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Kúwen Quentalë
Capítulo 3
EL DESTINO DE LOS ELDAR
Por Laeron
 
Lóthulime creció. Llegó a ser una bellísima doncella élfica, de ojos grises y cabellos negros, digna heredera del linaje de los Noldor. No obstante en su mirada parecía sostener un hilo de ingravidez que le hacía parecer algunas veces ausente. Era como si sus ojos se extraviaran hacia horizontes lejanos, intentando escrutar todo lo que los cielos arropaban.

Pasaron muchos Días de los Árboles y Lóthúlime seguía suspirando por algo que nadie veía. Entre los más sabios de los Eldar se comentaba que estaba tocada por el hado de los valarindi, y su fëa se sentía prisionero en un hrondo demasiado limitado.

- Hija, ¿nos acompañarás a la fiesta de Taimarando?

- No se madre, sus fiestas son tan aburridas como él.

- Sería un poco descortés por tu parte, además acuérdate que su hijo estará muy contento de que vayas. Ayer vino y dejó una nota para ti.

Nímir sacó una nota de uno de los bolsillos y se la entregó a su hija. Lothúlime la leyó rápida y desinteresadamente. El silencio reinó unos momentos.

- Y bueno...

- ¿Bueno que?

- Que si vendrás.

- Sí madre, iré.

- Annafairë es un elfo excelente.

- Sí madre, y no sabe lo que hacer para cortejarme. Pero que sepas que no iré a la fiesta por él, sólo tengo ganas de salir un poco de Tirion y oler nuevos aires.

Llegó el día de la fiesta de Taimarando. Varias carpas y tiendas de doradas y recargadas lonas se habían levantado a la orilla de un pequeño lago, varias millas al Sur de Tirion. Taimarando era un viejo amigo de Ortar, algo estirado y presuntuoso a los ojos de Lothúlime, aunque algo parecido se podría decir de todos los Noldor.

Sentada en un banco de madera, Lothúlime se tendía ante la radiación de Telperion con la brisa acariciando su cara, ajena a todo el bullicio y la música proveniente de la fiesta.

- Me encanta el color del cielo a esta hora- dijo Annafairë, acercándose silenciosamente a la doncella.

- Sí, a mi también- Todas los días salgo a mi balconada para poder observarlo. Encuentro la felicidad por unos momentos -contestó Lothúlime sin inmutarse lo más mínimo ni volver la cabeza para contestar-.

- ¿Cómo puede ser que una belleza entre los Noldor, llena de virtudes, solo encuentre fugazmente su paz en Aman?

- Quizás quién se pregunte eso no se ha mirado lo suficiente en sí mismo para saber si es feliz en un reino infranqueable.

- Pero, ¿qué hay fuera de este reino que no haya aquí?, ¿acaso te sientes prisionera?

- No lo se, pero me gustaría saberlo. Los Valar nos esconden muchas cosas, quizás para no ver el mal que hay fuera de su bendita tierra. Para muchos quizás esta ignorancia es la felicidad, pero desde mi nacimiento pequeñas voces me hablaban de sitios lejanos, de vistas desde el cielo, de plena libertad. Mi padre siempre me contó que de pequeña mi cuna fue mecida por los hijos de Manwë, y ellos me cantaban y me cuidaban, me hablaron del mundo, de su belleza desde los aires, me trataron como su hija.

- Nuestro feä es todavía joven y en Aman hay suficientes dones para saciarlo hasta el fin del Mundo. Quizás es la falta de amor la que haga que tu espíritu no encuentre sosiego.

- Ojalá pudiera el amor llenar el cántaro de mi vida, pero dudo que haya sitio para él todavía dentro de mi.

La cara de Annafairë se ensombreció y los dos quedaron en silencio. Lentamente, el elfo acercó su mano a la de Lothúlime y las dos se tocaron. Los ojos grises de la doncella fueron a parar a sus manos.

- Siento que no creas que puedes ser feliz de este modo. A mi me gustaría poder hacer que lo fuese para hacerte feliz y vivir contigo hasta que el mundo cambie. Me enamoré completamente la primera vez que te vi, Flor de Viento, y te pido que aceptes mi promesa de amor eterno. Si esto no es razón suficiente para tu dicha, remata ya mi corazón y me alejaré de ti para siempre, para buscar cura a mis males.

Un gesto de dolor comenzó a mostrarse en las agudas facciones de la doncella. Como herido por frío puñal el corazón de Lothúlime se quebró, incapaz de calentar su alma con aquella preciosa promesa de amor eterno. En ese momento, mientras grises nubarrones soplaban desde las costas de Ossë, rompió a llorar y sus manos se separaron de las de Annafairë. Como una estela de lágrimas en el cielo escapó corriendo monte arriba.

Una gran pesadumbre oprimía a Annafairë que permaneció en el banco, pensando que quizás Lothúlime necesitaba desahogarse y llorar en la soledad del campo, sólo con los ojos de Varda vigilando desde el cielo. Pero aún asi se arrepintió, y fue en busca de ella, gritando su nombre en el hayedo cercano, bajo una oscuro capote de nubes. Ninguna respuesta obtuvo, sólo el silencio que vaciaba gramo a gramo su corazón. Así, cansado de deambular, Annafairë decidió volver y dejar su búsqueda, pero un murmullo de agua captó su atención.

Caminando hacia aquel gélido murmullo, encontró a Lothúlime blanca y pálida tirada sobre las amarillentas hojas del hayedo, a los pies de una cascada de espumosa agua cristalina.

De este modo, Lothúlime cayó en un profundo sueño, en un pozo de profundos y anhelados deseos. Volvió a oír las voces de aquellos que le cantaron nanas en su infancia, llamándole para acogerla entre ellos. Oyó el tañido de flautas y flautines, oboes y longas traveseras, sonidos provenientes de un alto lejano, desde las cumbres más altas de Arda, entre las sempiternas nieves del Taniquetil. Y fue allí donde vio a los Mánir y los Súruli, dichosos en la gracia de Manwë, gráciles en los cielos y en el aire, rozando las estrellas y acariciando las cumbres.

La pálida luz de Telperion despertó a Lothúlime en su alcoba. Débil y enferma se sentía, cansada de soportar las cadenas que le ataban, impidiéndola poder reunirse con sus más amados compañeros.

La cara de Nímir y Ortar fue lo primero que vio la Flor del Viento. Los dos elfos, apenados y entristecidos habían perdido la esperanza de poder recuperar el aliento de vida a su hija.

- Mi fëa se escapa padre -dijo Lothúlime-.

- Los que están a los pies de Manwë te han llamado desde que naciste, y tu alma ya no desea vivir entre nosotros, hija mía -respondió Ortar-.

- Padre, madre, necesito que intentéis hacer lo que podáis para que mi fëa no caiga en los campos de penumbra de Mandos. Si no me reúno con los que me llaman permaneceré hasta el fin de los días condenada a sufrir y a vagar en tristeza.

- Haremos todo lo que podamos hija -dijo Nímir-. Te llevaremos ante el Rey del Arda, aquél que vive en la montaña de Taniquetil para suplicarle por su gracia y su bendición.

Así, casi postrada de muerte, Lothúlime emprendió un viaje junto con sus padres hasta las estancias de Manwë, el Rey de Arda, que vigila a todos desde su torre. Poco tiempo tardaría su alma, si un poder superior no lo impedía en abandonar el hrondo para siempre.

Ortar, Nímir y Lothúlime fueron pues recibidos por los Mánir y los Súruli ante el Portal del Viento que daba paso a las estancias de mármol nacarado. Lothúlime agotaba sus últimos momentos, contemplando a sus amados y deleitándose con sus voces.

Llegaron a la bóveda sobre las estrellas y sobre el cielo que Manwë presidía en su alto trono. Altas y firmes permanecían las columnas, más majestuosas que cualquier obra que un mortal hubiera podido construir. Sobre un macizo y gigantesco trono de mármol, con decenas de valarindi volando alrededor, y con su cetro de zafiro entre las manos, se sentaba Manwë, Rey de Arda.

Tras llegar a sus pies, bajo una escalera de pocos pero altos peldaños, Ortar y Nímir se arrodillaron como muestra de respeto hacia Manwë. Lothúlime quedaba postrada ante ellos sobre una camilla de mano, portada por los Súrili.

- Señor de Arda, venimos a solicitar tu gracia, oh poderoso entre los más poderosos de los Valar -dijo Ortar-.

- ¿Que he de hacer yo, Ortar, por ti?, pues sabes que eres digno de mis bendiciones, y ya una vez saliste de mi casa con ellas.

- No es por mi, sino por mi hija por las que las pido. Pues ella se encuentra enferma de muerte, y pronto su fëa abandonará su cuerpo. Desde que nació ha deseado volar entre tus hijos, sobre tus casas y sobre todos los campos.

- Ya veo Ortar, lo he estado viendo desde hace mucho tiempo. Los Mánir y los Súruli son las prolongaciones de mis ojos, y ellos se enamoraron de tu hija desde su nacimiento. ¿Cómo no iba a dar mi gracia a una hija de Ilúvatar tan llena de virtudes como es tu hija?, tan querida por mis propios hijos. Pero es su naturaleza su lastre, pues Lothúlime nació entre los Noldor, sabios y fuertes entre los Eldar de Aman, aunque con la heredad de un cuerpo terrestre.

- Oh, por Ilúvatar, Rey de Arda, ¿no podrías intervenir para que mi hija reposara para siempre entre aquellos a los que ama y le aman? -dijo Nímir-.

- Así fueron designadas las cosas según se hizo la Música, que dotó de cuerpo a los pensamientos de Ilúvatar, y así cada Elfo tiene un destino. Y es el destino de Lothúlime distinto entre el de todos los Elfos, pues la gracia de Ilúvatar cayó sobre ella. A ella le fue designada un camino de salvación, pues está escrito que vivirá para siempre junto a los que ama.

Entonces, cuando ya su fëa no podía aguantar el fino vínculo que le unía con su hrondo, el cuerpo de Lothúlime comenzó a evacuar una trémula luz de místico origen. De este modo, su cuerpo empezó a cambiar y su tamaño empezó a menguar. En una blanca y bella paloma se convirtió Lothúlime, la más bella entre las aves de Arda, inmaculada y soberbia, rival en belleza de las Estrellas de Arda.

Cuando esto hubo sucedido, Manwë se levantó de su trono, alto, firme y majestuoso, y cogió a Lothúlime en forma de paloma entre sus manos. Las levantó y abrió. Lothúlime quedó entonces enajenada e indecisa unos momentos, pero a los pocos instantes, rompió sus dudas y echó a volar sobre la Bóveda de los Cielos. Un estallido de música y de voces de los Mánir y Súruli invadieron las estancias. Lothúlime viviría por siempre entre ellos, entre los aires de Manwë.

Nímir y Ortar por fin pudieron librarse el peso que les oprimía, que era el de ver una hija morir. Y de este modo fueron felices de ver a su hija volando en los aires, vigilándolos desde el cielo, agraciada como nadie por Ilúvatar.

Por muchas edades se contó esta historia, la de la Dama-Paloma, la Agraciada por el Destino, Kuwen Quentalë.


*Fëa = Espíritu

*Hrondo = Cuerpo

*Kuwen Quentalë = Historia de La Dama-Paloma
 
Laeron
 
 
 

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Comentarios al relato:
Fecha: 08-01-2005 Hora: 16:57
Yo quiero añadir algo a las observaciones de aerien (no mucho, pues ella lo ha analizado al detalle).
Veo que el relato se va casi reinventando conforme avanza, de forma que deja atrás ciertos argumentos, que quedaban esbozados y abiertos. Se van descartando estas vías y el relato va cobrando solidez alrededor de la protagonista. Pero quizás las vías descartadas quedan como heridas no cerradas, al dejar colgados los Silfos, las joyas, la fiesta, Annafaire...

Fecha: 31-12-2004 Hora: 19:43
Bien, creo que me toca a mi explicarme.
Me gustó tu historia de la Dama- paloma.
Tiene un bonito argumento, sugerente.
Ademas usas un lenguaje rico en adjetivos, cosa que es de agradaecer puesto que estos son la textura del relato.
La introducción de palabras quenya en el texto le da un aire como de lay ( ayss! que envidieja! en eso de los lenguajes elficos yo soy una nulidad y sino pregunta al profesor Baranduin y te dira lo "cutres" que me salen los ejercicios)
Bueno, y ahora las críticas:
(no tengas miedo no son muy malas)
Cuando lei tu relato me di cuenta de que pareces reuir las emociones. Nos describes como se siente la muchacha y tambien el elfo que la ama pero no ahondas en esos sentimientos.
A ver si me explico, la historia que cuentas en este relato es de esas que hace que cuando la lees en voz alta se te hace un nudo en la garganta y la voz se vuelve mas densa.
No se si intentaste conseguirlo pero si es asi no consigues del todo tu objetivo.
Fijate, describes el salon del trono de Manwë como un lugar magnificente uno de esos lugares que sobrecogerian el ánimo a cualquiera.
Tambien describes una situación angustiosa, unos padres que ven como se muere su hija.
Pero en cambio no le pones nada de jugo, el lector necesita estremecerse cuando lee estas cosas, necesita que le den un poco de "muletas"para imaginarse toda la tension y la angustia de un momento asi.
Y eso no significa necesariamente que deba quedar un relato sentimentaloide sino todo lo contrario.
Espero haberme explicado bien, la verdad es que siempre uso mas palabras de la cuenta. El compañero Joshua dice siempre que soy única usando la mayor cantidad de palabras para explicar una cosa sencilla