Ir a Posada de Mantecona
 


 
 
 
 
Llumdelest
(Huésped de la Posada
)
Raza: Mujer Auriga
Procedencia: València
Edad: 32 años

       
Aspecto: Uhm... soy una mujer menuda, de menos de metro y medio de altura, casi insignificante sino fuera por mis pechos. Soy pálida de piel y mis cabellos son castaño oscuro hasta media espalda, algo rojizos, al igual que mis ojos, que parecen completamente negros en la penumbra, vivos y atentos a todo. No soy una belleza, aunque reconozco que no estoy nada mal; bueno, ¿para qué mentir? Estoy buenísima.
Tengo un tatuaje de una especie de halcón de fuego en la espalda, entre los omoplatos. Pero lo curioso es que aparento 20 y pocos años, a pesar de tener más de 60; la razón de esto me es desconocida, pero tengo la hipótesis que quizá por mis venas corre sangre númenóreana, o aún élfica. Aunque es una posibilidad muy remota, pues pertenezco a una etnia que se cree extinta desde hace más de 1000 años y que prácticamente nadie recuerda, y parece que soy la última superviviente.
Visto normalmente de la misma manera, aunque depende del clima. Suelo llevar unos pantalones (¿verdes o grises?), corpiño ligeramente ajustado de color granate y, encima de todo, una especie de túnica desmangada que me viene un poco grande (de color beig), botas, muñequeras y cinto. Procuro estar lo más aseada posible, lavándome siempre que puedo.

Historia: El continuo balanceo sobre las olas teñidas por los rayos del sol, agua, arena... Y una ciudad cuyo nombre no se encuentra en los mapas de la Tierra Media. Así empiezan mis andanzas a este lado del mundo un día tormentoso por el año 3017 de la Tercera Edad. ¿Qué había antes? Nada sabía entonces, y poco más sé ahora.

Poco tiempo pasé en aquella ciudad, víctima de una guerra de Oriente, pues circunstancias ajenas a mi voluntad me hicieron encaminarme hacia el Oeste. Ahora sé que, tras mi marcha, las gentes que de ahí me importaban la abandonaron también; y poco a poco la ciudad fue quedándose vacía.
A partir de ahí empieza mi vagabundeo por lo que se conoce como la Tierra Media. Me integré en una caravana comercial donde aprendí algunos oficios artísticos. Aunque dada la facilidad que tenía para ellos, más bien descubrí que ya los conocía. Sin embargo, y pese a que tampoco estuve mucho tiempo, muy útiles, casi imprescindibles, fueron los conocimientos que adquirí en cuanto a idiomas, culturas e historia.
Y de nuevo la suerte, en forma de un joven caballo de a penas 4 años, hizo que me pusiese de nuevo a los caminos. Pero esta vez no estaba sola. Junto con aquel potro llegué a Khand, donde me establecí dedicándome principalmente a aprender y a enseñar de algún modo a aquellas gentes orgullosas e indómitas, pero no por ello faltas de amabilidad. Hasta que, otra vez, un nuevo acontecimiento dio un giro a mi vida.,
Que aciago destino, cuando un día, al volver de mis quehaceres de pastora, vi con temor que la tierra estaba arrasada y cubierta de cenizas. Alguien había invadido la pequeña aldea, destrozando todo a su paso. Y no fuimos los únicos afectados; en a penas una semana, habían llegado a la aldea diferentes grupos de guerreros, procedentes de otras tribus variags que habían sufrido una suerte similar a la nuestra.
Se decidió rendir cuentas en el Oeste, por lo que hacia ahí nos dirigimos. Durante el camino nos topamos con una multitud de guerreros Haradrim, quienes tenían un poderoso aliado en el norte que los había reclamado para luchar con él contra las gentes de Gondor, el pueblo del Oeste. Identificados nuestros supuestos enemigos, marchamos junto con los Haradrim a Mordor.
Así fue como participé en la Guerra del Anillo. Al principio de nuestra llegada a las tierras de Ithilien, nos sorprendimos ver que aquella tierra que se nos antojaba extraña pero hermosa, parecía también maltratada recientemente. Sin embargo no le dimos importancia y, cuando empezaron las emboscadas, muchos se alegraron de las penurias de aquella región.
En marzo del año 3018 atacamos Osgiliath con muy buen resultado. Entonces muchos decidimos volver a Khand, pues ya veíamos nuestra venganza cumplida. Pero Sauron nos instó, mejor dicho, nos obligó a continuar los ataques. Nos permitió, eso sí, establecernos cerca de Nurnen, donde empecé a enterarme de la situación, hasta darme cuenta demasiado tarde de lo que se estaba fraguando. Y en la batalla del Pelennor, nuestra suerte cambió hasta la batalla final, frente al Morannon, donde tomamos una decisión.
Aunque mis compañeros no quisieron darse cuenta, al final también llegaron a la misma conclusión que yo. A Sauron nada le importaba más que sí mismo; era como un chiquillo cuyo único interés era controlar cuanto le rodeaba, poco importaba si estaba vivo o muerto. De repente los escasos hombres del Oeste que se habían presentado ante las Puertas Negras nos parecieron unos héroes, hombres valientes que en un último acto desesperado hacían frente al tirano Sauron para defender su propia libertad, la de sus seres queridos y la tierra en la que vivían.
Las historias cuentan que una hueste de orientales rodeó el ejército del rey Elessar cuando éste estaba en el Morannon. Lo que no dicen es que un regimiento de estas gentes ayudó a los hombres de Gondor, fortaleciendo el flanco sur de los ataques de los orcos.
Sin embargo, poco recuerdo de la batalla, pues la oscuridad me cegó y no desperté hasta tiempo después. Para mi sorpresa, estaba en la Ciudad Blanca.

Mas por desgracia poco tiempo estuvimos en Gondor. Los que quedamos, volvimos a Khand, donde nos esperaba otra desoladora tarea: la de reparar el daño hecho. Tres años después más o menos, una vez finalizado el trabajo de reparación, Dicap, quien ya era un elegante y brioso corcel, y yo abandonamos la región.
Entonces me encaminé hacia el Norte, sin rumbo aparente. Para subsistir, me empleé como mercenaria. No me enorgullezco de aquellos tiempos, aunque a mi favor diré que no maté salvo en defensa propia. Durante casi un lustro, vagué en busca de alguna pista sobre mi pasado, hasta que otra vez la oscuridad se apoderó de mi, arrastrando a Dicap conmigo, y a una joven enana que conocí en un trabajo. No sé exactamente cuanto tiempo estuvimos prisioneros. Al despertar, me encontraba en un mundo que nunca hubiese imaginado que existiese y del que no he encontrado indicios en ningún sitio.
Poca cosa tengo que decir de esta época, que fue más bien larga. Por un lado, amargo es el sabor que me dejan los recuerdos de aquellos días y, por otro, no me creerían. Pero al final, y como no podía ser de otra manera, de nuevo una guerra hizo que mi suerte cambiase hasta alejarme de mi salvador y, a la vez, opresor. Jamás había experimentado sentimientos tan fuertes ni tan contradictorios por alguien; un ser al que quisiera borrar de una vez de mi recuerdo.
Lo bueno del asunto fue que al final descubrí una pista sobre mi pasado que me decidió por retomar el camino hacia el Oeste, pero esta vez hacia el mar de Rhûn. Bueno, no sobre mi pasado, pero sí sobre mis antecesores. Y algo era algo.

Así fue como llegué a un viejo reino en decadencia desde hacía un tiempo. Y a una nueva guerra. Hastiada ya de tanta batalla, quise alejarme de ahí, pero al final me quedé por casi dos años, ayudando al bando rebelde. Si hay algo peor que una tiranía, es una tiranía mantenida voluntariamente por los propios oprimidos. Mi enemigo esta vez eran las tradiciones. Y creo que gané la guerra, pero puse tierra de por medio antes de saber nada más (o más bien, cielo). En otras palabras, los mandé a tomar viento.

Junto con Dicap, que había dejado de ser aquel potro temerario, cabalgamos hacia el Oeste, alejándonos prácticamente de cualquier punto de civilización. Y llegamos a las Montañas Nubladas. Durante un tiempo me divertí con las tribus de trasgos que pululaban por la zona (cabe decir que la diversión no era recíproca; aunque gracias a mi ganaron músculo, eso sí), hasta que el frío otoñal se hizo paso en las cumbres y decidí descender.
Y eme aquí, en Eriador. Dicap y yo nos instalamos en el bosque de Chet; aunque está cerca de Bree, nadie nos molesta demasiado. Y llevamos así desde el año 24 de la Cuarta Edad. Cuando estamos un poco hartos, salimos de viaje, no sin dar antes un aviso en la posada local... digo, en la mejor posada de Eriador, que está aquí al lado, por si hubiese algún recado. Aunque hace tiempo que no recibo ninguno... ¿O será que Mantecona cada vez está más desmemoriado?

Habilidades: Mis habilidades son pocas, pero aún tengo algunas por descubrir. Sólo aquellos que de verdad me conocen, bien pocos por cierto, pueden decir cuales son.

Armas: Me acompañan mi espada Adamas, cuyo filo es de una extraña aleación desconocida en la Tierra Media, y un par de falcatas. Llevo también una ballesta de mano, desmontable, un látigo que utilizo más bien como ayuda para trepar y un cuchillo oculto sólo yo se dónde.
Aparte están mi zurrón y mis pocos (o muchos, depende) conocimientos sobre la vida.

 
 
Última modificación de Ficha: Día: 13-02-2013 Hora: 13:22
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Llumdelest tiene 86 mensajes

De: enumanus  
Fecha: 01-08-2013 Hora: 10:34
Entro en la posada despues de largo tiempo y me encuentro que es tu cumpleaños. FELICIDADES!!
Una pinta a tu salud y Que pases un buen dia

De: Arnuën  
Fecha: 19-04-2011 Hora: 07:34
Extraña historia tiene Usted sin duda, ¿habrá recuperado algún recuerdo perdido en las vastas playas de su inconciente? Le invitaría una cerveza, pero quizás haya tomado ya suficiente...

De: Silon  
Fecha: 11-09-2010 Hora: 11:51
Gracias Llum, te veo en la quedada

De: Gwirdyon  
Fecha: 29-08-2010 Hora: 16:23
Gracias guapa, nos vemos pronto. Besicos.
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