulgor de la límpida agua.
Cada día le cantaba bajo la luz de la luna baladas llenas de pasión, y ella escuchaba embelesada por el hechizo de mis hermosos versos.
Mi amor hacia Ilwanel pronto se vio correspondido, y ante los excelsos ojos de Ilúvatar nos casamos. Tuvimos dos hijos; un elfo al que pusimos por nombre Andahel, de dorada melena y recio temperamento, y una elfa, Eleanor, hermosa, de piel blanquecina y perspicaz naturaleza.
Transcurrían tiempos felices en Nimbrethil. Los habitantes de la espesura vivían ajenos a las guerras que asolaban el norte de Beleriand, aunque sobre ellos se cernía una sombra de inquietud cuando se nombraba el Señor Oscuro.
Pero la codicia y el despecho de los Hijos de Fëanor, cuyo juramento les exigía recuperar los Silmarils creados por su padre, les llevó a arrasar las tierras de Círdan, el Carpintero de barcos, que comprendían desde Brithombar hasta los Puertos del Sirion. Todo quedó devastado por los hermanos Noldor. Incluso nuestra aldea, oculta a su visión desde cualquier sendero, fue descubierta y destruida. Mucha gente murió en manos de los desalmados guerreros, y mi mujer y mi hija perecieron trágicamente ante mis ojos. Poco pudimos hacer los sobrevivientes sino huir del poblado.
Nos dirigimos hacia el norte, sin rumbo alguno, y errando por las llanuras de Beleriand durante días y días, mi hijo y yo pudimos avistar las vastas estepas calcinadas y asoladas por el fuego del horror. Los bosques habían sido arrasados y donde anteriormente cohabitaban elfos y animales, ahora prevalecía la destrucción. Muchos cadáveres yacían en el suelo desfigurados y mutilados. Entonces maldije a los miserables hijos de Fëanor y deseé su muerte, tan horrible como la que padecieron Ilwanel y Eleanor. Pero también injurié a Morgoth, el Señor Oscuro, por sembrar la muerte y el terror en los Reinos de Beleriand.
Nuestros pasos nos llevaron hacia el bosque de Taur-en-Faroth, situado al norte de la inmensa planicie de Andram. Desde ahí se podían distinguir las ruinas de Nargothrond, saqueada y destrozada años atrás por las huestes de Morgoth y el temible dragón Glaurung. Permanecimos largos años en la tierra al oeste del río Narog, cazando las escasas bestias que lograron sobrevivir a las acometidas de Melkor.
Muchos eran los elfos que por aquel tiempo abandonaron Beleriand, cansados de tanto dolor y sufrimiento. Fue entonces cuando se propagó la nueva por todos los territorios devastados: los Valar acudían en auxilio de los pueblos de Beleriand, partiendo desde Aman, para librar la última batalla contra el poder negro de Morgoth. Y no llegarían solos, los Noldor que aún se hallaban en Valinor marchaban bajo el estandarte de Finarfin, hijo de Finwë.
Los últimos reductos de elfos y hombres que subsistían en Beleriand se unieron en un mismo ejército, esperanzados por la llegada de la Hueste de Occidente, acaudillada por el Maia Eonwë, Heraldo de Manwë.
Y sin demora comenzó la guerra. El ejército de Valinor acometió bravamente contra las hordas de Melkor, surgidas de los profundos fosos de Angband. Nuestro ejército se unió a la embestida de los Valar y con colérico valor diezmamos las defensas enemigas haciendo pasar a Balrogs, Trolls y legiones enteras de Orcos, a través del filo vengador de nuestras espadas. La fina hoja de mi arma perforaba las corazas del adversario con ira, rebanando cuellos y esgrimiendo los vertiginosos movimientos que, implacables, cuarteaban brazos y piernas de los contrarios sin compasión alguna. No obstante cuando la victoria se erguía al alcance de nuestra mano y se perfilaba la batalla ganada, aparecieron los temibles dragones de Morgoth bajo el negro y tormentoso cielo, que conducidos por Ancalagon el Negro, asestaron un duro golpe a nuestras tropas, viéndose obligadas a retroceder ante el brutal embate recibido. Mi hijo Andahel falleció luchando con heroica valentía frente al colosal monstruo Ancalagon. Pero por la gracia de Ilúvatar, llegó Eärendil brillando como una gloriosa llama blanca, y amparado por las majestuosas águilas de las altas cumbres, derrotaron a los feroces dragones de Morgoth.
De esta manera terminó el terrible poder de Angband , y asimismo, el reino maldito de Melkor fue reducido a la nada.

Habilidades: Poseo una asombrosa maestría en el manejo de la espada larga; maté a un descomunal Balrog, así como decenas de Orcos y un pestilente Troll en la Guerra de la Cólera. Empleo hábilmente el arco: mis ojos son capaces de avistar el adversario en lontananza, fijando el blanco deseado. Y las dagas las controlo con facilidad, aunque reconozco no ser el más diestro en estas armas. Casi como el viento, mis zancadas largas y rápidas me permiten correr a gran velocidad: muy joven, vencí la gran competición atlética de Tirion.

Armas: Poseo un arco élfico elaborado con madera elástica de los vigorosos abedules de Nimbrethil, y en el carcaj transporto veinte punzantes flechas, adornadas con detalles élficos. Ostento una envidiable espada larga perfectamente afilada, forjada en las mejores fraguas de Tirion, embellecida con fantásticos relieves de oro y diamantes ensamblados en la empuñadura . Dispongo también de una daga, de puño dorado y filo plateado, templada por los artesanos Noldo.

 
 
Última modificación de Ficha: Día: 05-08-2005 Hora: 01:11
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