Ir a Posada de Mantecona
 


 
 
 
 
Elbereth
(Huésped de la Posada
)
Raza: Elfa Sinda
Procedencia: Chile
Edad: 26 años

       
Aspecto: Mi aspecto representa una altura considerable, como todos cuantos existen en mi estirpe, poseyendo en concordancia una constitución física fuerte y saludable, de gran belleza y simetría.
Poseo un cabello muy claro de un largo un tanto prolongado. Mis ojos son de un tono grisáceo, al igual que mi cabellera, más incluso que ésta, y en las silenciosas noches en las que me encuentro caminando cerca del afluente de algún río, mirando al cielo y recordando la primera vez que vi las estrellas regalo de aquélla que habita más allá del Gran Mar en Occidente, puedo observar que bajo el brillo de Isil mis cabellos resplandecen con una pulcra blancura.

Historia: En un principio todo cuanto recuerdo es el sonido del agua fluir y el resplandor de las lámparas del cielo en el lugar donde desperté, Cuiviénen, la primera morada de los Elfos en la Tierra Media.

Habitamos mucho tiempo allí, junto a aquella agua y bajo las estrellas, cuando Arda era aún muy joven. Fue entonces al pasar el tiempo que empezamos a hablar con palabras y a designar todo lo que encontrábamos y nos dimos el nombre de Quendi, que significa ‘los que hablan con voces’ ya que hasta entonces no sabíamos de otras criaturas que hablasen con voz o cantasen.

En el transcurso de esos años en los Días Antiguos recibimos de improvisto, casi por azar, la visita inesperada de un Cazador de gran porte, llamado Orome, tuvimos miedo en aquel momento, al ver la grandeza de este jinete, y no en vano ya que ocurrieron cosas terribles en esos días, sombras y espíritus malignos que nos acechaban. Así fue como muchos de nosotros se escondieron o huyeron, pero otros, en los que yo misma me cuento, caímos en cuenta de que este jinete no era un ser de maldad, en su rostro existía luz, como no habíamos visto nunca antes, y el moró con nosotros por un tiempo y nos dio en su lengua un nuevo nombre, nos llamo Eldar, ‘Pueblo de las Estrellas‘, luego se fue.

Lo poco que puedo conmemorar luego de la partida del Gran jinete Orome es la guerra que aconteció con su vuelta a nosotros, no era solo él, sino también otros, de mayor porte incluso, poder y beatitud, pero todos ellos aunque de diferente manera poseían una luz y grandeza excepcionales, estos eran los Valar, a los que llamamos Los Poderes de Arda.

La guerra entonces fue y se abrieron grandes heridas en el mundo, pero cuando esta hubo terminado con el derrumbe de las estancias del mal, que se encontraban en el Norte, la oscuridad fue aplastada, pero no muerta del todo, ya que aún existían escondrijos que los Valar no pudieron encontrar así fue que allí aún residieron y otras lograron escapar de la furia de los Grandes Poderes y siguieron teniendo vida y se dispersaron por los lugares recónditos de Arda a la espera de un tiempo mas propicio para su maldad.

Y lo que aconteció luego nos lleno de angustia, ya que los Valar nos convocaron a todos los Quendi a Valinor, su hogar en Occidente, y entonces llegó un día en el destino de todos nosotros, los Elfos, en que debimos, no sin pesar, comenzar a considerar la idea de dejar la tierra en la que morábamos para irnos a vivir cerca de los Valar, bajo su cuidado y protección. Pero teníamos miedo, ya que solo habíamos visto a los Grandes Señores embravecidos en la lucha, creo que como todo aquello que en un principio no se conoce y menos aún se entiende.
Se decidió entonces que irían tres embajadores de entre nosotros a Valinor y hablarían en nombre todos, éstos fueron elegidos por el mismísimo Orome y fueron Ingwe, Finwe y Elwe.
Se cuenta que los tres embajadores se sintieron sobrecogidos al ver la majestad de Valinor y el esplendor de todo cuanto allí había, pudiendo ver con ojos mas atentos y razonamiento más elevado la magnanimidad de todos los Valar.

Al volver Elwe, el señor de el clan más numeroso y en el que yo me encontraba, habló en una reunión sobre las maravillas que observó y en especial de la luz de Los Dos Árboles, llamados Telperion y Laurelin que se encontraban en el Reino Bendecido de los Valar mas allá del mar en occidente y la mayoría con gran asombro y curiosidad decidimos seguirle, pero otros hubieron, que rechazaron el llamamiento de los Valar y el de sus Señores, prefiriendo seguir en la Tierra Media, libres a sus anchas, junto al agua y las estrellas, y estos fueron llamados Avari, los Renuentes.

Luego de aceptar el llamamiento de ir a occidente, y de la decisión de nuestros hermanos de quedarse, nos apresuramos en la marcha del que creímos era nuestro destino y los tres clanes comandados por sus respectivos Señores, estábamos divididos de esta manera; Ingwe, del primer grupo y mas reducido, posteriormente llamados Vanyar. Finwe, conductor del segundo grupo y Señor de los Noldor. Y Elwe Singollo (Mantogrís) y Olwe (su hermano); del tercer y último clan, poseíamos dos señores puesto que éramos el grupo más numeroso y por ello fuimos llamados Teleri, ‘Los llegados últimos‘.

Al cabo de mucho tiempo de viaje, nos internamos en un bosque por el cual llegamos a un gran Río, llamado mas tarde Anduin, y vimos montañas gigantescas y de picos afilados; éstas fueron las Hithaeglir, las torres de la Niebla en los limites de Eriador, y al cabo de años logramos llegar a Ered Luin, las montañas Azules, y habitamos por algún tiempo en la orilla Oriental del Río Gelion, puesto que amamos y encontramos gran deleite en el agua y nos era un lugar muy cómodo.
Por entonces los otros dos grupos estaban mucho más avanzados en el viaje, los Noldor llegados a este punto se encontraban al Oeste internados en unos bosques. Y nuestro Señor Elwe iba a menudo atravesando estos bosques en busca de su amigo Finwe, señor de los Noldor.

Ocurrió entonces algo imprevisto en uno de esos viajes y se nos contó posteriormente lo ocurrido de esta manera:

-- Y sucedió que llegó Elwe, Señor de los Teleri a un bosque llamado Nan Elmoth, y de pronto escuchase el canto de los lomelindi y cayese sobre él una especie de encantamiento y más lejos viese una figura y una voz como no había oído ninguna otra en su vida, era Melian la Maia, entonces, el corazón de nuestro señor se llenó de deseo y amor. Olvidó sin más las grandes ganas que tuviese antes sobre marchar en el Gran Viaje con su gente y guiándose por el canto que le hechizaba llegó a un claro en el bosque bañado por la luz de las estrellas, la contempló y vio en su rostro la luz de Aman, se le acercó y la tocó y fue entonces que ambos permanecieron quietos por mucho tiempo, crecieron los árboles, las estrellas se alzaban en su curso noche tras noche y ellos seguían inmóviles, observándose antes que ninguno de ellos pronunciara siquiera una palabra --.

En los años en los que nuestro Señor se extravió y conoció a Melian, puesto que en el momento no sabíamos lo ocurrido, le buscamos sin cesar, pero no pudimos encontrarle y el liderazgo de todos nosotros recayó en el segundo al mando, Olwe, hermano como se ha dicho de Elwe.

El tiempo pasaba y los otros clanes continuaban la marcha en la que nos llevaban una distancia bastante sustancial y llegó el día en el que no pudimos esperar más; la decisión era seguir a nuestro nuevo Señor al Reino de Occidente o quedarnos en la Tierra Media y seguir buscando sin ninguna garantía a Elwe, el que fue, es y será.
Hubo una clara división en el pueblo Teleri, ya que habían los que pensaban (y no sin justa razón) que debíamos continuar el viaje, no obviando el agotamiento que llevábamos ya de años de migración. Y habíamos otros que no concebíamos nuestra lealtad a otro que no fuese el propio Elwe, y en los que el amor por el agua y la tierra estaba por sobre el sentido de protección o la imaginación sobre la gloria del Reino de Occidente, puesto que solo contábamos con eso, la imaginación sobre algo que nunca habíamos visto más que en los ojos enardecidos de los propios Valar.

Entonces los Teleri nos separamos, los que habíamos sido amigos y hermanos, y pasaron muchas edades para que algunos llegasen a encontrarse nuevamente.
Así fue como los que nos quedamos nos despedimos de los que deberían continuar el arduo camino hacia su Destino en la Gloriosa Valinor.

Habitamos en Beleriand y sus alrededores, hasta que nuestro Único Señor retornó con su gente o al menos con quienes no lo habían olvidado y decidieron finalmente quedarse.
No venía solo, lo acompañaba una mujer muy hermosa y sabia; su nombre era Melian y era una Maia, espíritus creados antes que Ea al igual que los Valar, pero de menor jerarquía.

Fuimos entonces unificados y se estableció dentro de Beleriand, el Reino de Doriath. Fue aquel el centro de nuestra cultura, a la que se llamo Sindar ‘Los Elfos Grises’ gracias al nombre de nuestro Rey Mantogrís, como se lo llamó posteriormente en nuestra lengua Sindarin Elu Thingol, y su compañera fue Melian, nuestra Reina, quien nos engrandeció con su sabiduría y belleza. Gran poder le dio nuestra señora Melian a Thingol, que fue el mayor de todos los Sindar, pues solo él entre todos nosotros había visto el resplandor de los Dos Árboles.

Los sindar fuimos muy felices en aquel tiempo, la mayoría vivíamos en el Reino de Doriath, pero otros, de espíritu mas salvaje o libre, vivieron en Mithrim, otros en las Falas cerca del mar y habían algunos que gustaban de errar por los bosques circundantes al Reino, claro que toda esta libertad de acción en la Tierra Media se restringió al pasar las edades y por el Mal que siempre estuvo presente y latente, cualquiera fuese su fuente o Señor.

En cuanto a mi, en aquellos días de paz y libertad. Fui una de las doncellas de Melian y no en vano digo que a todas nosotras nos tenia en alta estima, ella nos enseñó a cantar como lo hizo con los ruiseñores y le seguíamos en los cantos y también cantábamos para ella si así no los pedía.

Nuestro aspecto siempre se enalteció gracias a ella por lo que poseíamos un aire de los Ainur que estaban con Ilúvatar antes de Ea. Nos adornaba también con ropajes muy bellos y nos enseñó muchas artes.

Al final de la PE del encadenamiento de Melkor, cuando aún había gloria y paz, vino a nosotros Lúthien, la única hija de Elu Thingol y Melian. En el bosque de Neldoreth, donde las niphredil florecieron para darle la bienvenida.

Pero, nadie excepto Melian podría prever lo que nos depararía en los años posteriores, y la paz ciertamente no dudaría eternamente, entonces, hubieron en ese tiempo muchos cambios; Durante la SE del cautiverio de Melkor aparecieron criaturas que no se habían visto nunca antes sobre Arda, criaturas de una altura menor a la de nosotros los elfos, pero de los que se podía observar que eran fuertes y resistentes. Éstos migraban desde Ered Luin a Beleriand, nuestro hogar, y se llamaban a si mismos Khazad, pero nosotros le llamamos en nuestra lengua sindarin Naugrim, el Pueblo Menguado. Sus estancias estaban muy lejos al este, en las laderas Orientales de las Montañas Azules, sus ciudades excavadas en la piedra viva eran; Gabilgathol, en sinda Belegost, y Tumunzahan, en élfico Nogrod, Morada Hueca.



Nuestro Rey les dio la bienvenida a los Naugrim de la raza de los enanos, pero al resto de nosotros nos eran indiferentes, y mas que ello, ni siquiera podíamos entender su lengua, que nos resultaba engorrosa y espinosa en comparación con el sindarin que era muy armonioso, pocos entre nosotros llegaron a aprender la lengua de los Naugrim, y de por si fue siempre fría la relación que los Naugrim tuvieron con todos los Eldar, aunque en edades posteriores, entre todos nosotros los más cercanos a ellos fueron los Noldor, pero ello es otra historia.

Ahora bien con la llegada de los Naugrim a Beleriand, al termino de la SE del encadenamiento de Melkor y la previsión de que la paz no dudaría por mucho más en Arda, nuestro Rey Thingol pensó en construir una mansión real donde su pueblo pudiese estar a salvo de cualquier mal, es entonces cuando los Naugrim dieron por petición del propio Rey Mantogrís su concejo y acordaron crear para nosotros una gran estancia labrada en la piedra y a cambio de su trabajo nuestra Reina les enseñó todo cuanto ellos desearon aprender y de nuestro Rey recibieron perlas, que nunca habían visto los enanos, pero que se recogían en abundancia en la isla de Balar.
Así fue como los Naugrim trabajaron de buen agrado para nuestro pueblo y excavaron profundamente en la tierra y nosotros también ayudamos en la construcción de una u otra forma.

Y yo, Elbereth, entre las doncellas estuve, quienes llevamos a cabo muchas de las visiones de Melian, y creamos para su deleite recintos repletos de cortinados tejidos en los que podían leerse los hechos de los Valar y muchas otras maravillas acontecidas desde el comienzo de Arda, y por mediación de Melian también las cosas que aún no eran, pero que habrían de ser.
Ésta fue la fortaleza más hermosa que haya tenido Rey alguno y a este reino se le llamó Menegroth, las Mil Cavernas.

Se acercaba el tercer periodo del cautiverio de Melkor y mientras nuestra raza alcanzaba mayor sabiduría y edad, nos comenzamos a sentir perturbados y también pasó así con los enanos, percibíamos que el mal se alzaba nuevamente, bestias y criaturas oscuras que aguardaban en secreto en los sitios baldíos de Arda y en las propias ruinas de la Antigua fortaleza de Melkor. Y antes que pasase mucho tiempo estas criaturas malignas con formas de lobos y otros seres salvajes como los Orcos aguardaban muy pacientemente a la llegada de su Señor.

Nosotros hasta ese entonces no sabíamos a ciencia cierta que eran los Orcos, y la primera vez que vi uno, fue mientras yo iba camino a encontrarme con Nellas* y escuchando unos ruidos que no se asemejaban a nada que yo hubiese escuchado antes, seguí el rumor al lado Este del bosque y mimetizándome entre los árboles atisbé por primera vez a la raza de los Orcos, creí en un primer momento que se trataba de un Avari, los hermanos que no quisieron seguirnos en un comienzo en el Gran Viaje a Occidente y quienes pudieron volverse salvajes y pervertirse en el mal, según aprendí con el tiempo, no estaba errada del todo en lo que pensé aquella primera vez sobre la naturaleza de esas criaturas insidiosas que son los Orcos.

La paz entonces se volvió relativa, y temiendo por mi propia seguridad me vi en la obligación de aprender a luchar aunque no sin mucho ánimo de ello, al tiempo que nuestro Reino se hacía de armas que antes nunca había tenido que necesitar.
En este periodo de agitación en la TM, fue cuando en nuestras tierras se sintieron pasos extraños. Sin embargo, no eran enanos, ni orcos o lobos; eran elfos.

Los Nandor, quienes tempranamente habían sido Teleri pero que abandonaron el Gran Viaje siendo conducidos por Lenwe* a los Valles del Anduin.
Y hasta entonces el pueblo de los nandor había vivido oculto en Ossiriand; eran un pueblo de los bosques por tanto pocas armas de acero poseían, y las bestias malignas que se extendían sobre Arda diezmo su numero y les colmó de miedo.

Ellos estaban al mando de Denethor, hijo de Lenwe, quien al tener noticias del Reino protegido de Thingol se apresuro a reunir a su pueblo y partir a Beleriand, en donde el mismo Rey Mantogrís les dio la bienvenida como hermanos perdidos que volvían a casa.
A estos se les llamó Laiquendi, los Elfos Verdes, debido a que gustaban vestir de este color.

Había de entre los Elfos Laiquendi uno llamado Eman, quien especialmente se había enamorado de la majestad de nuestro Reino y junto con la bienvenida que nuestro Rey Thingol a su pueblo, decidió vivir a las afueras de Doriath.
Al tiempo de su llegada, acostumbró a errar por los bosques al igual que yo. Me lo encontré desde entonces en variadas oportunidades, a veces cuando volvía de visitar a Nellas* o cuando me aventuraba a dar paseos mas allá del Este de Beleriand.

En uno de esos paseos, estando yo muy cerca de llegar al bosque de Nan Elmoth, que me inspiraba gran placer por estar cerca de las aguas del Río Celon, fui embestida por una compañía de Orcos; puse en práctica lo aprendido sobre lucha que sabía, sin embargo eran ellos suficientes como para doblegarme, pero desesperada como me encontraba no me di por vencida y aun atada, me resistía.
De pronto sentí una brisa junto a mi rostro y girándola para poder ver que era, me di cuenta que una flecha había herido al orco que ataba mis manos e intentando divisar de donde provenía la flecha pude ver a Eman sobre un árbol, al instante que me hacía señas de alejarme de allí, pero no lo hice, y por el contrario me quedé a dar combate a los orcos restantes; algunos huyeron pero otros quedaron moribundos gracias a las certeras flechas de Eman y pude yo darles muerte.

Este episodio marcaría por siempre un punto de fractura en mi vida. Ya no daría las cosas por hechas, pensando que yo, a pesar de que mi carácter era fuerte y determinado, podía estar por encima de los enemigos que extendían su hado maligno por nuestra tierra. Pensaba en esto mientras caminábamos Eman y yo hasta el Río, el no dijo ninguna palabra en el trayecto. Pero bien llegamos por fin a donde yo me dirigía en primer lugar, él se volvió hacía mi y dijo.

-- Debes aprender a cubrir mejor tus huellas, Elfa sinda. Y reprimir tu deseo de canto mientras te encuentras en tierra salvaje, atraes a las bestias.

-- Tienes razón -Dije, mirando el centelleo del agua- los enemigos se multiplican y yo debí de tener por encima de todo precaución al estar fuera de la protección de los nuestros.

-- No te culpes duramente, Elbereth -Exclamó él-. Pude llegar a tiempo para ver tus magníficos movimientos en combate -Sonrió por lo bajo y mirándome, dijo-. Entre todas las doncellas de Melian, eres la única que se aleja tanto tan solo por descansar al borde del Río.

-- He de reconocer que mis habilidades en combate no sobrepasan las de un joven elfo que recién se inicia en ellas -Reconocí-. La tierra Media se ha tornado hostil, y poseen razón tus palabras anteriores, no debería adentrarme en bosques o tierra lejana si no puedo cuidarme de las bestias que merodean en ella. -Más le miré y al cabo de un momento torné mi cabeza con la mirada fija al cielo y dije- No es tan solo por descansar cerca del Río que me alejo y expongo a los peligros que acechan a nuestra raza, es porque siento igual deleite en el titilar de las estrellas que en el fluir del agua.

-- -Mirándome entonces con paz en los ojos y sentándose junto a mí, dijo- comprendo tu inquietud por las lámparas del cielo que son hermosas en brillo y virtud; por ello te enseñaré, Elbereth, doncella de Melian, si tu así lo aceptas, a usar el Arco, el arma predilecta de cada Laiquendi.

-- -Sonreí, y en mi expresión se notaba la alegría que contenían mis ojos, no tuve palabras y nada dije, pero Eman comprendió que era un si.

Nos quedamos hasta ya bien entrada la noche en aquel lugar, hablamos de otras cosas, experiencias de dos desconocidos hasta ese entonces; Dos amigos y compañeros en los años venideros.

Eman me enseñó entonces y yo asimilaba muy bien todo cuanto me enseñaba. Él siempre amó Arco y la flecha por sobre cualquier otra arma, estaba en su naturaleza tanto como en la mía lo estaba el canto y la oratoria. Vivimos un tiempo mas sin mayores complicaciones y por cierto seguí aprendiendo de Eman todo lo que él quiso que yo aprendiese.

Pero sobrevino entonces lo que todos los elfos y enanos, y criaturas de bien temíamos. Y está escrito en los libros y es sabido por todos que Melkor hirió a Telperion y a Laurelin; los Dos Árboles en Valinor, y su sola maldad no bastó, sino que fue ayudado por una temible bestia llamada Ungoliant, una criatura con forma de araña de porte enorme y de hambre voraz que moraba en la oscura y lejana Avathar.
Se nos cuenta que en tiempo de festividad llegaron Melkor y Ungoliant a los campos de Valinor y ante el verde montículo de Ezellohar, donde descansaban los Árboles, la No-luz* de Ungoliant trepó hasta las raíces, y Melkor les siguió con su lanza negra hiriendo a cada árbol, tan profundamente que la herida que en ellos provocó supuso que su savia brotase como sangre y cayese esta a gorgoteos en el suelo; y ungoliant, la araña, la absorbía y de ella emanaba un veneno que disecó y marchitó la raíz, las ramas y todo lo demás. Hasta tal punto era desenfrenada su hambre que ella al tiempo de beber eructaba vapores negros, y se hinchó hasta tener una forma tan grande y terrorífica que hasta Melkor tuvo miedo de ella.
Al darse cuenta de lo Acaecido, Los Valar comenzaron la persecución; y la Tierra tembló, pero no hubieran llegado el Ejercito de Orome a seguirle el paso a Ungoliant y Melkor, que la nube de vapores que ella emanaba les enceguecía, confundía y desanimaba. Pero cuando la Oscuridad hubo pasado, nada pudieron encontrar, ellos se habían ido.

Y sucedieron entonces tristes y muy desdichadas cosas, que tendrán siempre resonancia en las edades presentes y futuras; y no vale la pena mencionarlas en detalle, ya que son bien conocidas por todos sobre Arda; la rebelión de los Noldor, la maldición de Mandos, y la matanza de los Hermanos. Siendo la tragedia de más pesar la última, el primer derramamiento de sangre de elfo a elfo.

Así fue como la maldad de Melkor volvió en impunidad a la TM, (quien desde entonces ya no es contado entre los Valar y su nombre ya no llamado Melkor, sino Morgoth, Negro Enemigo del Mundo) y de cómo su odio y codicia despertó venganza en el pueblo de los Noldor, y esto llegó a oídos de cada elfo dentro de Arda, y llegamos a despreciar a miembros de nuestra propia raza, renegando de ellos; y hubieron horrendas batallas en nuestra tierra, que se llenó de sangre; y estas fueron las Guerras de Beleriand. Siendo en la primera de estas atacados por el propio Morgoth y aunque nuestro pueblo no jugó un papel muy ofensivo en estas guerras, si tuvimos grandes pérdidas a manos de las fuerzas oscuras. Por esto es que para protegernos, Nuestra Reina levantó La Cintura de Melian alrededor de Doriath. Y ahí aún residimos, donde la templanza y sabiduría de nuestra raza no mengua y nunca será igualada.
_________________________________________________________

Nellas*: Fue mi gran amiga en Doriath, quien por cierto es mencionada brevemente en la Narn i Hin Húrin; ella era una joven que vivía en el bosque y nunca iba a las estancias de Menegroth porque le afligía encontrarse bajo techos de piedra. Sin embargo yo le hacía compañía cada vez que me daba un descanso de las labores en Menegroth, que eran arduas, y siempre gusté de su acompañamiento, siendo ella muy elocuente y grata en el trato.

Lenwe*: Elda de los Teleri. Durante el Gran Viaje marchó con la hueste de Olwe. Pero cuando llegó al Anduin condujo a una parte de dicha hueste a los Valles del Anduin; su pueblo fue conocido primeramente como Nandor, posteriormente al mando de su hijo Denethor, fueron llamados Laiquendi, los Elfos Verdes.

No-luz*: El poder y la emanación de Ungoliant, una oscuridad impenetrable que absorbía y destruía toda luz.
------------------------------------------------------------------------------

Habilidades: Desde siempre tuve el don de poder cantar con gran armonía, en un primer lugar es la razón por la que sentí afinidad por el tercer clan en el viaje desde Cuiviénen, nos llamaban los Cantores.
Mi habilidad se acrecentó cuando decidí permanecer en la Tierra Media y esperar el retorno de nuestro Señor Elwe, que no volvió solo como bien es sabido sino que regresó con nuestra Reina Melian, y siendo doncella de ella aprendí muchas cosas y perfeccioné otras, como la oratoria.
Sin embargo poseo otra capacidad, la agilidad en la lucha y especialmente la destreza con el Arco gracias a las enseñazas de Eman.

Armas: + Arco.

+ Daga; Siempre oculta, guardada en una correa atada a mi pierna derecha, sobre el muslo, tapada por las ropas que recubren mi cuerpo; su mango es de plata y en su centro posee un grabado en forma de media luna que brilla al entrar en contacto con la luz de Isil.

 
 
Última modificación de Ficha:
Hospedado desde el día: lunes, 10 de mayo de 2010 ...Han pasado 2995 días.
Registrado en el Foro: SI

Número de mensajes enviados: 1
Número de mensajes en la bandeja: 2
 
 
 
Calificación de los Huéspedes:

8/10 ( 1 votos)

ayuda
votaciones
La Ficha más valorada:
Nessornë
Nessornë
 
 
 

Han visitado 21 personas esta ficha

Panel de Mensajes

Elbereth tiene 1 mensajes

Fecha: 10-05-2010 Hora: 04:41
Bienvenido seais caminante, a esta posada, vieja y alegre, donde preparamos una cerveza tan oscura, que una noche bajó a beberla el hombre de la Luna.


Aportaciones de Elbereth

Relatos: Este huésped no tiene ningún Relato
Poemas:
Canción de la Partida en alabanza de Lúthien y de las luces del Cielo
25-07-2010

Visita la Ficha de otro Huésped