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Ancanar
(Huésped de la Posada
)
Raza: Elfo Teler
Procedencia: Otro País
Edad: 33 años

       
Aspecto: Complexión ligera y grácil, de gran altura y equilibrados músculos, otorgando un porte recio.
Rostro alargado y sereno, cabellos de un color rojizo, ojos inexpresivos de un ambarino intenso y rasgos cuidados.
Pero la apariencia no es más que un accidente, el aspecto fluye de la esencia interior, donde radica la voluntad y el yo.

Historia: Se dice que en aquella estrellada noche, imbuida por los marinos aromas procedentes del Belegaer, el pulso del hábil herrero de las forjas de Mithlond cedió ante las emociones, algo impensable para alguien tan preciso y aplicado en sus obras como Elethil. Pero esta reacción estaba más que justificada, puesto que Serindë, su amada esposa, estaba dando a luz a su primer, y probablemente, único hijo, pues entre los Primeros Nacidos escasa era la descendencia, a pesar de las incontables centurias que juntos vivían. Bajo el místico amparo de la Dadora de Estrellas y el Señor de los Mares, y con la inestimable ayuda de las comadronas grises, tras un largo esfuerzo, la concepción de un nuevo hijo de Ilúvatar inundó de sosegada alegría los corazones de los allí reunidos. No obstante, la nueva vida que se encontraba ante ellos irradiaba una poderosa luz, como si en los fuegos elementales de la fragua de Aulë hubiera sido forjada, mas esto no fue más que una ilusión, ya que este resplandor se debía a los brillantes cabellos de color rojo intenso que apenas cubrían el cráneo de la criatura; Elethil, turbado al principio ante la visión, no tuvo ninguna duda al observar la hoguera que eran sus cabellos: su nombre era Ancanar.

El aprendizaje al que se vio sometido en su juventud estuvo claramente vinculado hacia la profesión de su padre, a pesar de que se hallaba en el mayor centro portuario de toda Arda, y los Teleri eran célebres por su artesanía con la madera, pues eran capaces de construir los más hermosos, y a su vez, más prácticos buques que surcaban los azules bucles de los grandes mares. Y a medida que adquiría conocimientos en la forja, su espíritu y su poderoso físico maduraban a golpe de martillo, aunque nunca pudo equipararse a la imperante seriedad de su maestro y padre, que pocas veces mostraba aflicción alguna y sólo se expresaba con pasión en su oficio. Pero Ancanar no podía evitar mostrarse melancólico, ya que también conoció las grandes canciones que su pueblo había compuesto, y que narraban las penurias y desventuras sufridas por el pueblo de Elwë, y que describían la maravillosa Alqualondë, y la no menos espléndida Eldamar, con sus perladas costas y sus palacios de blancas torres. Largos eran los días, las noches, los atardeceres, en los que fijaba su vista en el Océano, ansiando poder observar semejantes maravillas, y huir de esa tierra, que aunque espléndida y gloriosa, pues la visión de los Puertos Grises de Lindon podía pertenecer al mayor de los sueños, tantos males le había propiciado a su pueblo.

Sin ni tan siquiera tiempo para que su alma se hundiera en la depresiva sensación de encontrarse en un terrible exilio, la creciente oscuridad, jamás experimentada por Ancanar, le envolvió totalmente en un vórtice de horror y desesperación, que le hizo sentir todavía más desdichado. La caótica tormenta había estallado en el Este, y su señor en el Golfo de Lhûn, Círdan, “El Carpintero de Barcos”, había alzado los pendones de los Teleri, para unirse a la causa del Rey Supremo de los Noldor, “la Estrella Radiante”, Gil-galad. Fue este acontecimiento el que provocó que la vida de Ancanar se tornara como una gigantesca rueda que giraba sin cesar en un horizonte vacío, sin rumbo, sin destino, sin saber como responder, sin explicación ni comprensión: sentía miedo.
Mas, al ver el desconsuelo de su todavía joven hijo, Elethil intentó convencerle para que aguardara en las Falas junto a su madre, lo cual fue rechazado inmediatamente, pues a pesar de su inmadurez, estaba dispuesto a luchar.

Y fue así como las huestes de los Primeros Nacidos se reunieron en Imladris, con sus brillantes armas y armaduras, sus armoniosamente tejidos estandartes y su música, más que una música, un prolongado lamento del dolor más punzante. Todo ello, todo este ritual y preparación, la reunión de las etéreas tropas y el sentimiento de honorabilidad y gloria que irradiaban sus capitanes, grandes héroes de los que sólo había oído hablar en las leyendas y en las canciones, descendientes de los linajes más célebres de Aman y Arda, hicieron que Ancanar, a pesar de sus reticencias previas, ansiara entrar en combate, y morir, si era necesario, para que se siguieran cantando y narrando las grandes hazañas de su pueblo. A lo largo del viaje que llevaría a las brillantes tropas a su funesto destino, Ancanar pudo apreciar la majestuosidad de algunas de las zonas que atravesaban, que sólo había podido llegar a imaginarse como pequeños esbozos de lo que se encontraría más allá del Gran Mar: la original y virgen blancura de las Montañas Nubladas, la frondosidad y antigüedad de los grandes bosques de Fangorn y Lorien, las estancias subterráneas de los magníficos y admirados, por su padre, herreros Enanos, y sobre todo, la gran diversidad de pueblos y gentes que observaban maravillados el ágil y presto caminar del pueblo de las estrellas.

Pero al llegar a la yerma llanura donde se iba a desarrollar la terrible batalla, y a pesar de que contaran con la valiosa alianza de los Segundos Nacidos, cuyo monarca era el “Amigo de los Elfos”, Elendil, se encontró un panorama tan oscuro y desolador, un ambiente tan opresivo y asfixiante, que sintió como si le arrancaran el corazón del pecho y lo aplastaran en un gran puño de negro hierro. Pues helo allí al Enemigo, cuya sombra cubría todo el campo de batalla, y sus grotescos y frenéticos gritos procedentes de negras gargantas, infundieron pavor en esta última alianza sin precedentes.
A partir de este momento, las vicisitudes de la batalla se aceleraron, pero la rueda del destino parecía que se ralentizaba, pues todo estaba sumido en una sangrienta y espantosa pesadilla, donde precisos golpes de metal y blancos virotes surcaban los cielos en una especie de danza espectral, que chocaba contra la brutal negrura de hediondas armas y venenosos humores que emanaban las huestes enemigas. En un momento dado, Ancanar, que más que luchar era un mero espectador que observaba atónito el horror incapaz de mover un solo músculo de su grácil anatomía, recibió un violento golpe en un lado de la cabeza, de improviso, que le provocó un rojo estallido entre el fuego de sus cabellos… y se precipitó en la ominosa muerte.

Cuando esperaba el juicio de Mandos para yacer en paz en Aman, un haz de luz se proyectó en su rostro, y pensó que su moribundo cuerpo había levitado mediante la providencia hasta la hermosa Tol – Eressëa, mas lo que se encontró, al abrir los ojos, fue mucho mejor que la belleza y la perfección de los pináculos de “La Isla Solitaria”: era el rostro de su padre. Pero este rostro no reflejaba satisfacción, ni gloria, ni victoria, sino preocupación, desconsuelo, tristeza… y pensó que había despertado de la muerte para encontrarse con algo que no podía concebir, con una Nada que pronto los corroería a todos, y que haría que las hazañas de su pueblo fueran olvidadas para siempre, junto con sus canciones. No obstante, la batalla se había decantado a su favor, el Enemigo había sido aplastado, y ahora tenían que regresar a casa… a su verdadero hogar. Ancanar sintió cierto alivio, pero enseguida comprendió que aunque fuera el verdadero hogar de su pueblo, él había habitado siempre en la Tierra Media, según la llamaban los Hombres, y no quería partir de ella con la única visión de la masacre acaecida en la Llanura de Dagorlad. Sintió pues la necesidad de aprender, de conocer, de observar, de cantar, de protagonizar sus propias hazañas, de vencer el miedo en la medida de lo posible, de valerse por si mismo sin atención alguna, de amar la pasión y ver más allá de la perfección y la belleza… al fin y al cabo, sintió que necesitaba vivir, y no someterse a la bendición del Oeste.

Por todo ello, sus ambarinos ojos se llenaron de lágrimas, y un furibundo fulgor se encendió en su rostro, y en un arrebato de pasión, de la que había adolecido todo este tiempo, le dio las fuerzas necesarias para darle la espalda a su padre, a su pueblo, a la inmortalidad de las Tierras Imperecederas, y se adentró en la oscuridad con paso firme, más allá de sus temores, había llegado el momento de mostrarse valiente…

Un último rumor llegó a sus oídos de forma casual, cuando se creía aislado de todo ser viviente sumido como estaba en sus propios pensamientos, era la canción de los Teleri que flotaba en el ambiente, y que provocó el llanto de los cielos, el rugido en las entrañas de la tierra, y el estremecimiento de toda forma viva que habitaba en Arda…

… y todavía golpea en sus sienes, como si aun se hallara en la forja en la que antaño había aprendido el arte de su padre, una frase que no podrá olvidar hasta el día en que parta de Arda, su verdadero hogar: Á enyalië ni, autuve i lóme eldalien...

Habilidades: Diestro en el Arte de la forja, y en la talla de objetos de madera. Conocedor de muchas de las canciones de su pueblo, y buen intérprete de éstas, acompañando la representación con el tañer de su arpa (tallada por el mismo).

Armas: Simplemente una espada ancha de borang (acero), con dorados motivos grabados en la empuñadura, que ni siquiera ha llegado a blandir. La principal arma es la palabra, y el miedo hiere más que las espadas.

 
 
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HdlTM le informa que las Fichas de esta Posada deben seguir una serie de criterios, de modo que estén de acuerdo con la temática y orientación de la misma, así como con los escritos que J.R.R Tolkien nos dejó. Por tanto, hemos de indicarle que su Ficha contiene los siguientes errores:

Rogamos repare las incongruencias detectadas en su ficha lo antes posible y nos lo comunique para reactivar su ficha. Gracias

Atentamente, Hermandad de la Tierra Media

La Ficha más valorada:
Nessornë
Nessornë
 
 
 

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Panel de Mensajes

Ancanar tiene 20 mensajes

De: Odnallap  
Fecha: 02-05-2009 Hora: 10:13
Buenos días, sr. del sur, le invito a leer la canción (Poema) de la Cerveza. Saludos. eppp

De: HdlTM  
Fecha: 19-07-2005 Hora: 03:05
Le informamos de que se están revisando las fichas de esta posada, a fin de que éstas se adapten a los criterios convenidos para aquella.

Por ello, hemos de indicarle que su ficha contiene algunos errores, de entre los cuales:
- - Serindë es quenya, una lengua impensable en Mithlond... al igual que lo es Ancanar.
- Por teler, sobreentendemos "de Alqualondë", dado que para los demás grupos ya hay denominaciones: Sindar para los Elfos de Beleriand, y Silvanos para los Ossiriandeb, los Dannas y los Avári. Si nació en Mithlond, ha de ser un sinda.
- Su lengua es el sindarin, y lo demuestra en la frase que dice: "Á enyalië ni, autuva i lóme eldalien..."
- Su paso por Mandos está sumamente cogido por los pelos. Al morir, escucha la llamada de Mandos, a la cual suponemos que acude, para llegar a los recintos. En ese momento es un fëa sin cuerpo, sin cara. Al llegar a sus estancias, ha de someterse al Juicio de Mandos, que decidirá si sale, y en el caso de salir, cuánto tiempo permanecerá allí. Estas decisiones no se emitían a menudo sino después de mucho tiempo (valiano). Una vez que se decidiese su salida, Vd sería presentado ante Manwë, quien recuperaría de su mente la forma anterior de su cuerpo, y así le "instituiría" en él como Encarnado.

Así, hemos de pedirle que cambie tales cuestiones de su ficha.

Gracias por su atención,

Hermandad de la Tierra Media

Fecha: 24-11-2004 Hora: 19:20
Disculpad, pero con el fín de que ningún Huésped quede sin indicar su procedencia, y si el motivo es que su país no venía en la lista, tenga a bien notificarme cuál es, si no está incluído ya, pues se han añadido algunos más. Si el motivo es no dar pistas sobre su procedencia, no pasa nada, está en su derecho. Un saludo.

De: Irwin  
Fecha: 13-11-2004 Hora: 20:01
Aiya noble elfo

Bella historia es la tuya, espero encontrarte por aqui de seguido.
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