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Gwillyon
(Huésped de la Posada
)
Raza: Mujer Dúnadan
Procedencia: Chile
Edad: 29 años

       
Aspecto: Conocer lo que pensaba era sin duda ciencia abstrusa y no porque deseara ocultarlo deliberadamente, sino por el sinfín de reacciones que había esgrimido a lo largo de su existencia, oscilando desde el dolor abismal del rechazo a la sonrisa impoluta de la satisafacción. Por otro lado no contaba con muchas lunas a su favor, y la estulta juventud aún le era propia. El entrecejo fruncido y aquella mirada inquisidora, proyectaban indudable convicción y una poderosa razón para no dejarse llevar por lo irracional, ilógico e imprudente. Llevaba las riendas de su ser, impulsado por el severo flagelo de la razón. De no haber sido destinada a dar lo mejor de si por la libertad de los pueblos; cualquiera la hubiera imaginado cruel y despiadada opresora, porque una firmeza ejemplar desposaba sus ideales inconclusos y los cimentaba, sepultando, deseo, majestad y gloria, donde nunca una mirada tentadora podría reposar, turbando su tranquilidad. Sabía reír sinceramente y tomarle cariño a la gente, mostrando la sabiduría innata de una juventud sin resentimientos. A pesar de esto no era de muchos amigos, porque tempranamente la había alcanzado la desepción, lo cual no la hacía paranóicamente desconfiada, pero si, cautelosa, buscando entre líneas poder desmembrar las conspicuas máscaras de la gente.

Gwyllion era blanca como el alabastro y triste como las siempre moribundas flores de aquellas primaveras ansiosas de calor.
Su mirada era profunda, vasta y hermosa, pero lánguida, mezclada con un dolor sin medida que era la fuente principal de su belleza.

Historia: Dol Amroth. El gran puerto del Sur. Una ciudadela de antiquísima historia. Cuna de navegantes. Señora de las costas. Ciudad de brumas. Y ante todo, uno de los más preciados tesoros de Gondor.
Gobernada por el Príncipe, Imrahil, a quien todo el mundo tenía por un Señor justo. La gente hablaba, se decía que en sus ojos podía verse reflejado el espíritu sereno y la fuerza de sus ancestros. Los mismos que habían fundado y gobernado la ciudad.

No bien, una tarde de invierno, ya comenzada la Cuarta Edad, nació en el Belfalas la última de sus concepciones, su hija Gwyllion, entre Elphir, Erchirion, Amrothos y Lothíriel la menor. Creció a razón de lo esperado en la casta progenitora, a la que sin embargo nunca se sintió vinculada.
En el alba de los días Gwyllion cumplía con las exigentes expectativas de la Casa de Dol Amroth y no deseaba mayores dones que el de la palabra y la meliflua voz de una doncella. Le maravillaban las historias de antaño como a cualquier niño, pero era más propicia a oír las que sus hermanos contaban de grandes batallas y reinos caídos en la desgracia, antes que las de Damas y caballeros envueltos en trampas amorosas, que le ofrecía Lothíriel, su hermana.

Fascinada contemplaba las lecciones de Elphir y Erchirion cuando estos aprendían a manejar la espada y deseaba de igual forma compartir el fuego de su espíritu con una hoja forjada en su nombre. Aún era muy pequeña cuando su animoso corazón dio un paso es falso que habría de marcarla hasta su muerte.

Una tarde soleada, cuando sus hermanos jugaban en los en las playas doradas frente al Mar, Gwyllion sin dar abasto a sus ansias de lucha, corrió a los brazos de su padre quien la acogió con calidez igual a la que mostraba el Sol a las Estrellas. Fijó los ojos en el hombre quien la tomó en sus brazos para evitar que una tímida ola mojara sus vestidos de niña y le habló con decisión y seriedad casi graciosas

-Padre, pronto cumpliré años y he pensado en que el mejor regalo que me podrías hacer…- comenzó diciendo, pero Imrahil soltó una sonora carcajada que cortó sus ideas a medio formar.

-¿Cómo dices? No te he enseñado bien que jamás debes demostrar deseos de poseer algo, pues luego quien te oiga sabrá tu punto débil. Reserva tus añoranzas y sueños para ti, tal vez aún no lo comprendas, pero algún día de necesidad, recuerda mis palabras – decía al tiempo que Gwyllion hacía una mueca de enfado – pero eres pequeña. Dime, ¿qué deseas? Un hermoso vestido tal vez, que haga juego con esos ojos que increpan todo cuanto digo, o mejor que eso, algún animalillo de tierras lejanas a quien cuides, como algún día lo harás con tus hijos.

-No, no, no, esas son simplezas, yo quiero ser fuerte como Túrin y veloz como Fingolfin – dijo con tal entusiasmo que asustó a Imrahil.

-Me doy cuenta que imaginación no te falta, te veo decidida, pero creo que te falta madurez. Además te verías mucho más bella ataviada con las prendas de los príncipes de Dol Amroth que jugando a doncella bárbara, no es delicado y es preciso que cuides ese punto si algún día deseas algún hombre, no menos noble que tu, tienda su mano a tu desposo.

-Pero yo quiero una espada, como las de mis hermanos. Si ellos pueden, porque yo no, no es justo. – dijo con prisa y a pendas aguantando la desesperación.

-Gwyllion – dijo con firmeza y dejando a la niña en el suelo arenoso – debes comprender algo. Tus hermanos son fuertes, y entrenan duro, ellos necesitan de esas destrezas para destacar en la vida que se perfila delante suyo. Tú en cambio, no necesitas fuerza, pero si inteligencia para afrontar tus metas, no dudo que sabrás contentar tu espíritu y regirás con justicia tus dominios… - no alcanzó a terminar cuando Gwyllion intervenía nuevamente.

-¡NO! – gritó dando una potente patada contra la arena, dejando un pequeño agujero. – a mi me gusta… - pero tal como su hija, Imrahil perdió la paciencia.

-Doy por zanjado el asunto, tu has lo que quieras, pero cuidado, no vaya a ser tarde cuando comiences a arrepentirte por tus acciones.

La dejó en la playa, y regresó a las estancias mayores. La niña se sentó a la orilla del mar, y derramó con infinita amargura, las últimas lágrimas en mucho tiempo. El tiempo que sucedió el pleito la hizo pensar, y endureció su corazón. Jamás sonreía y en su alma parecía estar en perpetuo invierno. No se dignó a dirigir palabra a nadie excepto en situaciones de suma urgencia.

Sin embargo supo perdonar a su padre, a pesar de que nunca más le abrazó ni quiso tenerlo muy cerca. Se desvinculó de sus deberes y se dedicó a una exhaustiva y casi obsesiva lectura. Pasó insomne muchas noches con crónicas de guerra y fácilmente, de forma netamente autodidacta se educó en artes y estratagemas de batalla.

Imrahil era sabio, y se dio cuenta que había obrado mal al reprochar con tales palabras al retoño más querido de su mente, su hija. A modo de compensación (a pesar de que el no lo creía necesario) y convencido por Lothíriel, cedió ante las pretensiones de Gwyllion, aunque no sin haber dejado pasar unos cuantos años.

Ya era mayor cuando le dejó batirse con sus hermanos y había ganado un orgullo inquebrantable y sumamente terco, que tomó mal el gesto del padre y se rehusó a la tentativa invitación que le habían hecho. Imrahil jamás dejó de ser comprensivo y tras otro breve lapso repitió la oferta de unirse a las lecciones que recibían los jóvenes príncipes de Dol Amroth en las artes de guerra. Las únicas palabras que recibió por respuesta fueron implacables.

-Ahora, que la compasión y la lástima por mi causa te han ablandado el corazón, sin convencerlo, crees que endulzarás una herida con complacencia. No deseo tus favores, padre, ni los de ningún hombre vivo o muerto, así es que reserva ese puesto para alguien de bajas pretensiones y escazo orgullo. Yo no lo quiero.

-Ya es tarde, tomarás la plaza aunque no quieras, eres mayor y debes asumir las consecuencias de tus actos. Exigiré que apruebes con honores cada fase de esta educación que has deseado porque tal es la actitud de esta Casa. A ver si así aprendes a moderarte, la coherencia de las acciones y la modestia de saber enfrentarse a sus consecuencias es algo que no te dejaré olvidar. No voy a satisfacer los caprichos de nadie, ni siquiera los tuyos. Así que anda, ve y demuestra si eres capaz de abarcar tu orgullo. – sentenció duro, pero apenado.

Como era de esperarse la muchacha aunque dolida por el dictamen sin ningún aire de facultativo, corrió a las estancias de instrucción con una tímida sonrisa dibujada en el bello rostro de quien ha logrado cumplir un capricho imposible.

Dominó la espada, tal cual había soñado de pequeña, pero no le fue tan gratificante como había soñado. Manejaba los movimientos como el mejor, pero guardaba un especial recelo hacia el daño, inevitable si quería poner en práctica sus ambiciones.

Cuando pudo contar diecisiete lunas para cada año que había vivido, fue Imrahil, que en un intento de ganarse nuevamente el favor de la hija, cuando ya el declive de sus días se acentuaba en cada sueño adivinatorio, le obsequió (no una espada legendaria como cualquiera habría esperado) sino una capa de azul profundo, salpicada de estrellas de plata y coronada con el escudo de la Casa de Dol Amroth.

-Cando tengas frío, y el acero muera entre tus manos, recuerda a tu sangre, y duélete por su destino, porque aunque largos son los años en que los hombre mortales esgriman aún el emblema del Rey, con los últimos elfos que abandonen la Tierra Media, se desvanecerá el esplendor de Dol Amroth, porque estamos ligados por sangre a su destino, obra y decadencia. – dijo el Príncipe de Gondor a su joven hija.

Gwyllion no supo como agradecer, pero pronto las disputas ganaron nuevamente terreno entre progenitor e hija y a ella nunca más se le presentó la oportunidad de demostrar aprecio por aquel regalo de la vida.

Una noche, tras largas discusiones, la paciencia desbordó volcándose en gritos que estallaron contra los muros blancos de Belfalas.
Gwyllion sin duda había perdido los estribos, así como Imrahil desdibujaba los límites de la locura senecta que ya golpeaba su vida de experiencia.

Lothíriel ya se había desposado con Éomer de la Marca, por tanto la joven no tuvo hombro en el cual descargar lágrimas de pena.
Cabalgó sola, sin siquiera provisiones para el viaje. La desesperación había ganado a la prudencia y había abandonado la casa de sus ancestros escabulléndose con la única estrella que brillaba poco al ocaso. Tras muchos días, e ingeniosas soluciones llegó a la provincia de Lebbenin donde todo mundo la conocía, como la espiga que se alzaba entre las arenas blancas y uniformes del Puerto del Sur. Evidentemente el rango que poseía su padre le abrió, a pesar de resistirse a reconocerlo, muchas más puertas que a otros.

Con una custodia de tres personas quisieron mandarla de vuelta, y rendida estuvo a punto de ceder. Pero la pelea había encendido el más peligroso y obstinado de sus dones, el orgullo. Fue así que se resistió a la tentativa y marchó con su escolta hacia el Este. Se proponía llegar a Rohan, a las llanuras de la Marca donde vivía su hermana. Así fue como ella emprendió el viaje de exilio y los regentes de Lebbenin, enviaron un mensajero que reafirmara la llegada a salvo de Gwyllion, a su padre, en los Puertos.

Antes de dirigirse a La Marca, quiso pasar por Minas Tirith, Ciudad que ya casi no recordaba, excepto sus muros blancos y sus altas torres, pues era muy pequeña aún la última vez que pisó aquella Tierra de Reyes.

Saludó al Rey Elessar, que irradiaba un aura de poder irresistible y a la Reina Arwen, cuya belleza jamás había soñado, pues era de muy estimada su Casa en el Centro del movimiento gondoriano, por la ayuda que había proporcionado esta en tiempos de necesidad, en la ya pasada Batalla de los Campos de Peleannor, durante los últimos resquicios de resistencia en la Guerra del Anillo, aún inacabada.
Se quedó unos días, tal vez meses, no lo pudo precisar luego. Exploró la ciudad en busca de su renombrada biblioteca de archivos centenarios. Consiguió acceso a sus aulas y leyó y releyó crónicas que sin su toque de curiosidad infantil habrían guardado polvo muchos años más. De lo que vio ahí, y vale la pena mencionar, se destaca un legajo o pergamino que halló caído detrás de un estante, al que divisó luego de botar un montón considerable de libros tras colgarse imprudentemente su una repisa tratando de alcanzar un texto atascado entre mucho otros.
Por aquellas jugarretas del destino encontró Gwyllion la olvidada Adaneth, y tras revisarla exhaustivamente, pudo darse cuenta de su don mortal, y aunque con eso todavía no lograba entenderlo, aligeró su carga y adquirió suma madurez para lo que sus ojos mostraban.
Entre otras cosas que pudo revelar entre uno y otro escrito, elaborado o simplemente garabateado a mano alzada el que más la impactó fue uno que se ligaba a su estirpe de muy cerca, uno acerca de los descendientes del reino de Arthedain, como a continuación se reconstruye:
“Arthedain, el antiguo reino septentrional de Arnor que se extendía entre el Baranduin y el Lhûn, hasta las Colinas del Viento.

Como se recuerda en las crónicas, la más poderosa y grande de las palantiri, después de la de Minas Ithil, claro está, era la piedra de Arthedain, que después de destruida Amon Sûl por Angamar fue trasladada a Fornost, donde vivía el Rey.
Pero a diferencia de los siempre creído, sí quedaba un delegado con autoridad heredada que pudiera hacer uso de la piedra luego de muerto Arvendui en el naufragio, porque Uinéniel de Erain era la única hija del rey de Arthedain, que a diferencia de su hermano, no pereció en el desgraciado incidente, pues contrarió la orden que su padre le dio, junto a su deseo de que sus hijos le acompañaran, no se embarcó, salvándose así de una muerte segura.

Cuando Arvendui hubo muerto, su hija desapareció, y en el Reino del Norte jamás se supo con certeza que había sido de ella. En su dolor la joven había huido, lejos.

No tardó en extraviar el rumbo, pues era casi una niña, y dieciocho otoños nada más se habían anidado en sus ojos turquesa. Sin embargo la suerte le fue favorable, como a todos los de su linaje en días de prosperidad y un mensajero de Gondor, que transitaba la Andrath, el Camino Verde de antaño la halló bella y desconsolada sentada sobre la hierba a los albores del invierno. Advirtió en sus maneras y educación a alguien de noble estirpe y desvió su cometido, llevándola consigo de vuelta a Gondor.

La presentó ante Ondoher, el trigésimo primer monarca, hacia el año 1490 de la Tercera Edad. Ella se hizo llamar, la Doncella de Fornost, mas no dio otras referencias de su real nombre.
Se ganó el favor de la Casa Real porque se decía que era el reflejo en vida de La Blanca Señora de Emerië, y así lo había advertido también su madre cuando esta nació, por lo que se inclinó a llamarla Uinéniel, nombre que otrora le había dado Aldarion a su esposa Erendis, solo que los Gondorianos la denominaron Elestirnë ya que la luz de sus ojos les era desconocida a los habitantes del Reino del Sur y no se parecía a ninguna otra que hubieran visto. Pronto Faramir, hijo menor del Rey se rindió ante los encantos de la bella Uinéniel, hacia la primavera de 1941. Tres años su amor se perpetró en secreto, pues los miembros de la Casa Real por tradición debían desposarse solo con descendientes de Númenóreanos y si bien la doncella también lo era no lo había hecho público.

Ahora bien, en el año 1944 de la Tercera Edad, el Rey, como era costumbre de los gobernantes de Gondor, salió al campo de batalla llevando a su primogénito. Faramir era noble guerrero y no el menos valiente y disfrazado de soldado de la escolta salió a la batalla junto a su padre y hermano siendo muy joven aún. El rey fue muerto por los Aurigas y su heredero también, quedando el cetro aunque por breve tiempo en manos de Faramir, pues también el cayó en la lucha. Uinéniel sin embargo estaba encinta y llevaba al ahora legítimo heredero al trono en su vientre. Pero una tristeza infinita embargó su alma y ese dolor se marcó luego en todos sus predecesores y huyó de Minas Tirith hacia las costas, a Belfalas. Ahí dio a luz un niño, pero murió antes de darle nombre. De su cuidado se encargó nada menos que Imrazôr el Númenóreano que luego habría de casarse con la Dama-Elfo Mithrellas, de la compañía perdida de Nimrodel, la silvana. Al niño lo llamaron Minardil y creció a razón de su padre, no menos valiente ni menos agraciado de rostro.

Este a su vez desposó a Gilmith, hija de Imrazôr y Mithrellas.
La belleza élfica de todos quienes les sucedieron fue reconocida luego en todos lados.”

Fue eso tan solo lo que pudo rescatar Gwyllion de los escritos que se prolongaban hojas y hojas acerca del tema, pero le bastó para comprender que si su vida no sufriera obstáculos se prolongaría tanto como la del Rey y que sus manos, en presencia de las hierbas sanadores serían igual de curativas que las del monarca.

De todas formas la revelación que habría encantado a muchos y habría nublado la sabiduría con la gloria de la fortuna no operó en Gwyllion que ni siquiera se inmutó con el tema.

Ya fastidiada de las murallas de piedra blanca, desvió su cometido. No iría a llorar al hombro de su hermana casada. Necesitaba trazar sus propias rutas lejos de aquel sitio.

Como a Uinéniel, su predecesora, el alma la vinculaba a Fornost, así es que hacia ahí se encaminó.

No tardó en llegar, porque aunque no conocía bien las rutas, un poderoso sentido de intuición la acompañó en el viaje, y fue por eso que no perdió el rumbo ni cayó en la desesperación.

Ya en las tierras de la antigua capital del reino de Arthedain, desoladas y en ruinas, se cruzó con algunos Dúnadan, Montaraces del Norte, pero no fueron ellos quienes llamaron su atención, sino una reducida comitiva que según luego supo había partido con los Puertos Grises y planeaba aposentarse lejos, en el Este, en las Tierras Olvidadas. Se les unió, pues sabía que era con ellos con quien habría de forjar su destino, vida y experiencias.

Eleni Varnier en un principio, Tercano Nuruva, luego. Toda su voluntad y lealtad se ató a aquellos que sin muchas premuras se habían convertido en su nueva esperanza.

Primeramente Gwyllion estableció su morada en el mismo sitio que la mayoría de la población, a orillas del Aelin Laurëa, mas sin embargo al menguar el primer año de estadía en este poblado, su impávido corazón buscó la tranquilidad de los bosques para refugiarse. Así es como marchó junto a un pequeño séquito de personas que buscaban un sector aislado en la naturaleza.
El sector a ocupar era un amplio claro interno en el siempre verde Taurecalë que había descubierto no mucho atrás. Se llamaba Nan-Tassarë, el Valle de los Sauces, pues dicho árbol abundaba en esa zona. Por causa de la vegetación predominante la Ciudadela Fortificada que allí construirían se llamó Tasarion.
La dimensiones de esta construcción no eran extensas en tamaño, mas en belleza sí. La paredes eran grises y nada más en la base esgrimían una greca platinada hábilmente elaborada. Mucho tiempo se había elucubrado acerca de la teorética de su construcción, pero nada se pudo suponer antes de terminada la obra, pues más allá de los dicho se alcanzaba a oír el resuello del viento que traspasaba las múltiples claraboyas abiertas en los techos. Se podía oír el viento y creer que era algún florilegio olvidado de los Días Antiguos.

En el ala Norte de la Ciudadela se erguía impetuosa una alta torre donde se hallaban las habitaciones de la Señora, además de una biblioteca de uso público, pues las personas que habían acompañado a Gwyllion al retiro eran en su mayoría artistas en diversas áreas, pues ella les dio amparo y protección, y éste, era un sitio de gran inspiración para muchos. El lugar de mayor concentración era el pequeño pero nada despreciable templo dedicado a Varda, lugar en el cual no se había escatimado en detalles ni lujos, pues era el sitio en el que cada día al clarear el alba un grey de personas bien instruidas levantaba las voces en un solemne canto a la Reina de las Estrellas. Por lo demás en diversas construcciones anexas se distinguen claramente formas y figuras colombinas ya que este era el símbolo de la cuidad. Muchos admiraban y criaban a este animal, sin embargo, y a pesar de ser ésta el ave mensajera, siempre que se estuviera ahí se podía atisbar en las lejanas alturas un poderoso Azor sobrevolando sigilosamente la zona, única ave en que Gwyllion depositó alguna vez confianza.

De los poetas que ahí se albergaban poco se conoce, pero siempre estuvieron dispuestos a regalar un recuerdo para aquel que fue creado en el misterio del silencio.

Los pintores en cambio en sus facetas pudieron retratar los hermosos colores de la tierra donde siempre es Crepúsculo de Verano, en el lejano Occidente más allá del Mar.

No faltan por lo demás curanderas, sabias hijas de la Vida, que tienen por principal aliado y aunque parezca extraño, a las cantáridas, esos coleópteros verde oscuro que viven en ramas de tilos y fresnos y de cuyos élitros se hace aquella milagrosa sustancia medicinal usada tan efectivamente como emplasto.

Es aquí donde el sosiego alzó la mano a Gwyllion antes que la Guerra estallara, porque para entonces abandonó sus estancias en un viaje sin regreso, aunque como bien se ha dicho, uno no muere cuando quiere sino cuando puede, por tanto no necesariamente moriría físicamente, aunque las injustas luchas declinaron su moral y terminados los pleitos de una u otra forma habría de abandonar la tierra para siempre.

Habilidades: En el campo de batalla ella sabe como sanar a cada moribundo, una Dama Libre que ha decidido hacer el bien.

Armas: Manejaba una espada de metal noble y fina artesanía, aunque ese no era su orgullo, puesto que una arma, por grandiosa que fuese, rompía la barrera de la sapiencia, tornándola violencia.

 
 
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Gwillyon tiene 13 mensajes

De: Odnallap  
Fecha: 06-05-2009 Hora: 11:44
Buenos días, huested del sur, le invito a leer la canción (Poema) de la Cerveza. Saludos. eppp

Fecha: 24-11-2005 Hora: 13:22
Que pases un dia muy muy feliz!!!!!

De: Eldar  
Fecha: 24-11-2005 Hora: 05:19
felicidaes, que la pases genial te deceo lo mejor.... en horabuena...

De: Aerandir  
Fecha: 26-11-2004 Hora: 19:31
Aiya Gwillyon !!!
No es una crítica, solo un comentario y creo que tu historia está muy bien y bastante bien descrita
Bueno y de nada por los saludos, espero que te lo pasase muy bien por tu cumpleaños
Ya me contaras
Hasta pronto
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