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Kúwen Quentalë
Capítulo 2
ACUNADA POR EL VIENTO
Por Laeron
 
Así, Ortar prosiguió su viaje hacia las Estancias de Manwë, situadas en lo más alto del Taniquetil. Bastante tiempo duraba la caminata y duro era el ascenso, pero al final Ontar llegó hasta ellas y le ofreció su joya a todos los que allí moraban. Agredecidos eran los Valar ante los regalos, pues en esos días muchos Noldor embellecieron Valinor con sus joyas y sus creaciones y ellos les recompensaban con sus bendiciones y consejos.

De esta manera, los Valar agradecieron el regalo a Ortar y le auguraron gran maestría y sabiduría en días posteriores, pues firme era su brazo ante el temple de los metales y gozosa estaba su mente mientras lo realizaba.

El Noldo volvió a Tirion pensando únicamente en el éxito de esos trabajos futuros que le habían pronosticado, y así, rápidamente, empezó a proyectar nuevas obras. A pesar de ello, Ortar se acordó de la recompensa que tenía que ofrecer ante Surivando y, de este modo, fue ante su esposa y le pidió por favor que se encargara de ello. Así, Nímil, la esposa de Ortar, escogió la planta más firme y lozana de su jardín, y de ella cortó un esqueje, y la colocó en una gran maceta de fina cerámica en el balcón de su hogar, mirando a las terrazas y azoteas del norte de Tirion.

Al cabo de pocos días, el esqueje comenzó a echar raíces, y nuevos brotes surgieron de ella. Grande era el amor entre Ortar y Nímil, y por ello, gustosamente cuidaba ella de esa planta mientras Ortar estaba trabajando en otros oficios. Mientras la regaba, Nímil cantaba bellos lays de los días en los que Yavanna sembró las semillas de los Árboles de Valinor, y de cómo su luz bendijo Aman.

Algún tiempo pasó después según el Cómputo del Tiempo, y Nímil quedó encinta. Felices eran entonces los cónyuges, pues los dos deseaban un vástago; y Ortar, para poder transmitir sus habilidades a un descendiente, prefería que fuese varón, pues normalmente eran los varones los que se encargaban de los trabajos en las herrerías y en la orfebrería.

Aún embarazada, Nímil continuaba cuidando la planta, pero por ese tiempo, también empezaron a brotar algunos capullos, verdes y gruesos sobre las gráciles ramas que se enredaban sobre las balaustradas y columnatas del balcón.

Ortar estaba feliz y cantaba canciones en la forja, pues todo su arte era dedicado a crear hermosas obras de orfebrería y joyería. Durante ese tiempo, probó la aleación de muchos metales y consiguió materiales duros pero livianos, protegidos de la corrosión y de la herrumbre.

El tiempo continuaba transcurriendo y Ortar cada vez trabaja más horas en sus talleres, y poco tiempo era el que permanecía en su casa. Nímil estaba ya en avanzado estado de gestación y pasaba mucho tiempo en reposo pero aún así, continuaba cuidando la bella planta del jardín y esta empezó a dar unas flores hermosísimas, blancas y de olor perfumado, que embriagaban toda la casa.

Así, a pocos días después, Nímil se puso de parto y dio a luz una bella criatura femenina a la que llamaron Ifaelin. Esto alegró mucho el corazón tanto de Ortar como de Nímir, aunque Ortar no se complacía del todo hasta no tener un hijo varón.

Diez años pasaron e Ifaelin fue aprobada para el Lamatyave, la auténtica marca de individualidad de un Noldo, basada en el placer hallado en los sonidos y las formas de las palabras. Ese día se celebró la ceremonia del Essecarme o Elección del Nombre, y antes de que tuviera lugar, Surivando apareció ante Ortar. El Noldo no pudo ocultar su asombro al ver de nuevo al silfo:

-Oh, hijo de Manwë, largo tiempo ha de nuestro fructuoso encuentro, ¿qué te trae ante mí, no satisfice la deuda contigo? –introdujo Ortar-.

-Mis saludos, Ortar, Orfebre de Tirion –dijo Surivando-. Por supuesto que mi deuda está saldada, pero no te sorprendas de mi llegada, pues estos diez años he estado contigo aunque tu no me vieras. Todos los días pasé sobre tu casa envuelto en el manto del viento, desde hace mucho tiempo que disfruto de las flores que hiciste crecer en la balconada de tu casa.

Pero, ay Ortar, estas flores ya no son las más bellas de tu jardín pues una nueva ha nacido y es más bella que todas, y ella es tu hija.

-Verdad son esas palabras, pues tiene los mismos dones que su madre, tanto en carácter como en belleza –respondió Ortar.

-Pues entonces, que sepas que ya has saldado la deuda conmigo, pues largo tiempo me deleité acariciando los pétalos de una flor sembrada con el amor, pero ya no tienen valor para mí, pues una belleza mayor reside en tu casa –dijo Surivando-. Entonces Ortar, sólo te pediría una última cosa antes de irme.

-¿De que se trata? –preguntó Ortar.

-De que de este modo, des este nombre a tu hija, Flor del Viento, en la lengua de tu pueblo, pues mis caricias despertaron sus sentidos al mundo –respondió Surivando.

-Y así se hará, Lothúlimë será su nombre –dijo Ortar, y Surivando se marchó.



 
Laeron
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 13-12-2004 Hora: 22:47
Madre mia! Que pardillo soy! Voy a ver si lo quito. Gracias x los comentarios, ayudan.

Fecha: 13-12-2004 Hora: 22:39
por lo que veo alguien te corrigió el texto y lo dejaste puesto sin darte cuenta Es gracioso, pero en realidad un fallo muy grande ¡hay que revisar bien lo que se va a colgar! Por cierto, haz caso de las correcciones, ahí está casi todo. Excepto, quizás, la reiteración en el uso de determinadas palabras, como tiempo, que dejan entrever cierta simpleza de lenguaje que contribuye a la sosez general en la explicación de la trama, la cual por sí misma no está nada mal y promete. Aunque lo cierto es que por un momento pensé que ibas a poner al pobre Ortar en un compromiso meyor, que el Silfo le iba a pedir llevarse a su hija o algo así... mi mente es perversa... pero bueno, así está bien