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Kúwen Quentalë
Capítulo 1
LAS VANIDADES DE UN SÚRU
Por Laeron
 
Surivando era un Suru al que le gustaba planear sobre las colinas de alrededor de Taniquetil. Ansioso, despreocupado y perspicaz, recorría muchas millas recogiendo de allí y de allá todos los chismes y rumores que podía.

Erase una vez en la que las hojas de Telperion alumbraban las Tierras Occidentales, y los valles bajos se mistificaban con una pálida neblina. Surivando, jugando entre las nieblas, vio entonces un arroyuelo al que algunos llamaban El Agua de las Cien Mariposas de Colores, y sobre él había la figura de una persona.

Bajó hasta la altura de la persona que allí había. Sentada sobre sus rodillas había un Noldo del pueblo de Tirion al que muchos llamaban Ortar. Fuerte y de duros brazos era Ortar, pero sin embargo era bromista y cantarín, pues muchas canciones cantaba en la forja. Por el contrario, Ortar no parecía muy alegre, pues se le veía desolado y llorando ante el lecho del río:

-No guardes tus lágrimas para el río, pues sólo Ulmo recogerá tu lamento y los fondos de los océanos serán su único destino –comentó Surivando.

-Oh espíritu del aire, grande es mi pena, pues puse todo mi buen arte en crear una espléndida joya y ahora, debido a mi necedad, la he perdido en este río; y tal vez aquí ya no se encuentre, pues todas las aguas llegan a Ulmo y posiblemente en el fondo del océano se encuentre mi obra, junto con mis lágrimas -respondió Ontar.

-Ninguna joya puede superar a las obras de Ilúvatar, pues de ellas provienen todas -dijo Surivando-. No consumas tu espíritu y levantate con alegría.

-No hay alegría cuando una parte de mi se ha perdido, pues en ella puse todo mi esfuerzo y dedicación, pues iba a regalarsela al pueblo de Manwë -dijo Ontar.

-Ay, grande hubiera sido la belleza de tu joya entonces entre nuestras estancias, pues aunque no la he visto estoy seguro de que es preciosa -señaló Surivando-. Pero no te abatas, Elda, pues tu joya no está perdida, pues nada dentro de Aman se pierde. Si algo se abandona o se pierde de la mano va a otro lugar sin el dominio de nadie, y nos enriquece a todos los que vivimos en esta opulenta tierra. De todos los modos, si volver a tener en la mano tu tesoro te hace bien, yo la buscaré por ti.

Entonces el Suru levantó el vuelo y aún había niebla sobre el curso del río, pero como los ojos de los hijos de Manwë pueden observar entre todos los cuerpos gaseosos, Surivando pudo contemplar El Agua de las Cien Mariposas de Colores desde las alturas. Así, observó que sobre los bajíos de este agua, un destello de luz roja titilaba en el agua.

Surivando descendió al pedregoso vado donde provenía la luz y observó que se trataba de un artificio. No más grande que un huevo de ave era esa piedra, de color bermellón, y a la luz de Telperion resplandecía en tonos rosas que calentaban el corazón. Sujeta estaba la piedra sobre una maraña de hilos de plata y todos ellos a su vez, sujetos a una hoja de parra del mismo material.

Así, Surivando tomó la joya y fue en busca de Ortar:

-Grande es el peso que de mi corazón has hecho irse. Estoy en deuda contigo –dijo Ortar-. Cuando un artista realiza una obra, deja parte de su espíritu en ella, y parte de mi espíritu se hubiera perdido de no ser por ti.

-Bella es en verdad tu obra, y grande es en verdad tu deuda –repondió Surivando, pues así mismo era un espíritu, y como muchos de ellos, de naturaleza imprevisible y caprichosa.

-Oh, silfo del aire, ¿qué puedo hacer para recompensarte? –preguntó Ortar.

-Habrás de sembrar una planta en una maceta, en el balcón de tu casa, y ésta debe generar la flor más bella que crezca en tu jardín, y no permitirás que nunca muera –dijo Surivando, y se marchó-.

* Suru = Espíritu del Aire, hijo de Manwë, el Señor de los Valar.

 
Laeron
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 12-12-2004 Hora: 23:22
Una narración muy teatral, parece una representación, con frases muy medidas, con mucho toque de cuento o fábula.
A mi particularmente me ha gustado, es muy fresco diría yo (a ver cómo sigue).